martes, 23 de febrero de 2010

Nocturno nº 3


¡Oh, noche! ¡Oh, noche de dulce calma,
de dichas, aromas, luz y armonía;
al contemplarte, siento en el alma
surgir un mundo de poesía!
Domingo Acosta Guión, Por los caminos perdidos

Caminabas por la orilla del mar
sola, despreocupada y descalza.
De tus negros y trenzados cabellos,
colgaban dos azucenas blancas.

Iluminaba tenuemente tu rostro de ensueño,
la pálida luz de la mañana serena.
La noche desaparecía en el monte,
donde buscan su refugio las tinieblas…

Tu voz, dulce y angelical,
era como el tañido de las campanas lejanas,
que se confundía con el vago rumor del viento,
y se perdía más allá de las sombrías montañas

Yo he anhelado soñar con tus garzas y verdes pupilas,
con tu melancólica y dulce mirada,
en mis noches de amarga y triste vigilia,
por las que transcurre inexorable la madrugada.

He deseado acariciar tus encendidas mejillas,
a la espera de las primeras luces del alba.
He suspirado velar por tu sueño de estío,
como en aquella mañana mágica.

martes, 16 de febrero de 2010

Nocturno nº 2


En vano la busco por la noche en mi cama, cuando un sueño feliz e inocente me ha engañado haciéndome creer que estoy junto a ella en un prado, estrechando su mano y cubriéndola de besos.
Johann W. Goethe, Las penas del joven Werther

En la mañana lluviosa, húmeda y gris,
descansabas bajo la sombra de los centenarios tilos,
galanteada por las caricias de mi ardiente amor
y acunada por el plácido silencio del valle.

La bella aurora despuntaba en el bosque,
descubriendo bajo las lágrimas del rocío,
la mortecina niebla que se extendía
sobre los rojizos y dorados árboles.

En la inmensa soledad del monte,
llegaba hasta nosotros el canto
de las ondinas, envidiosas de la belleza
de aquélla que mis brazos cobijaban.

Tú permanecías dormida, ausente
del velado amanecer. Y yo observaba
con la devoción de un siervo, tus ojos
cerrados por la noche del sueño infinito.

sábado, 6 de febrero de 2010

Nocturno nº 1


Y una vez llegada la noche, en el silencio de esa hora cálida y perfumada, yo soñaba con gozos infinitos y con placeres voluptuosos que pertenecen al cielo.
Gustave Flaubert, Memorias de un loco

Recuerdo que una tarde, ya casi finalizando el verano, me dijiste con fingida inocencia, casi divertida:
-Goethe es mi poeta preferido.
Admirado por esta declaración, yo traté de recordar alguno de los versos del distinguido escritor alemán. Durante un buen rato estuve a la espera de que me viniera a la cabeza ese poema suyo que aparecía en aquel viejo y arrugado libro de texto, subterfugio sagrado de mis perdidos días como estudiante. Tú me mirabas de soslayo, ansiosa, temerosa de mis palabras… pero, ¡ay! Del poema tan sólo recordaba una ingenua y pueril estampa que representaba a dos amantes bajo un azulado cielo nocturno, y que algún dibujante bien intencionado había puesto allí para ilustrar los versos del inmortal poeta de Weimar.
Con un gesto casi infantil, te soltaste dulcemente de mi brazo y corriste a ocultarte entre los blancos rosales que florecían al otro lado de aquel íntimo jardín. Cuando estabas a punto de desaparecer entre los altos cipreses que bordeaban el lago, aún alcancé a distinguir en tus suaves palabras, un tenue murmullo que me susurraba con indecible alegría:
-¡Ven conmigo! ¡Oh, dulce amor mío! Yo seré tu musa en las calidas noches de nuestra dicha sin fin. Seré tu vida y tu aliento, porque viviré eternamente en los versos de tu querida y hermosa poesía. ¡Seré feliz porque si la amas a ella, entonces me estarás amando a mí! ¡Ven conmigo! ¡Oh, querido mío! ¡Ven!
Ante semejante promesa, recorrí apresuradamente el camino que llevaba hacia la alameda y te encontré sentada junto a la orilla del lago, trenzando distraídamente los juncos que se elevaban orgullosos sobre sus diáfanas aguas. Sentí que mis sentidos se turbaban, y arrodillado ante los pliegues de tu vestido, besé una y otra vez tus manos hasta que sentí descansar sobre mi pecho los negros rizos que coronaban tu virginal rostro.
Ya el cielo había ido cambiando sus tonalidades rosáceas por un oscuro color agrisado en el que se recortaba el confuso perfil de las nubes, dejando entrever una luna llena purpúrea, pálida, casi del color de la ceniza.
Tus labios musitaban entrecortadas palabras de cariño, únicamente interrumpidas por mis anhelantes besos, que se perdían más allá de la noche estrellada. Una noche eterna y celestial, serena como el brillo de tus verdes pupilas, entretenidas en seguir los movimientos de un pájaro que había levantado el vuelo y desaparecía en el rizado cielo nocturno del atardecer.