miércoles, 27 de junio de 2012

El Imperio romano en el siglo IV

La división del Imperio hecha por Teodosio sirvió para que su parte oriental, mucho mejor preparada ante las invasiones bárbaras, sobreviviera hasta 1453.

El Imperio Romano del siglo IV d. C. se extendía alrededor de la cuenca del Mar Mediterráneo, incluyendo la actual Turquía, Israel, Egipto y el norte de África. Francia (La Galia) y la Península Ibérica (Hispania) pertenecían al Imperio Romano en su totalidad. Inglaterra también era romana, mientras que Escocia e Irlanda eran bárbaras (no romanas o no civilizadas). Los ríos Rhin y Danubio limitaban el Imperio en su parte septentrional. Las tierras al norte de estos ríos estaban habitadas por una variedad de pueblos de origen escandinavo a los que los romanos llamaron germanos. 

Roma tenía continuas escaramuzas con las tribus limítrofes que vivían al norte de los grandes ríos europeos. Ocasionalmente, los emperadores fuertes extendían sus territorios más allá de estos ríos, mientras que los emperadores débiles tendían a perder esas tierras. Con el fin de defender los límites del Imperio de las incursiones bárbaras, entre veinte y treinta legiones custodiaban sus fronteras. El mayor rival organizado de los romanos era el Imperio Persa, al este, que ocupaba las actuales Siria, Irán, Iraq y Afganistán. Los persas eran los descendientes políticos de los partos, que se habían levantado contra los griegos tras la conquista de Alejandro Magno y que, a partir de ese momento, habían resistido con éxito las invasiones romanas.

Pero las fronteras eran inmensas y causaban varios problemas debido a la escasez de recursos militares (500.000 soldados defendían una frontera que habría necesitado tres millones para su defensa). Las conquistas romanas se habían detenido en el siglo II después de Cristo, terminando así con los cuantiosos ingresos provenientes del pillaje y el tráfico de esclavos. Esto supuso un duro revés para la economía imperial, ya de por si bastante debilitada. La precariedad económica obligó a los emperadores a aumentar los impuestos, lo cual hizo que la producción disminuyera con el descenso de la mano de obra. Una plaga pudo haber acabado con el 20% de la población durante los siglos III y IV, empobreciendo aún más el comercio y la producción.

Arquero sasánida a caballo. Los persas continuaron combatiendo contra los herederos de Roma (ahora bizantinos) hasta que fueron engullidos por el Islam.

Los emperadores romanos ostentaban una autoridad absoluta. Con los buenos emperadores, esto no representaba un problema. Pero el ejercicio del poder por parte de emperadores poco aptos suponía un claro problema para los intereses del Imperio, tanto en el interior como en el exterior. Las intrigas palaciegas y las luchas por el poder eran constantes. Los ejércitos provinciales se sublevaban contra el poder imperial y nombraban emperadores a sus generales. Las reglas de sucesión al trono no estaban claras, y podían dar lugar a auténticas guerras civiles que debilitaban la estabilidad del Imperio. La burocracia encargada de controlarlo se volvía cada vez más corrupta, lo que aumentaba la insatisfacción de los ciudadanos. 

A finales del siglo III y comienzos del IV, la llegada de Diocleciano al poder inauguró un periodo de relativa paz para Roma, llevándose a cabo la reorganización política y administrativa del Imperio mediante la tetrarquía: dos Augustos compartían el poder al tiempo que contaban con la ayuda de dos Césares, los cuales actuaban en el papel de consejeros y terminarían heredando el cargo (el Imperio Bizantino heredaría algunos aspectos de esta fórmula mediante la figura del coemperador). Las reformas iniciadas por Diocleciano serían adoptadas por sus sucesores y están consideradas como el prólogo de lo que sería la división promovida por Teodosio en 395.

En el año 337, se dieron los primeros pasos que llevaron a la división del Imperio en Oriental y Occidental, en un intento de facilitar su gobierno y mejorar sus defensas. En el 313, Constantino se había convertido en el nuevo emperador tras una guerra civil. Tras su llegada al poder, estableció la capital en Bizancio, a la que rebautizó como Constantinopla. Así se acercaba a la zona más próspera del Imperio y a las áreas más conflictivas del momento: El Eúfrates, por la guerra contra los persas; y el Danubio, por la lucha contra los godos. Durante los siguientes años, el Imperio de Oriente consiguió detener el avance de los visigodos, ostrogodos y hunos, desviando las fuerzas invasoras hacia Occidente.

Constantinopla ya en época bizantina. En la parte superior de la imagen puede distinguirse la basílica de Santa Sofía, construida bajo el reinado de Justiniano.

La muerte de Constantino dejó el Imperio dividido entre sus tres hijos (Constante, Constancio y Constantino II), quienes después de haber asesinado a varios de sus parientes y conspirar para hacerse con el poder, acabaron con sus rivalidades tras un nuevo periodo de guerras civiles que dieron el triunfo a Constancio. A partir de entonces, los emperadores optaron por reforzar su poder dentro del Imperio. Esta situación contrasta con la casi nula política exterior practicada por algunos gobernantes romanos, lo que animó a los pueblos bárbaros a cruzar las fronteras imperiales y al Imperio Persa a reactivar su conflicto con Roma. Ante tales circunstancias, las legiones romanas se vieron forzadas a intervenir. 

A lo largo del siglo IV, las dos mitades del Imperio fueron adquiriendo una identidad diferenciada. Esto se debió principalmente a las distintas influencias que sufrían tanto desde el exterior como por parte de las culturas locales. Con Teodosio en el poder, las diferencias entre Oriente y Occidente se acentuaron aún más. Antes de ser proclamado emperador, Teodosio había destacado como general combatiendo a los pueblos hostiles al poder romano en la franja oriental. Conocía a los enemigos de Roma en la zona y estaba al tanto de los problemas a los que tenía que hacer frente. Es por eso por lo que firmó una serie de pactos con los sasánidas y los godos, lo que aseguró la paz en la región al menos por un tiempo. 

Teodosio proclamó al cristianismo como religión oficial del Imperio. Este hecho marcó un punto de inflexión en las relaciones entre Oriente y Occidente. Constantinopla se convirtió al cristianismo con rapidez mientras que en Roma se mantenían las ideas paganas. El mundo urbano experimentó un notable auge en la zona oriental mientras que las ciudades de Occidente iban siendo abandonadas frente a la amenaza bárbara. La política de Teodosio dio lugar a la definitiva división del Imperio. A su muerte, legó la zona oriental a su hijo Arcadio y la occidental a Honorio.

Asediada en multitud de ocasiones, Roma se convirtió en el blanco preferido de los bárbaros.

Pese a la división del Imperio en dos zonas gobernadas por sendos emperadores, es muy importante resaltar que siempre se tuvo la idea de un único Imperio. La división territorial no afectó a la legislación de las leyes, que siguieron siendo las mismas para ambas zonas. Y lo mismo ocurrió con la administración, el ejército, entre otros… 

El Imperio Occidental siguió siendo predominantemente latino, mientras que el Oriental adquirió una identidad predominantemente griega (a pesar de que siguieron llamándose romanos). El Imperio Romano de Oriente sobrevivió a las invasiones de los pueblos bárbaros de los siglos III y IV debido a un mayor número de población (el 70 por ciento del total del Imperio), emperadores más competentes, mayores riquezas y unas fuerzas armadas de mucha mejor calidad. Las provincias más ricas eran Egipto y Palestina. Los cultivos egipcios aseguraban el abastecimiento de Constantinopla y varias zonas desérticas fueron explotadas con notorio éxito. En la frontera siria y Egipto existían una red de ciudades y aldeas que estaban bien comunicadas entre sí. El comercio floreció de forma considerable mientras que en Constantinopla, Antioquia y Alejandría proliferaron las escuelas y bibliotecas.

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