viernes 13 de noviembre de 2009

Warsaw #2

Al día siguiente, Hirszfeld acudió a primera hora al despacho que su amigo Heller tenía en el orfanato. Cuando pasó por el puente, Frankie ya había hecho de las suyas disparando en la cabeza a un obrero que se había rezagado en la fila. El alemán sonreía tranquilamente mientras dos guardias ucranianos apremiaban al gentío a cruzar el puente de una vez.
Hirszfeld y Heller se conocían desde hacía bastante tiempo. Ambos habían sido profesores de Medicina en la Universidad de Varsovia. Tras la ocupación, Heller había negociado con el Consejo Judío la apertura de un orfanato en el gueto. Cuando Hirszfeld se enteró del proyecto pidió a su amigo que le dejara participar, aunque si se hubiese dado cuenta de las verdaderas intenciones de su socio, se habría echado atrás inmediatamente. ¿Cómo había estado tan ciego?
–Buenos días –dijo Hirszfeld entrando en el despacho.
–¡Vaya! Ya pensé que hoy tampoco vendrías –fue la seca respuesta.
El doctor tomó asiento ante la imponente mesa de roble del director. La seriedad de Hirszfeld le hizo pensar que algo no iba bien.
–¿Ocurre algo?
–He recogido a un niño –acertó a decir por fin Hirszfeld.
–¿Otro más? –contestó indiferente Heller.
El doctor maldijo en voz baja a su amigo.
–¿Y qué querías que hiciera? –respondió– ¿Que lo dejara tirado en la calle?
–Será otra boca más que alimentar –dijo Heller volviendo la vista hacia sus papeles.
–U otra manera más de hacer negocio… ¡Vamos! ¿Crees que no estoy enterado de todo? ¡No seas hipócrita!
Por un momento, Heller pareció sobresaltarse.
–¿De qué estás hablando? –farfulló– ¿Has pasado una mala noche? ¿Es eso?
–¡Lo sé todo, Herbert! Los niños, el contrabando, los contactos en la zona aria… ¡todo!
–¿Qué quieres decir?
–El niño que recogí intentó robarme, Herbert. ¿Y sabes qué es lo más gracioso de todo? ¡Era uno de tus alumnos! –estalló– ¡Dios, que pequeño es el mundo! ¡Sabía que su cara me sonaba de algo! Ya puedes imaginarte la mía cuando el muchacho lo escupió todo. No sabía que ahora te dedicaras al contrabando.
–¿Y qué? –respondió el director tratando de recuperar su inicial frialdad.
–¿Cómo que “y qué? ¡Demonios, Herbert! ¡Utilizas a tus chicos como ladrones! Y eso no es lo peor: ¡los estás utilizando para pasar comida de un lado a otro!
–A veces los niños hablan demasiado…
–¿Tienes idea de lo que estamos hablando? ¿Sabes lo que les hacen si los cogen? ¡Dios! Dirigimos un orfanato y tenemos una clase entera de tullidos a los que les han amputado los dos pies. ¡Y tú todavía sigues hablando de negocios!
–Tranquilízate, ¿quieres? Esos niños son los que sostienen al gueto. ¡A saber que haríamos sin ellos! La mitad de la comida que tenemos aquí es gracias a ellos. ¿No lo sabías? Estamos en guerra y vivimos tiempos oscuros. Actuamos como soldados. Hasta los niños deben saber cuál es su misión.
Hirszfeld agarró por las solapas de la chaqueta a su socio.
–¡Maldito hijo de puta! ¿Ahora me vienes con ésas? ¿Crees que no sé que revendes toda esa comida en el mercado negro? ¿Crees que no estoy al tanto de lo que te embolsas con cada venta?
El director no respondió. Aquello era un diálogo de sordos. Hirszfeld soltó a su compañero sobre la mesa y se dirigió hacia la puerta. Ya había perdido demasiado tiempo.
Pero para Heller la entrevista no había terminado.
–¡El lunes quiero a ese niño aquí!
–¡Ah, no! De eso nada –respondió el doctor volviéndose–. El niño se quedará en casa. No sé hasta dónde has llegado con todo esto, pero te aseguro que voy a hacer que todo el mundo se entere de tus chanchullos. Voy a llegar hasta el Consejo y, si hace falta, hasta a las SS. Me da igual. Te advierto que voy a hacértelo pasar muy mal.
–¡Oh, bravo! –aplaudió el director recomponiendo su dignidad–. Vas a ir hasta el Consejo... No me hagas reír… ¡Cómo si ellos no supieran lo que pasa aquí dentro! Las SS… ¿crees que a los
alemanes les importa que tengamos a unos huérfanos haciendo contrabando? No seas idiota.
Heller abrió la ventana y el bullicio de la calle inundó el despacho. El sonido de un pequeño vendedor ambulante llegó hasta ellos. Aquel breve paréntesis pareció rebajar un poco la tensión de ambos.
–Vete despidiéndote del negocio –murmuró el doctor–. Voy a poner fin a esto inmediatamente.
–No se puede vivir de las buenas intenciones –respondió Heller.
–Vete al infierno…
El señor Hirszfeld lanzó una última mirada torva al director y abandonó la habitación.

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