
Y una vez llegada la noche, en el silencio de esa hora cálida y perfumada, yo soñaba con gozos infinitos y con placeres voluptuosos que pertenecen al cielo.
Gustave Flaubert, Memorias de un loco
Recuerdo que una tarde, ya casi finalizando el verano, me dijiste con fingida inocencia, casi divertida:
-Goethe es mi poeta preferido.
Admirado por esta declaración, yo traté de recordar alguno de los versos del distinguido escritor alemán. Durante un buen rato estuve a la espera de que me viniera a la cabeza ese poema suyo que aparecía en aquel viejo y arrugado libro de texto, subterfugio sagrado de mis perdidos días como estudiante. Tú me mirabas de soslayo, ansiosa, temerosa de mis palabras… pero, ¡ay! Del poema tan sólo recordaba una ingenua y pueril estampa que representaba a dos amantes bajo un azulado cielo nocturno, y que algún dibujante bien intencionado había puesto allí para ilustrar los versos del inmortal poeta de Weimar.
Con un gesto casi infantil, te soltaste dulcemente de mi brazo y corriste a ocultarte entre los blancos rosales que florecían al otro lado de aquel íntimo jardín. Cuando estabas a punto de desaparecer entre los altos cipreses que bordeaban el lago, aún alcancé a distinguir en tus suaves palabras, un tenue murmullo que me susurraba con indecible alegría:
-¡Ven conmigo! ¡Oh, dulce amor mío! Yo seré tu musa en las calidas noches de nuestra dicha sin fin. Seré tu vida y tu aliento, porque viviré eternamente en los versos de tu querida y hermosa poesía. ¡Seré feliz porque si la amas a ella, entonces me estarás amando a mí! ¡Ven conmigo! ¡Oh, querido mío! ¡Ven!
Ante semejante promesa, recorrí apresuradamente el camino que llevaba hacia la alameda y te encontré sentada junto a la orilla del lago, trenzando distraídamente los juncos que se elevaban orgullosos sobre sus diáfanas aguas. Sentí que mis sentidos se turbaban, y arrodillado ante los pliegues de tu vestido, besé una y otra vez tus manos hasta que sentí descansar sobre mi pecho los negros rizos que coronaban tu virginal rostro.
Ya el cielo había ido cambiando sus tonalidades rosáceas por un oscuro color agrisado en el que se recortaba el confuso perfil de las nubes, dejando entrever una luna llena purpúrea, pálida, casi del color de la ceniza.
Tus labios musitaban entrecortadas palabras de cariño, únicamente interrumpidas por mis anhelantes besos, que se perdían más allá de la noche estrellada. Una noche eterna y celestial, serena como el brillo de tus verdes pupilas, entretenidas en seguir los movimientos de un pájaro que había levantado el vuelo y desaparecía en el rizado cielo nocturno del atardecer.