viernes, 29 de junio de 2012

Adiós RTVE, adiós...

Sobran las palabras. Fórmula TV nos dice hoy:


Esto también es por la crisis, claro... Contratar fachas sale más barato, dónde va a parar...

Y alégrense de que no se les ha metido en la cabeza que la emisión en color es más cara que la de blanco y negro...

jueves, 28 de junio de 2012

Constantinopla

Plano de Constantinopla durante la Edad Media [Fuente de la imagen: La pequeña historia de un estudiante de Historia].

Constantinopla fue fundada sobre la antigua colonia griega de Bizancio (Byzantium) por Constantino I el Grande en el 330. Con esta medida, el emperador romano pretendía estar más cerca de los problemas que sufría su Imperio. En aquel momento, los persas sasánidas habían reactivado las hostilidades con Roma y los godos habían ocupado parte de la Península Balcánica. Con la “fundación” de Constantinopla, se estaba iniciando un proceso que culminaría en el 395 con la división del Imperio en dos bloques: Oriente y Occidente.

La Nueva Roma estaba emplazada en el estrecho del Bósforo. En un principio, tanto su plano como sus construcciones trataron de seguir el modelo de Roma. Constantemente embellecida por sus gobernantes, su situación estratégica le permitió disfrutar de los beneficios del comercio, pues la ciudad controlaba las rutas comerciales entre Asia y Europa. Benjamín de Tudela reflejó en su obra Itinerario la gran impresión que le causó la vista de la capital bizantina. Según sus escritos, “Una ciudad como la de Constantinopla no se puede encontrar en ningún lugar de mundo”.

Y es que sus riquezas y el esplendor de sus iglesias y palacios atraían a viajeros y mercaderes de todo el mundo. La ciudad contaba aproximadamente con medio millón de habitantes durante la etapa en la que Justiniano estaba al frente del Imperio. Apenas cinco siglos después, la población sobrepasaba el millón de habitantes, convirtiéndose de esta forma en una de las ciudades más pobladas de la época. Con la decadencia bizantina y la aparición del universo islámico, Bagdad ocuparía su lugar.

Constantino I, el emperador que fundó Constantinopla [Fuente de la imagen: Biografía y Vidas].

Sin embargo, el floreciente comercio propició la entrada en Bizancio de mercaderes extranjeros (catalanes, florentinos, pisanos, entre otros) que pretendían establecer sus áreas de influencia en la ciudad. Los tumultos organizados por venecianos, genoveses y demás comunidades de las colonias italianas atrajeron la antipatía de los bizantinos hacia los forasteros.

Pero la desconfianza hacia el exterior no se debió únicamente a cuestiones de tipo económico. Las discrepancias religiosas entre el Patriarcado de Constantinopla y Roma siempre fueron una realidad. Estas diferencias se hicieron patentes durante la IV Cruzada, cuando Dogo de Venecia, al mando de sus ejércitos cruzados, saqueó a traición la ciudad y estableció en ella el Imperio Latino de Constantinopla. Pese a las enérgicas protestas bizantinas, Roma se mostró indolente, y hasta el año 1261 la capital del Imperio no pudo ser liberada. Los ejércitos bizantinos y genoveses expulsaron a los cruzados de Constantinopla. La participación de estos últimos en la empresa les permitió monopolizar el comercio de la ciudad. Tras estos hechos, la ciudad ya no volvería a experimentar nuevos periodos de auge y prosperidad.

La toma de Constantinopla provocó un profundo malestar de los bizantinos hacia el mundo occidental, sentimiento que se hizo mayor durante las últimas horas de la capital, cuando en 1453 se encontraba a punto de ser tomada por los turcos otomanos. Cuando se rumoreó que la unión de de las Iglesias católica y ortodoxa podría aliviar el cerco árabe, la población reaccionó con ira, llegando a afirmar que “preferían vivir bajo el turbante musulmán que bajo la autoridad de la mitra católica”.

Desde su fundación, Constantinopla sufrió múltiples asedios. Durante los últimos años del Imperio Romano antiguo, la capital bizantina sintió la presión de las invasiones bárbaras. En el año 626, avaros y persas pusieron sitio a la ciudad. Durante los siglos VII y VIII, los musulmanes trataron de conquistarla sin éxito a través del mar. Así, Constantinopla no se libraría de los estragos de las mortíferas enfermedades de la época. En 1076 un brote de peste terminaría con la vida de una parte muy importante de su población. 

Los otomanos entran en Constantinopla al mando de Mehmed II. La lucha por la toma de la ciudad fue especialmente sangrienta [Fuente de la imagen: Desde Estambul a Bilbao vengo por toda la orilla].

En lo que respecta a sus construcciones, la ciudad estaba excelentemente defendida por una serie de murallas que hicieron que la capital de Bizancio fuese casi inexpugnable. Tanto la Muralla de Teodosio (413) como la Constantino (330) protegían a Constantinopla de agresiones externas. Constantemente reconstruidas y reforzadas, la Muralla de Teodosio, por ejemplo, tenía una longitud de 6,5 kilómetros y estaba formada por un muro de casi 4 metros de espesor y una altura de casi 13 metros. Su resistencia se veía complementada por 96 torres de aproximadamente 15 metros de altura. Entre la muralla teodosiana y la constantina había un foso de 70 metros de profundidad. La ciudad se hallaba protegida incluso por el mar. Otra muralla de 15 metros de altura y 300 torres velaban por la seguridad de los puertos del Mármara. 

Junto a las construcciones defensivas, Constantinopla también poseía un rico legado cultural que procedía de la tradición romana y se fundía con el arte paleocristiano. Cerca de los edificios de la Administración y la residencia imperial, se encontraban una serie de iglesias (llegándose a contar cerca de veinte) entre las que destacaba Santa Sofía, consagrada a la Sabiduría Divina y construida por orden de Justiniano en el 523, como muestra del poder de su Imperio. 

En los foros, al igual que en Grecia y Roma, podía encontrarse un complejo entramado de edificios destinados a diferentes funciones públicas (foros): fuentes monumentales, bibliotecas, mercados… Los foros más importantes fueron los de Teodosio y Arcadio. 

Reconstrucción digital del Hipódromo. Aunque su estructura principal ha desaparecido, todavía hoy pueden encontrarse algunos vestigios de su existencia [Fuente de la imagen: Habitación 202].

Igual de significativo era el papel del Hipódromo, lugar en el que no sólo se celebraban competiciones deportivas, si no donde también se conspiraba y se fraguaban planes cuya finalidad era derribar al emperador. Ello puede verse perfectamente en las continuas revueltas protagonizadas por las facciones que corrían en la arena (Azules y Verdes) y que tantos quebraderos de cabeza dieron al Basileo. Estos grupos llegaron a conformar verdaderos partidos políticos. Con motivo de la llegada de Justiniano al poder, las diferentes hinchadas de ambos grupos se unieron para exigir la renuncia del nuevo emperador a favor Hypatios, sobrino de Anastasio. Belisario consiguió sofocar la insurrección y Justiniano, temiendo que el ejército también se hubiera unido a sus enemigos, estuvo a punto de huir.

La victoria otomana de 1453 supuso el fin de Constantinopla (rebautizada como Estambul) y del Imperio Bizantino. La artillería musulmana redujo a escombros las imponentes murallas. El ejército otomano, cuya cifra triplicaba al bizantino, hizo su entrada en la capital a finales de mayo de ese año. Pese a que Mehmet II, su conquistador, advirtió a sus jenízaros que no dañaran ningún edificio, durante los tres días que siguieron a la conquista de la ciudad no pudo evitarse que se produjeran actos de pillaje y saqueo, lo cual hizo que muchos de los monumentos y tesoros arquitectónicos que poseía la ciudad se perdieran para siempre.

La ciudad griega: arquitectura civil y urbanismo

Una reconstrucción del Mausoleo de Halicarnaso [Fuente de la imagen: Triángulo equidlátere].

1) La vocación cívica de la ciudad griega

Entre los griegos de los siglos V y IV a.C., la arquitectura privada no tenía ninguna importancia. En general, el individuo evitaba destacar entre los demás ciudadanos; los griegos, sobre todo los de origen dorio, eran austeros en su manera de vivir. Quizá por ello la arquitectura doméstica era modesta y no tenía especial relevancia.

La formación de los jóvenes, la discusión filosófica o política, el comercio y, en general, todas las actividades públicas sucedían en un espacio común, el ágora, donde los edificios públicos se levantaban y embellecían con orgullo ciudadano, si bien el clima favorecía que muchas de las reuniones se hicieran al aire libre. El ágora era la plaza pública, no tenía una forma definida y se multiplicaba al crecer la ciudad; era frecuente que se rodease  de pórticos de columnas denominados stoas, en las que los ciudadanos se cobijaban del sol o de la lluvia. Las stoas que han llegado hasta nosotros son ya de época helenística y solían estar sufragadas por un particular, como las de Átalo en Atenas.

También en Atenas hay un edificio tardío, el Bouleuterion, lugar de reunión del consejo o Boulé, que era una asamblea política de carácter deliberativo. Tiene forma de hemiciclo y es un edificio cerrado, si bien su edificación pudo ser de una época en la que esta institución carecía ya de importancia.

2) La adecuación entre forma y función

Tanto en la arquitectura religiosa como en la laica, los griegos levantaron sus edificios ajustando la forma a la función. En Olimpia hay una serie de edificios vinculados a las pruebas de los atletas que tienen una disposición estrictamente pensada para cumplir la función para la que estaban hechos: es el caso del estadio, un recinto alargado para las carreras que se rodeaba de sencillas gradas al aire libre, o la palestra, edificio en torno a un patio cuadrado y porticado al que se abrían las estrechas habitaciones de los atletas y de sus preparadores.

La capacidad para adaptar la forma a la función con un mínimo de elementos tiene su mejor ejemplo en el teatro: el mejor conservado es tardío, del siglo IV a.C., y está en Epidauro, pero el modelo pudo ser anterior a la época clásica. Aprovechando el desnivel del terreno se forma el theatron (cávea para los romanos), espacio reservado para los espectadores, que rodea la orquestra, un recinto circular donde el coro se movía y recitaba; frente al theatron y tras la orquestra estaba la skena, una plataforma rectangular y elevada donde se situaban los pocos actores que tenía la tragedia griega.

3) La ciudad helenística

Desde finales del s. IV a.C., la austeridad de los edificios públicos y la vocación cívica desaparecen de las ciudades griegas. En el helenismo surge, sobre todo en Asia Menor, el deseo de ostentación, y las ciudades se embellecen con efectos escenográficos en los que sus monumentos destaquen o sorprendan. El mausoleo de Halicarnaso, tumba del sátrapa Mausolo, es aun del siglo IV a.C., pero ya expresa este deseo de impresionar por el tamaño y la combinación de formas caprichosas.

4) Las ciudades griegas

En Grecia y el Peloponeso, la mayor parte de las ciudades importantes eran de fundación doria o incluso o micénica, y ocupaban emplazamientos elevados para facilitar su defensa. Tenían murallas y las viviendas se extendían por la ladera de forma bastante desordenada. Las ciudades jónicas, orientadas generalmente al comercio, también estaban amuralladas, pero eran por lo general más abiertas y ordenadas. Aquellas que nacieron como colonias o algunas de las que fueron reconstruidas tras las guerras médicas adoptaron un trazado ortogonal (aquel en el que las calles están limpiamente trazadas y se cruzan en ángulo recto). Las ciudades helenísticas también se planteaban con una forma premeditada, pero buscando efectos teatrales y largas perspectivas. 

En general, en todas las ciudades griegas se pueden distinguir tres zonas: el ágora (plaza cívica), la acrópolis (lugar de los templos,) y el espacio ocupado por viviendas privadas.

El ágora de Atenas

El ágora era uno de los pocos espacios abiertos de Atenas, que era una ciudad desordenada y con casas privadas muy humildes. Este espacio público fue en origen sólo lugar de mercado y, a partir del s. VI a. C., comenzó a utilizarse también para reuniones cívicas. El ágora estaba delimitada por distintas stoas entre las que destacaba el Pécile, donde estuvieron las pinturas sobre tabla de los grandes artistas del s. V y que sólo conocemos por descripciones, ya que se han perdido. A la derecha se situaban las sedes de las instituciones políticas, como el Bouleuterion y el Tholos, que era un edificio circular donde los miembros de la Boulé hacían comidas en común.

La Vía Panatenaica, que conducía a la Acrópolis, atravesaba el ágora y era lugar de procesiones solemnes y juegos deportivos. En el ágora también había altares al aire libre y algunos templos.

La ciudad de Mileto

Mileto estaba situada en una península muy recortada de Asia Menor y fue una de las ciudades jónicas más importantes. Fue destruida por los persas el año 494 a.C. y se reconstruyó a partir del año 479 a.C. La nueva ciudad se planteó de una forma completamente distinta a la anterior: frente a la desorganización del antiguo trazado, se planteó un plano ortogonal. Aunque este tipo de trazado no era completamente nuevo, el arquitecto que lo diseñó, Hippodamos, pasó a la historia como su inventor. La nueva organización de Mileto no afectaba exclusivamente a la forma, sino también a la distribución de actividades económicas y distintos grupos sociales que quizá ocuparían barrios diferentes. Hippodamos se ocupó también de proporcionar a la ciudad todo el equipamiento (lugares de ocio, comercio, estadios) y de construir una nueva muralla.

La ciudad de Esparta

Situada a orillas del río Eurotas, dominaba la cabecera de una rica llanura aluvial, habitada desde la época micénica, a unos 650 metros sobre el nivel del mar y protegida por las alturas del Taigeto y del Parnon, en un paraje sobrecogedor que venía a constituir el emplazamiento ideal de una polis griega.

La ciudad se conoce relativamente bien, al menos en teoría, gracias a la descripción pormenorizada que de ella hizo Pausanias en el libro III de su Descripción de Grecia. Destaca en primer lugar, el ágora, por donde comienza la visita, que según Pausanias es algo digno de verse. En ella se encuentran la mayor parte de los edificios públicos, y entre todos destacan el pórtico llamado Pérsico, que fue construido con los despojos de las guerras médicas, y varios templos.

Pausanias se hace eco de algunas peculiaridades que la apartan de las demás ciudades de Grecia: el considerable número de tumbas de héroes y reyes que aparecen aquí y allá en el interior de la ciudad y la falta de una acrópolis que merezca el nombre de tal: los lacedemonios (espartanos) no tienen Acrópolis en una altura visible desde cualquier punto como la Cadmea de Tebas o la Larisa de los argivos, sino que de las colinas que hay en la ciudad, a la que alcanza más altura, la llaman Acrópolis.

La arqueología ha confirmado todo esto y también algo más: que, al contrario de lo que ocurrió en otros núcleos urbanos griegos, el de Esparta nunca se convirtió en una verdadera ciudad.

Al griego debía parecerle más un conjunto de establecimientos rurales que un verdadero núcleo urbano. Se extendía sobre una serie de colinas de poca altura a la orilla derecha del río Eurotas, formando cinco agrupaciones principales, con amplios espacios libres entre ellos y sin un centro de ciudad semejante al que tenían las demás polis griegas. 

Hasta finales del siglo IV a.C. no contó siquiera con la protección de una muralla. Fuera de la ciudad se alzaban los templos y santuarios más importantes. Las ruinas de la ciudad antigua fueron alteradas en época romana por la construcción de varios edificios. Los restos más importantes de época clásica se concentran en la colina denominada Acrópolis.

miércoles, 27 de junio de 2012

El Imperio romano en el siglo IV

La división del Imperio hecha por Teodosio sirvió para que su parte oriental, mucho mejor preparada ante las invasiones bárbaras, sobreviviera hasta 1453.

El Imperio Romano del siglo IV d. C. se extendía alrededor de la cuenca del Mar Mediterráneo, incluyendo la actual Turquía, Israel, Egipto y el norte de África. Francia (La Galia) y la Península Ibérica (Hispania) pertenecían al Imperio Romano en su totalidad. Inglaterra también era romana, mientras que Escocia e Irlanda eran bárbaras (no romanas o no civilizadas). Los ríos Rhin y Danubio limitaban el Imperio en su parte septentrional. Las tierras al norte de estos ríos estaban habitadas por una variedad de pueblos de origen escandinavo a los que los romanos llamaron germanos. 

Roma tenía continuas escaramuzas con las tribus limítrofes que vivían al norte de los grandes ríos europeos. Ocasionalmente, los emperadores fuertes extendían sus territorios más allá de estos ríos, mientras que los emperadores débiles tendían a perder esas tierras. Con el fin de defender los límites del Imperio de las incursiones bárbaras, entre veinte y treinta legiones custodiaban sus fronteras. El mayor rival organizado de los romanos era el Imperio Persa, al este, que ocupaba las actuales Siria, Irán, Iraq y Afganistán. Los persas eran los descendientes políticos de los partos, que se habían levantado contra los griegos tras la conquista de Alejandro Magno y que, a partir de ese momento, habían resistido con éxito las invasiones romanas.

Pero las fronteras eran inmensas y causaban varios problemas debido a la escasez de recursos militares (500.000 soldados defendían una frontera que habría necesitado tres millones para su defensa). Las conquistas romanas se habían detenido en el siglo II después de Cristo, terminando así con los cuantiosos ingresos provenientes del pillaje y el tráfico de esclavos. Esto supuso un duro revés para la economía imperial, ya de por si bastante debilitada. La precariedad económica obligó a los emperadores a aumentar los impuestos, lo cual hizo que la producción disminuyera con el descenso de la mano de obra. Una plaga pudo haber acabado con el 20% de la población durante los siglos III y IV, empobreciendo aún más el comercio y la producción.

Arquero sasánida a caballo. Los persas continuaron combatiendo contra los herederos de Roma (ahora bizantinos) hasta que fueron engullidos por el Islam.

Los emperadores romanos ostentaban una autoridad absoluta. Con los buenos emperadores, esto no representaba un problema. Pero el ejercicio del poder por parte de emperadores poco aptos suponía un claro problema para los intereses del Imperio, tanto en el interior como en el exterior. Las intrigas palaciegas y las luchas por el poder eran constantes. Los ejércitos provinciales se sublevaban contra el poder imperial y nombraban emperadores a sus generales. Las reglas de sucesión al trono no estaban claras, y podían dar lugar a auténticas guerras civiles que debilitaban la estabilidad del Imperio. La burocracia encargada de controlarlo se volvía cada vez más corrupta, lo que aumentaba la insatisfacción de los ciudadanos. 

A finales del siglo III y comienzos del IV, la llegada de Diocleciano al poder inauguró un periodo de relativa paz para Roma, llevándose a cabo la reorganización política y administrativa del Imperio mediante la tetrarquía: dos Augustos compartían el poder al tiempo que contaban con la ayuda de dos Césares, los cuales actuaban en el papel de consejeros y terminarían heredando el cargo (el Imperio Bizantino heredaría algunos aspectos de esta fórmula mediante la figura del coemperador). Las reformas iniciadas por Diocleciano serían adoptadas por sus sucesores y están consideradas como el prólogo de lo que sería la división promovida por Teodosio en 395.

En el año 337, se dieron los primeros pasos que llevaron a la división del Imperio en Oriental y Occidental, en un intento de facilitar su gobierno y mejorar sus defensas. En el 313, Constantino se había convertido en el nuevo emperador tras una guerra civil. Tras su llegada al poder, estableció la capital en Bizancio, a la que rebautizó como Constantinopla. Así se acercaba a la zona más próspera del Imperio y a las áreas más conflictivas del momento: El Eúfrates, por la guerra contra los persas; y el Danubio, por la lucha contra los godos. Durante los siguientes años, el Imperio de Oriente consiguió detener el avance de los visigodos, ostrogodos y hunos, desviando las fuerzas invasoras hacia Occidente.

Constantinopla ya en época bizantina. En la parte superior de la imagen puede distinguirse la basílica de Santa Sofía, construida bajo el reinado de Justiniano.

La muerte de Constantino dejó el Imperio dividido entre sus tres hijos (Constante, Constancio y Constantino II), quienes después de haber asesinado a varios de sus parientes y conspirar para hacerse con el poder, acabaron con sus rivalidades tras un nuevo periodo de guerras civiles que dieron el triunfo a Constancio. A partir de entonces, los emperadores optaron por reforzar su poder dentro del Imperio. Esta situación contrasta con la casi nula política exterior practicada por algunos gobernantes romanos, lo que animó a los pueblos bárbaros a cruzar las fronteras imperiales y al Imperio Persa a reactivar su conflicto con Roma. Ante tales circunstancias, las legiones romanas se vieron forzadas a intervenir. 

A lo largo del siglo IV, las dos mitades del Imperio fueron adquiriendo una identidad diferenciada. Esto se debió principalmente a las distintas influencias que sufrían tanto desde el exterior como por parte de las culturas locales. Con Teodosio en el poder, las diferencias entre Oriente y Occidente se acentuaron aún más. Antes de ser proclamado emperador, Teodosio había destacado como general combatiendo a los pueblos hostiles al poder romano en la franja oriental. Conocía a los enemigos de Roma en la zona y estaba al tanto de los problemas a los que tenía que hacer frente. Es por eso por lo que firmó una serie de pactos con los sasánidas y los godos, lo que aseguró la paz en la región al menos por un tiempo. 

Teodosio proclamó al cristianismo como religión oficial del Imperio. Este hecho marcó un punto de inflexión en las relaciones entre Oriente y Occidente. Constantinopla se convirtió al cristianismo con rapidez mientras que en Roma se mantenían las ideas paganas. El mundo urbano experimentó un notable auge en la zona oriental mientras que las ciudades de Occidente iban siendo abandonadas frente a la amenaza bárbara. La política de Teodosio dio lugar a la definitiva división del Imperio. A su muerte, legó la zona oriental a su hijo Arcadio y la occidental a Honorio.

Asediada en multitud de ocasiones, Roma se convirtió en el blanco preferido de los bárbaros.

Pese a la división del Imperio en dos zonas gobernadas por sendos emperadores, es muy importante resaltar que siempre se tuvo la idea de un único Imperio. La división territorial no afectó a la legislación de las leyes, que siguieron siendo las mismas para ambas zonas. Y lo mismo ocurrió con la administración, el ejército, entre otros… 

El Imperio Occidental siguió siendo predominantemente latino, mientras que el Oriental adquirió una identidad predominantemente griega (a pesar de que siguieron llamándose romanos). El Imperio Romano de Oriente sobrevivió a las invasiones de los pueblos bárbaros de los siglos III y IV debido a un mayor número de población (el 70 por ciento del total del Imperio), emperadores más competentes, mayores riquezas y unas fuerzas armadas de mucha mejor calidad. Las provincias más ricas eran Egipto y Palestina. Los cultivos egipcios aseguraban el abastecimiento de Constantinopla y varias zonas desérticas fueron explotadas con notorio éxito. En la frontera siria y Egipto existían una red de ciudades y aldeas que estaban bien comunicadas entre sí. El comercio floreció de forma considerable mientras que en Constantinopla, Antioquia y Alejandría proliferaron las escuelas y bibliotecas.

martes, 26 de junio de 2012

Las cosas de Merkel...

Y fíjense ustedes que yo no soy mucho de meterme en Libertad Digital, la Cope y demás compaña, pero es que esto me ha hecho mucha gracia. Libre Mercado, el diario económico del siempre leal y glorioso Libertad Digital (¡Impasible el ademán!) nos decía hace tan sólo unos momentos...


El panfleto de marras continúa diciéndonos que estas declaraciones tienen lugar dos días antes de la Cumbre europea, prevista para el jueves y viernes en Bruselas. El caso es que todo tiene solución, y en los pasillos del hotel donde se hospedarán los líderes europeos puede ocurrir casi cualquier cosa...

Poco después de este encuentro, Alemania tuvo que convocar elecciones para elegir a un nuevo canciller. Ganaron los socialistas, se crearon los eurobonos, a la Merkel la enterraron a los dos días, yo pude estudiar Historia del Arte y se acabó la crisis.

Cuando la oposición no hace nada...

Lo más duro de leer la prensa estos días es ver como el único partido que de verdad tiene en su mano la oportunidad de poner fin a todo esto se dedica a hacer una "oposición seria y responsable". Rubalcaba siempre me pareció un político respetable y competente, pero no creo que la opción más acertada sea reírle las gracias a esos facinerosos que ahora mismo están a punto de cargarse el país. El PSOE tuvo la oportunidad de renovarse tras el descalabro electoral de noviembre y no lo hizo, silenciando a hombres tan capaces como Tomás Gómez. Queremos un PSOE mucho más combativo que el que tenemos ahora: un partido que de verdad esté al tanto de lo que pasa en la calle, un partido que sea el auténtico referente de la izquierda española, un partido que pueda decirle al promotor de Eurovegas por dónde puede meterse su puto parque temático... Pero en lugar de eso, tenemos un PSOE que le ha dado la espalda a su electorado. Y así nos va.

En fin, Público nos dice hoy...


Mañana me afilio a Izquierda Unida. A tomar por culo todo...

Las ciudades del Valle del Indo

Localización de las ciudades más importantes del Valle del Indo.

Dos fueron las grandes ciudades descubiertas y excavadas inicialmente en el espacio del Valle del Indo: la Harappa y Mohenjo-Daro. Hasta hoy han sido descubiertos y estudiados unos dos centenares de núcleos más pequeños. Dada la oscuridad que todavía envuelve a esta realidad, en muchos casos son las conjeturas basadas en los hallazgos materiales las que dominan sobre unas certezas de la que todavía no se dispone. Aquellas dos aglomeraciones urbanas, de tamaño infinitamente superior al resto de los núcleos habitados, hacen pensar en un Estado doble o en una sola entidad política con capitalidad alternativa, como con posterioridad ha existido en varios lugares de la India histórica.

Los restos de Harappa y Mohenjo-Daro muestran la existencia de unas técnicas que hoy todavía no pueden dejar de sorprender. Sobre un plano diseñado funcionalmente, calles de diez metros de anchura se disponían de forma ortogonal, cabe pensar que sobre la base de criterios astrológicos. Cada barrio albergaba a un sector de la sociedad organizado en gremios laborales. Para la construcción de las casas, ordenadas alrededor de un patio interior, el ladrillo había sustituido al adobe eran ya de madera.

Por debajo de las ciudades, se organizaba una compleja y altamente perfeccionada red de infraestructuras que hablan por sí mismas del elevado grado de desarrollo de aquellas urbes, en comparación con las que en los mismos siglos existían tanto en el Valle del Nilo como en Mesopotamia. Era una sofisticada canalización subterránea de las aguas, con desagües, sumideros, pozos y alcantarillas con acceso al exterior por medio de tapaderas e incluso, en las viviendas de los más acomodados, retretes de uso familiar.

En las riberas se emplazaban hornos de alfarería, despensas de gran tamaño y talleres de variado carácter. En las orillas del río se situaban graneros, molinos y almacenes. El puerto fluvial era el centro del comercio.

En Mohenjo-Daro, la ciudad que mejor conserva las trazas originales y que ha sido por ello la más estudiada, existe una colina artificial sobre la que se erige una ciudadela amurallada, una verdadera acrópolis que sigue suscitando los interrogantes de los estudiosos acerca de su naturaleza y funciones. Algunos de los edificios podrían ser salas de reunión comunitaria, de carácter religioso o político. Otros eran evidentemente almacenes de cereales. En una amplia sala se efectuaría una forma de baño comunitario que algunos especialistas han visto como remoto antecedente de los mandapa, lugares de oración y estanques de los posteriores templos de la religión hindú.

lunes, 25 de junio de 2012

La conquista de Canarias

La llegada de Lanceloto Malocello a Lanzarote abrió la puerta de una serie de expediciones que terminaron con la conquista total del Archipiélago.

Redescubrimiento de las Islas Canarias.-

Con la caída del Imperio romano las Islas Canarias dejaron de ser visitadas por los europeos. A finales del siglo XIII se reanudaron los contactos de los europeos con las islas. Uno de los viajes más tempranos fue el realizado por el genovés Lanceloto Malocello, que arribó a Lanzarote en 1312, y que dio nombre a la isla. Otra expedición importante fue la realizada en 1341 por Angiolino de Teggia y Nicolosso de Recco, a quienes se debe la primera descripción moderna de las islas y sus habitantes. Otros marinos genoveses, mallorquines y catalanes arribaron a las islas durante el siglo XIV con un objetivo comercial (esclavos, orchilla, etc.) y evangelizador. En 1351 el papa Clemente VI creó el Obispado de la Fortuna con sede en el poblado aborigen de Telde.

La conquista normanda.-

El 1 de mayo de 1402 el normando Jean de Bethencourt y su acompañante Gadifer de La Salle partieron del puerto francés de La Rochela con la intención de emprender la conquista de Canarias. Desembarcaron primero en La Graciosa y posteriormente al sur de Lanzarote, en el lugar conocido como El Rubicón. Tras diversas vicisitudes, la conquista de Lanzarote concluyó en 1404 con el bautizo de los aborígenes.

Posteriormente, se culminó la conquista de Fuerteventura (1405), sin mediar casi la oposición de sus habitantes. Por las mismas fechas se produjo la conquista de El Hierro, casi despoblada por las continuas razzias de eslavos. Muy pronto, sin embargo, se procedió a la colonización de las islas con emigrantes normandos, gallegos, asturianos, etc.

La conquista de La Gomera resultó más difícil debido a la oposición de los nativos. Los normandos lograron establecerse pero fueron Fernán Peraza y su hijo Guillén quienes continuaron la conquista, que concluyó en la década de 1470.

La conquista realenga.-

En 1477 los Reyes Católicos compraron a Diego García de Herrera el derecho a conquista de las islas que aún no habían sido sometidas: Gran Canaria, La Palma y Tenerife. Se iniciaba así el dominio directo de la Corona castellana en el archipiélago.

Gran Canaria

En 1478 Juan Rejón inició la conquista de Gran Canaria y fundó el Real de Las Palmas, desde donde logró dominar pronto la costa nordeste de la isla. Sin embargo, las desavenencias entre los conquistadores y la oposición de los nativos retrasó el avance de los castellanos. La conquista tomó nuevo impulso bajo el mando de Pedro de Vera, que obligó a los aborígenes a refugiarse en las zonas más inaccesibles del interior de la isla. Después de cinco años de campaña militar se dominó todo el territorio en 1483.

La Palma

La conquista de La Palma la dirigió Alonso Fernández de Lugo. Los conquistadores desembarcaron en Tazacorte en 1492 e iniciaron la penetración hacia el interior de la isla. La resistencia más tenaz la encontraron en el cantón de Aceró, distrito situado en la Caldera de Taburiente, que estaba gobernado por Tanausú.

Tenerife

Tenerife fue conquistada también por Alonso Fernández de Lugo entre 1494 y 1496. Tras una primera derrota en la Matanza de Acentejo, los castellanos pusieron fin a la conquista tras las batallas de La Laguna y La Victoria de Acentejo.

Algunos textos sobre La Conquista.-

DOCUMENTO 1

La expedición de Nicolosso de Recco y Angiolino de Teggia.-

Pasando después a otra isla, poco mayor que la precedente, vieron acercarse a ellos por la playa una gran multitud de gente, así hombres como mujeres, casi todos desnudos. Algunos que parecían de condición más elevada, se cubrían con pieles de cabra pintadas de rojo y amarillo, que cuanto la vista podía alcanzar eran suaves y delicadas y cosidas artificiosamente con tripas. Adivinaron por sus movimientos que tenían un príncipe a quien rendían vasallaje. (…) Las naves levaron anclas, y al bordear la isla, observaron (…) muchas casas, higueras, palmas sin fruto y otros árboles, palmeras, hortalizas, coles y legumbres. (…) Entrando entonces en las casas observaron que estaban construidas con admirable artificio de piedras cuadradas cubiertas con grandes y hermosos maderos.

DOCUMENTO 2

Una crítica a la conquista.-

Cosa averiguada es, por derecho divino y humano, que la guerra que los españoles hicieron, así a los naturales de estas islas como a los indios en las occidentales regiones, fue injusta, sin tener razón alguna de bien en que estribar; porque ni ellos poseían tierras de cristianos, ni salían de sus límites y términos para infestar ni molestar las ajenas. Pues decir que les traía el Evangelio había de ser con predicación y amonestación, y no con tambor y bandera.

FRAY ALONSO DE ESPINOSA

domingo, 24 de junio de 2012

El Imperio Romano de Oriente a la muerte de Justiniano

Durante el reinado de Justiniano, Bizancio experimentó la época más gloriosa de su Historia.

Con la muerte del emperador Anastasio, el trono del Imperio Bizantino recayó en manos Justino I, quien muy pronto escogería a su sobrino Justiniano para aconsejarle en todo cuanto tuviera que ver con asuntos de Estado. Tras el fallecimiento de su tío, Justiniano se haría con las riendas del poder. Bajo su reinado, el Imperio Romano de Oriente tuvo quizá su periodo de mayor esplendor. Las reformas iniciadas por el emperador de origen macedonio estuvieron a la altura de las antiguas tradiciones de Roma. Gracias a él, los dominios del Imperio Bizantino se extendieron hasta la Península Ibérica y la cultura romana sobrevivió a las invasiones bárbaras. 

El principal objetivo de Justiniano fue restaurar la autoridad de Roma en Occidente, ambición que estuvo a punto de lograr. Era una necesidad más ideológica que estratégica. Para Justiniano, el Imperio Bizantino, imagen terrenal del reino de Dios y continuador del Imperio Romano, tenía el deber de reconquistar los territorios que anteriormente habían pertenecido a Roma. Su instrumento fue Belisario, el gran general de la época, quien agrandó el Imperio por los cuatro puntos cardinales, derrotando a los vándalos en el norte de África, a los persas en el este, a los ostrogodos en Italia y a los búlgaros y eslavos en los Balcanes.

Antes de lanzarse a la conquista del continente africano, los bizantinos habían firmado un armisticio con el rey de los persas, Coroes II, con el que sostuvieron innumerables batallas. Reconquistar el norte de África, que llevaba más de un siglo en manos de los vándalos, resultó bastante sencillo. Belisario, al frente de  20.000 soldados, lo consiguió en menos de un año. En el 535, con 10.000 hombres, pudo iniciar la campaña de Italia. Recuperó Nápoles y entró en Roma sin encontrar resistencia. En el 537, los bizantinos expulsaron a los ostrogodos hacia el norte del Po, y en el 540 tomaron Ravena. En el 534, los ejércitos imperiales se apoderaron del sur de Hispania, ocupando Cartagena, Córdoba y Málaga.

Sin embargo, apenas diez años después, los godos recuperaron el terreno perdido, llegando incluso a tomar Sicilia. En el 550, Justiniano envió un poderoso ejército al mando de otro de sus grandes oficiales, Narsés, que tras cuatro años de violentos enfrentamientos, derrotó a los godos, a los alamanes y los francos, y restableció la autoridad imperial en la Península Itálica. De esta forma, el Mediterráneo volvía a ser conocido como Mare Nostrum.

Las conquistas proporcionaron a Justiniano recursos considerables, que le permitieron practicar, en la segunda mitad de su reinado, la remisión sistemática de los impuestos atrasados, y una prestigiosa política de construcción de edificios públicos desde Asia Menor hasta Italia. Un claro ejemplo de ella fue la Iglesia de Santa Sofía, primer punto del arte bizantino.

Esta grandiosa política se llevó a cabo en detrimento de las necesidades más urgentes. La región de los Balcanes jamás participó en la prosperidad general, por lo que quedó despoblada y atrajo la llegada de los eslavos. En los años 540 y 558, los búlgaros, de origen turco-mongol, se presentaron ante las murallas de Constantinopla y arrasaron Grecia. Una vez cruzado el Danubio, nada pudo contener a los invasores, que saquearon los campos, hicieron varios prisioneros y se marcharon con la proximidad del invierno.

Con todo, la fuerza clave del Imperio Bizantino para llevar a cabo sus campañas militares fue la superioridad de su ejército, que recurrió a lo mejor de la experiencia bélica de los romanos, los griegos, los godos y los pueblos de Oriente Medio. El núcleo del ejército era la caballería pesada, que actuaba de fuerza de choque apoyada por la infantería ligera (arqueros) y la infantería pesada (espadachines con armadura). El ejército, dividido en unidades, estaba entrenado en tácticas y maniobras. Los oficiales recibían educación en Historia y teoría militar. Aunque con frecuencia eran superados en número por masas de soldados carentes de preparación, el ejército bizantino prevalecía gracias a tácticas inteligentes y a una buena disciplina. Una red de espías y agentes secretos, que filtraba información acerca de los planes del adversario, reforzaba al ejército, permitiendo utilizar el soborno u otras formas de desviar al enemigo. 

La marina bizantina mantenía abiertas las rutas comerciales marítimas con los principales puertos del norte de África y el Mar Negro, así como las líneas de suministro de Constantinopla para evitar que ésta tuviera que rendirse en caso de asedio. Con la aparición de los árabes en el mapa de Bizancio, se produjeron varios enfrentamientos navales entre ambas flotas. Los continuos ataques marítimos de los árabes no tuvieron éxito debido a un arma secreta; “el fuego griego”, cuya composición se desconoce en la actualidad.

No menos importancia tenía la diplomacia. El cuerpo diplomático de Justiniano desempeñó un papel importante durante sus conquistas y los demás emperadores bizantinos no dudarían en seguir su ejemplo y en recurrir a la negociación política antes que utilizar la fuerza de las armas. 

Hablar del gobierno de Justiniano significa hacer una obligatoria referencia a su labor legislativa. El Basileo fue el principal artífice de las grandes modificaciones que afectaron al Derecho Romano. El Código de Justiniano estaba dividido en tres partes: la primera parte (Codex Iustinianus) contenía todos los edictos imperiales vigentes desde los tiempos de Adriano hasta el 533, complementadas con las nuevas disposiciones justinianeas (Novellae); la segunda parte (Pandectae), era una selección revisada de los comentarios de los juristas romanos que completaban el derecho imperial vigente; por último, una tercera parte ofrecía un “manual” para los juristas que constituían el apoyo de la Administración. El Código de Justiniano estuvo caracterizado por la acentuación del sistema imperial y la imposición de las tradiciones cristianas inauguradas por Teodosio.

Jefe absoluto de la Iglesia ortodoxa, el emperador tuvo que hacer frente a las innumerables herejías del cristianismo que entonces recorrían el Imperio, mediante la convocatoria de concilios y otros eventos religiosos que él mismo presidía. El monofisismo y el nestorianismo pusieron en jaque a la Iglesia bizantina en sus comienzos. Ambas cuestionaban la naturaleza divina y humana de Cristo, y fueron combatidas por el Patriarcado. 

Tras la muerte de Justiniano, el trono de Bizancio fue heredado por su sobrino, quien gobernaría como Justino II. Su reinado estará caracterizado por la anarquía política y las sublevaciones. Justino perdió las conquistas logradas por su tío en Italia y en la Bética, prosiguió la lucha contra los persas y dejó que los eslavos se establecieran en Iliria. Durante los siguientes años no pudo hacer nada para que se perdieran los territorios de Oriente Medio y África a manos de los musulmanes, rompiéndose de esta forma el equilibrio de poder y la unidad territorial creada por Justiniano.

Con Justiniano, el Imperio Bizantino alcanzó su época de mayor esplendor. Las reformas administrativas y la redacción del Código que lleva su nombre mantuvieron la estabilidad del Imperio. Bizancio se convirtió en una potencia económica gracias al emplazamiento estratégico de Constantinopla y a los beneficios obtenidos por las conquistas. La cultura bizantina llegó a todas partes de Europa y el Patriarcado de la capital imperial llegó a rivalizar en importancia con el de Roma. Tendremos que esperar hasta el siglo IX para que el Imperio vuelva a encontrarse en una situación semejante.

viernes, 22 de junio de 2012

El siglo XVIII

Federico II de Prusia conversa con algunos filósofos ilustrados. El deseo de los monarcas de acercarse a sus súbditos les llevó a rodearse de los sabios más notables de su tiempo.

El siglo XVIII estuvo influido por el pensamiento ilustrado, que constituye la síntesis del espíritu europeo de la época, y que se basa en la sustitución de la tradición por la luz de la razón. Por ello al siglo XVIII se le ha llamado siglo de las luces o también siglo de la Ilustración.

La Ilustración fue el movimiento cultural más importante surgido desde la desaparición del Renacimiento. Sus raíces profundas se hallan, de hecho, en el humanismo renacentista y sus antecedentes son el racionalismo francés del siglo XVII (Descartes) y el desarrollo de las ciencias de la naturaleza, la investigación y la técnica que se produjo en Inglaterra también durante el siglo XVII (Newton).

Diderot, uno de los padres de La Enciclopedia.

La Ilustración fue, por tanto, un movimiento de síntesis cuyas características principales son:

- La creencia de los ilustrados de que la razón era lo que guiaba al hombre en sus relaciones con la naturaleza, con Dios y con los otros hombres.

- El deseo de desentrañar los misterios de la naturaleza, atendiendo a lo percibido por los sentidos, desarrollando la observación y haciendo uso del empirismo.

- El desarrollo del espíritu crítico y el rechazo de las tradiciones que eran aceptadas solo por hallarse apoyadas en el principio de autoridad y en un dilatado pasado.

- La fe optimista en el progreso constante de la humanidad.

- Desde el punto de vista social, la Ilustración fue el pensamiento de la burguesía, la clase social emergente en aquella época.

- Desde el punto de vista político, los ilustrados eran partidarios de los regímenes que se establecieran con el consentimiento de los gobernados, mediante un pacto social.

El pensamiento ilustrado adquirió un gran desarrollo en Francia, a través de filósofos como Voltaire, Montesquieu o Rousseau, y desde allí se propagó por Europa con publicaciones como la Enciclopedia, obra de Diderot y D´Alambert, que es un compendio del pensamiento ilustrado.

El despotismo ilustrado.-

La teórica política predominante durante el siglo XVIII fue el despotismo ilustrado. Sus elementos característicos fueron dos: la difusión de las ideas ilustradas y la aplicación de una política destinada a recortar los privilegios nobiliarios y eclesiásticos para fortalecer el poder el monarca.

Los ejemplos más notables de monarcas ilustrados son Federico II de Prusia, Catalina la Grande de Rusia, Carlos III de España o María Teresa y José II de Austria. Todos ellos pusieron los principios de la Ilustración al servicio del Estado para reforzar su poder, y desarrollaron programas de reformas que incluían el desarrollo de la ciencia y la cultura, el incremento de las actividades económicas, la reorganización de la fiscalidad, la centralización estatal, etc.

Preocupados por la felicidad de sus súbditos, quisieron mejorar sus condiciones de vida con una actitud paternalista, pero sin permitir que el pueblo participase en las tareas de gobierno. Esta filosofía política que se resume en la máxima Todo para el pueblo, pero sin el pueblo, implicaba una contradicción, ya que ponía en práctica una ideología emanada de la burguesía sin contar con ella. Esta contradicción acabará con el despotismo ilustrado al desencadenarse la Revolución francesa a finales de siglo, en la que la burguesía y el pueblo reclamarán la igualdad jurídica y la participación en el poder.

Las transformaciones económicas.-

Desde el punto de vista económico, la agricultura siguió siendo la actividad fundamental, tanto por su capacidad para generar riqueza como por la cantidad de población que trabajaba en ella. A lo largo del siglo se produjo un incremento considerable de la producción, pero en la mayor parte de los países ese aumento fue debido a la puesta en cultivo de un mayor número de tierras, sin que se produjera ninguna innovación técnica importante. Sin embargo, en Inglaterra se inició un proceso que se conoce como revolución agrícola, que consistió en la introducción de nuevas técnicas agrícolas, como la desaparición del barbecho, la introducción de nuevos cultivos (coles, maíz, patatas, etc.), la selección de semillas, la mejora de los aperos de labranza, etc., que produjeron unos rendimientos excepcionales.

El sector industrial sufrió también un proceso revolucionario durante el siglo XVIII. Aún se mantenía el sistema gremial, basado en el monopolio que ejercían los gremios sobre la fabricación, pero este sistema entró en decadencia y fue adquiriendo mayor importancia la organización de grandes fábricas que concentraban a un importante número de trabajadores y que se basaban en la división del trabajo y en el uso de mano de obra asalariada. Inglaterra fue la pionera en la utilización de este nuevo sistema fabril, que combinado con otros factores, como la revolución de la agricultura, el crecimiento de la población, la abundancia de capitales y la introducción de importantes innovaciones técnicas (como la máquina de vapor, inventada por Watt), produjo un crecimiento revolucionario. Gracias a ello, Inglaterra comenzó a exportar grandes cantidades de productos manufacturados y se puso a la cabeza del proceso industrializador.

Por lo que respecta al comercio y las finanzas, tuvieron también un gran desarrollo, gracias a dos factores: el control casi absoluto que los europeos lograron sobre el tráfico mundial de mercancías, incorporando a América y Asia a la red comercial europea, y el auge de la banca, con el desarrollo de instituciones bancarias estatales que empezaron a funcionar junto a la banca privada tradicional.

La revolución, una nueva palabra.-

En la Europa anterior a 1770, pocas personas conocían el significado exacto de la palabra revolución. La mayoría entendió el verdadero alcance del término gracias a la honda impresión que produjeron los graves acontecimientos que se sucedieron en Francia desde el verano de 1789.

Ciertamente, esta no era la primera revolución que ocurría en el mundo; en 1776, en las lejanas colonias inglesas de América del Norte, los colonos se habían sublevado y conseguido la independencia de Gran Bretaña (paz de Versalles, 1783). El nacimiento de Estados Unidos significó llevar a la práctica, por primera vez en la historia, los principios teóricos de la democracia y el liberalismo. Aunque estos cambios eran revolucionarios, vistos desde las cortes europeas no resultaban especialmente preocupantes, dada su lejanía.

Washington cruzando el Delaware. La revolución protagonizada por los colonos ingleses en Norteamérica sirvió de ejemplo a los revolucionarios franceses.

Sin embargo, cuando la revolución estalló en Francia la situación cambió. Que la revolución triunfara precisamente en ese país implicaba que, dada la influencia que lo francés tenía en toda Europa, la revolución podía propagarse por todo el continente derribando a los monarcas absolutos e implantando en su lugar regímenes liberales al estilo del que comenzaba a consolidarse en Francia.

El ajusticiamiento del rey francés Luis XVI (1793) confirmó el temor de los soberanos europeos. Los monarcas intentaron unir sus esfuerzos no solo para defender la corona francesa amenazada, sino también para apuntalar el principio de monarquía absoluta. La aristocracia comprendía que lo que estaba en juego era el Antiguo Régimen. Declarar la guerra a la Revolución francesa era una obligación y una necesidad.

jueves, 21 de junio de 2012

Las Tortugas Ninja (Saliendo de sus caparazones)*

Sólo con ver el póster ya dan ganas de arrojarse por un balcón...

Los 80 fueron muy duros. Nunca me cansaré de repetirlo. ¡Dios! ¡Fueron horribles, horribles, horribles...! Con todo, igual os pensabais que el merchandising era un invento reciente, pero gracias a los tiburones de Hollywood sabemos que por aquella época la gente ya se mataba por llevarse a casa el último muñequito de Darth Vader (perdón, he querido decir "figura de acción") o bien la camiseta firmada por todo el elenco que protagonizó la peli de Los Goonies. ¡Ah, qué pocos hemos cambiado!

Pero esto que os traigo hoy supera, con mucho, lo grotesco. Y es que después del éxito que supuso la primera parte de las Tortugas Ninja (no así sus horribles secuelas, las cuales nos atormentaron hasta la primera parte de los 90), a algún ejecutivo desalmado y de tendencias sadomasoquistas se le ocurrió la brillante idea de convertir a las tortugas nada más y nada menos que en... ¡cantantes de pop!

Para llevar a cabo semejante idea (digna de un borracho con sífilis), los productores de las Tortugas Ninja decidieron que rodarían un falso documental en el que mostrarían a nuestros héroes de verde en acción. ¿Cómo? Muy sencillo: enseñándonos lo maravillosamente bien que los pu*** reptiles se movían por un escenario a ritmo de ¿rap? y haciendo una serie de rimas que harían enrojecer de rabia al mismísimo Xzibit. Gracias a estas lumbreras del marketing, aprendimos que el cine americano no es sólo una fábrica de ganar de dinero, sino también una industria especializada en corromper todo lo que toca. Y si lo hace a golpe de pop y sodomía, pues tanto mejor.

En fin, la película/documental/montón de mier** terminó titulándose Saliendo de sus caparazones. Ignoro si fue un fracaso en taquilla o sí de verdad llegó a estrenarse en los cines, pero la película existió de verdad. Y yo, que tengo un puntillo masoquista que ya me ha traído más de un problema, me veo en la obligación de dejaros con algunos de los hits más pegadizos de nuestros reptiles preferidos (después de los velocirraptores de Parque Jurásico, claro). Yo creo que títulos como Cowabunga, La balada de April, El poder de la pizza o No hay tratos (esta última una advertencia a todos los malhechores de barrio que abundan por ahí) ya dejan claro el carácter del disco y las verdaderas intenciones de los productores. Y es que cuando uno escucha la letra de Sigue a tu corazón, se da cuenta de que la jeta de estos tíos no tenía límites.

¡SALVE, PODER TORTUGOSO!

Pd: No tengo ni la más remota de cómo se insertan los vídeos, así que tendréis que conformaros con verlos desde Youtube. Os aguantáis.
* Publicado originalmente en Hits Distracciones.

martes, 19 de junio de 2012

La larga huida (Luis Tamsley)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: La larga huida
  • Autor: Luis Tamsley
  • Género: Novela
  • Precio: Papel (12,39 €) / PDF (5,95 €)
  • Número de páginas: 303
  • Valoración de Crítica Literaria Novel: 6,5
COMO NICOLAS CAGE EN "LIVING LAS VEGAS"...

Nueva York, Cabo San Lucas, México DF, Las Vegas... son algunos de los puntos del itinerario del joven Javier, un español que ha decidido hacer del mundo su bandera. Sin embargo, su naturaleza cosmopolita no le impide conocer una dura realidad: el mundo está hecho a base de dinero... Gira y funciona a partir del dinero. Por eso nuestro aprendiz de cineasta se ve obligado a vivir como buenamente puede, ya sea aceptando trabajos de poca monta en cualquier rincón de México o bien pernoctando en la pensión más nauseabunda de todos los Estados Unidos.

De todos es sabido que el mundo es de los audaces. Y Javier no quiere ser menos. Nuestro amigo quiere forjarse a sí mismo y demostrar a todos que puede resistir cualquier prueba que le depare el destino. ¿Conseguirá nuestro amigo hacer realidad el Sueño americano y triunfar? ¿O de lo contrario, regresará a España con la moral por los suelos y más pobre que una rata? ¡Atreveros a descubrirlo leyendo La larga huida!

LO MEJOR:
  • El estilo directo y libre de florituras del que hace gala el autor. La prosa de Luis es tan descarnada y dura como la vida de esos inmigrantes que reparten tarjetas de bares de alterne a lo largo y ancho de Las Vegas. El tono es frío, casi impersonal. En esta novela no hay sitio para descripciones ni retratos. Los personajes secundarios son meros fantasmas que compiten con el protagonista por un puñado de dólares. La rapidez con la que transcurren los acontecimientos convierte a los personajes en simples esbozos. Aquí lo que cuenta es saber quién llegará a mañana. Todo lo demás, como diría aquel, es silencio.
  • Gracias a la descripción que el autor hace de Las Vegas, Luis se encarga de mostrarnos la cara más dura del Sueño americano. Cuando nos hablan de Las Vegas solemos pensar en grandes casinos con letreros de neón en los que el alcohol y el dinero corren a raudales, sin sospechar siquiera quiénes son aquellos que se esconden entre bambalinas. Detrás del brillante escenario de Las Vegas, se esconde toda una sociedad decadente que utiliza a los inmigrantes como mano de obra barata y prescindible. En las cocinas de los grandes hoteles/casinos se desarrolla un drama oculto para el gran público, en el que la gran preocupación es: "¿Seguiré trabajando aquí mañana?". Y el caso es que, en las calles, la vida no está mejor valorada... La inmiración ilegal y la pobreza han traído consigo el auge de negocios clandestinos, de modo que los inmigrantes más influyentes explotan a sus compatriotas por una identificación falsa o un trabajo mal renumerado. Y todo ello ante la pasividad de las autoridades. En un momento en el que se está sopesando abrir una sucursal de Las Vegas en Europa (y más concretamente en España, donde la crisis no perdona a nadie), esta lección deber ser tenida en cuenta más que nunca.
  • El comienzo de la historia es lo mejor que me han tirado a la cara en años. Tenemos a un aprendiz de camarero perdido en mitad de la noche, en una ciudad que no es la suya, a miles de kilometros de su pueblo natal y temoroso de que cualquier sombra nocturna albergue oscuras intenciones. Cuando empieza a hacerse a la idea que de que terminará durmiendo en la calle, se encuentra con un alma caritativa que le invita a pasar la noche en su casa... Claro que el miedo será superior a la seguridad de un cómodo sofá-cama... Y hasta aquí podemos leer. Este momento es sencillamente brillante, un fiel reflejo del comportamiento humano en una situación tan cotidiana como extraña.
  • La angustia que sufre el protagonista al enfrentarse a lo desconocido. Hoy podemos comernos la cabeza preguntándonos cómo será eso de preparar un cóctel, mañana será vérnoslas frente a un pinche de cocina que se hace pasar por nuestro amigo y que se olvidará de nosotros una vez que sea ascendido.
  • Detrás de cada gran viaje siempre cuesta retomar el ritmo de nuestra antigua vida. Nuestro héroe regresa a casa sólo para volver a descubrir los motivos por los que se marchó. El sentimiento de vacío que experimenta Javier al regresar a España está tan bien conseguido que casi nos hace partícipes de su desazón. ¿De verdad eran necesarias tantas penalidades para esto? ¿Podré vivir para siempre contando la historia de mis hazañas por el mundo? ¿Valorará la gente mi sacrificio? Menos mal que siempre nos quedará la literatura.
A MEJORAR:
  • El ritmo de la narración es rápido, de modo que los personajes que interactúan con Javier aparecen como sombras desdibujadas y sin rostro. Sin lugar a dudas, éste es uno de los principales logros del libro. No obstante, las cosas suceden tan rapidamente que casi no llegamos a enterarnos de lo que está pasando. Puede parecer contradictorio, sí, pero creo que hay algunas partes de la trama en las que el autor bien podría tomarse un respiro, mirar atrás y asegurarse de que le estamos siguiendo.
  • Existen algunas situaciones que, con todo el respeto, no parecen conducir a ninguna parte, como, por ejemplo, el encuentro que tiene Javier con el extraño caminante en un abandonado callejón de vaya usted a saber dónde. Lo que en un primer momento parece una escena cargada de tensión hasta los topes, se desvanece poco a poco hasta caer en el anticlímax. Otro tanto ocurre cuando Javier se encuentra con su prima en Estados Unidos.
  • Las dos primeras partes de la narración (las referidas a Cabo San Lucas y Las Vegas) rayan en la perfección literaria (su carga de tensión, la incertidumbre de lo que le sucederá al personaje cuando tenga que dejar su trabajo y el ritmo narrativo marcado por Luis así lo demuestran). No obstante, el resto de los puntos de su recorrido apenas tienen interés. El protagonista visita San Francisco pero... ¿Y qué? Exceptuando ese antiguo recluso que firma audiolibros en la prisión de Alcatraz (ahora reconvertida en una atracción turística), no hay nada que llame nuestra atención. La narración decae poco a poco, llegando incluso a afectar a los últimos capítulos del libro. Afortunadamente, la decisión del protagonista de afrontar la vida y coger el toro por los cuernos terminan por salvar el día.
  • Las motivaciones de Javier para emprender su viaje aparecen muy difuminadas, de modo que tenemos que hacer un esfuerzo para comprenderlas. Hubiera estado bien que el autor se explayara más en esta parte, un punto de vital importancia para el desarrollo y comprensión de la trama.
CONCLUSIÓN:

Más que una novela, La larga huida es un híbrido entre una guía turística ("Cómo sobrevivir en el Nuevo Mundo sin morir en el intento") y un cuaderno de viaje, un diario en definitiva. El ritmo de la narración roza la perfección en los primeros capítulos, encontrándonos con un protagonista abrumado y confuso ante lo desconocido, pero decidido a enfrentarse a todo pase lo que pase. Todo sucede tan rápido que no nos da tiempo a respirar. Los secundarios son meras sombras sin rostro (¿acaso un camarero hasta arriba de trabajo es capaz de reconocer a las decenas de clientes que atiende a lo largo de toda una semana?). Las dificultades del prota por tratar de encajar harán que nos sintamos identificados con él de inmediato, descubriendo el mundo gris y poco atractivo que se esconde detrás de los elegantes hoteles que jalonan el perfil de Las Vegas y México.

Sin embargo, el último tercio de la novela nos va alejando de la misma poco a poco, encontrándonos con escasos alicientes para seguir con su lectura. En determinadas partes el autor parece haberse olvidado del lector, teniendo que hacer este último un intento para alcanzarle. Pese a lo interesante de algunos pasajes, existen determinadas partes que no nos aportan nada, llegando incluso a preguntarnos por qué están ahí.

El ritmo de la narración llega a recordarnos al de Bruno Galindo y sus Diarios de Corea: un estilo impersonal y frío con el que llegamos a sentirnos muy cómodos. Empatizar con el protagonista no es nada difícil y prácticamente no nos cuesta nada ponernos en su piel. Aún así, se echan de menos algunas descripciones en determinados pasajes, así como una resolución más contundente a los problemas a los que se enfrenta nuestro viajero. Pese a sus defectos, la historia nos resultará tan interesante como entretenida, llegando a devorarla en muy pocos días. Bubok vuelve a demostrarnos que no hace falta irse muy lejos para encontrarnos con un autor cuyo talento literario amenaza con despuntar. Y tanto Luis como su novela cumplen con esta máxima. Recomendable.

lunes, 18 de junio de 2012

Canarias en el siglo XVII

Gracias a su posición estratégica entre Europa y América, las Islas Canarias experimentaron un enorme crecimiento económico durante el siglo XVII.

Una población en crecimiento.-

Al contrario que otras regiones españolas, la población del archipiélago se incrementó durante el siglo XVII y alcanzó en 1688 los 105.375 habitantes. De ellos, aproximadamente la mitad residían en Tenerife.

Sin embargo, varias causas impidieron un mayor desarrollo demográfico. Entre éstas destacaba la elevada mortalidad infantil, ya que de cada diez niños recién nacidos 2 ó 3 no llegaban a cumplir su primer año de vida. También influyeron el hambre provocada por las sequías y las malas cosechas, así como la gran mortandad que seguía a las frecuentes epidemias de peste o viruela.

Las islas del vino.-

A partir de la segunda mitad del siglo XVI descendieron las exportaciones azucareras y se produjo la expansión del cultivo de la vid, especialmente en la isla de Tenerife.

A lo largo de los dos siglos siguientes los vinos canarios, entre los que destacaban los malvasías dulces, fueron exportados a Inglaterra, las Indias españolas, el Imperio colonial portugués y las colonias británicas de Norteamérica.

Buena parte del comercio vinícola estuvo afectado por las regulaciones que imponía la Casa de Contratación de Sevilla al tráfico de las islas con América.

También resultaba perjudicial la competencia de los vinos de Madeira y Oporto. Éstas y otras causas provocaron la decadencia paulatina del cultivo durante el siglo XVIII.

El último período de esplendor que vivieron las exportaciones vinícolas tuvo lugar durante las guerras napoleónicas (1796-1814).

La sociedad canaria.-

La sociedad se dividía en dos grandes bloques: el grupo dominante, formado por la nobleza y la burguesía comercial, formado por la nobleza y la burguesía comercial, y las clases dependientes, integradas por pequeños y medianos propietarios, campesinos, artesanos, mendigos, etc.

Durante el siglo XVII se registró un proceso de ennoblecimiento que benefició sobre todo a los grandes propietarios agrícolas, interesados en obtener títulos nobiliarios a cambio de dinero.

Las condiciones de vida de las clases populares eran muy precarias, y eran muy frecuentes la mendicidad, el hambre y la emigración.

Las instituciones de gobierno.-

La creciente complejidad social obligó a crear nuevas instituciones para garantizar el gobierno de las islas.

La autoridad ejercida por los gobernadores y cabildos nombrados después de la conquista, debió ser compartida con instituciones de ámbito regional como la Real Audiencia, creada en Las Palmas en 1526, y la Capitanía General, establecida en 1589.

A su vez, la Iglesia ejercía una gran influencia en todos los órdenes de la vida social, con organismos como el Obispado y el Tribunal de la Inquisición.  

domingo, 17 de junio de 2012

La colonización del Archipiélago canario

Poco después de terminada la conquista de Canarias, se inició un proceso de colonización que no culminó hasta finales de la Edad Moderna.

Una sociedad cosmopolita.-

Después de la conquista la sociedad aborigen fue sustituida por una sociedad de tipo europeo caracterizada por la diversidad de los nuevos exploradores. Hacia 1585 la población de todo el archipiélago estaba entre los 25000 y los 35000 habitantes.

Los recién llegados eran en su mayoría andaluces, castellanos, gallegos, etc.

La población aborigen se redujo debido a las luchas habidas durante la conquista, las enfermedades y la esclavitud.

Los extranjeros eran sobre todo italianos, y entre ellos genoveses en su mayoría, y también flamencos. Se dedicaban al comercio y al cultivo azucarero.

La necesidad de mano de obra para desarrollar los nuevos cultivos se resolvió con la introducción de esclavos africanos, tanto negros como moriscos, procedentes de la cercana costa de Berbería.

Los recién llegados crearon poblaciones como Betancuria, San Sebastián de La Gomera, Las Palmas, La Laguna, etc., así como nuevas instituciones de gobierno, como los Cabildos o Ayuntamientos, presididos por un Gobernador.

Una de las primeras medidas adoptadas fue el repartimiento de tierra y agua entre los nuevos pobladores y algunos nativos.

Las islas del azúcar.-

Los recién llegados introdujeron nuevos cultivos. Por una parte destacaron los cultivos destinados al abastecimiento de los habitantes de las islas (cereales, hortalizas, frutales, etc.), que se ubicaban en terrenos de secano.

Pero, sobre todo, fueron importantes los productos destinados a la exportación, que ocuparon las mejores tierras. La caña de azúcar fue el primer cultivo de exportación con el que las islas se incorporaron al comercio internacional de la época; fue introducida en Canarias por Pedro de Vera desde la cercana isla de Madeira.

La caña era molida y transformada en azúcar en los llamados ingenios, el primero de los cuales se estableció en Las Palmas aprovechando el curso de agua del barranco de Guiniguada. Con el paso del tiempo se crearon otros ingenios en Tenerife, La Palma y La Gomera. Desde las islas, el azúcar era enviado a Amberes, Génova y otros puertos europeos.

Durante la primera mitad del siglo XVI las Canarias llegaron a ser conocidas como las “islas del azúcar”. Algunos topónimos, como el de Ingenio, en el sur de Gran Canaria, son una muestra de la importancia que tuvo antiguamente dicho cultivo.

Canarias y América.-

A partir del descubrimiento de América, el archipiélago fue escala de casi todas las expediciones a las Indias. En las islas los navíos se abastecían de agua y alimentos e, incluso, embarcaban tripulantes y viajeros con destino al Nuevo Mundo. Los emigrantes canarios acudieron pronto a América como soldados, marinos o colonos y dejaron una huella importante en las nuevas tierras.

Las islas fueron también escala de regreso donde se recibían los productos procedentes de América. El oro y la plata, el palo brasil y otras materias tintóreas, así como nuevos frutos y alimentos, como las papas, el millo o el tomate recalaban en Canarias en su viaje hacia Europa.

viernes, 15 de junio de 2012

El siglo XVI

Si Mehmed II había asentado las bases del Imperio Otomano conquistando Constantinopla, Solimán II se encargó de convertirlo en una potencia mundial.

EL IMPERIO OTOMANO.-

El Imperio Otomano se asentaba en Anatolia, Siria, Iraq, Egipto -con el estratégico Mar Rojo- y la península Arábiga, con las ciudades santas del islam, La Meca y Medina; dominaba también el Caúcaso y una parte de Persia, mientras por el norte de África su poder llegaba hasta la actual Argelia. El imperio turco se extendía sobre más de treinta millones de almas, y tenía una burocracia eficaz y un excelente sistema administrativo.

En el siglo XVI, entre 1520 y 1556 el sultán Solimán II, llamado en Occidente el Magnífico dirigió sus tropas hacia Europa y sus ejércitos no sólo dominaban Georgia, Crimea y Los Balcanes, desde Grecia hasta Croacia y el Mar Negro, sino también el reino de Hungría. Solimán había conquistado Hungría después de derrotar a su rey, Luis II, en la batalla de Mohacs, en 1526. Los Habsburgo, unidos por matrimonio a los reyes húngaros, aspiraban aquel trono. Desde Budapest los turcos amenazaban Viena, el corazón de las posesiones de los Austrias.

La poderosa flota otomana aseguraba a los sultanes el control absoluto de la zona oriental y central del mar Mediterráneo, y dominaba el litoral norteafricano prácticamente hasta Gibraltar. También en esta frontera los turcos amenazaban las posesiones mediterráneas de la Corona de Aragón, que desde la muerte de Fernando el Católico formaban parte de la herencia de Carlos I, de la casa de Habsburgo.

Retrato de Felipe el Hermoso. Su matrimonio con la princesa Juana, hija de los Reyes Católicos, permitió que la casa de Austria gobernara en España a lo largo de casi tres siglos.

EL SACRO IMPERIO: MINERÍA Y DINERO.-

En el centro de Europa existía un conglomerado de territorios muy variados que formaban el denominado Sacro Imperio germánico. El conjunto de tierras más importantes era el austriaco, las posesiones de los Habsburgo, que abarcaban la alta y la baja Austria, el Tirol, Estiria, Corintia y Carniola, además de Bohemia, Moravia y Silesia.

Por lo que respecta a Alemania, el poder y el territorio estaban repartidos entre grandes príncipes como los Hohenzollern en Branderburgo, y los Wittelsbach en Baviera. Los príncipes consideraban sus Estados como una propiedad privada, aunque algunos de ellos hacían esfuerzos para unirse con otros. A la cabeza de este conglomerado de príncipes poderosos y territorios fragmentados estaba el emperador, un título con escaso poder real, que era elegido por un pequeño grupo de príncipes llamados electores. El sistema de elección estaba regulado desde 1356 por la llamada Bula de Oro. A principios del siglo XVI el emperador era Maximiliano I de Austria, de la dinastía de los Habsburgo y padre de Felipe el Hermoso, yerno de los Reyes Católicos de España por su matrimonio con la princesa Juana.

En este siglo, algunos de los territorios alemanes del Imperio eran conocidos por sus importantes minas, especialmente de plata. Las minas estaban en manos de los grandes príncipes alemanes y los banqueros más importantes de Europa tenían allí sus sedes. En estos años se estaba desarrollando una poderosa economía monetaria basada en el mercantilismo, que consideraba el oro y la plata como el factor primordial de la riqueza. Eran los comienzos del capitalismo. Entre los banqueros más importantes estaban los Fugger, que controlaban la producción de plomo, plata y cobre e incluso mercurio de Almacén (Ciudad Real). Su poder llegó a ser tal que financió la Corona Imperial de Carlos V y sus numerosas guerras.

La Unión de Utrecht. El dominio de este territorio por parte del Imperio Español le acarreó a este último una contienda que se prolongó a lo largo de toda la Edad Moderna.

FRANCIA Y LOS PAÍSES BAJOS.-

A principios del siglo XVI la monarquía francesa era un Estado muy poderoso, que había ampliado considerablemente sus posesiones en las últimas décadas. Francia desempeñaba un papel fundamental en el llamado equilibrio europeo. Era un incómodo vecino para España, pues intentó impedir que la monarquía hispánica llegara a dominar Europa como única potencia. Los motivos de rivalidad fueron muchos: el dominio de Italia, Navarra y las posesiones flamencas de los Habsburgo, entre otros.

En la base de la prosperidad y el poder francés estaba su abundante población, su agricultura y su importante producción artesanal; Francisco I era el monarca que reinaba en Francia a principios del siglo XVI.

Los Países Bajos comprendían 12 provincias (Artois, Brabante, Flandes, Hainaut, Limburgo, Luxemburgo, Holanda, Zelanda, Namur, Amberes, Malina y el Franco Condado). Se trataba de la zona más desarrollada de Europa junto con el norte de Italia. Tenía una población densa que alcanzaba los tres millones de personas. Allí el feudalismo prácticamente había desaparecido, su agricultura era muy próspera, sin barbecho, y su artesanado, especialmente el que se dedicaba a los tejidos, era el más reputado de Europa. La producción era libre, solo sujeta a las leyes de competencia y de la libre empresa. Su materia prima era la lana española, que se transportaba por mar; también la metalurgia estaba muy desarrollada, especialmente en algunas zonas como Lieja y Namur, donde había forjas que desarrollaban ya sistemas más avanzados.

En los puertos había poderosas ligas de comerciantes, con sistemas prácticamente capitalistas, muy avanzados respecto al resto del continente tanto en la concepción como en el manejo del dinero y del crédito. Por si todo ello fuera poco, los Países Bajos eran territorios muy bien administrados en el siglo XVI. La gente disfrutaba de una gran libertad y un clima muy favorable para los negocios. La administración municipal estaba dirigida por una burguesía eficaz, mientras que la alta administración estaba en manos de una nobleza que ya podríamos considerar moderna. Se puede decir que los Países Bajos eran un auténtico modelo de organización.

La Casa de la Contratación de Sevilla, uno de los iconos del mercantilismo.

LA CONCEPCIÓN DE LA ECONOMÍA MODERNA: EL MERCANTILISMO.-

En Europa, el comercio había tenido una expansión continua desde finales de la Edad Media. Habían florecido mercados diversos basados en los tejidos, hilados, artículos de piel y cuero, cereales, vino, etc. El mercader que prosperaba en este incipiente mundo moderno era aceptado socialmente y se cubría de prestigio; pero todavía era la posesión de tierras lo que proporcionaba un poder real en la mayor parte de Europa.

Solo en los territorios y ciudades comerciales los mercaderes influían en el gobierno o eran ellos quienes gobernaban; estos mercaderes, desde los Fugger alemanes a los Médicis en Florencia, pasando por los productores de paños, consideraban que la competencia era mala para sus negocios y trataban de lograr el monopolio sobre determinados productos.
Se desarrolló una teoría económica que consideraba que la acumulación de oro y plata, es decir la riqueza monetaria, debía ser el primer objetivo de la política tanto personal como de cualquier Estado; a conseguir esta acumulación de metal precioso debían dirigirse todos los esfuerzos. Pensaban que siempre es mejor vender mercancías, y así conseguir dinero, que comprarlas.

De acuerdo con esta teoría económica, denominada mercantilismo, lo mejor que podía hacer un monarca era otorgar concesiones o monopolios sobre determinados productos o regiones a algunos mercaderes, y prohibir toda competencia.