viernes, 27 de septiembre de 2013

Battleship (Peter Berg)

FICHA TÉCNICA:
  • TÍTULO: Battleship
  • DIRECTOR: Peter Berg
  • REPARTO: Liam Neeson, tío random nº 1, tío random nº 2, tío random nº 3, Rihanna y un par de viejos a los que obligaron a salir en la peli so pena de practicarles la eutanasia
  • PAÍS: Imperio Galáctico
  • GÉNERO: Marcianada de alto presupuesto (estratosférico casi...)
  • DURACIÓN: Tres cajas de cerveza del Carrefour
  • AÑO: 2012 (iba a ser un chiste con la peli homónima de Emerich, pero paso)
  • VALORACIÓN: Zurullo subacuático
Hablar de Battleship a estas alturas es como decir que Los Simpsons los echan todos los días al mediodía en Antena 3. La gracia hubiera sido comentarla cuando se estrenó en los cines, cuando todo el mundo la lapidaba y la ponía mirando a Cuenca, pero hace tiempo que ir al cine dejó de ser una de mis prioridades. Sale demasiado caro. En los diferentes blogs que sigo no hago más que encontrarme con críticas de películas de estreno tipo Gru 2 o Guerra Mundial Z, lo que me lleva a preguntarme de dónde coño sacáis el dinero. ¿Como lo hacéis? ¿Os acostáis con el tío de la taquilla? ¿Os regalan las entradas? ¿Y por qué no me las regalan a mí? ¡Yo también quiero ir al cine gratis!

A todo eso, sé que en mi última crítica os había dicho que no volvería a comentar otra película hasta septiembre, por aquello de las vacaciones y las semanas que me esperan tirado a la bartola (esto casi que mejor nos lo pasamos por alto, dado que esta reseña fue escrita a mediados de julio). Pero comentar Battleship era una obligación moral. Una película que había sido tan machacada por la crítica sólo podía encontrar su sitio aquí, de modo que si tengo que tragarme mis palabras, lo haré encantado. Aunque ya os digo que la peli no es tan chorra como cabría esperar. Es bastante normalita, la verdad. Que sí, que sí... que es un insulto a la inteligencia y representa lo peor de la industria americana pero, ¿acaso todo los que nos está llegando de allí no lo es? Y quien me diga que Transformers, Skyline o la última chorrada de Woody Allen son buenos ejemplos de cine ya me está dando la dirección de su casa para enviarle una banda de rumanos, porque ya le vale.

¡Ahí va! ¡Una hispana en una peli americana! Venga, hagamos el chiste de rigor: “¡Estoy embostada de arepas, ándale!”. Me parto y me mondo yo solo.

Batleship es pura mierda concentrada, pero es el reflejo de una industria que ya no tiene ni donde caerse muerta. Nunca fui un gran amante del cine, pero hay cosas que no tienen perdón. Y esta película es una buena muestra de ello. No merece ser odiada, pero si dejamos que subnormaladas como ésta tengan éxito, ya podemos despedirnos del cine tal y como lo conocemos. Y no estoy de coña. Todo el mundo sabe que Battleship está basada en el juego de Hundir la flota, ¿verdad? Pues bien, no hace mucho me enteré que ya preparaban una adaptación del mítico Tragabolas. Mañana será el parchís, pasado el Cocodrilo Sacamuelas... Todo con efectos especiales, rayos láser y sexo, mucho sexo... Y cuando se les acaben los putos juegos de mesa, nos venderán a Harrison Ford siendo golpeado por un balón de rugby en los cojones. Tiempo al tiempo.

Battleship nos cuenta la historia de una invasión extraterrestre. Los bichos llegan a la Tierra gracias a una señal que los científicos mandan al espacio en busca de vida inteligente. El problema es que esto genera una especie de "efecto llamada" que ríete tú del puto programa de Democracia Nacional  (además de estúpida, esta peli es la cosa más fascistorra y xenófoba del mundo). Si allí son los subsaharianos los que vienen a destruir España, aquí son unos marcianejos con una pinta de negros albinos que tira de espaldas. De hecho, casi juraría haber visto a más de uno liarla en Empeños a lo bestia.

"¡Devuélveme mi mierda, brother! ¡Y cuidadito con tocarme, que soy del gueto!"

Pero el problema aquí no son los extraterrestres, sino la cantidad de chorradas que tenemos que tragarnos entre lo que tardan en venir los mostrencos y las gilipolleces que hacen los protagonistas para que el espectador comprenda cuál es su rollo. Y es precisamente aquí donde entra el prota, un guaperas medio subnormal que interpreta al clásico perdedor y al que dan ganas de escupirle en la boca... Aunque si ser un perdedor significa tener los abdominales del fulano, ahora mismo dejo la carrera y me mudo al bar de la esquina para tirarme a todo lo que entre por la puerta. Para muestra un botón: resulta que el tío se enamora de una rubia buenorra que es más tonta que las pocas neuronas que le quedan a Fátima Báñez. Muy bien. Ojo al caso de manual del amor que viene ahora: a la fulana se le antoja un burrito, el tío se mete de incógnito en un Badulaque para robar uno y, con el tema de La pantera rosa de fondo, hace sonar la alarma y sale a toda pastilla de la tienda mientras es perseguido por la policía. Sencillamente maravilloso... Sólo llevamos diez minutos de peli y ya me han dado ganas de meterme un destornillador por los oídos.

"¡Rayos, he  tenido un sueño horrible! Me daban el papel de protagonista en una película. Salían barcos y... y... la gente me odiaba... y..."

Con el fin de reconducir su vida, el tío ingresa en la Marina junto con su hermano (de hecho, llega a capitán de corbeta y todo) y, en uno de esos inesperados giros del destino, descubrimos que la rubia buenorra es la hija de uno los almirantes de la flota, interpretado por un Liam Neeson que mejor hubiera hecho en quedarse en casa, porque para lo que hace... El tio hace de típico padre protector, en plan "Si te acercas a mi hija te cortaré los pulgares y te los meteré en el culo". Todo super original y tal...

Y poco más. También sale ésta que canta (la Lady Gaga o la Rihanna esa, no sé) y otro tío con cara de no haberse hecho del todo. La verdad es que me da igual. En el caso de Rihanna, su presencia es anecdótica, ya que sólo se dedica a soltar frases estúpidas y hacer posturitas en plan: "¡Oigh! ¡Soy una mujer dura porque estoy en la Marina!". Las feministas tienen que estar echando humo de la emoción. Y las feministas lesbianas ni os digo...

"Mi madre dice que soy especial..."

Total, que los monstrencos aterrizan en pleno Océano Pacífico, justo delante de Pearl Halbour, donde la Marina estadounidense está de maniobras con otros trece países más (entre ellos, Japón). La cosa es que las naves de los bichos emergen del mar y empiezan a disparar a todo lo que se mueve... Bueno, no... Esto es muy extraño... Resulta que los aliens sólo atacan si son atacados... De hecho, llega un momento en el que pasan de atacar a los barcos americanos y se dedican a hacer turismo de borrachera por Pearl Halbour, dedicándose a destruir autopistas y a ver partidos infantiles de béisbol. Vamos, lo más normal del mundo cuando quieres invadir un planeta. Lo más cachondo de todo es que, cuando los monstruitos empiezan con el ataque, el marino a medio hacer suelta algo así como "¡Son los norcoreanos, estoy seguro!", confirmándonos su retraso mental de Nivel 1. De hecho, estoy seguro que este tío tiene que ser pariente del que salía en Amanecer rojo. No coincidirán en el apellido, pero tienen que ser primos fijo.

Policías muertos en los alrededores del Congreso. El 15-M se ha vuelto a superar.

También hay una parte muy extraña en la que un científico friki trata de hacerse con una estación de radio portátil que está dentro de la base de los bichos, pero el tío es tan manazas que al final lo acaban pillando. Lo normal sería que lo pasaran por la trituradora o que lo violaran entre todos, pero no... El gafotas sale ileso de su aventura y se reúne con sus compañeros como si no hubiera pasado nada. Y lo peor es que no nos explican por qué. Una de dos: o no tenían ni idea de cómo terminar la puñetera escena, o bien no les tembló el pulso cuando enviaron la película a la sala de montaje. Esta última idea me inquieta cosa mala. El hecho de saber que el día de mañana algún empresario sin escrúpulos lanzará un hipotético "montaje del director" en DVD, hace que se me pongan los pelos como escarpias.

Chiste del Risitas y el "cuñao" en tres, dos, uno...

Por cierto, la presencia de los japoneses en esta película no es casual, dado que son los primeros a los que se les hunde el barco tras recibir la primera andanada de ostias. El de los americanos no, ése es capaz de aguantar cañonazos, minas antisubmarinas, torpedos guiados por láser y hasta un manguerazo de helado de fresa. Esto es de sentido común, claro... ¿De qué te sirve hacer una película si no es para presumir de los duros y machos que son los soldados de tu país?

A todo esto, llevamos más de una hora de película y no hemos visto ninguna referencia a Hundir la flota. ¿Qué raro, no? Pues ahora os vais a cagar...

¿Que no hemos visto referencias? ¡¿Qué nos hemos visto referencias?! ¡¡TOMAD LAS PUTAS REFERENCIAS!!

¡Espera, espera, espera...! Que os lo voy a dejar bien clarito...

A pique el portaaviones...

Os explico lo bien que se lo han montado: resulta que Pearl Halbour está LITERALMENTE repleto de boyas submarinas puestas allí por el Servicio Meteorológico por sólo Dios sabe qué razón, de manera que es MATERIALMENTE IMPOSIBLE que te des un baño y no acabes esmorrándote contra una. Los protas tienen la brillante idea de utilizarlas como puntos de referencia para saber dónde se encuentra el enemigo, cuyas naves, por cierto, tienen el sistema de propulsión más chorra de toda la Galaxia, puesto que se dedican a pegar brincos por el mar cual pequeño ballenato huyendo de una flota de pesqueros noruegos. De puta madre... Y yo yendo a clase en tranvía.

De todos modos, la película tampoco es tan tópica como cabría esperar. Aquí los marcianos no son invencibles, es decir, se les elimina a cañonazos y punto, como tiene que ser. Esto no es como Skyline (cuyo director tiene que sufrir una parálisis cerebral de las gordas, porque vaya mierda de película), donde los bichitos se recomponían después de una explosión atómica con la misma facilidad que mi abuela de un resfriado; o como la subnormalizante Guerra Mundial Z (y aquí hablo de la novela, porque no pienso ser tan gilipollas como para ir a verla al cine), donde un tanque de tropecientas toneladas sólo le hacía cosquillas a un zombie. Se agradece mucho el cambio de tendencia, pero Battleship sigue siendo lo que es: una (inmensa) puta basura.

"Me regalaban con cada ejemplar del Halo".

Luego también está la parte de cuando los buenos se suben a bordo del Missouri, reconvertido ahora en un geriátrico. Los abueletes, veteranos de la II Guerra Mundial y encantados de sentirse útiles (el sueño de todo abuelo), deciden echarles una mano. Voy de sorpresa en sorpresa con esta basura. ¿Quién dijo que los viejos no servían para nada? ¿Y quién nos iba a decir que el futuro del mundo iba a estar en manos de los del "Hogar del pensionista"? La gracia de estas escenas se basa en el inmortal chistazo de "En mis tiempos esto no se hacía así" o "Los jóvenes de ahora no sabéis lo que es una guerra". ¡Sí, vámonos todos a la guerra! ¡Guerra para todo el personal! Los que volvamos vivos habremos madurado un huevo...

Violando las leyes de la Física y al menos tres de las de Newton, el acorazado se encara con la nave nodriza de los bichejos. Los buenos le disparan un cañonazo en todos los morros, hay explosiones, efectos especiales y un montonazo más de cosas divertidas. Y ya está, hemos ganado. Acto seguido nos encontramos con la ceremonia de entrega de medallas. Descubrimos que Liam Neeson y el prota son colegas después de todo, hay sonrisas y todo el mundo aplaude. Créditos, despedida y cierre. Fin.

CONCLUSIÓN:

¿Qué más puedo decir? ¿Os acordáis del maloso de No es país para viejos? Pues eso.

"He desperdiciado dos horas de mi vida viendo esto. Ergo, he de salir a matar".

No os digo nada y os lo digo todo.

¡Ah! La próxima peli que me gustaría comentar sería Canino, piedra angular de la (atroz y pedante) cinematografía indie y gafapasta junto con Donnie Darko y las novelas del pertado de Murakami. ¿Quién sabe? A lo mejor me acaba gustando y todo...

Y ahora lo que todos estaban esperando...

¡¡JUEGA A ENCONTRAR LA BANDERA!!
IT`S FREE!!














El récord está en trescientas cincuenta y siete... Por cada bandera que veáis, tenéis que echaros un whisky. Ahora bien, si acabáis en el hospital con un coma etílico, no digáis que lo habéis hecho porque lo habéis leído aquí, que me metéis en un marrón de los gordos.

* Battleship y todos sus fotogramas son propiedad de Universal Pictures, Hasbro, Bluegrass Films y Film 44 (entre todos la parieron y entre todos la mataron).

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Twitter para torpes (Natalia Gómez del Pozuelo)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Twitter para torpes
  • Autora: Natalia Gómez del Pozuelo
  • Género: Manual práctico
  • Número de páginas: 206
  • Editorial: Anaya (Colección Oberon Práctico)
  • Precio: Papel (17 euros aprox.) / Versión electrónica (no disponible)
  • Valoración de Crítica Literaria Novel: 8
Mi primer contacto con las redes sociales es casi tan tardío como mi acceso al mundo de la informática. Mis padres siempre opinaron que los ordenadores sólo servían para trabajar (para jugar, ya estaba la videoconsola) y, sobre todo, que eran caros, muy caros. Este modo de entender las cosas era muy popular en los 90 (de todas formas, hemos avanzado poco, dado que los ordenadores siguen siendo caros) e hizo que me pasara toda mi etapa escolar entregando mis trabajos a mano, sin tener idea de lo que era un monitor o un “icono de escritorio”. Lo mismo ocurrió durante mi paso por el instituto, si bien es cierto que ya había aprendido a manejar la máquina de escribir de mi tío, con la que bromeaba diciendo que, si la quería convertir en un ordenador, me bastaba con enchufarla a la tele (lo peor es que hubo gente que me creyó). También había recibido algunas nociones básicas gracias a don Jesús, el profesor de Informática que también hacía las veces de (severo y letal) jefe de estudios en el Alonso Pérez Díaz, el centro en el que cursé mis estudios.

Luego también estaban las quedadas veraniegas que organizaba con mi grupo de amigos para irnos a conectar a un “ciber” y pasarnos la tarde jugando al “Age of Empires 2”. Al ser el más inexperto del grupo, era uno de los primeros en recibir la del pulpo. Lo normal hubiera sido aprender a jugar en la casa de uno de mis colegas, pero éstos estaban demasiado ocupados tratando de mantener su hegemonía en el juego. De manera que ni instrucción ni leches, las partidas a muerte eran mi único campo de entrenamiento. Otra cosa es que sobreviviera el tiempo suficiente para poner en práctica la lección anterior.

En fin, que hasta que no llegué a la universidad no pude disfrutar de las comodidades que suponía tener un ordenador en casa (en nuestro piso de estudiante, mi hermano y yo teníamos uno de esos monitores enormes que ocupaban casi todo el escritorio). Entonces ya sí... Pude ponerme al día, aprender a jugar al “Age...” como nadie y todas esas cosas que un primerizo está obligado a hacer. Sólo me faltaba dominar Internet. Ahora bien, si ya me había costado hacerme con el manejo de un ordenador, imagínense lo que significaba Internet para un ignorante como yo. ¡La locura! Pero claro, ¿cómo íbamos a podernos costear el mantenimiento de una línea si apenas llegábamos a fin de mes? Tanto las matrículas como la hipoteca del piso no salían gratis, y no era cuestión de exprimir a mis padres como si fueran limones. Nada, Nada... No quedaba más remedio que esperar. 

Yo entonces ya no era ningún tonto. Más o menos sabía de qué iba la historia (tenía tenía mi propia cuenta de correo electrónico y todo) y si necesitaba algo, para eso estaban los ordenadores de la facultad. Pero nada podía compararse con tener Internet en casa: la comodidad, la intimidad, las páginas de mujeres desnu... eh... perdón... estoy hablando demasiado... Decía que tener Internet en casa era lo más. Un ejemplo: cuando autoedité mi primer libro en Bubok (y de eso van a hacer cinco años), lo hice en un ruidoso salón recreativo reconvertido en “ciber” y donde podías encontrarte cualquier cosa si curioseabas en la carpeta de “Mis documentos”. Y eso por no hablar del precio que costaba la hora de conexión (1.50 € la media hora) y de cómo tenías que ir echando monedas en la ranura para que la sesión no se cortase. Los 80 me pillaron muy niño, pero esto era como regresar a ellos de vuelta y sin escalas.

Todo cambió cuando por fin tuve mi primer ordenador portátil (compartido con mi hermano, desde luego, porque el presupuesto no daba para más) y descubrí las maravillas del WIFI. Para mí fue la “Revolución de 2009”. ¡Sí, teníamos WIFI en nuetro piso! ¡WIFI para todos! La señal era bastante inestable, por lo que tuvimos que comprarnos una antena (dos si tenemos en cuenta lo rápido que se escacharró la primera...) ¡Y mejor no os cuento los apaños que tuvimos que hacerle para evitar que, cuando la sacábamos al balcón, terminara despeñándose ventana abajo! Pero aquello era la vida... ¡La vida! Me convertí en un asiduo de Bubok, donde aprendí la tira (de hecho, Crítica Literaria Novel nació en esa época), me deleité con las posibilidades de Youtube y Megaupload y descubrí porqué todo el mundo echaba pestes de Internet Explorer (porque mira que es malo el jodido...). Al año siguiente tuve mi primer portátil para mí solo (¡Qué alegría! ¡Qué alboroto! ¡Con veinticinco años por fin ya podía considerarme un hombre! ¡Yupi!). Al fin pude saber qué era eso del MSN del que cacareaban tanto. ¡Y hasta me hice una cuenta en Tuenti! ¡Y otra en Facebook! Aquello parecía no tener fin... Hasta que a los dos años el vecino decidió proteger su conexión (o se mudó, vaya usted a saber) y todo terminó.

Así que nada... aquí estamos de nuevo, entre las paredes de la Biblioteca de Magisterio de la Univesidad. Al menos, hemos mejorado mucho con respecto a aquella sala recreativa a la que, muy de tarde en tarde, me suelo dejar caer cuando voy de vacaciones a La Palma. Y Crítica Literaria Novel también sigue ahí, ajeno a estos problemas y siempre dispuesto a sorprender al lector... A no ser que ese día la pereza me impida meter el portátil en la bolsa y acercarme hasta la sala de estudio. Eso, o que sea domingo, claro está.

Todo este rollazo (que a lo tonto, me ha ocupado más de un tercio de reseña y que recuperaremos más adelante) está relacionado con el tema que hoy nos ocupa y que nos trae Natalia Gómez del Pozuelo de la mano de su último libro, “Twitter para torpes”, publicado por Anaya. En él encontraremos las claves para movernos por esta red social, así como las múltiples posibilidades que encierra, específicamente, para aquellos que se mueven en torno al mundo empresarial, un campo que Natalia conoce muy bien. En un momento en el que los emprendedores están en el centro de la crisis (que afecta principalmente a las PYMEs), este libro está escrito especialmente para ellos.

¿Es verdad que Twitter es tan difícil de utilizar como parece? ¿Cuáles son los principales temas de conversación entre sus usuarios? ¿A quién puedo conocer? ¿Cómo han reaccionado las grandes empresas frente a la Revolución Digital? ¿Puedo mandar a la porra a quien me esté molestando? ¿Qué famosos han metido más la pata en Twitter? ¿Por qué debemos utilizarlo? ¿Me puedo marchar cuando quiera? Todas estas preguntas tienen su respuesta en “Twitter para torpes”.

Profusamente ilustrado, tal y como debe corresponder a una guía de estas características, Natalia nos da la bienvenida a Twitter, enseñándonos desde como abrir y cerrar un perfil hasta configurarlo a nuestro gusto, pasando por colaborar en diferentes iniciativas (tanto solidarias como lúdicas), bloquear al pesado de turno, encontrar a nuestros artistas preferidos, etc. Pero sobre todo, nos enseña a hacer un uso responsable de la red, evitando saturar con mensajes a nuestros amigos y ayudándonos a desconectar nada más darnos cuenta de que nos hemos vuelto unos adictos. Y todo ello paso a paso, no vaya a ser que los usuarios más manazas (entre los que no dudo en incluirme) terminemos arrojando el ordenador por la ventana.

El estilo de Natalia es amable y ameno, libre de tecnicismos y de cualquier complejidad. No obstante, me ha sorprendido la abundancia de errores ortotipográficos en el texto (errores de concordancia y número, ausencia de acentos, entre otros). Estos errores no sólo aparecen en los testimonios que la autora solicitó a sus seguidores, sino en el propio contenido de la obra, lo que me lleva a pensar que el texto no se corrigió en profundidad. Espero que en una segunda edición (que estoy seguro que la habrá), tales erratas se hayan corregido.

Hemos hablado del tono amable de Natalia y de su entusiasmo por Twitter. Y es precisamente ése el principal problema que le veo al texto. El hecho de que le tenga tan poco apego a las redes sociales (sentimiento heredado de mi escasa relación con la red) quizá me haya influido a la hora de leer el libro. Durante la lectura, tuve la sensación de que aquello no iba conmigo. Lo más lógico hubiera sido salir corriendo a abrirme un perfil (o incluso abrirle uno al blog, que sería lo más apropiado), pero en ningún momento tuve esa necesidad. Y no se debe al miedo a lo desconocido ni a ninguna de las razones que Natalia expone en el libro, sino a la pereza y, sobre todo, a la pregunta de por qué debería hacerlo. La autora nos expone de forma concisa sus argumentos, ¿pero por qué esta negativa de muchos a tener Twitter?

Dejando a un lado la complejidad y las singularidades de Twitter (que Natalia se encarga de desmontar), en mi caso, creo que mi (muy escasa) cultura como internauta me ha llevado a construirme una escala de valores diferente a la de los demás. Al no tener un acceso inmediato a Internet, no tengo la necesidad de estar siempre conectado para saber qué está pasando. En su lugar, sigo los boletines informativos de 24 Horas, veo cualquier telediario y consulto siempre que puedo la prensa digital. La principal ventaja de vivir en el mundo en que vivimos es que la oferta informativa es cada vez más grande y accesible a todos. Claro que siempre es interesante saber lo que piensan las grandes personalidades (¿qué periodista no tiene hoy un Twitter?), pero siempre podemos seguirles por otras vías, ya sea en una columna diaria en el caso de un periodista o en las entrevistas que un político suele conceder a los propios medios. 

La presencia de estos últimos en Twitter llama mucho la atención si tenemos en cuenta que una buena parte de los comentarios que escriben son totalmente parciales y carentes de interés informativo. El Twitter de Mariano Rajoy, administrado  con toda probabilidad por sus asesores, está lleno de críticas (todas muy divertidas) contra su gestión; José Ignacio Wert, consciente de que no es muy popular, no actualiza el suyo desde el verano pasado (y hasta entonces, su actividad parecía más una reminiscencia del NODO que otra cosa); Soraya Sáenz también tiene su propia cuenta, pero los comentarios que recibe no son mejores que los de su jefe (muchos de sus seguidores le recomendaban que dejara de meter los dedos en el enchufe para peinarse y hoy es raro que no dé una comparecencia sin tener el pelo liso)... 

Sí, es cierto que, como dice Natalia, mucha gente utiliza Twitter para insultar, pero también es cierto que determinados perfiles no aportan nada a sus propietarios (sobre todo si son figuras públicas). Más bien es al revés. Las salidas de tono de muchos políticos han provocado que tengan incluso que abandonar sus cargos (recientemente, un responsable de la Marca España tuvo que dimitir por criticar la pitada que recibió el himno español en los pasados mundiales de natación celebrados en Cataluña). Los hay que no se bajan del burro ni para atrás, como el caso de cierto periodista de la COPE que se burló de las medidas adoptadas por la Junta de Andalucía para mantener los comedores escolares abiertos durante todo el verano... Y luego tenemos el famoso patinazo de David Bisbal con las pirámides de Egipto y los errores gramaticales de Alejandro Sanz (errores que Natalia recoge en su libro). La reiterada defensa de este último a las políticas de la SGAE le han granjeado muchísimas antipatías, hasta el punto de que basta que publique cualquier cosa para que sus críticos se le echen encima. Algo tan cotidiano como preguntarle a sus seguidores “¿Qué estáis haciendo?” se salda muchas veces con esta ácida y descacharrante respuesta: “Tributando en España. ¿Y tú?”.

Ha quedado claro que, como fuente de información, Twitter no despierta mi interés. ¿Y a nivel personal? Más de lo mismo. Muy a mí pesar, todos mis amigos están en Facebook. Me fui de Tuenti porque no me gustaba sentirme controlado (la propia web llevaba una cuenta pública de los días que el usuario permanecía sin conectarse). Pues bien, Facebook cada día me resulta más cargante, con enlaces a noticias que perfectamente podía leer en la edición digital del periódico y actualizaciones de personas que sólo buscan hacerse valer. Sin embargo, he de reconocer que he sabido encontrarle utilidad. Con todo, hemos de reiterar siempre lo mismo: no digo que estas redes no supongan un hito como medio de información/comunicación, pero hasta la fecha ha sido algo de lo que me he permitido prescindir, del mismo modo que he podido pasar sin un Smartphone (mi móvil es un Motorola de 2005). Sé que tarde o temprano habré de caer, pero será más por la necesidad de adaptarme que por otra cosa.

Ignoro si Twitter cambiará su formato de aquí a unos años. Para incomodidad de sus usuarios, Facebook lo hace cada temporada, obligándonos a muchos a comulgar con una serie de mejoras que en realidad no son tales. Los cambios en el formato suponen otro tanto en su funcionamiento. El mismo caso lo encontramos en el sucesor de Hotmail, el pésimo Outlook, cuyos retoques de última hora nos han impedido acceder a nuestro correo a veces durante un día entero. Todo esto me lleva a plantearme mi propia filosofía de vida: Si algo te va bien... ¿qué necesidad hay de cambiarlo? En un empeño por mantener y atraer a nuevos usuarios, las redes sociales están obligadas a cambiar. En ellas nada es inmutable. Y eso nos saca de quicio a muchos. No os engaño si os digo que en varias ocasiones me he planteado darme de baja de Facebook por sus continuas modificaciones.

Ya he dejado constancia de lo poco atractivas que me resultan las redes sociales y mis dificultades para acceder a ellas. Ahora bien, ¿por qué uso Blogger y no Twitter? Al fin y al cabo, la finalidad de ambos es casi la misma, ¿no? ¿Acaso no es contradictorio? La respuesta es muy simple: Blogger me da todo lo quiero. Si bien es un formato relativamente antiguo (de hecho, muchos no han dudado en señalar su decadencia), para mí es algo que está muy vivo. Mientras haya personas con ganas de contar algo, existirá Blogger. Y un ejemplo de ello lo tenéis en este blog, donde después de cuatro años todavía continuamos con la misma plantilla con la que empezamos. Después de todo, los blogs no dejan de ser eso: una pizarra en la que cada cual puede escribir lo que quiere y donde, como en Twitter, tampoco existe la reciprocidad (el “yo te sigo si tú me sigues” es cada vez más escaso, aunque no sé si para bien o para mal). Y si tenemos en cuenta las palabras de Natalia sobre la volatilidad de los perfiles de usuario en Twitter... ¿para qué abrir uno si no voy a ser capaz de actualizarlo? Y lo que es peor, ¿para qué abrir una cuenta si nadie va a seguirme? Basta con echarle un vistazo a nuestra fallida página de Facebook, incapaz de generar un tráfico medianamente fluido en los casi dos años que lleva abierta. Si tenemos en cuenta que hemos fracasado en un red social en la que la reciprocidad es la tónica predominate, ¿por qué arriesgarnos en Twitter?

CONCLUSIÓN:

En primer lugar, he de pedirle disculpas a Natalia por utilizar su libro como un pretexto para teorizar, pero esta reseña me ha servido para hacer un ejercicio de reflexíón que creía necesario. Con respecto a su libro, he decir que, salvo esas erratas que señalaba anteriormente, no tengo ninguna queja. Se trata de un manual bastante completo que nos ayuda a iniciarnos en una de las redes que más suspicacias despierta entre los usuarios (más de una vez he escuchado aquello de “No entiendo Twitter, por eso no lo uso”). Gracias a este libro, no sólo seremos capaces de movernos por ella con libertad, sino además sacarle el rendimiento necesario para conseguir nuestros objetivos (encontrar trabajo, generar tráfico a nuestra página, mantenernos informados, disfrutar de las tonterías que nos ofrece la red...). Ya digo, Natalia conoce muy bien este mundo y se le nota. Por otro lado, este libro no habría sido posible sin la colaboración de los lectores de su web, a los que pidió consejo a la hora de escribirlo. Natalia tiene la suerte de contar con un público muy amplio, puesto que la cantidad de testimonios que aparecen en el manual es apabullante. No nos queda menos que felicitarla por su carisma y capacidad de convocatoria.

Pese a todo, aquellos que observamos con cierto escepticismo el avance de las redes sociales, no podremos evitar rebatirle a Natalia algunos de sus planteamientos e incluso plantearnos si de verdad Twitter no correrá la misma suerte que otras redes como MySpace, hoy prácticamente condenada al olvido. Por el momento, el modelo informativo defendido por Twitter en determinados movimientos sociales (como la Primavera Árabe o el propio 15-M) le ha dado razón a sus partidarios, hasta el punto de que esta red es la voz de los que están en la calle. Pero no hemos de olvidar que la democratización de los medios de comunicación lleva aparejada una responsabilidad. De nosotros depende que la información no degenere en el sensacionalismo y parcialidad de los (a veces mal llamados) “medios oficiales”. Y esto es aplicable a todo lo demás. De momento, prefiero ser testigo que protagonista de la Revolución Digital.

En cuanto a las ilustraciones de Forges (y ya centrándonos un poco más en el contenido del libro), a veces dan la impresión de que no se corresponden con el texto (si exceptuamos el simpático y omnipresente pajarito que nos acompaña a lo largo de todo el volumen), encontrándonos repetidas veces con el habitual hombrecillo “forgesiano” que nos anima a seguir con la lectura hasta el final. Este hombrecillo, ataviado con un casco y una sábana a modo de capa, es en realidad el símbolo de la colección “Para torpes” y representa al clásico chapuzas que busca, por encima de todo, superarse. Me atrevería a decir que Forges es eterno, puesto que desde que tengo uso de razón siempre ha estado ahí, ya fuera en sus viñetas de El País, en una campaña de la DGT del año 92 o bien en un libro de  “Humor gráfico del siglo XX” editado por RTVE a finales de los años 60 (en el que vemos a un jovencísimo Forges caricaturizado). Ya digo, el mundo no puede explicarse sin el humor de Forges, pero aquí echamos de menos un poco más de variedad. Simpatía le sobra, pero encontrarnos con la misma figura haciendo siempre la misma pose llega a resultar monótono. Da la impresión de que colaboró con la colección únicamente por hacer un favor.

Por lo demás, nos encontramos ante un trabajo amable, simpático y muy interesante. Aquellos que quieran probar suerte con Twitter ya saben por donde tienen que empezar. Recomendable.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Papá Noel y los caballeros de la Tabla Redonda (David Millán)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Papá Noel y los caballeros de la Tabla Redonda
  • Autor: David Millán
  • Editorial: Lulu
  • Género: Novela / Humor
  • Precio: Papel (11,43 euros) / PDF (no disponible)
  • Número de páginas: 173
  • Valoración: 9
DAVID MILLÁN, ESE GRAN "TROLL"...

NOTA: El autor escribe estas líneas bajo una fuerte crisis mental que, unida al sofocante calor de agosto, ha terminado reduciéndole las escasas neuronas que le quedaban a polvo cósmico. Las autoridades sanitarias advierten que leer dos novelas seguidas de David Millán perjudica seriamente la salud e invitan al despelote y al desmelene, valga la redundancia.

En el año 2023 de Nuestro Señor Jesucristo, el mundo se haya, por enésima vez, al borde del colapso: el Nuevo Imperio Romano, encabezado por el mismísimo Anticristo, gobierna de mar a mar. Los disidentes son encerrados en horribles centros de reclusión y el Gobierno ha puesto precio a la cabeza de Papá Noel. Puestos a hacer algo, ni siquiera podemos elevar una plegaria a Dios Todopoderoso, dado que éste se encuentra confinado en la cárcel de Santa Celda, en mitad de los Campos Cataláunicos, allí donde el demonio pega tres gritos y no se le escucha. Y por si esto fuera poco, los marcianos, aliados con el Imperio, se disponen a invadir la Tierra para acabar con los últimos focos de resistencia contrarios al Maligno.

Sin embargo, la esperanza ha resurgido en torno a los limes del Imperio. Desde el Estrecho de Gibraltar (donde la Iglesia anglicana resiste de forma heroica a base de misiles y Coca Cola) hasta el Polo Norte, la llama de la Navidad ha vuelvo a renacer en el corazón de todos los creyentes: es hora de que Papa Noel monte de nuevo en su trineo sónico y castigue a los paganos del mismo modo que lo hizo hace cientos de años, cuando era conocido como Arturo, rey de Camelot.

El segundo volumen de la trilogía papanoelense (que al igual que las demás novelas de la saga, no guarda ninguna continuidad con las anteriores), es un alocado despliegue de tonterías escrito con la única finalidad de hacer reír al lector. En esta ocasión, David no sólo se retrotrae a los orígenes del Universo (algo que ya había hecho en "Papá Noel de las Galaxias"), sino que entronca directamente con el ciclo artúrico dispuesto a dejar Camelot y sus alrededores patas arriba. Aquí no veremos a Sir Gawain o a Sir Tristán, pero sí a Mahmud el Cartaginés y al Súper Panadero, cuyas gestas en defensa de los más débiles nada tienen que envidiar a las de estos bravos caballeros.

Por otro lado, David no duda en reescribir la Historia (si ya había hecho lo propio con la Biblia... ¿por qué no tendría que tener las santas narices de meterle mano al espacio-tiempo?), utilizando el Libro de Mormón y las obras completas de Ibáñez como fuente de consulta, haciendo babear de rabia a académicos tan ilustres como Pío Moa, César Vidal y demás gentuza: ¿Siguen viviendo Adán y Eva después de tantos años? ¡No se pierdan el escatológico encuentro de Eva con la serpiente! ¿Cómo consiguió Arturo sacar la Excalibur de la roca? ¡Ojo a su posterior reconversión en Papá Noel! Y lo más importante... ¿A santo de qué viene la obsesión de nuestro héroe por la virgnidad y las tetas?

Una vez más, David nos regala una historia absurda sin pies ni cabeza que amenaza no sólo con hacernos perder el tino, sino también con destruir los límites de la realidad tal y como la conocemos. Viajes en el tiempo sin billete de vuelta, inmortales de dudosa moral, extraterrestres satánicos y un interminable elenco de pacientes recién salidos de un hospital psiquiátrico ("estaban todos menos tú", que diría Joaquín Sabina) serán los compañeros de viaje del lector. Eso sí... ¡Asegúrense antes de tomar la medicación!

Como siempre hacemos en estos casos, advertimos que las novelas de David Millán no están al alcance de todos lectores, debido a las más que evidentes incongruencias del autor: líneas argumentales que se deshacen en tu boca y no en tu mano, personajes que hablan como Chiquito de La Calzada, saltos temporales de agárrate y no te menees... En fin, un despropósito literario de los que hacen época e imposible de tomar en serio. Mientras escribía esta novela, David sabía que nos estaba contando un enorme chiste de 175 páginas. Y a fe mía que era consciente de que no íbamos a parar de reírnos hasta su siguiente libro, de modo que objetivo cumplido. De seguir así, no me extrañaría nada que nuestro autor terminase siendo amenazado de muerte por una banda de rock cristiano del norte de Murcia... ¡Maldito seas, David! ¡Mira las burradas que me haces escribir!

Otra de las catastróficas (y benditas) idas de olla de David Millán. Recomendable.

martes, 17 de septiembre de 2013

Papá Noel de las Galaxias (David Millán)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Papá Noel de las Galaxias
  • Autor: David Millán
  • Editorial: Bubok / Lulu
  • Género: Novela / Humor
  • Precio: Papel (8,26 euros) / PDF (No disponible)
  • Número de páginas: 166
  • Valoración: 8
DE CÓMO DAVID MILLÁN TOCÓ EL CIELO

Estamos en el año 2031 de Nuestro Señor Jesucristo. Poco después de que el calentamiento global destruyera su Palacio de Hielo en el Polo Norte, Papá Noel decidió lanzarse a la conquista del espacio y predicar su mensaje de amor y fraternidad más allá de las estrellas. Por primera vez desde el nacimiento del Universo, los niños de todos los sistemas solares podrían disfrutar de la Navidad, contribuyendo así con la campaña "Un juguete, una ilusión", que RTVE y Antena 3 suelen lanzar todos los años por esas fechas. Sin embargo, las fuerzas del Mal, encabezadas por el mismísimo Mefistófeles, han abandonado el Infierno dispuestas a no dejar títere con cabeza. El poder del Diablo llega hasta los rincones más apartados de la galaxia, y es cuestión de tiempo que la flota interestelar de Oscuro Váter, uno de sus subordinados más poderosos, encuentre a Papá Noel y termine destruyéndole.

Poco antes de que David Millán nos hiciera perder el juicio con su trilogía de "Atlantidavid", el autor catalán ya había dado la campanada con las aventuras de Papá Noel y sus alocados seguidores (Romeo el Bohemio, Peter Poke, Mahmud el Cartaginés...), repartidas en otros tres libros que fueron publicados en Lulu y en Bubok durante los años 2007 y 2008. Con "Papá Noel de las Galaxias", David Millán ponía fin a una de las sagas más esperpénticas y absurdas que se recuerdan, subyugándonos con ese humor tan bestia y surrealista del que tanto disfrutamos en esta casa. Porque si hay algo por lo que David Millán merece ser recordado (y desde aquí haremos campaña para ello) es por ser uno de los pioneros de la "literatura chorra". ¡Que el buen Jehová nos lo conserve incólume durante muchos años!

Poco más podemos decir de la bibliografía de David Millán que no hayamos dicho ya, salvo que "Papá Noel de las Galaxias" es uno de sus mejores libros. En este volumen, David se descontrola por completo, encontrándonos con su ya habitual humor gamberro y su proverbial verborrea. Como siempre, la Iglesia (con el Vaticano a la cabeza) es la primera en recibir su ración en esta insuperable ensalada de ostias, ya sea bajo la forma del padre Manel (el propio David Millán disfrazado de cura) o en la figura del malvado Oscuro Váter, cuyo casco tiene acoplado un receptor de radio desde donde puede sintonizarse la COPE. El cachondeo no termina aquí, puesto que David ubica el nacimiento de Cristo en el Alto Ampurdán (¡Chúpate ésa, Dan Brown!). E incluso no duda en presentarnos a Dios como una divinidad de tercera fila a la que Zeus y otras entidades del Olimpo toman por el pito del sereno. Y todo eso porque sí, porque David lo vale. Nunca antes la blasfemia fue tan divertida.

Si el humor (ferozmente) anticlerical hubiese sido el único recurso humorístico de David, ya habría merecido la pena leerle. Pero nuestro autor se reserva varios ases bajo la manga y no duda en explorar nuevos horizontes, ya sea utilizando un lenguaje soez (la masturbación de Romeo al principio del libro es impagable), introduciendo referencias que rayan en lo bizarro (creí desintegrarme de la risa cuando leí lo de las "Cartas secretas de Pen") o bien parodiando las aventuras galácticas de Georges Lucas (sinceramente, Mel Brooks puede estar orgulloso). Si todo esto lo mezclamos con la dialéctica millanesca (sustentada por frases hechas, expresiones de doble sentido e idas de olla sacadas directamente de "El Informal"), tendremos una novela de humor con toda la barba, de esas a las que el autor catalán ya nos tiene tan acostumbrados. Y, por supuesto, no pueden faltar las referencias a Barcelona, ciudad a la que David rinde un caluroso homenaje en todos sus trabajos.

Es cierto que David repite aquí la misma fórmula del protagonista perdido (Jordi Cantabria) que tan buenos resultados le dio en "Atlantidavid". Pese a su carácter anárquico, todas sus novelas suelen seguir siempre el esquema del héroe atrapado en plena orgía de sátiros, y tal vez sea esto lo que hace que sus libros no estén al alcance de todo el mundo (yo mismo tenía que hacer pequeños parones para saber qué diablos estaba leyendo). Es importante señalar que las novelas de David no deben leerse de un tirón, sino dándoles pequeños bocados. A mayor número de páginas, menos predispuestos estaremos para la risa. Y una novela como ésta hay que leerla así, con una sonrisa.

Pese al ingenio de algunos de sus chascarrillos, se echa de menos algo de orden y profundidad en medio de toda esa locura. Es lo de siempre: a David se le puede acusar de insustancial, pero él es así. Y hasta es posible que sus novelas no cuenten absolutamente nada... Pero lo que sí está claro es que nuestro autor ha sabido poner la trama al servicio del humor y, por consiguiente, el humor al servicio del lector. Y es precisamente en "Papá Noel de las Galaxias" donde el humor gamberro e irreverente de David Millán toca el Cielo. La saga atlantidavidiana, aunque brillante, no deja de ser una repetición de las aventuras de Papá Noel por esos mundos de Dios. Esperamos que en el futuro David sepa estudiar otras vías y parir algo totalmente nuevo. El orden no tiene por qué estar reñido con el humor. En ese sentido, estuvo a punto de dar con la fórmula exacta cuando escribió "Días de blogs y zombies".

Cerramos el libro no evitando sentir cierta nostalgia al leer algunas andanzas de sus protagonistas a través del tiempo (otro recurso millanesco). En "Atlantidavid", David ponía como punto de partida 1992; aquí la venganza de Oscuro Váter comienza a fraguarse en 1994... Es más, David no había dudado en situar su particular Apocalipsis en septiembre de 2009, el mismo año que publicaba "Crónicas de Atlantidavid". Es entonces cuando miramos atrás y nos damos cuenta de que, pese al tiempo transcurrido, hemos cambiado muy poco. ¿Pensaba el autor catalán que sus escritos iban a tener tanta continuidad? Sólo han pasado cinco años desde que Papá Noel dejara de hacernos reír con su dislexia. Tal vez puede que en el 2031, cuando todos estemos para el arrastre (y si es que el asteroide Apofis no nos ha frito antes de un petardazo), David vuelva a sorprendernos con el retorno de su carismático personaje... ¡ambientando su nueva novela en el año 2085! ¿Llegaremos a verlo?

Sí, todavía faltan veinte años para que la Congdom 3000 surque el espacio repartiendo regalos y propósitos de buena voluntad, pero David nos regala varias perlas que amenazan seriamente con cumplirse en el futuro más inmediato. Y si no al tiempo: en 2014, Cataluña y Albacete se habrán reunificado por obra y gracia de un Sagrado Referéndum para fundar un Imperio en el que no se pondrá el sol; la presidenta de España, Julieta Vayatetas (álter ego de Dolores de Cospedal, Soraya Sáenz o Esperanza Aguirre, pues está claro que Rajoy no terminará la legislatura) se habrá hecho con el control absoluto de la nación, poniendo así la primera piedra para la restauración del Nuevo Imperio Romano (una clara referencia a la refundación de la UE)... Se avecinan tiempos muy duros (si no los estamos viviendo ya), pero en las Sagradas Escrituras (y nos referimos a la bibliografía de David Millán, no a la Biblia) figura que el Bien triunfará sobre el Mal, pues escrito está que Papá Noel de la Galaxias nos salvará de todo este fregado. Porque si Papá Noel de las Galaxias existe realmente (y todo nos lleva a pensar que así es), David Millán es el último de sus más insignes e ilustres profetas. Palabra de Dios... ¡Te alabamos, Señor!

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Superman Turco (Kunt Tulgar)

FICHA TÉCNICA:
  • TÍTULO: El retorno de Superman (???), también conocida como Superman Turco
  • DIRECTOR:  Kunt Tulgar
  • REPARTO: ¿En serio necesitáis saberlo?
  • PAÍS: Turquía
  • GÉNERO: Burradas heroicas
  • DURACIÓN: 65 minutos aproximadamente
  • AÑO: 1979
  • VALORACIÓN: Inclasificable
¡Hola, gentuza! ¿Cómo habéis pasado el verano? ¿Bien? ¿Al final os llegó el dinero para alquilar esa habitación de a un euro por noche en un motel de Villaconejos? ¿Y cómo lleváis los madrileños la decepción por lo de los Juegos de 2020? Parece que a la tercera no fue la vencida, ¿eh? ¡Bah! ¡Que se joda el Comité Olímpico! Después de todo, España es un país donde, como en Rusia, hay gente maravillosa. ¿Que tenemos la tasa de desempleados más alta de toda la UE? ¿Y qué? ¿A quién le importa? ¿Que el Ayuntamiento de Madrid tiene un agujero de tropecientos millones y no puede financiar los estudios de sus universitarios? ¡Eso es porque son hippies! ¡Hippies! ¡Buscaros un trabajo, cacho vagos! ¿Que los deportistas tienen que irse fuera a entrenarse porque en España no hay infraestructuras y el fútbol se lo queda todo? ¡No pasa nada! ¡Wert lo arreglará todo como Dios manda! ¡Claro que sí! (Nota a mí mismo: dejar de comprar La Razón).

No nos han dado las Olimpiadas... Bueno, tampoco pasa nada. Si en algo somos auténticos campeones los españoles es en hacer cine cutre y casposo. Y sí, me estoy refiriendo tanto a las películas de Isabel Coixet como a los cortometrajes de su tocaya Isabel Gaudí (es técnicamente imposible no acordarse de esa pequeña maravilla que es “Jumping”, corto realizado para ser visionado en una sesión de Cine Fórum de las que organiza la CIA en sus cárceles secretas). No hay nadie que iguale nuestra forma de hacer las cosas... Ni los japoneses con sus (deliberadamente malas) películas de humor para subnormales ni los turcos con su cine de derribo de los 70... Aunque debo reconocer que estos últimos han vuelto a ganarnos la partida. Si hace unos meses nos tirábamos de los pelos gracias a “Dunyayi Kurtaram Adam”, la versión turca de “La Guerra de las Galaxias”, en esta ocasión nuestros colegas de Turquía se atreven nada menos y nada menos que con Superman. Gracias a esta peli nos saldrán piedras en el riñón y la chorra se nos caerá a cachos.

“¿Puedo dejar de meter tripa ya?”

Y yo en plan...

“Pero... ¡¡¿Pero qué diantres es eso?!!”

Estrenada exclusivamente en Turquía en 1979 a raíz del boicot que la junta militar que gobernaba el país hizo a las producciones extranjeras, “Superdonuyor” es el carrusel del cutrerío supremo. Gracias a su dirección de vídeo de comunión y a sus escandalosamente sosas interpretaciones, tenemos la que con seguridad no sólo es una de las peores películas de la historia, sino también el reflejo de cómo se pondrán las cosas en España si el Gobierno sigue cortándoles a nuestros directores el grifo de las subvenciones. Y si no, al tiempo.

“En el principio, Dios creó el Cielo y la Tierra. Poco después los decoró con artículos de bazar chino y...”

“Superdonuyor” tiene como protagonista a Tayfun, un Clark Kent de dos metros de altura y primo por parte de padre del monstruo de Frankenstein. Al igual que su homónimo de Metrópolis, Tayfun llegó a la Tierra en un cohete procedente de Kripton y fue adoptado por un matrimonio de granjeros de la Anatolia profunda. Tayfun vive felizmente con sus padres adoptivos hasta que un día éstos le revelan la verdad. Y como prueba de ello, le enseñan un pedrusco verde que también venía dentro de la nave. Por la forma y el color, se supone que es kriptonita, pero Tayfun no se revuelca por el suelo ni parece sufrir nada cuando lo toca. Más adelante descubriremos que se trata del cristal que le sirve para contactar con sus auténticos padres en su Fortaleza de la Soledad, situada en las mismas cavernas en las que el villano de “Dunyayi” tenía su cuartel general secreto.

El pobre Tayfun se toma tan mal la noticia que decide marcharse de casa, ignorando por completo los desgarradores lamentos de su madre y dejándose una manzana a medio comer sobre la encimera de la cocina. Los que se encargaron del guión son unos auténticos fieras: en apenas tres minutos han despachado la infancia del tío, su llegada a la Tierra y cómo le salió el primer diente. Pero lo más flipante viene luego, dado que cuando Tayfun llega a las cuevas, arroja la piedra al suelo por la puta cara (todo esto sin razón aparente, simplemente porque sí) y surge la figura de un hombre con un pijama verde al que le falta todo el lado izquierdo de la boca. Si en La Cenicienta turca recurrieron a la Plataforma de Actores Aquejados de Enanismo (si Dios quiere, ya hablaremos en su momento de tamaño esperpento), aquí tuvieron que echar mano de los pacientes de la consulta de un dentista, porque si no, no se explica. Al instante se nos da a entender que el fulano resulta ser su auténtico padre, la variante desdentada de Marlon Brando, que le habla desde el pasado... ado... ado... ado...

Las dramáticas consecuencias de no hacerse la ortodoncia a tiempo.

“¡Mierda! Precisamente hoy tenía que olvidarme de la funda para los dientes”.

Otra de las cosas que me hace gracia es cómo el padre de Superturco, Jor El, Kal El o Cómo Puñetas Quiera Que Se Llame Él, se presenta ante nuestro héroe y le descubre sus verdaderos orígenes, llegando a compararle con Aquiles, Hércules, Salomón y otros personajes legendarios, en plan: “Tendrás en tu poder la fuerza de Hércules, la inteligencia de Salomón y el arrojo de Aquiles”. Esto último no deja de ser curioso, ya que si la raza de Superman viene de otra planeta... ¿cómo coño es que la peña de allí conoce a nuestros héroes míticos? Es como si yo fuera a Marte y me supiera al dedillo la lista completa de los presidentes marcianos sin haber estado allí. ¡Espera un momento! ¿No será que Hércules, Salomón y el otro fulano eran de Kripton? ¡La leche! ¡El loco de los pelos del Canal de Historia tenía razón!

No podía ser de otro modo...

Total, que Tayfun termina trabajando como reportero en el periódico de su ciudad (quien dijera que el mercado laboral está saturado de periodistas no tiene ni puta idea de lo que habla. ¡Jódete, Alfonso Rojo!) y allí conoce a Alev, la Lois Lane otomana, de la que se enamora al instante. Ahora viene lo bueno: Alev es hija de un eminente profesor que se encuentra estudiando las propiedades de una segunda piedra de Kripton que trae en jaque a la comunidad científica turca. El problema es que uno de sus compañeros de investigación no es otro que Lex Luthor, que quiere apoderarse del pedrusco para dominar el mundo. Como ven, todo queda en familia.

“¡Hola, guapa! ¿Qué llevas puesto? ¿Cómo? ¿Que si quiero contratar Internet con tarifa plana?”

El plan de Luthor no es otro que robar la piedra para insertarla en un proyector de diapositivas (literal) con el que puede convertir cualquier objeto en oro (!). Por otro lado, el cacharro también es capaz desintegrar seres vivos, con lo que Luthor tendría en sus manos un poder sólo comparable al del presidente de Estados Unidos, el Papa y Chiquito de La Calzada juntos. Aunque bueno... tanto como desintegrar... lo que se desintegrar, pues no... el trasto no desintegra nada. De hecho, hacen un experimento con un gato que sale espantado cuando alguien, convenientemente fuera de cámara, aprieta el botón de un lanzallamas. La cosa no serían tan patética si no fuera por la cara que se les queda a los malosos, empeñados en hacernos creer que poseen un arma terrible y que el gato ha sido pasado por la plancha. ¡Pero es que lo hemos visto salir corriendo! ¡Que lo he visto yo, joder! ¿Qué coño me estás contando?

“Y ahora voy a enseñaros las fotos de mi viaje a Egipto”.

A decir verdad, el guión no es nada del otro jueves (con los arreglos necesarios, perfectamente podría pasar por cualquier producción americana) y la peli sigue un esquema bastante repetitivo, siendo una digna discípula de “El planeta de los dinosaurios”: secuestran a Alev... Superman tiene que ir a rescatarla; secuestran al profesor... Superman, tiene que ir a rescatarlo; secuestran a Alev de nuevo... vuelta otra vez Superman a lo mismo... Y así durante una hora. Como siempre, lo mejor es ver cómo a partir de un presupuesto de cuatro duros han sido capaces de sacar la película adelante. El montaje es verdadera carne de psiquiátrico, notándose a la legua que grabaron primero las escenas de diálogo de un personaje y luego las de otro (ojo a la secuencia que tiene lugar entre Superkebab y su verdadero padre); el filtro cambia de color entre un plano y otro, pasando del azul al amarillo en dos patadas; y la música... joder... La música es lo mejor de todo... Y con razón, dado que, entre otras melodías, cabe reconocer las de “Goldfinger”, “Desde Rusia con amor” (que se hizo en Turquía para más señas), el propio tema de James Bond (!) y unas cuántas pistas de música disco de las que ignoro su procedencia, pero fijo que también fueron robadas.

“¡No! ¡Otro disco de Bisbal, no! Me bañaré en kriptonita, apoyaré la reforma de las pensiones, ficharé por Marvel... ¡Pero otro disco de Bisbal, no!"

A estas alturas os estaréis preguntando: “Si no tenían dinero ni para el que traía los cafés... ¿Cómo se las ingeniaron para que Superman volara? Porque digo yo que volará, ¿no?”. ¡Hombre! ¡Vaya que sí vuela! Ni el Challenger en sus mejores tiempos, tú...


Aquí vemos a Superman sobrevolando las instalaciones de Estambul 2020.

“¡Cuantísima gente tiene piscina!”

Un Action Man colgado de un alambre y puesto delante de un croma... En fin, podría haber sido peor. Igual hasta podían haber cogido prisioneros de guerra kurdos, disfrazarlos de superhéroe y despeñarlos barranco abajo. Es muy rancio, pero el ingenio se les reconoce. Al menos no da tanta vergüenza ajena como ver a Ana Botella hablando ante el COI. Cambiando un poco de tema, cuando yo era pequeño tenía un Batman que podías pegar en la ventana de tu cuarto gracias a una ventosa que tenía a modo de boomerang, igual que esos muñequitos de Elvis que se colgaban en los salpicaderos de los coches hace un par de años. Creo recordar que cuando fui un poco más mayor lo corté en pedacitos con las tijeras del colegio, pero estoy divagando...

“¿Qué? ¿Otra vez los de ONO?”

A Alev la raptan por lo menos tres veces durante el transcurso de la película, evidenciando así su papel de mujer florero que espera a que el héroe la salve (porque otra cosa no, pero la pobre es más tonta que las piedras). Cada intento de secuestro es más chapucero que el anterior, pero Superdonut y su sordera crónica (pues sólo así se explica el insistente pitidito que suena cuando activa sus poderes) siempre están ahí para salvarla. Hay una parte muy graciosa en la que la llevan a presencia de Luthor. Como todo malo de película que se precie, éste se encuentra de espaldas a la cámara para no revelar al espectador su identidad... Lo cual es una chorrada, porque ya sabemos que es el malo. Pese a que le hemos visto conspirar tropecientas veces a lo largo de la peli y a la música siniestra que suena cuando aparece en pantalla, los guionistas pensaban que el público iba a ser demasiado subnormal para comprenderlo, lo que ya dice mucho de las intenciones de los responsables de esta basura. 

¡Caramba! ¡Qué misterio más misterioso! Me pregunto quién podrá ser...

¡Anda! ¿De verdad eras tú? ¿En serio? ¡Guau! ¡Debí suponerlo cuando repetiste por quinta vez que había que matar a la chica!

¿Ves? ¡Esto sí que me habría sorprendido!

¿Hemos hablado del pitidito que suena cuando Tayfun activa sus poderes? Entonces no se pierdan el zoom que hace la cámara a los ojos de nuestro amigo cuando va hacer alguna de las suyas. ¿Por qué? Ni puta idea, pero ahí está.

Piiiiiii...

Piiiiiii...

Piiiiiii...

“Puuuu~!”

Los poderes de Tayfun no tienen nada que envidiarle a los de Sonic Man (quien recordemos que podía convertir las pistolas de sus enemigos en plátanos). Menos volar, Tayfun puede hacer completamente de todo: controlar la mente de sus adversarios, utilizar la telequinesia para escribir a máquina (un poder cojonudo si tienes un curro de oficina), vislumbrar el pasado más inmediato, escuchar conversaciones telefónicas privadas al más puro estilo Obama... Y el más importante de todos: ver a sus compañeras de trabajo en bikini gracias a su visión ultra de Rayos X.


Los inventos de Doraemon por fin tienen una aplicación práctica.

Como era de esperar, Superturco consigue derrotar a Luthor y poner a salvo a Alev. El final de la película es tan desconcertante como un editorial de Íker Jimenez. Resulta que Alev le pide a Tayfun que se quede con ella (después de todo, el fulano lleva toda la película tirándole los tejos de una forma superdescarada... ¡Ja, ja, ja, ja! ¡“Superdescarada”! ¿Lo pilláis? ¡Festival del humor!), pero él dice que debe abandonar la Tierra y marcharse a Kripton para descubrir sus verdaderos orígenes... Un segundo... ¿No se supone que en la peli original Superman venía a la Tierra porque Kripton estaba a punto de ser destruido? ¿No debería alguien decirle que el planeta en el que nació ya no existe? ¡Joder, que irse de aquí a Kripton no es ninguna broma! Tienes que salir del Sistema Solar, sobrepasar a las Voyager, pasar por el Mercadona que hay en Ganímedes y luego tirarte siete horas de carretera. Aunque eso no es nada comparado con la cara que se le quedará a nuestro héroe cuando vea que su planeta ha sido convertido en polvo cósmico, pero bueno... Ya se dará cuenta el solito, ya...

“Soy más duro que el pan de ayer...”

Un emotivo corte final nos muestra otra vez al Action Man sobrevolando el espacio sideral (y por éste, me refiero al decorado de cartulina negra y bolas de Navidad que nos metieron al principio de la película). Suena el tema original de Superman y ya está. Fin. Que por cierto, ¿sabíais que en turco la palabra “FIN” se escribe y se traduce como “SON”? ¡Para que luego me digan que no aprendo nada viendo estas chorradas! Un par de pelis más y mi comprensión del turco estará a la altura de mi inglés de nivel A+B... A+B de Ana Botella, se entiende. ¿Hace una taza de café con leche en la Plaza Mayor?

“¡Jo! ¡Te echaré un montón de menos, Superdonut!”

CONLUSIÓN:

¡Por el amor de Dios! ¿Todavía queréis que os diga algo más? ¿Es que no habéis tenido suficiente con ver los fotogramas para sacar una valoración final en condiciones? Esta película es un puto delirio. Por supuesto que no le llega a “Zipi y Zape” (rodada por el mismísimo Anticristo en colaboración con Benedicto XVI) a las suelas de los zapatos, pero sigue siendo una gran desgracia. La podéis pillar con subtítulos en inglés en Youtube, si es que no la han quitado ya. ¿Merece la pena verla aunque sólo sea por una hora? No.

Y eso es todo, creo. Esta temporada me gustaría centrarme algo más en las reseñas literarias y dejar un poco de lado las de cine, porque tengo mi correo electrónico saturado de peticiones: “Daniel, ¿cuándo te vas a leer mi libro”, “Oye, ¿te queda mucho para comentar mi libro?”, “¡Hey, mira! ¡Aquí te mando este otro libro!”... Mirad que llegáis a ser pesados, ¿eh? ¿Y qué hay de lo mío, hideputas?


¡Que no, hombre, que no! ¡Que estaba de coña! Si yo estoy encantado, chavales. Mejor no os cuento el trabajo que he adelantado este verano. Eso sí, quien me haya enviado su novela, que tenga un poco de paciencia, que esto no se hace de la noche a la mañana y hay una lista de espera de agárrate y no te menees. Un poco de comprensión, por favor, que sólo tengo dos ojos, dos brazos y un churro que supera la media nacional. Parafraseando a David Millán, "todo se andará, como dicen en botica..."