
Como cada tarde, el joven maestro entró en la habitación que hacía las veces de aula y dejó sus cosas encima de la mesa. Cuando llegó, ella ya estaba sentada en su pupitre, esperándole, con el cuaderno abierto y el lápiz y la goma de borrar a un lado. Él no pudo evitar sonreír al ver el mohín de fastidio que hizo ella cuando miró a través de la ventana. A pesar de que soplaba algo de viento y ya se empezaba a sentir el frío, hacía una tarde espléndida para ir a pasear al parque. Y ambos lo sabían.
Ella dejó de mirar a la ventana y fijó la vista en la pared. Su mente parecía estar muy lejos de allí. El paseo por el parque le había llevado a pensar en aquellas flores tan bonitas que había visto la semana anterior mientras caminaba por la plaza... ¿Cómo le habían dicho que se llamaban? ¡Ah, sí! Unas margaritas... ¡Qué bonitas eran! Con ese frío, tal vez ya se habrían marchitado, o a lo mejor alguien ya se las habría llevado a casa. Se sintió muy triste mientras pensaba en lo bonita que habría quedado su habitación con aquellas flores a un lado de la ventana y en lo tonta que había sido por no cogerlas en su momento, aunque también era posible que todavía continuaran a un lado del camino. La próxima vez que la dejaran salir, iría en su busca y se las traería consigo. Seguro que todos en la casa la felicitarían por ello.
Él la miró con atención. Le preocupaba que siempre adoptara aquel aire ausente y distraído antes de cada clase, pues sabía que le costaría mucho trabajo traerla de nuevo a la realidad. Así que tosiendo ligeramente, abrió el libro que traía por una página y lo puso a un lado de la mesa. Ella advirtió el gesto y, contemplando el sonriente rostro del maestro, dejó de pensar en las flores para prestar atención a la maraña de letras que formaban el texto que esa tarde tendría que leer.
-Hoy leeremos hasta aquí -explicó él mientras marcaba con el lápiz dos párrafos más o menos extensos. Y al ver que ella volvía a poner cara de fastidio añadió-: ¿Qué pasa? ¡Vamos! No irás a protestar, ¿verdad? -la alumna le miró enfurruñada-. ¡Anda, no seas tonta! ¿O es que ya no te acuerdas de que ayer leímos casi media página? Comparado con eso, lo de hoy no es nada.
Ella suspiró con impaciencia. Deseaba estar en cualquier otra parte menos en aquel cuarto. ¡Dios, cómo odiaba la hora lectura! ¡Era tan aburrida! Por no decir lo ridícula que se sentía cuando la corregían por haber pronunciado mal alguna palabra. Sin embargo, no quería disgustar al joven maestro. Después de todo, era muy amable con ella. Así que armándose de valor, respiró profundamente y acercando la nariz al libro, empezó a leer con voz torpe:
-El Teide es... es... el... pi...pi...pico más al... alto de Espa... Espa...
-Es una "Ñ" -dijo él mientras pronunciaba muy despacio aquel nuevo sonido-. Una "Ñ".
-Una "Ñ" -repitió ella maquinalmente.
-Eso es. Si la "Ñ" con la "A" hace "Ña"... ¿Cómo se lee la palabra que tenemos ahí?
-Es...pa... Espa... España -silabeó ella al fin.
-¡Exacto! -le contestó él muy contento-. ¿Puedes repetirla de nuevo?
-España -volvió a decir ella al tiempo que sonreía. Le gustaba mucho que el profesor la felicitara siempre que hacía las cosas bien. ¡Le pasaba tan pocas veces...!
-Muy bien. Continúa. -le dijo ayudándola a buscar el punto donde se habían detenido-. Te habías quedado en Es el pico más alto de España...
-Es el pico más alto de España -volvió a repetir ella-. Le si... sigue el Mu...Mulha... ¿Qué es lo que pone aquí? -preguntó extrañada.
-Mulhacén -respondió el profesor-. Mul-ha-cén. Te has equivocado con la "H", ¿a que sí? -Ella asintió con timidez-. ¡Pero, bueno...! -dijo él fingiendo enfado-. ¿Ya no te acuerdas de lo que hablamos el otro día? La "H" es una letra muda y sólo se pronuncia cuando aparece acompañada por la "C", como es el caso de China o Chocolate. Pero en este caso no es así, ¿verdad? -Ella negó con la cabeza-. Uhm... veamos... Aparte de Mulhacén... ¿Qué más palabras con "H" conoces?
Ella trató de hacer memoria pero, por más que se esforzara, no recordaba ninguna. Al descubrir que el maestro la miraba decepcionado, se ruborizó. Él volvió a reírse.
-No te preocupes. Mañana volveremos a repasar esa lección. Es lógico que no te acuerdes -dijo mientras trataba de consolarla-. ¡Vamos! Terminamos de leer este párrafo y descansamos para merendar, ¿de acuerdo? ¡Una vez más desde el principio!
¡La merienda! ¿Cómo podría haberse olvidado de ella? La tarde anterior le habían dado un trozo de pastel de chocolate y un vaso de leche, aunque también recordaba haberse llevado una regañina por haber querido repetir. "Las cosas dulces no son buenas" le había dicho el maestro. Y todos los que la acompañaban parecían compartir su opinión.
Sin embargo, en aquel momento poco le importaban el trozo de tarta, el paseo o las margaritas. Tenía que leer bien aquella frase. No quería volver a decepcionar al profesor. Con decisión, volvió a fijar la vista en el libro y con una voz firme y clara dijo:
-El Teide es el pico más alto de España. Le sigue el Mulhacén, que con una altura de más de tres mil metros, es la formación montañosa más elevada de la Península Ibérica.
-¡Muy bien, abuela! -dijo el joven maestro de ocho años aplaudiendo mientras le daba un sonoro beso en la mejilla-. ¡Lo has hecho mucho mejor que yo! La semana pasada la maestra me riñó en la escuela por no saber cómo se pronunciaba "Península Ibérica". Qué tonto, ¿verdad?
Ella le devolvió el beso y, sin dejar de sonreír a su nieto, se ajustó con dificultad las gafas sobre el puente de la nariz y continuó leyendo.
*Relato finalista en el VIII Premio Universitario de Relato Breve "Día del Libro", convocado por la Universidad de La Laguna (¡Fue difícil, pero lo consequimos!) ;-)
¡¡Eres un monjstruo!! Me ha encantado, felicidades. :-DD
ResponderSuprimir¡Gracias, tío! ;D
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