miércoles, 20 de septiembre de 2017

Mortadelo y Filemón: la serie de BRB (1994)

Llevaba años queriéndole meter mano a esta serie, hasta el punto de pensar situarla en el primer puesto de mi ranking de series más odiadas. Que hayan pasado cinco años y que no me haya dignado a terminarlo ya dice mucho del respeto que le tengo a este blog y a mis lectores. De todos modos, creo que puedo estar orgulloso de mí mismo. En un momento en el que la blogosfera languidece (si no lo ha hecho ya), seguir publicando aquí es todo un reto... Aun sabiendo que mi índice de visitas ya no es el que era (nunca fue tan alto, en realidad) y que apenas corrijo las entradas que publico. Yo es que soy así.

Casi me da pena ponerla a parir. Mirad la carita de buenazo que tiene Filemón. Hasta parece una persona normal.

¿Por qué hablar de la serie de "Mortadelo y Filemón" a estas alturas? Porque todavía no he empezado las clases en la universidad y solo veo a mi novia los fines de semasna, lo que hace que, entre mis regulares visitas a XVIDEOS y FormulaTV, tenga DEMASIADO tiempo libre. Puede que algún día, cuando finalmente me anime a bajar la persiana a esto, haga un ranking con mis diez actrices porno favoritas, aunque teniendo en cuenta el tiempo que he tardado en escribir sobre el tema que nos ocupa, eso no ocurrirá hasta dentro de diez o quince años por lo menos. Me veo pagando la universidad de mis hijos (bueno, en todo caso la encargada de hacerlo será mi pareja, dado que ya no tengo esperanzas de que la licenciatura me dé para comer) y dedicando las noches de los domingos a escribir aquí. ¡Jo, qué vida me espera! Estoy tan ilusionado que desearía estar muerto.

En fin, hablemos de la serie de "Mortadelo y Filemón". Debo admitir que uno de los motivos que me han empujado a escribir esta retahíla de improperios es la escasez de reseñas que he encontrado de la serie y, sobre todo, los buenos recuerdos que conservan aquellos que la visionaron en su momento. Asumo que es así debido a que seguramente este mondongo fue el primer contacto que tuvieron con los personajes de Ibáñez. Y me parece bien, puesto que uno es de donde nace. Yo, por ejemplo, fui de los que crecieron con "El armario del Tiempo" y la inagotable verborrea de Chiflágoras, elementos que, pese a no ser canon, considero tan mortadelescos como la chirimoya. También recuerdo habérmelo pasado en grande con los "Festivales del Humor", si bien los cortometrajes que los componían palidecían ante la surrealista y brillante producción que Vara y cía nos regalaron pocos años después.

¿Quién cojones eres tú y por qué debe importarnos?

Con estos antecedentes, el estreno de esta serie hace ya la friolera de 22-23 años me decepcionó enormemente. Incluso de niño me pareció una serie aburridísima y que poco o nada tenía que ver con el espíritu de los cómics, por mucho que Ibáñez la avalase y la pusiera por las nubes durante "la promoció" (me ahorraré cualquier comentario referente al interés del MAESTRO por ganar pasta a todo trapo, dado que es el PUTO AMO del tebeo español y todos y cada uno de los historietistas del país han mamado de su calvorota). Como ya comenté cuando reseñé "La Innombrable", mi hermano y yo crecimos con los volúmenes de "Super Humor" y los tebeos de la "Colección Olé", disfrutando como locos de "La Secta del Zum-Bhao", las ideas y venidas de "La Gomeztroika", las malas artes de "El Brujo" y muchísimos más. Ni él ni yo nunca nos consideramos expertos en la materia y a día de hoy no tenemos ni repajolera idea del tema de las publicaciones apócrifas y los negros con los que Ibáñez contó cuando el Imperio Bruguera siguió los pasos del romano. Todo se reducía a disfrutar de los cómics, desde los ya clásicos retruécanos mortadelescos hasta las ostias que se daban los personajes al caerse de un quinto piso.

Por eso, cuando este montón de mierda se estrenó, nos desilusionó bastante (en su momento contó con una gigantesca campaña publicitaria, un precedente de lo que haría Antena 3 en los años siguientes). La verdad, nunca le encontramos la gracia por ningún lado. Simplemente aquellos no eran Mortadelo y Filemón. Mi hermano no aguantó más de tres capítulos y yo, que era el pequeño, ni me lo pensaba a la hora de cambiar de canal. Igual en Telecinco podrían estar echando "Yaiba" y yo sin enterarme.

Cuando este personaje aparece en escena, os juro que dice: "Gñeñeñe... Ñegñeñe..."

Lo peor era cuando no tenías esa opción y en el cumpleaños de un amigo a su padre se le ocurría poner algunos capítulos de la serie para tenernos tranquilos. En una de esas ocasiones recuerdo que visioné "La venganza de Tengo-Pis" y me sentí como un jodido bicho raro al ver cómo todo el mundo se desconojaba de la risa mientras yo rezaba para que dieran las nueve y largarme de una vez a casa. Siempre he dicho que si a un crío no le divierten los dibujos que ve, es que algo se ha hecho mal... rematadamente mal... Y os lo dice alguien que hasta hace poco todavía faltaba a clase para ver cómo terminaba la última temporada de Xiaolin Showdown.

Pasemos pues, a explicar los motivos por los que esta mierda siempre me pareció lo que fue... UNA GIGANTESCA PUTA MIERDA.

1. Los efectos de sonido: La serie es INCAPAZ de estar callada cinco segundos. Si los personajes no están hablando, siempre habrá un hilo musical de fondo que nos recordará que la televisión está encendida y escupiendo mierda. En serio, en toda la puta serie (salvo en el piloto) no hay ni un cochino minuto de silencio. Resulta agotador. Ver un capítulo es como jugar una partida a una máquina tragaperras: la estridencia de los colores y el ruido constante intentan mantener la atención del espectador sin conseguirlo. Es muy triste tener que recurrir a este recurso, dado que toma a los chavales por completos gilipollas. Hay una diferencia enorme entre contarle una historia a un niño, con sus pausas y sus momentos de suspense, y agitarle LAS PUTAS LLAVES DE TU CASA para llamar su atención y entretenerlo. ¿En qué cojones estaban pensando? 

Las voces de los personajes son horribles, caricaturizadas a un nivel de preescolar. Sí, sé que estamos viendo una serie de dibujos para niños pero, por el amor de Dios, respeten un poco a su público. La música es TERRIBLE. Los créditos de inicio son lo peor que ha salido de una mesa de mezclas. A día de hoy, he tenido que buscar la letra de la cabecera porque era incapaz de entenderla. Las dos primeras estrofas del estribillo son inaudibles (donde dice "Para un trabajo bien hecho, dos EXPERTOS en acción", parece que dice "Para un trabajo bien hecho, dos CERDOS en acción". Toda la vida he creído que decía esto último. Y yo pensando: "¿Por qué coño se refieren a Mortadelo y al otro como cerdos? Joder, menuda forma de vender una obra). A mitad de camino entre un espectáculo de revista y una verbena de puticlub, el conjunto es bastante cutre y rancio. La música hiede a fiesta de pueblo y motel de carretera. Es jodidamente chunga e inquietante.

¿De qué coño se ríe este anormal? Ni puta idea, pero ahí está.

Y ya no solo es la música de inicio, sino toda la que está insertada en el capítulo. Hasta los actos y reacciones de los personajes cuentan con sus propios efectos de sonido: si Filemón se enfada o está asustado, sonará una especie de reloj de cuco que nos indicará que su paciencia se está agotando o que "El Super", Ofelia o su puta madre van a sacudirle un guantazo; si Mortadelo se pone un disfraz, más de lo mismo... Si a esto le sumas el humor físico (caídas, trompadas...) característico del tebeo, el resultado es una puesta en escena que recuerda más a una tarde en el circo con los payasos que a otra cosa.

2. El doblaje: El doblaje, me cago en la puta... El doblaje es cancerígeno. Lo peor de todo es que contaron con actores de renombre para hacer las voces de los personajes. Sin ir más lejos, la voz de "El Super" es la de Miguel Ángel Jenner (y esta vez os pido que no penséis en su hija -que sí, que está como un tren- sino en Samuel L. Jackson). También estuvieron por ahí Juan Carlos Gustem (todo un clásico de la publicidad) y Luis Posada haciendo papeles secundarios. ¡Maldita sea! Tuvieron la ocasión de hacer algo muy bueno y terminaron ciscándose en todo. ¡Su puta madre! ¿POR QUÉ?

Hay varias cosas que apuntar con respecto a este tema. En primer lugar, las prisas que en BRB parecieron darse para entregar la serie y tenerla lista para su emisión, porque los errores de pronunciación de los actores son, en algunos casos, descarados. A Enric Cusí, doblador de Mortadelo, se le escapan bastantes morcillas durante sus diálogos (palabras mal pronunciadas, expresiones que casi me atrevería a decir que están catalán...). Es que ni Rajoy podría hacerlo peor, tío. Pero la palma se la lleva Jenner en el capítulo "El caso de los diamantes" donde se le escucha rezongar por lo bajo y soltar un "¡Coño!" (si pincháis en el enlace, atentos al 8:47-8:53). Puedo entender que son cosas en las que uno no repara en el momento, pero es que el producto es tan mediocre que llama muchísimo la atención. Otro de los errores más característicos es que la voz de los actores se escucha hasta cuando los personajes ni siquiera están hablando, lo que corrobora mi teoría de que esta serie se hizo deprisa y corriendo, sin importar la calidad del resultado final.

Venganza feminazi (Cárdenas y Pablo Motos dixit).

Pero lo peor de todo es la voz nasal y oligofrénica que le pusieron a Filemón, muy alejada de la elegancia y el saber estar de José Martínez Blanco en "El armario del Tiempo" y los cortometrajes de los "Festivales del Humor". Me atrevería a decir que este es uno de los principales motivos por los que la serie se va literalmente a la mierda. Entiendo que la personalidad de Filemón experimentó varios cambios en el tránsito que hay entre las aventuras de "Agencia de Información" y su ingreso en la TIA, donde se convierte en un patán inmaduro a la altura de Mortadelo. "El Super" pasó así a ser el personaje "serio y formal" de las historietas, el único capaz de poner algo de orden en los desmanes de sus subordinados. Ya digo, puedo entender eso, pero de ahí a ponerle una voz tan tonta y forzada al personaje, va todo un mundo. ¿Lo peor de todo? Que Xavier Martín, el responsable de este atentado, volvería a repetir en la execrable "Historias del fútbol", serie estrenada por la BRB a rebufo del Mundial de Francia de 1998 y donde puso la misma voz (¡pero la misma, os lo juro!) a un micrófono parlante al que daban ganas de... de... ¡Bah! Pasemos al siguiente punto.

3. La animación: BRB tuvo una época dorada en la década de los 80, cuando, en colaboración con algunos estudios de animación asiáticos (Japón y Taiwán) creó auténticas joyas de la animación como "La vuelta al mundo de Willy Fog", "D'Artacan y los tres mosqueperros" o "David el Gnomo". ¿Qué pasó en los 90? No lo sé, pero ya sin la colaboración de animadores profesionales que amaran su oficio, la calidad de sus producciones alcanzó límites aberrantes (y quien me diga que "La Banda de Mozart" es una serie muy buena es que trata de reprimir las violaciones que sufrió en su infancia). BRB tuvo que tirar de coproducciones con viejas conocidas como RTVE, así como de los nuevos canales privados (en el caso que nos ocupa", Antena 3). En la producción de "Mortadelo y Filemón" también intervino el canal aleman RTL (hay que tener en cuenta que los personajes de Ibáñez son muy queridos en Alemania, donde reciben el nombre de Clever y Smart), pero es que ni de coña se alcanza el nivel de las series anteriores. La serie en sí está hecha con tan poco cariño y mimo que cualquiera diría que los encargados de hacerla se la tenían jurada a Ibáñez

Hasta la serie de acción real de "Sacarino" era más divertido que esto... Pero por nada del mundo pienso abrir esa puerta.

La animación es un horror y está a años luz de la realizada por los Estudios Vara a finales de los 60. Allí al menos los personajes se movían con fluidez y dinamismo. Aquí, en cambio, todo es acartonado y artificial. Entre gag y gag, siempre hay un primer plano de la cara de los personajes gimiendo o farfullando exclamaciones, mientras fuera de plano se desarrolla el sketch que el espectador ya ve terminado, como si los animadores no tuvieran ni idea de cómo desarrollarlo. Porque ese es otro de los problemas de la serie: los animadores prácticamente se dedicaron a copiar las viñetas de los cómics originales, dando como resultado una imagen estática y muy poco natural. En ocasiones llegaron a eliminar el orden lógico que seguían las diferentes secuencias (personajes que aparecen con un ojo morado sin que se nos explique el porqué, persecuciones y carreras que no vienen a cuento, etc.).

4. El formato del tebeo es muy diferente al de la serie: Es imposible adaptar un álbum de 50 páginas a una serie de 20 minutos. Ya no solo porque por el camino se pierden muchísimas cosas, sino porque el lenguaje del cómic es muy diferente al de la televisión. Es verdad que quien ha leído el cómic siempre lo preferirá a la serie, pero eso no quita que animadores y productores se molesten en hacer algo lo suficientemente atractivo para marcar diferencias. Ocurrió en la serie de "Tintin" (y eso que odio el personaje a muerte), "Blake y Mortimer" (donde aprovechan el formato televisivo para explorar las relaciones entre los personajes) o en las pelis de "Corto Maltés". 

Vale, debo reconocer que esto tuvo algo de gracia.

Aquí directamente se pasaron todo eso por el culo y nos ofrecieron una versión resumida de los álbumes, en donde -entroncando con el punto anterior- vemos una sucesión de escenas que en ocasiones no están bien conectadas o que han sido recortadas para cuadrar el tiempo que debe durar cada episodio (a todo esto, y según la Wikipedia, cada capítulo costaba 25 millones... la de niños que podrían haber comido con ese dinero). Un ejemplo: el final original de "Magín el Mago", donde Mortadelo y cía le pegaban una paliza al "Super", es brutalmente recortado en la serie, donde "El Super" persigue a sus agentes con una garrota en la mano sin ningún motivo. ¿Acaso no han cumplido la misión? ¿Por qué les persigue entonces? Debemos suponer que la paliza ha tenido lugar fuera de plano. ¿Por qué no animar una escena que era vital para el final del episodio? No lo sé. Igual a los animadores les dio pereza o, vista la complejidad que encerraba dibujar al "Super" hecho un revoltillo, pasaron de hacerlo. Que los niños lo intuyan, que son muy listos. 25 millones por episodio... Qué maravillosos fueron los 90.

Aquí la viñeta final del álbum de "Magín el Mago". Abajo, la correspondiente a la de la serie.

La imagen aparece oscurecida porque justo en ese momento salen los créditos. Los animadores debían de estar hasta los huevos.

Otro ejemplo: al final del cómic "El Sulfato Atómico", Bruteztrausen pierde la chaveta y es internado en un manicomio tras pasarle un hormiga gigante por encima. Pues bien, aquí el tío directamente le pega una ostia al jefe de policía y desaparece de la historia. Volveremos a saber de él por el periódico, donde se nos cuenta que se volvió loco porque sí y ya. El espectador que ha leído el álbum ya sabe lo que ha pasado, pero para quien no conozca la historia el tema le coge tan de sorpresa que dice "¡Ah, vale! Pues muy bien". Las cosas ocurren porque sí, porque hay que cuadrar el tiempo para llegar a los 20 minutos (24 si contamos los dos minutos que dura la canción de puticlub que ocupan tanto la "intro" como el "ending") y a tomar por culo. Porque esa es otra, ¿en serio era necesario hacer una canción tan JODIDAMENTE LARGA? ¿Acaso Biern Boyd le debía un favor al autor del tema o a sus sobrinas?

En "La Gallina de los Huevos de Oro" Filemón se pincha con algo fuera de plano. No tenemos ni idea de lo que es. En "La Venganza de Tengo-Pis", otra vez Filemón es víctima de una de las escenas más extrañas que me han tirado a la cara al ser apaleado por un vigilante de seguridad y, propulsado por uno de los guantazos del guarda, pasarse al menos dos minutos de metraje recorriendo y horadando las calles de la ciudad como si fuera un topo mientra de fondo se oye el sonido de una motosierra (?). En ese mismo capítulo, la pareja de protagonistas tortura y hace explotar a un guardia después de tirarle de las orejas y la nariz (tras la explosión, les vemos reírse como si no hubiera pasado nada). Ignoro si estas dos últimas escenas tenían sentido en la historieta original, dado que no la he leído, pero son de una vergüenza ajena de campeonato. Todo aderezado, recordemos, con música de circo.

La proporción que guardan los personajes es digna de un artista del Renacimiento o del Barroco flamenco.

Por otro lado, no solo se copió la animación de los personajes. También se hizo lo propio con sus diálogos. Uno pensaría que al menos la verborrea de Ibáñez se mantendría impoluta, pero nada más lejos. Hay chistes que, directamente, no funcionan llevados a la pantalla. El ritmo de la narración es tan rápido que no tienen la más mínima gracia y el contexto se pierde por el camino. Y eso cuando las tijeras no hacen de las suyas. Luego está el tema de los insultos. Mira que me he tirado a leer "Mortadelos", pero os juro que la palabra "Burricalvo" apenas aparece en los cómics que he leído. En la serie, en cambio, se repite un centenar de veces por capítulo.

¿Os he dicho que esta BASURA siguió ganando premios hasta una década después de su estreno? Con razón hay gente que sigue votando al PP y creyéndose las fantasmadas de Eduardo Inda.

5. La puta rata psicópata: Uno de los personajes habituales de la serie es un ratón anónimo que siempre está durmiendo la mona en el despacho del "Super". La función del bicho -al que nadie oye ni ve, como el sucio marciano que aparecía en los últimos segmentos de "Los Picapiedra"- es rezongar y desear la muerte a los protagonistas con frases como "Se acabó la tranquilidad" cuando Mortadelo y cía entran en escena, "Me gustaría verlos en el cementerio", "A ver si los atropellan al salir del edificio", etc. También se ríe de forma sádica cuando tanto Ofelia como "El Super" la emprenden a golpes con "nuestros" héroes. La pregunta que me hago es: ¿Por qué tanto odio? ¿Qué coño te han hecho estos dos? ¿Acaso Mortadelo violó a tu madre una noche que regresaba borracho a su casa y la encontró sola?

En serio, búscate un burro que te folle y muérete.

Al principio, pensaba que su presencia era algo puntual que dependía del tebeo en el que estuviera basado el capítulo, pero no. La puta rata sale en todos los capítulos. Ello no tendría nada de malo de no ser porque sus intervenciones podrían sustituirse por secuencias que los guionistas recortaron alegremente y que, además de tener gracia, SÍ eran de utilidad para el desarrollo de la historia.

Conclusión:

Me han faltado alrededor de siete capítulos para terminar la serie. No he tenido estómago para tanto. La serie era tan mala y pesada como la recordaba (hasta el punto de quedarme dormido viendo los últimos capítulos o pasar directamente de verlos y dedicarme a oírlos mientras mira el Facebook). En algunos momentos, hasta me he sentido insultado. No he podido soportar tanta estupidez y vergüenza ajena. Y que os lo diga yo, que me he tragado mierdas tan gordas como el remake de "Amanecer Rojo" o "Dog of Man" tiene delito. Así que hacedme un favor y pasad de esta mierda. Leed los cómics y olvidaos de todo lo demás. Si eso, echadle un ojo a la película de Fesser, pero huid de esta mierda como de la peste. Y si aún con todo no me hacéis caso, elevaré una plegaria a Rick Sánchez, Mandrake el Mago y Naboo the Enigma para vuestra salvación. Sed buenos.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

G.I. Joe: La película (1987)

Si bien hoy en día es de buen tono poner de vuelta y media a Estados Unidos y su papel de "gendarme mundial", hubo una época en la que las bravuconadas de las producciones norteamericanas nos divertían, al tiempo que también nos hacían pensar que, por muy mal que fueran las cosas, alguien velaría por nuestra seguridad, pondría en su sitio a los "malos" y llevaría la paz y la libertad allí donde fuesen necesarias.

Haciendo a la Tierra de las Hamburguesas grande de nuevo.

Los 80 fueron quizá los años dorados de esta reducción al absurdo donde, en el colmo de la perversidad, Estados Unidos pasaba por ser un país pacifista y respetuoso con el Derecho Internacional (independientemente de que la Guerra de Vietnam hubiese acabado en 1975 y la Administración Reagan se dedicase a financiar dictaduras en América Latina). Para los niños de aquel entonces, palabras como "Paz", "Libertad" o "Justicia" eran conceptos absolutos que no admitían réplica y que siempre estaban en el discurso de los "buenos". Estos, como todos los héroes, eran incorruptibles y jamás de los jamases harían un mal uso de su poder. Hizo falta que Superman se convirtiese al comunismo ("Red Son") para que el kriptoniano hiciese de sus omnipotentes poderes una horrible distopía que incluía, como no podía ser menos, la dominación mundial. Lo más increíble de todo es que "Red Son" fue publicado en 2003, el mismo año que Estados Unidos invadía Iraq en un terrible ejercicio de irresponsabilidad y megalomanía. Y sin embargo, los malos seguían siendo los "rojos". La democracia y el liberalismo, las unidades de destino en lo universal de Estados Unidos, continuaban estando a salvo.

Y tampoco hace falta irse demasiado lejos en el tiempo... Ahí están "Los Vengadores" y sus rencillas internas. ¿O es que nadie se acuerda del Capitán América negándose a acatar las órdenes de la ONU para seguir yendo por libre y hacer lo que ÉL cree correcto y necesario? Porque no olvidemos que es un héroe. Y como todo buen héroe (y debo insistir en ello) es incorruptible y no siente sed de poder. Hemos cambiado muy poco desde las pelis de Rambo y las fanfarronadas de Chuck Norris.

Con la intención de destruir a Conan de una vez por todas, Wrath-Amon se vio obligado a pluriemplearse.

Muy bien. Una vez que he satisfecho al pequeño marxista que domina mi día a día, voy a pasar a enumerar las razones por las que esta peli mola más que el pan de molde. Porque sí, los G.I. Joe y su proselitismo yanki molaban un huevo. Hasta su logo llevaba incorporados los colores de la bandera de EE.UU. Debo reconocer que mis motivos obedecen más a la nostalgia que me inspiran estas figuras (me niego a emplear un término tan denigrante como el de "muñeco"... son "figuras de acción" y punto) que a la propia calidad de la cinta, cuestionable y tonta a niveles asesinables... pero endiabladamente divertida. ¿Os he dicho que hay un tío que agarra un misil con las manos y lo arroja contra un vehículo enemigo? Pues eso.

Típico entrenamiento de un ertzaina. La siguiente lección se titula "Cómo utilizar torpedos como mondadientes".

Porque los G.I. Joe fueron una parte muy importante de mi primera infancia (entre los 5 y 8 años, momento en que fueron desbancados por los dinosaurios), ofreciéndonos a mi hermano y a mí incontables horas de diversión. Nuestra colección no fue excesivamente abundante, pero sí contábamos con una pequeña flota de vehículos (entre los que se incluía el Cobra Wolf, del que fui flamante propietario; el Warthog, que traía consigo una figura del sargento Slaughter; un helicóptero Tomahawk; un lanzamisiles de COBRA, cuyos proyectiles llevaban minas incorporadas... un detalle que habría agradado a George Bush; y otros tantos más) y varios personajes (el Sargento Láser, Ranger Viper, Toxo Viper, Voltar, Raptor, Croc Master, Airtight , Stretcher, Tripwire... y así podría pasarme toda la tarde).

"Bueno, ¿qué? ¿Quién se apunta a ir esta noche a la orgía que organiza Barbie en su casa?".

Conforme fui creciendo, los vehículos fueron los primeros en desaparecer y las pocas figuras que quedaron (ya os he dicho que ni de coña voy a utilizar la palabra "muñeco") o bien no resistieron el embiste de mis dinosaurios (todavía recuerdo la tarde en la que recreé el trailer de "El Mundo Perdido" y cómo a partir de él desarrollé una historia mucho mejor que la de la película original) o bien quedaron olvidados en una caja de zapatos que mi hermano todavía conserva en la cómoda de su cuarto. No hace mucho mi madre me dijo que se había desecho de unos pocos que estaban despiezados... Porque precisamente ese era uno de los grandes problemas que tenían los G.I. Joe: el elástico que unía el torso con las piernas se desgastaba con el tiempo y la figura terminaba como si le hubiese caído encima un misil de verdad. En ese sentido, eran más endebles que los muñecos (¡MIERDA!) de otras franquicias, como los de "La Guerra de las Galaxias" o "Parque Jurásico" (ambas producidas por Kenner hasta su absorción por Hasbro y de una calidad sobresaliente). Curiosamente, todavía conservo en buen estado varias de las armas que traían las figuras. Es más, hace muchos años, rodando uno de los muebles de mi habitación, encontré el rifle de asalto de Beach Head (véase más abajo). Lo que se dice un auténtico ejercicio de arqueología y Memoria Histórica.

Nathan Explosion poco antes de abandonar su primera banda para fundar Dethklok.

Supongo que ya os habréis dado cuenta de que esta entrada es para hablar más de mis juguetes favoritos que de la película en la que están basados. Pero ya os digo que hay cosas muy llamativas de este mondongo que merecen nuestra atención, entre las que destacan:

1. LOS CRÉDITOS DE INICIO

Los créditos de inicio tienen lugar en la Estatua de la Libertad mientras vemos a la peña de COBRA y a los G.I. Joe zurrándose con ganas. Los neoyorquinos están celebrando lo que parece ser el 4 de Julio cuando una amenaza se cierne sobre la noche. El tema de la serie es remezclado con una letra que nos dice lo malo que es el Comandante Cobra y termina recordándonos que, por muy mal que vayan las cosas, el comando G.I. Joe siempre estará ahí... así te hayan quedado cinco para siempre o se te haya caído la pizza al suelo.


Aunque la batalla es encarnizada y hay explosiones por doquier (la nave de los malos revienta y todo), nadie muere. En toda la saga, lo más parecido que podíamos ver a una muerte eran las explosiones de los Bat Android Trooper, los soldados robóticos de COBRA a los que se les fundían los plomos cada dos por tres cuando se les disparaba. Con eso nos bastaba y sobraba. La imaginación hacía el resto.

2. UN EJÉRCITO MULTICULTURAL

El comando G.I. Joe, aunque lucha bajo el paraguas de Estados Unidos, está compuesto por un conglomerado multicultural que haría las delicias de Benetton y Los Fruittis. Esto era algo que se veía en la serie y que volvería a repetirse en la película.

Los ángeles existen y tienen el rostro de Ana Morgade.

Mucho antes de que los petardos de la incorrección política cargasen contra la igualdad de género o la discriminación positiva, los dibujos de los 80 ya nos enseñaban auténticos valores de convivencia: en esta peli en concreto hay una chica que practica artes marciales y tumba al temible Beach Head, el instructor más despiadado del otro lado de Alabama; un negrazo que nos enseña que, incluso estando ciego, uno puede salvar el mundo de una raza de reptilianos mutantes; y los clásicos rostros femeninos de la serie que, lejos de ser objetos de adorno, también saben cómo repartir estopa y destacar en lo suyo (hasta COBRA se adelantó a organizaciones hermanas como VOX o Ciudadanos y situó en su organigrama a un mujeres tan importantes como la Baronesa).

3. LOS ORÍGENES DEL COMANDANTE COBRA

Sí, se nos muestran los orígenes del Comandante Cobra. No sé si esta película forma parte del canon oficial o no (hay poquísimas referencias de ella en español, razón por la que me he animado a dedicarle una entrada), pero este personaje se sale por todos lados y siempre fue mi favorito, por lo que cualquier dato sobre él siempre es bienvenido. En la película nos lo presentan como un prometedor científico intraterrestre cuyo rostro quedó desfigurado después de sufrir un accidente en su laboratorio. Como castigo a su incompetencia, y por si no fuera poco tener como jefe al cantamañanas de Serpentor, Golobulus, el todopoderoso líder de Cobra-La, termina por convertirle en un mutante sin conciencia (igual que un votante del PP, vaya).

"Así que esto es lo que pasa cuando mezclas Mentos y Coca Cola... ¡Joder, cómo escuece!".

Honestamente, la idea de que sea un científico de una raza humanoide antediluviana no termina de convencerme (tampoco lo hace que en su juventud fuera un vendedor de coches usados), pero me da igual. Más allá de su marcado acento (sin el doblaje latino esta serie no sería lo mismo) y sus rabietas con el gilipollas de Serpentor, el Comandante Cobra es un personaje muy bien definido y con un trágico pasado a sus espaldas. Con Cobra pasamos de la risa al llanto en pocos segundos. Y eso es algo que muy pocos villanos pueden hacer.

4. MERCHANDISING A PORRILLO

La serie era un derroche de merchandising, vale, pero... ¿Y qué? ¿Acaso no éramos felices con la mierda que nos vendía? Con semejantes antecedentes, está claro que la película no iba a ser menos. A los G.I. Joe y COBRA de toda la vida se ha sumado en esta ocasión la perversa Cobra-La, una siniestra raza de humanoides que dominaba el mundo antes de la aparición de la Humanidad y que, tras el comienzo de las glaciaciones, tuvo que retirarse al interior de la Tierra a la espera de tiempos mejores (¡Chúpate esa, Lovecraft!).

"Enhorabuena. Se ha licenciado en la universidad más cara y, por tanto, la mejor que existe".

Para la franquicia, aquello implicaba seguir sacando más y más juguetes que representaran a los nuevos personajes. Y a fe mía que lo hicieron. Mi hermano y yo seguimos recibiendo figuras de la serie hasta los Reyes de 1993, lo que explica el éxito de unos personajes que habían comenzado su andadura diez años antes. Decir también que en la peli sale el famoso Conquest X-30, uno de mis juguetes favoritos de siempre (yo lo llamaba el "Avión-Tiburón"). Verlo volar y disparar sus misiles es, aún a mis 31 años, una maravilla. En mi fuero interno, siempre fantaseé con que me regalasen uno de los chismes voladores de COBRA, pero no pudo ser. La vida puede ser muy perra.

5. HAY "COSAS" QUE MUEREN

Como ya comenté, si bien la serie seguía los patrones del "Equipo A" donde, por muchas explosiones que hubiera, nadie sufría el más mínimo rasguño, aquí hay gente que muere, ya sea despeñándose por un barranco (algo que ocurre con Pythona y  Nemesis Enforcer, los lugartenientes de Golobulus) o bien a golpe de láser... Evidentemente, las víctimas de los disparos no son otra cosa que insectos y gusanos gigantes a las órdenes del maloso. No es mucho y casi no se ve sangre, pero peor es nada.

A MODO DE CONCLUSIÓN

Ya habréis notado que apenas hago hincapié en la trama de película, pero es que tampoco hay demasiado que contar. Me atrevería a decir que es un capítulo bastante largo de la serie original, salvo que aquí se saltan los relamidos consejos que, a modo de servicio público, los protagonistas daban a los niños al final de cada episodio ("Si os invitan a participar en una violación grupal, recordad llevar siempre encima protección, niños"). Valores como la responsabilidad y la confianza en uno mismo (representados por el joven Teniente Falcon, un incompetente soldado de los Joe que busca su lugar en el equipo) están presentes a lo largo de toda la aventura, pero en ningún momento llegan a ser un estorbo para su desarrollo. Es más, yo hasta diría que ayudan a enriquecer la trama principal. Algo de moralina en mitad de un tiroteo nunca viene mal, aunque os aseguro que lo último a lo que prestaba atención cuando veía la serie era al discursito del capitán Duke sobre la importancia de lavarse las manos.

Serpentor emocionado ante la perspectiva de echar un polvo.

Ignoro si la película tuvo una continuidad en las series de la franquicia que aparecieron después de su estreno, dado que termina con el Comandante Cobra convertido en una serpiente mutante y con Golobulus escapando en el último momento. Que yo recuerde, en la serie de 1989 no se hizo referencia a estos hechos... O puede que sí, no lo sé. Teniendo en cuenta que la franquicia también continuó en los cómics, es bastante probable que encontremos algunas referencias a la peli ahí (según he leído, hay una relación entre Cobra-La y la historia de los Transformers... la madre que me parió). De todas formas, no sería raro que en posteriores entregas se hiciera borrón y cuenta nueva. Una prueba de ello la encontramos en la espantosa "G.I. Joe Extreme" estrenada en 1995, la cual se pasaba la historia de COBRA por los mismísimos cojones de Destro.

Y poco más. Lo cierto es que, para bien o para mal, G.I. Joe marcó un antes y un después tanto en el entretenimiento como en la comercialización de juguetes. Me atrevería a decir que su influencia llevó incluso a la creación de otras sagas igual de emblemáticas, como fue el caso de "Command and Conquer", donde el control del mundo era disputado por una fuerza multinacional, la GDI (Global Defense Iniciative) y un grupo terrorista cuya estética recordaba enormemente a la de COBRA (la Hermandad del NOD). ¿Casualidad? No lo sé, pero lo cierto es que tanto la historia como la parafernalia que la rodeaba era sospechosamente parecida a la de los muñequitos de Hasbro. Aunque solo sea por eso, G.I. Joe ya se ha ganado un lugar en nuestros corazones. Y sí, de haber podido elegir, me habría alistado en COBRA sin dudarlo.

jueves, 31 de agosto de 2017

Rescaten el Titanic (Jerry Jameson)

¡Bah! Paso de fichas técnicas y pollas en vinagre. Es la primera vez que escribo en el blog desde hace cuatro meses y tengo el mono. Hoy, materia pura y dura.

Jódete, James Cameron.

Hacía tiempo que le tenía ganas a esta película, porque mira que el cartel prometía: el Titanic emergiendo de las frías aguas del Atlántico enterito y sin haber tenido que echar mano de “La Gotita”... Porque ya saben ustedes que lo que “La Gotita pega, nada-nada lo despega”. Supongo que solo los lectores mayores de treinta (así como mi único lector argentino) podrán pillar esta referencia. El caso es que, tras haber reseñado hace eones “Titanic II” y “El musical animado del Titanic” (ya saben, aquella de “Éranse dos tetas pegadas a una mujer”) hablar de esta peli, así hayan pasado más de cinco años, era una obligación. Estar sin trabajo y con una depresión de caballo es lo que tiene. ¡Pero atentos al cartel, me cago en Dios!

El Titanic reflotado... Madre mía... Ni en sus sueños más húmedos, las crías que compartieron pupitre conmigo en una fecha tan lejana como 1997 y que tanto desearon que Di Caprio les metiera la mano en las bragas podrían haber soñado con algo mejor. No es coña. En un cuestionario que venía en la Superpop o en la Minnie Disney, una de las preguntas era si dejarías que Jack te pintase en porretas y ese tipo de cosas. Este anécdota contrasta con la de un colega cuyo padre le escondió un álbum de monstruos porque “temía que se terminase obsesionando con el tema”... o el de ese otro que venía a jugar al GoldenEye a casa porque en la suya no le dejaban andar con “juegos violentos” (“¡Esos juegos no son educativos!” dijo el fulano escandalizado un día que nos pilló a mitad de partida). En ambos casos, eran hijos de militares. Su puta madre. Iba a hacer una coña con ETA, pero no quiero ir a la cárcel. Me ha dicho mi cuñado, que sabe un montón de Venezuela, que allí se come bastante mal. Será mejor que volvamos al Titanic.

Sí, tengo esta basura en VHS, pero la felicidad está más allá de cosas como esta... Está en el porno y en la sonrisa de Lady Rox.

Hay que admitir que, nos guste o no (yo debo reconocer que todavía no la he visto entera... Sí, ¿qué pasa? ¿Habéis visto vosotros “El rayo destructor del Planeta Desconocido”? Pues entonces a callar), la película de James Cameron fue un absoluto éxito de taquilla. La historia del buque se reavivó y las expediciones que se organizaban para contemplar sus restos se multiplicaron. Hoy todo el mundo sabe que el barco fue hallado en 1986 por un equipo comandado por Robert Ballard (quien más tarde también encontraría los restos del Bismarck), utilizando para ello una tecnología de exploración submarina hasta entonces impensable (circunstancia a la que habría que añadir la consulta de fuentes y testimonios de la época en la que el barco fue botado). Ballard descendió hasta el fondo del océano y recorrió los restos del naufragio, confirmando así la idea de que el barco se había partido por la mitad en el momento del hundimiento. Las imágenes que tomó de los vestigios y el trabajo que realizó para reconstruir los momentos previos y posteriores de la tragedia fueron impresionantes.

La comida de rabo que le estoy haciendo a Ballard no es casual, porque un par de años antes que él, otros expertos y organizaciones trataron de dar con los restos del barco sin conseguirlo. Coincidencia o no, “Rescaten el Titanic” se estrenó precisamente en la época en la que se llevaron a cabo estos intentos, y los medios que emplean sus protagonistas poco difieren (salvo por los avances tecnológicos de rigor) de los que utilizaron los científicos en la vida real. 

Os cuento de qué va la cosa: resulta que el Pentágono ha descubierto que a bordo del Titanic viajaba un cargamento de un mineral más raro que un votante de Democracia Nacional con titulación universitaria. Son los tiempos de la Guerra Fría y los estadounidenses han creado un sistema antimisiles que haría de Hamburguesalandia una nación completamente invencible en el plano militar. El mineral fue descubierto por un contrabandista de nombre impronunciable (os daréis cuenta de que no doy ninguno en esta reseña) en el Ártico ruso allá por 1911. Los rusos, con comunismo o sin él, siempre están dispuestos a hincharle las pelotas a Estados Unidos, de manera que el contrabandista de los cojones tiene que huir con el mineral a cuestas mientras los abuelos de Putin le dan caza. Que digo yo que qué pintan los rusos en todo esto cuando en aquella época los malos eran los alemanes, pero bueno... El tío esconde la carga en el Titanic y se hace a la mar con el resultado que todos conocemos.

El meollo es que el mineral, como ya comentamos, es tan escaso que la única opción que tiene los gringos es bajar a buscarlo al fondo del mar matarile-rile-rile... pero como la zona de carga está en un lugar inaccesible, no les queda más remedio que reflotar el barco a base de un par de flotadores de “Mi pequeño Pony” y explosivos (si los rusos no van a mear sin tener un plan, en Estados Unidos no se solucionan los resfriados si no se tienen a mano un par de bombardas de trinitrotolueno). A grandes rasgos, este es el argumento de la peli. Está basada en una novela, por cierto.

La movida tendría encanto de no ser porque la película es un tostón inaguantable de dos horas y pico en la que NUNCA pasa nada. Insisto: NUNCA ocurre NADA. Las tres cuartas partes de este mondongo es una aburridísima trama de espías que no va a ninguna parte y que no le recomendaría ni a mi peor enemigo. El protagonismo de este coñazo recae en dos actores conocidos en su casa  a la hora de comer (he visto que uno de ellos era una de las estrellas de “Falcon Crest”... vamos, la bomba) y cuya rivalidad el espectador no llega a entender muy bien. Uno de ellos es algo así como un agente secreto más chulo que un gitano con unas alpargatas nuevas y el otro es un imbécil relamido que está a cargo de diseñar el escudo antimisiles de marras. Se llevan a matar de inmediato. Se sabe que hay por ahí una pollita de muy buen ver y que estuvo con ambos fulanos en sus años locos, pero el hilo no está nada bien desarrollado y las relaciones que se forjan entre los personajes (al menos en este aspecto) llegan a resultar muy apresuradas, casi artificiales. También hay un pavo de sesenta largos que es amigo personal de ambos y que trata de hacer que se lleven bien con el mismo éxito que la ONU con palestinos e israelíes, pero este tío en realidad no aporta mucho.

Qué ganas tengo de hacer un chiste sobre maricones y ser tan políticamente incorrecto como el batracio de Íker Jiménez.

Luego están los soviéticos, cuyo papel en la trama se reduce a hacer el congrio y a sentirse acomplejados al ver lo grandes y flexibles que son las pollas norteamericanas (con permiso de México y Canadá). La noticia de la creación del escudo antimisiles llega a sus oídos y está claro que no piensan quedarse con las manos quietas.  Tras mandar un barco científico a la zona donde los gringos están realizando las operaciones, se descubre que hay toda una subtrama de espionaje (otra más) donde uno de los marinos yankis está pasando información a los rojos porque el tío regresó tronado de Vietnam y se casó con una malaya. Todo esto se resuelve, afortunadamente, fuera de cámara. En caso contrario, la película hubiera durado otros cuarenta minutos.

Lo del complejo de pene viene por una escena final que es tan patriotera (y eso que esta chorrada es inglesa) y tan profundamente subnormal que da vergüenza ajena. Una vez que el mostrenco es reflotado, el embajador ruso se planta allí solo con un helicóptero y exigiendo que le entreguen la nave, que han estado vigilándoles desde el principio de la operación en su barco científico (¿en serio? Yo pensaban que estaban haciendo “cencia” de verdad). A nuestros héroes les entra la risa floja como el niño que oye hablar de sexo por primera vez y le dicen que se asome a cubierta. Allí aparecen un submarino y dos F-14 salidos del “El final de la cuenta atrás”, en plan “cómo se te ocurra mandarte a mudar con el barco, te metemos un par de pepinos de estos por el culo, porque el Titanic, como la luna, pertenece a América”. El embajador comprende que su chorra solo podría admirarse si se viese a través de un microscopio y decide abandonar la partida. Os juro que ocurre así.

Se dice que cuando a Alec Guinnes lo invitaron al estreno de la película, dijo: "Muy bien, iremos en el "Alce Pulcro". ¡Venga, suba!".

¡Ah! En el reparto también sale el tío ese hacía de Obi Wan, Alec Guinnes, aquí interpretando a un oficial del Titanic que sobrevivió al naufragio y al que le debemos uno de los momentos más emotivos de la peli, ya que le hace prometer a uno de los “protas”, el espía barbudo, que volverá a izar la bandera del barco una vez que lo hayan reflotado. Su presencia se reduce más a un cameo que a otra cosa, pero no deja de ser una curiosidad

Y poco más que contar. Aparte de la trama de espionaje y la pelea de gallos (con mucha PLUMA... ¡jo, jo, jo! ¡Ni Bertín Osborne!), la película es una sucesión de escenas que muestran a los “buenos” teniendo problemas con las inmersiones (uno de los minisubmarinos explota y todo) y la localización del barco. Todo amenizado con la música de John Barry y su orquesta, tan innecesaria y fuera de lugar como preciosa. Al final consiguen sacar el Titanic a flote, al que una burrada de años bajo el mar solo le ha privado de una de sus chimeneas. Quizá las escenas del barco en alta mar y entrando en Nueva York sean las más esperadas por parte de la audiencia. En honor a la verdad, no decepcionan y hasta llegan a ser bonitas por su simbolismo, ya nos guste la historia del Titanic o no. Pero duran demasiado poco y no merecen ni de coña las dos horas de visionado. 

Quizá lo más llamativo de todo sea el aspecto que conserva el barco hundido tras salir a la superficie. Es evidente que nadie sabía cómo se encontraba el buque en aquel momento, puesto que todavía faltaban un par de años para su hallazgo. Supongo que tanto el autor de la novela como los responsables de la película quisieron darle al conjunto el aire de un castillo abandonado. Las ruinas, al final y al cabo, tienen un encanto especial para sus descubridores. No esperéis encontraros con paseos por el interior del barco y esas chorradas que tanto le gustan a los puntillosos, puesto que la única habitación que aparece recreada es un salón de baile que los “Gringoesploster” utilizan a modo de base de operaciones. Eso, y la bodega del barco, donde al final, por cierto, no encuentran nada. El mineral está en una tumba irlandesa, escocesa o de por allí, donde en realidad lo dejó el contrabandista antes de embarcarse.

Sobre la forma en la que los americanos se quedan con el barco, llama la atención que en ningún momento nadie proteste por semejante expolio o que se muestre tan poco respeto por las víctimas. La burocracia queda entorpecida gracias al ímpetu de unos vulgares cazatesoros y a la cochina bandera de las barras y estrellas. El día que tenga dinero, lo invertiré en reflotar el Yorktown y convertirlo en una casa de putas para recuperar la inversión.

Y ya está. Alguien tuvo la ocurrencia de subir la película a Youtube y los comentarios no se hicieron esperar. Hay de todo: desde niñas de trece años que pregonan a los cuatro vientos que la película les ha encantado (me gustaría preguntarles qué opinan de la parte en la que salen los calamares violetas peleando con Adolfo Suárez) hasta iletrados que dicen saber más que nadie del barco, pasando por otro que afirma estar escribiendo un libro sobre el tema y otro que nos recuerda que “El Titanic está en el fondo del mar. Suscríbanse a mi canal si todavía no lo han hecho. Si ya lo hicieron, no lo hagan”. Internet, damas y caballeros. Me cago en la democratización de la cultura, por Dios.

domingo, 14 de mayo de 2017

"¡Quiero mi mierda, negro!": El extraño poder de los quicos "Chili-Lima" de Grefusa

El pasado domingo, y pese a tener toneladas ingentes de trabajo que hacer (de entre toda la pila de mierda, destacaban dos trabajos de grupo), decidí tirarme a la bartola en el sofá y pasarme la tarde rascándome los cojones a dos manos. Lo mejor es que el viernes y el sábado hice lo mismo y no me arrepiento de nada. Lo que me jode es que esta semana será jodidamente larga (práctica de tres horas el viernes incluida) y tendrán que pasar otros putos cinco días antes de volver a apalancarme en el sillón y echarle un vistazo a lo último que han subido a XVIDEOS. Tener una depresión es lo mejor que me ha pasado en la vida.

A media tarde, me di un salto al Badulaque de la esquina para agenciarme lo único que hasta  el día de hoy me alegraba la vida: un paquete de maíz picante de la marca Grefusa. No es la primera vez que os hablo de ellos, pero no me importa repetirme: si Cristo eligiese una forma para su segunda venida, seguramente elegiría una fuente de langostinos, porque no hay placer más celestial que hinchase a marisco y hay que ser muy gilipollas para que no te guste. En cambio, el Anticristo, adoptaría la forma del maíz picante de Grefusa, porque arde como el Infierno y está la ostia de bueno. Los dioses romanos gustaban de tomar néctar y ambrosía, a Obélix le encantaba el jabalí y a mí el maíz picante de Grefusa, que además de picar tiene el delicioso toque ácido y exótico de la lima, la fruta de las estrellas porno. Además, tiene fibra y te ayudan a ir al baño. El día que tenga perras, me compraré cinco paquetes y una botella de Coca Cola para echar la tarde con ellos mientras veo una película de las mías (ya sabéis, "Robowar", "La invasión de los zombies atómicos", "Colegialas alemanas, pervertidas y marranas"...). La idea es vaciar las bolsas en el cubo donde tengo las pinzas de la ropa y experimentar en mi paladar el equivalente a incendiar un convento mientras disparo al aire ráfagas de metralleta y me tiro a la Guaci disfrazada de colegiala. JODER, acabo de empalmarme con tan solo pensarlo.

“Y al séptimo día, Cthulhu, Lucifer y Jordi Cruz vieron que todo estaba bien y se fueron de putas”.

Esa era mi idea... Repito: ERA, porque lo que ha hecho la gentuza de Grefusa (Grefugentuza... ja, ja, ja... me parto y me mondo) no tiene nombre. Lo tienen que pagar. Y si no han sido ellos, mi ira caerá sobre las dependientas del 24 Horas quienes, en un alarde de hijoputismo crónico, se han asociado con el enorme repertorio de malnacidos que me han venido amargando la existencia desde hace treinta putos años. Porque alguien tiene que pagar por esto, ya lo creo que sí.

La cuestión es que el stand del “super” estaba hasta arriba de productos Grefusa: el maíz tradicional, las bolsas de formato pequeño, los Sabores del Mundo (ahora con más lepra de La India y uranio enriquecido de Ucrania), las pipas (en mi lista de tareas pendientes figura violar -y luego matar- a todos aquellos que parieron el anuncio de los “Tijuanáticos”)...  Pero el maíz picante no estaba. La estantería estaba llena de mierda hasta los topes y no había ni una puta bolsa de maíz picante. ME CAGO EN DIOS. 

Alguien pagará por esto, lo juro por Dios.

Me pasé rebuscando entre las bolsas durante cerca de diez minutos sin resultado. Si estaban de broma, aquello tenía la misma gracia que una relación incestuosa con tu padre. No recuerdo exactamente en cuantos dioses me cagué, pero conforme pasaban los segundos mis peores temores se confirmaban: era bastante probable que algún desgraciado del departamento de ventas de Grefusa (o el bastardo del distribuidor, lo mismo da... en estos momentos me siento incapaz de repartir las culpas y alguien tendrá que morir por ello) hubiera decidido que mis adorados quicos picantes dejasen de venderse.

La marca de la Bestia. ¡Te saludamos, Señor de las Tinieblas del Glutamato Monosódico!

Lo normal hubiera sido esperar hasta hoy y darse un salto al Alteza que tengo a diez minutos de casa, pero tenía un hambre de pelotas... Y me pongo de muy mala leche cuando tengo hambre. Por si no lo sabéis, Alteza es uno de los pocos supermercados de la ciudad que venden (Dios, todavía me niego a utilizar la fórmula “vendían”) millos picantes. La semana pasada alcancé a verlos allí en un viaje que hice para comprar agua. Seguramente en unos días volveré para pillar otra garrafa. Si no los encuentro, significará que todo ha terminado y que mi nombre aparecerá en las Noticias de las 8 seguido de un teletipo indicando que tengo secuestrado a medio colegio mayor y que empezaré a degollar rehenes en un plazo razonable de tiempo a menos que satisfagan mis exigencias.

Total, que ya iba a marcharme a casa con una bolsa de torreznos cuando vi algo que llamó mi atención.

¿QUÉ... COJONES... ES... ESTO?

Una bolsa de millos con la palabra “JAPÓN” impresa en su superficie junto al logotipo de “NUEVO”. Si a “Boing” la estrategia le había funcionado enganchando a cientos de niños para ver lo último de Doraemon, los de Grefusa no habían querido ser menos. Esta gente juega fuerte. Así que decidí agarrar la bolsa, pagar el 1,20 de precio (¿sabíais que en Alteza están a 0,90?) e irme a casa. Según he visto en la página de Grefusa, se trata de la bolsa estándar de su surtido Sabores del mundo. Desde aquí hago les sugiero ponerse en contacto con Cao de Benós y lanzar el cóctel norcoreano con sabor a plutonio. Solo así Grefusa pagaría por sus crímenes y sus fábricas serían arrasadas en un ataque preventivo por parte de los Estados Unidos del Coronel Trompetas, porque lo que han hecho con esto es un auténtico CRIMEN DE GUERRA.

Nada mas llegar al piso y abrirlos me encontré con esto:

...

Antes de pasar a enviar amenazas de muerte, repasemos el contenido del cóctel. A los millos de toda la vida les acompañan unos cacahuetes con una costra tostada, “algo” que se supone que sabe a soja y unas bolitas verdes de wasabi. ¡Guay del Paraguay! Mi gozo en un pozo y mi hermana abierta de patas en la cama y pidiendo guerra.

Bolitas de wasabi... ¿POR QUÉ?

No, no estoy en Japón, estoy en el mismísimo INFIERNO.

Para la peña de Grefusa, Japón tiene que ser algo así una peli hentai donde salen un montón de bichos con tentáculos y reponen diariamente los especiales de Fin de Año de José Mota. Solo a alguien así de retorcido se le puede ocurrir hacer un aperitivo con lo único que te sirven en un japonés y que NADIE en su sano juicio tiene el valor de comerse. Es como si en Matutano hiciesen unas onduladas con sabor a verdura... O como si a McDonald's le diese por vender fruta con cada menú (Oh... espera...). El mundo es un lugar triste y gris donde cada tarde las marujas de medio país se sientan a ver Sálvame y hay gente que vota a VOX, pero esto me ha sumido en la más negra de las pesadumbres.

Buena parte de mi cabreo viene por la desilusión (y, sobre todo, preocupación) de no haberme agenciado mi paquete de chucherías favoritas. Pero una cosa es un berrinche y otra muy distinta esta aberración. A día de hoy, y debo insistir en ello, no conozco a nadie que unte el sushi con el wasabi o haga alguna marranada parecida. Sencillamente, es un condimento que no sirve para nada. Por su color y consistencia, a mí siempre me ha recordado a la pasta de dientes de Licor del Polo -picante (del malo, como el fascismo de DN), áspera e incomible- y no me extrañaría nada de que también viniese en tubos. Todavía recuerdo la última vez que fui a comer a un japonés y el montoncito de wasabi que nos sirvieron con los makis se quedó sobre su lugar de la bandeja sin que nadie se dignase a tocarlo. Un amigo se llevó a su casa los restos de la cena con la maldita salsa incluida. Una semana después, cuando fuimos a verle, no se le ocurrió nada mejor que servirnos unas patatas onduladas para “dipear” con el mejunje de marras, que a esas alturas había adquirido la consistencia de la plastilina al tiempo que seguía manteniendo su repugnante sabor.

A decir verdad, debo reconocer que el cóctel no está tan mal. Es arriesgado e innovador. Es más, si sois de los que os gusta meteros en la boca (¡EJEM!) todo el contenido de una vez, es probable que la mezcla de sabores os resulte agradable. Si sois, en cambio, de los que os gusta ir quico por quico y regodearos en vuestra gula, tarde o temprano os encontraréis con las infernales bolas de wasabi. Podéis apartarlas sí, pero a menos que queráis tirar a la basura casi la mitad del paquete, os las tendréis que mandar todas de un puñado cuando hayáis liquidado el resto del contenido de la bolsa. Y ya me podéis creer cuando os digo que no os va gustar.

AÑADIDO: Esta semana me he dejado caer por el "super" y, a Dios gracias, la variedad "Chili-Lima" se sigue vendiendo. Los reponedores han vuelto al trabajo. Bendita sea Grefusa en el nombre de Yahvé. Aún hay esperanza para un mundo en el que también vive Manel Navarro. Y después de esta oda a la superficialidad que haría vomitar de rabia a un activista pro-Derechos Humanos, os emplazo a vernos en la próxima lectura. Amén.

miércoles, 26 de abril de 2017

Falsos dioses: Las raíces de la Herejía (Graham McNeill)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Falsos dioses: Las raíces de la Herejía (de la colección "La Herejía de Horus")
  • Autor: Graham McNeill
  • Editorial: Timunmas
  • Número de páginas: 346
  • Año: 2006 (2016 para la edición española)
Una vez leído el segundo volumen de "La Herejía de Horus", llego a la conclusión de que ahí fuera se sigue haciendo ciencia ficción de la buena y que no es necesario recurrir a cualquier distopía juvenil chorra (léase "Los Juegos del Hambre") para resucitar el género. Esta vez no me andaré con desvaríos y pasaré directamente a comentar el libro. Solo diré que, casi veinte años después, he vuelto a ver "Beast Wars" y estoy alucinando con la inteligencia con la que sus guionistas trataban al público infantil. Quizá el hecho de que la serie fuera canadiense tuviera algo que ver (todos sabemos cómo se las gastaban los Power Rangers, esa mamarrachada sobre "el Poder de la Amistaaaad" que hacía que tus padres quisieran llevarte a Soria en coche y luego dejarte allí), pero lo digo totalmente en serio: salvo por el apartado gráfico, la serie ha envejecido bastante bien (todavía estoy por la primera temporada, no sé cómo andarán las cosas en las dos restantes) y era, en resumidas cuentas, todo lo que un chaval de 11 años podía pedir: tiros, acción y unos diálogos chispeantes. Sí, la franquicia era una excusa para vender muñecos, pero es sorprendente encontrarse con un producto de una calidad más que sobresaliente (a ello también contribuye el excelente doblaje que tuvo la serie en España, donde la práctica totalidad del equipo venía de trabajar en "Los Simpson"). Igual es que los años me están pasando factura, pero tuve la suerte de crecer en una época en la que buena parte de las series de dibujos todavía confiaban en la inteligencia de su público. Luego llegó Pokémon y se jodió todo.

Sí, seguramente antes de que termine el año me anime a redactar una entrada sobre "Beast Wars" y lo mucho que significó para mí. Puede que si no estuviese en paro y no sufriese una depresión crónica (¡Putos días! ¡Todos me parecen iguales!), "Beast Wars" y su puta madre me diesen exactamente lo mismo, pero no es así. Es una serie cojonuda y como tal debe ser recordada. Mi personaje favorito era Dinobot, un velociraptor que al principio era de los "malos" y que, tras liarse a tortas con Megatron (aka Esperanza Aguirre), se fue a PODEMOS y le disputó el liderazgo a Optimus Primal. Dinosaurios y "robotos" con ganas de marcha. Joder, cómo echo de menos ser niño, me cago en Dios...

Menos mal que no iba a andarme con desvaríos... Dicho esto, pasemos a hablar de "Falsos dioses". Ya os advierto que tampoco hay mucho que decir. La novela es bastante buena, pero no es algo excesivamente memorable. Todavía estoy esperando encontrarme en el universo 40K con algo que me impresione de la misma forma como en su momento lo hizo "Los muertos y los condenados". Esta novela, no me cansaré de repetirlo, es el apoteosis de la excelencia en el mundo Warhammer.

McNeill retoma el testigo donde lo dejó Abnett, con los Lobos Lunares (ahora llamados Hijos de Horus) prosiguiendo con la Gran Cruzada y un Señor de la Guerra cuya fe en el Emperador ha comenzado a tambalearse. Erebus, tras provocar la guerra entre el Imperio y los Interexianos, sigue jodiendo la marrana de tal forma que ha sembrado la discordia en el seno del Mournival. La ruptura de este cónclave tendrá en el futuro consecuencias terribles, enfrentando a Loken y Torgaddon, leales al Emperador, contra Aximand y Abbadon, cuya fidelidad a Horus es infinita. Y si en este punto os habéis perdido entre tanto nombre, no tenéis de qué preocuparos: pongamos que la Liga Rebelde de los Alopécicos terminará por declararle la guerra al Club Deportivo Melenudo en su empeño por conquistar la Galaxia. Sí, lo sé, es una manera bastante tonta de diferenciar a los personajes, pero ya os digo que en esta saga de libros salen hasta de debajo de las piedras. Y lo peor es que todos parecen que actúan y hablan igual. Aunque es hacer algo de trampa, los atributos físicos de cada personaje nos ayudan a situarnos mejor en la historia. Eso me recuerda mucho a cuando mi madre me llevó al cine a ver "Parque Jurásico" y, comentando la película de vuelta a casa, se refería a Hammond como "El Viejo" y a Malcolm como "El de las gafitas". Adoro a mi madre.

Erebus, al más puro estilo de Alberto Granados, consigue engañar a Horus para que se dirija a un mundo imperial llamado Davin (ahora mismo no recuerdo si la acción tiene lugar en una luna, pero lo mismo da), pues todo parece indicar que las fuerzas que en su momento se encargaron de su pacificación han renegado del Emperador. Horus no puede consentir esto y se dispone a intervenir... Con tal mala suerte que, justo en mitad de la batalla contra el poseído comandante de la guarnición, es herido por este con el espadón que Erebus le había robado a los interexianos. No hay tiempo que perder: Horus se encuentra en el umbral de la muerte y la única manera de salvarlo es someterlo a las artes de La Logia de la Serpiente. Todos los subordinados de Horus aceptan menos Loken y Torgaddon, los cuales caerán en desgracia una vez que el Primarca regrese de entre los muertos.

Pero no acaba aquí la cosa, puesto que Horus se encuentra en el Limbo con su colega Sejanus (muerto en la novela anterior durante el asalto a Sesenta y Tres Diecinueve) y este le convence que todo cuando le han contado del Emperador es una mentira tan gorda como la inocencia de Ignacio González. Al final Horus descubrirá que Sejanus no es otro que Erebus, que ha terminado revelando sus intenciones y engañando a todos una vez más. Tras mostrarle el futuro (el cual, si uno más o menos controla el tema, verá que no se trata de una alucinación, sino de una auténtica profecía) y el pasado (donde el propio Horus, en un primoroso Deus ex Machina, es el responsable de que las cápsulas que contenían los cuerpos de los Primarcas -más los de aquellos que desaparecieron de los registros- salgan volando del "laboretorio" y se pierdan en el vacío cósmico), Horus acaba convencido de que tiene que darle matarile al Emperador y ocupar su lugar. Y tras declararle la guerra a otra facción de humanos que pasaba por allí, se reúne con sus más allegados y les expone sus planes para usurpar el trono. Se allana así el camino para los dramáticos acontecimientos de Istvaan III que, presumiblemente, serán contados en el siguiente volumen.

Por ahí también se cuentan las peripecias que sufren los rememoradores protagonistas de la anterior entrega. ¡Y lo mal que lo pasan los pobrecicos...! Euphrati Keeler se convierte al Culto Imperial tras enfrentarse a la Disformidad en Sesenta y Tres Diecinueve y acomete su primer milagro; Karkasy, tras recibir la paliza de su vida en "El Señor de la Guerra", aparece de nuevo para acabar siendo asesinado por un agente de Horus; Sindermann, como buen iterador, sigue apalancado entre sus libros... Y no, ni Mariñas ni María Patiño salen en esta novela, aunque no puedo evitar pensar que Petronella Vivar es una especie de Ana Rosa Quintana pasada de vueltas que obliga Maxím Huerta (aquí Maggard) a acostarse con él.

Como su anterior entrega, "Falsos dioses" cumple con lo que promete y mola bastante. Los actos no aparecen tan bien definidos como en "El Señor de la Guerra", pero siguen habiendo tiros a golpe de bólter y muertos... muchos muertos... Ya sean de esos que reviven gracias a los poderes del Caos o bien de los que dejan los Marines en la pista de aterrizaje del "Espíritu Vengativo" tras regresar con el Primarca moribundo a la nave. Una pena que precisamente esta subtrama se termine desdibujando y solucionándose por sí sola. Y me jode bastante, porque la cosa prometía. Igual es que el autor tenía demasiados frentes abiertos y no sabia cómo darle fin a la movida. Se podía haber sacado bastante de ahí. Pero bueno, mejor eso a que fuera premeditado. Eso sí, si os vais a leer el libro, aseguraos de seguir el orden de los títulos que conforman la saga. De lo contrario, no os enteraréis de nada. Sé que es una obviedad, pero no seria la primera vez que cojo cualquier chorrada al azar y salgo escaldado. Los personajes y la acción cumplen (si bien los primeros vuelven a ser un centenar y eso siempre confunde al lector) y nunca está de más ver a un dios caer de su pedestal.

Y poco más. Una vez más, nos encontramos con una novela de fácil lectura y de un género totalmente infravalorado, pero el rollo es lo suficientemente atractivo como para terminárselo en apenas un par de días (la última mitad del libro me lo comí en una madrugada). Recomendadísimo independientemente de que el mundo Warhammer te la coma de lado o te mojes encima pensando en la próxima figura que vas a comprarte. No todo el mundo puede decir eso. ¡Ea! Ahí os quedáis.

viernes, 31 de marzo de 2017

Horus, Señor de la Guerra: Las semillas de la Herejía (Dan Abnett)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Horus, Señor de la Guerra: Las semillas de la Herejía (de la colección "La Herejía de Horus")
  • Autor: Dan Abnett
  • Editorial: Timunmas
  • Número de páginas: 348
  • Año: 2006
Hace un tiempo, cuando comenté "Los muertos y los condenados", hice un breve esbozo sobre cuál había sido mi primera aproximación al mundo Warhammer. Hoy en día es un universo al que suelo volver muy de cuando en cuando, ya sea revisando los catálogos de Games Workshop que todavía conservo en casa de mis padres cuando me dejo caer por allí cada verano o bien cuando echo una partida al "Starcraft", cuyas similitudes con la franquicia que nos ocupa se supone que surgieron a raíz de unos contactos que Blizzard y Warhammer mantuvieron a comienzos de los 90 para desarrollar un videojuego basado en las aventuras de los Marines Espaciales... Ya digo, "se supone", porque es una información que vi esta tarde en un meme de "Desmotivaciones"... Y todos sabemos que los memes tienen menos credibilidad que una noticia de "Mediterráneo Digital". Sea como sea, el resultado es de todos conocido: las dos compañías no llegaron a un acuerdo y Blizzard terminó montándoselo por su cuenta, lo cual no estuvo en absoluto nada mal. La epopeya de Raynor, Tassadar y cía bien merecía contarse.

En cualquier caso, las figuras de Warhammer molan. Molan bastante, aunque los precios sean prohibitivos para alguien que ha terminado renunciando a los desayunos con tal de llegar a fin de mes (en Workshop he visto un Smaug de "El Hobbit" que cuesta dos plazos de matrícula por lo menos). Cada cual se gasta el dinero en lo que quiere: los hay que se dejan la pasta en la Play 4, cuerdas para la guitarra o bien en las mensualidades del gimnasio. Están también los que se lo gastan en putas y barcos (¿algún político de PP en la sala?)... Y luego estoy yo, que de cuando en cuando me arrastro al estanco de la esquina para comprarme una bolsa de maíz picante Grefusa, un vicio que terminará arruinándome y provocándome un cáncer de estómago. Al igual que un Marine Espacial de tres duros, soy un hombre de gustos toscos y poco refinados. ADORO esos puñeteros quicos y mi única preocupación es que terminen retirándolos del mercado tal y como hicieron con las Ruffles Chili-Bravas, un golpe del que todavía no me he recuperado (ni me recuperaré).

A lo que vamos: "Las semillas de la Herejía", el libro que comentaremos hoy después de casi medio año de voluntario exilio, es una novela que nos traslada al universo Warhammer 40.000 (también conocido como 40K)... Aunque esto no es del todo cierto, dado que la historia tiene lugar una burrada de años antes (concretamente, en el año 30.000), cuando el Imperio de la Humanidad estaba empezando a expandirse por la Galaxia. Por entonces, la Tierra tenía un Gobierno Unificado y dirigido por un Emperador inmortal. Tras una larga serie de guerras y conflictos armados entre las naciones de la Tierra, el Emperador, que llevaba deambulando por el mundo desde el principio de los tiempos, se dio a conocer e impuso su poder (no os perdáis los orígenes de este singular personaje, en serio). El destino de la Humanidad estaba en las estrellas, de manera que creó a los Marines Espaciales para que llevasen su nombre a todos los rincones del Universo. Los Marines, a su vez, estaban dirigidos por los Primarcas, un grupo de Superhombres (no, Nietzsche, no tiene nada que ver en esto... o sí... no lo sé) creados genéticamente por el Emperador. Cada legión de Marines tenía su Primarca, que era adorado por sus subordinados como si se tratase de un padre o un hermano mayor (aunque atendiendo a la trama de la novela, casi dan ganas de llamar a Pedro García Aguado).

Cyber-Jesús resucitado. Próximamente en su iglesia más cercana.

La conquista del espacio tenía como objetivo no solo llevar a la Humanidad y al Emperador allí de donde Carrero Blanco no volvió, sino también reencontrarse con aquellas colonias humanas que, al más puro estilo de "Battlestar Galáctica", se habían asentado en otros planetas años antes de la llegada del Emperador al trono. La guerra en la Tierra había hecho que el contacto con ellas se perdiera y era deber del líder encontrarlas para así lograr su propósito de convertir a la Humanidad en una "Unidad de destino en lo Universal" (cualquier afiliado de Democracia Nacional habrá tenido una erección al leer esto... suponiendo que las leyendas sobre su frustración sexual no sean ciertas, claro). La mayoría de las colonias reconocieron la autoridad del Emperador, pero otras optaron por mantener su independencia... y defenderse. Y es aquí donde entraban los Marines Especiales. De hecho, el libro se inicia con una batalla en un planeta donde sus habitantes se niegan a acatar al Emperador. Estas guerras (así como los conflictos con otras razas, como los orcos) recibieron el nombre de "Gran Cruzada". Ahora que lo pienso... ¿Para qué cojones os estoy contando esto si podéis leerlo en la Wikihammer? Es que parezco idiota, en serio.

La actual gestora del PSOE.

Sigo. El caso es que uno de los Primarcas, Horus, el comandante supremo de los Lobos Lunares e hijo preferido del Emperador, comienza a tener sentimientos encontrados hacia su padre. Y en un momento dado, se le va la olla y termina volviéndose contra él, desembocando toda la movida en una guerra civil galáctica que ríete tú de la de Siria, "Star Wars" y las broncas familiares de "El Secreto de Puente Viejo". Las legiones leales a Horus se enfrentaron a las del Emperador en la Tierra. Como consecuencia, ambos líderes perecieron (el Emperador quedó reducido a un cadáver reseco confinado en una especie de trono mágico que ha logrado preservar su alma, si bien hace milenios que no se tienen noticias suyas), las legiones rebeldes se exiliaron al Ojo del Terror (donde terminaron abrazaron a las Fuerzas del Caos y mutando en terribles abominaciones solo comparables a la programación de Telecinco), el Gobierno de la Tierra quedó en manos de un consejo de burócratas corruptos al más puro estilo de Génova 13 y el orden imperial terminó convirtiéndose en una religión (el Culto Imperial). Joder, llevo casi dos páginas y todavía no he empezado a destripar la novela. Y eso que no os he hablado de todo ese rollo de la Disformidad, el Caos y el odio del Imperio hacia las artes mágicas.

El Emperador en el Trono Dorado o Francisco Franco 2.0.

En fin, que la novela nos traslada a la etapa previa en la que Horus monta el pifostio y se rebela contra su padre. Para ello, el autor nos ofrece el punto de vista de Garviel Loken, comandante de los Lobos Lunares y asesor del Primarca. Dividida en tres actos, la primera parte de la historia nos traslada a la conquista de un sistema planetario que se niega a aceptar al Emperador como líder; en la segunda, los Marines Especiales se dan de ostias contra una raza de arañas gigantes (es imposible no acordarse de "Starship Troopers" y del cachazudo de Casper Van Dien); y en el tercer y último acto vemos cómo los Marines la lían en una de las colonias humanas extraviadas, mientras Horus y el representante colonial están de cena (es una pena que las citas de "First Dates" no acaben igual, todo hay que decirlo, porque menuda panda de gilipollas). Y sí, los tiros a golpe de Bólter están asegurados, por supuesto.

El nuevo logotipo de Hazte Oír.

Dicho sea de paso, uno de los aspectos que más me han gustado de la historia es el trasfondo político y militar que tiene, muy similar al del Imperio Romano, con sus generales, su líder imperial y sus soldados agrupados en legiones. Curiosamente, será después de la Herejía cuando el gobierno de la Tierra (llamado Terra en la novela) experimente un proceso de "feudalización" muy similar al ocurrido en Europa tras la caída del Imperio Romano de Occidente y la entrada en la Edad Media: predominarán los santos y los clarividentes dentro del Culto Imperial (al que podríamos considerar una especie de "cristianismo futurista"), las legiones de orcos actuarán como un remedo de los mongoles y otros pueblos bárbaros (si no fuera porque nos salimos del período, casi me atrevería a compararlos con los hunos), los líderes de Terra tratarán de preservar el legado Imperial evocando continuamente el pasado para justificar el poder (algo que también hicieron tanto Carlomagno como el Sacro Imperio), etc. Para quienes nos dedicamos a la Historia, no deja de ser divertido encontrar analogías.

Ahora bien, el problema de la novela es que hay tropecientos personajes entrando y saliendo de ella con la misma facilidad con la que una concursante de Gran Hermano hace lo que se espera de ella... Y no es leer a Milan Kundera, precisamente. Hay tanta peña en el Dramatis Personae que basta con que dejemos la novela de lado un par de días para que nos olvidemos de quién es quién. Lo peor es que, salvo Loken, la mayoría de sus compañeros de armas son indistinguibles, y de no ser porque decidí "spoilearme" un poco y consultar algunas cosas en Google, juro que habría sido incapaz de distinguir a Abbadon de Torgaddon, dos de los cuatro miembros (junto a Loken) que asesoran a Horus (cómo serán las cosas que hasta me he olvidado del nombre del otro). Lo mismo me ocurre con los "rememoradores" (el equivalente a los periodistas de guerra que acompañan a los Marines durante las batallas) y los burócratas que se mueven alrededor de Horus: simplemente, son tan prescindibles como olvidables, pero entiendo que eran necesarios para darle algo de trasfondo y colorido a la narración (por no hablar del peso que algunos de ellos tendrán en el futuro, tal y como es el caso de Euphrati Keeler). Si uno lee una novela de romanos o de las intrigas palaciegas de Bizancio, se encontraría con prácticamente lo mismo. Me ocurrió algo muy similar cuando leí "Los muertos y los condenados", salvo con la excepción de que ahí parecían tomarse la acción con algo más de calma y, sobre todo, porque el mundo que se nos ofrecía en esa novela era mucho más reconocible.

Haciendo al Emperador Trump grande de nuevo.

Porque esa es otra: si ha habido algo que me ha echado un poco para atrás es que el universo de Warhammer 40.000 es ENORMEMENTE GRANDE. Y cuando digo que es enorme, es que es GIGANTESCO. Los profanos pueden sufrir un poco este defecto y doy fe de ello. Mientras leía, me sentía como un crío que tiene demasiados juguetes y no sabe con cuál de ellos pasar la tarde. Me explico: mientras que en la versión medieval del juego asumimos que la acción transcurre en un lugar de fantasía, aquí se nos cuenta (y he tenido que tirar de la "Wiki" una vez más) una hipotética evolución de la Humanidad a lo largo de los siglos. Antes de la Herejía de Horus, hay toda una mitología previa que complica las cosas. Así, las Guerras de la Unificación sucedieron en la Tierra, no en el imaginario mundo de Tolkien; el mismo Emperador nació en Turquía hace cientos de miles de años (en serio, mirad su biografía) y buena parte de los Marines que integran sus legiones proceden de la aristocracia europea. Otro tanto ocurre con las tropas del Mechanicum, cuyos astilleros se encuentran en Marte. La historia es ficticia, pero parte de su entorno es real. A lo largo de la lectura, no dejaba de pensar en cómo la Humanidad había ido evolucionando en esa dirección, sacándome algunas veces de la historia. Y teniendo en cuenta que la novela empieza con una batalla (el enganche literario por antonomasia), eso es imperdonable. Mientras que en la versión medieval aceptabas lo que te echaran y lo asumías gracias a su carácter legendario, aquí te cuesta asimilar más las cosas al tratarse de una semidistopía. O igual la culpa fue mía al haber recurrido a San Google y saturarme de información. Sin embargo, de no haberlo hecho así, me habría perdido a través de insondables tormentas conceptuales, tan malvadas como las de la Disformidad (y por favor, no me hagáis explicaros lo que es eso, porque entonces no acabaríamos nunca).

Fruto de esa confusión, está el caso del planeta Sesenta y Tres-Diecinueve, el mundo al que los Marines le declaran la guerra al negarse sus habitantes a reconocer al Emperador. En un primer momento, llegué a pensar que se trataba de la propia Tierra, ya que sus características eran exactamente las mismas: un tercer planeta que orbita alrededor de un sistema solar compuesto por nueve mundos, unas condiciones medioambientales similares... Hasta cuenta con su propia luna y todo. Y por si fuera poco, sus habitantes se refieren a ella como "Terra". Errores de novato, sí, pero vayan ustedes a saber si, en su expansión por el Cosmos, los Marines llegaron a olvidar su planeta de origen para después invadirlo (después de todo, no sería la primera vez que pasa algo así).

Tumba de Franco en el Valle de los Caídos.

Por lo demás, todo correcto: Loken y Horus tienen el carisma suficiente para llevar la historia ellos solos (pese a que el protagonismo del Primarca no se acentuará hasta el último tercio de la trama), las batallas están jodidamente bien narradas y por ahí hay algunos actos de heroísmo que nos ayudan a empatizar con los personajes (ojo a cómo el modesto Tarvitz acaba salvando el día pese al rechazo de sus compañeros, entre ellos, el cretino de Lucius). Mientras que los fans del juego verán cumplidas sus expectativas, los iniciados -si somos lo suficientemente pacientes, virtud de la que mucha gente no va sobrada últimamente- podremos disfrutarla como una novela de aventuras más... Lástima que para ello tengamos que tener unos conocimientos previos de lo que se nos cuenta y que el libro en sí, al formar parte de una saga mucho más extensa, no tenga un final autoconclusivo.

De lo que no cabe duda es que los de Warhammer han encontrado la fórmula para seguir explotando la franquicia y que las historias que se narran alrededor de ella sean una fuente inagotable de recursos. No sé si las historias de 40K ya estaban de capa caída cuando idearon ubicar la acción 10.000 años antes, pero lo que sí es cierto es que han conseguido revitalizar la saga con esta "precuela". Desde la perspectiva de las ventas, la compañía se lleva un buen pellizco, puesto que hay una notable diferencia entre las armaduras de los Marines pertenecientes a la Herejía y los de la saga original, y eso siempre atraerá a los aficionados, deseosos de adquirir más figuras. Por otro lado, se han permitido seguir desarrollando la historia y construir toda una nueva mitología dentro de la ya existente, algo muy difícil de lograr. Cabe preguntarse si cuando la saga de Horus empiece a desgastarse, se escribirán historias sobre las Guerras de la Unificación (si es que no se han hecho ya). Evidentemente, no tendrán el mismo encanto... o puede que sí. En la saga Warhammer todo puede pasar.