Como todas las mañanas, el doctor Ludwig Hirszfeld había salido de casa muy temprano para dirigirse al orfanato donde trabajaba. Junto a su cartera llevaba un paquete de dulces que había comprado en el mercado negro. Sonrió. Sus alumnos iban a llevarse una buena sorpresa.
A la altura del puente de la calle Chlodna, que separaba el gueto en dos, le esperaba Frankestein, el oficial de las SS que custodiaba el acceso a la otra zona.
Mientras esperaba a que el oficial abriera la verja, Ludwig escuchó algunos murmullos tras él.
–Hoy todavía no ha matado a nadie.
–Estará de buen humor.
–Si estuviera de buen humor ya se habría cargado a cinco.
Por fin las puertas se abrieron. Hirszfeld procuró andar con naturalidad. Ni siquiera se molestó en cubrirse el rostro con el abrigo, consciente de que un exceso de celo llamaría la atención del vigilante. Una vez cruzado el tramo, respiró aliviado.
Todavía no había caminado ni dos pasos cuando una pequeña sombra pasó junto a él. Todo fue muy rápido La caja de dulces pasó de sus manos a las de un niño que inmediatamente salió corriendo como un rayo. Tras un momento de confusión, el doctor salió tras el chiquillo.
–¡Al ladrón! ¡Al ladrón! –gritaba con una voz particularmente irritante una mujer con la que el niño tropezó en su huida.
Mientras corría, el pequeño ladrón se lanzó a abrir el paquete y a devorar todo su contenido. Su carrera se vio interrumpida por una pareja de guardias de la Policía judía que salía en aquel momento de la prefactura.
–¡Hola! ¿Adónde vas, criajo de mierda? –dijo uno de ellos levantando su porra.
Los guardias se ensañaron con el muchacho, ante la pasividad y la rabia contenida de los que pasaban por allí. Muchos jaleaban a los agentes, mientras que otros negaban con la cabeza y se alejaban calle abajo.
Cuando el señor Hirszfeld llegó al lugar y se encontró con la terrible escena, la emprendió a golpes e insultos con los agentes que, al reconocerle, dejaron al ladrón en el suelo.
–¡Maldita sea! ¿Qué diablos os creéis que estáis haciendo? ¡No es más que un crío!
–¡Es un ladrón! –se justificaron los guardias.
–¿Un ladrón? ¡Condenados sicarios! No hará falta que pasen ni dos meses para que terminéis de mataros entre vosotros. ¡Largo de aquí, canallas!
Ante la enérgica reacción del doctor, los agentes se miraron sorprendidos y se marcharon por donde habían venido.
Hirszfeld se arrodilló junto al muchacho. Tenía las mejillas manchadas de migas de pan y sangre. Al pasarle la mano por la frente, se dio cuenta de que tenía fiebre.
–Tifus –se dijo al tiempo que reprimía un juramento.
Consciente de que nadie se ocuparía de él, cogió al muchacho en brazos y lo llevó a su consulta. Sabía que no podría pasar por el puente con su valiosa carga, por lo que decidió torcer por la avenida y dirigirse a su casa por el camino más largo.
Cuando llegó al despacho, la señorita Sutter, ayudante del doctor, estaba coqueteando con el señor Frank, el joven oficinista que trabajaba en el piso de arriba. Ambos solían verse a escondidas una vez que el señor Hirszfeld se marchaba a trabajar. La entrada del doctor les sorprendió.
–Acércate al orfanato y di que hoy no podré ir –le dijo a la enfermera mientras dejaba su abrigo sobre la mesa–. ¡Vamos, date prisa!
La joven se levantó rauda de la silla y cogió su chal. Antes de salir, el profesor recordó que Frankestein todavía no se había cobrado su primera víctima del día.
–Magda –le dijo– evita el puente de Chlodna. Da un pequeño rodeo, ve por la calle Wronia… Dile a Frank que vaya contigo… ¡Lo que sea! Pero por el amor de Dios, no te acerques al puente.
La joven asintió y se marchó con su novio. Mientras, Hirszfeld ya había acostado al niño sobre un sofá y preparado su botiquín.

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