domingo, 17 de abril de 2016

Los ptolomeos


LOS PTOLOMEOS

Francisco J. Martín Valentín y Teresa Bedman. Egipto eterno nº 8: Los Ptolomeos. La aventura de la Historia. Arlanza Ediciones. Madrid. 2004. 30 páginas. 

DE ALEJANDRO A CLEOPATRA

A partir del 612 a.C., año de la caída del Imperio Asirio, Egipto volvió a desempeñar un papel primordial en el nuevo equilibrio geopolítico de la región. Bajo la dinastía Saíta (664-525 a.C.), cuando los faraones trasladaron la capital a Sais, por ser el lugar de nacimiento de Psamético I, el país conoció la última gran época de su historia milenaria. Dominó a sus rivales y emprendió grandes empresas expedicionarias y constructoras, como la apertura de un canal entre el Nilo y el mar Rojo, a lo largo del Wadi Tulimar. El último rey de la XXVI Dinastía fue Psamético III, que subió al trono en el año 526 a.C., tras la muerte de Amasis. Sólo estuvo en el cargo un año. En 525 a.C., el rey persa Cambises II conquistó sus posesiones y las convirtió en una provincia más del Imperio Persa. Egipto entró de lleno en la XXVII Dinastía. 

Los soberanos aqueménidas se mostraron respetuosos con la religión y las tradiciones locales. Pero, durante las XXVIII y XXIX Dinastías, Egipto soportó múltiples levantamientos contra la ocupación extranjera, que dieron paso al corto, pero próspero, período de la XXX Dinastía (380-342 a.C.), con los últimos faraones indígenas egipcios, Nectánebo I y Nectábeno II. Tras la reconquista del país por Artajerjes III, Egipto cayó bajo la dominación persa por segunda vez. Artajerjes y sus sucesores, Arses y Darío III, no se proclamaron faraones, pero sometieron a la nación a un rígido control del que sólo lograron escapar en el año 332 a.C., tras la victoria de Alejandro sobre los persas.

Alejandro Magno (356-323 a.C.), el rey de macedonia, era hijo de Filipo II y Olimpia, una princesa de Epiro. Sus biógrafos cuentan que desde joven cultivó su pasión por la gloria leyendo los textos de Homero, en particular la Ilíada. En el año 343 a.C., Filipo llamó a Aristóteles a la corte macedonia, para que se convirtiera en maestro de su hijo. Aunque estaba destinado para una carrera militar, Alejandro siempre sintió un profundo respeto por su profesor filósofo y por la cultura en general. Después del asesinato de su padre, subió al trono a la edad de veinte años. En la primavera de 334 a.C., organizó la gran expedición por Asia, proclamando la supremacía ideal del mundo griego sobre los persas. Provincia tras provincia, el Imperio Persa se derrumbó ante las tropas del joven rey macedonio y, finalmente, en el otoño de 332 a.C., entró en Egipto con su ejército.

El pueblo egipcio, que odiaba a sus opresores, acogió a Alejandro con entusiasmo. En cuestión de unos pocos meses, el conquistador ocupó todo el país e impuso una administración fiscal y militar de estilo griego sobre los órganos de poder egipcios, que fueron, de todas maneras, generalmente respetados. Dos importantes sucesos marcaron la presencia de Alejandro en el país. El primero, la fundación de Alejandría, la nueva capital. La ciudad no fue sólo la capital de Egipto, sino también, podría decirse de todo el Mediterráneo oriental y pronto llegó a ser un importante puerto. El segundo, la visita de Alejandro al oasis de Siwa, para consultar el oráculo del Dios egipcio Amón, que lo reconoció como su hijo y le prometió la soberanía universal. De esta forma, como los antiguos faraones, el poder de Alejandro en Egipto fue legitimado directamente por el mundo divino. 

De virreyes a soberanos

A continuación, Alejandro, siguiendo todavía la tradición faraónica, quizás recibió formalmente la corona en la antigua ciudad de Menfis. Egipto, sin embargo, era sólo una parte arrebatada al Imperio de los persas. En 331 a.C., Alejandro debió marchar otra vez hacia el Este, dejando detrás de sí a un virrey que tenía que administrar el país en su lugar. En 323 a.C., mientras estaba en Babilonia preparando una expedición contra Arabia, Alejandro contrajo una fiebre y murió a la temprana edad de 33 años. Seguidamente, su cuerpo se llevó a Alejandría, donde fue enterrado. Su tumba, buscada infructuosamente durante siglos, no ha sido localizada hasta la actualidad.

A la muerte de Alejandro, sus generales se repartieron su vasto Imperio. Egipto se destinó a Ptolomeo, el hijo de Lagos. Al principio, Ptolomeo estuvo contento de asumir el papel de virrey y ostentó el poder primero en nombre del hermano de Alejandro, Filipo Arrideo y, después, de su hijo Alejandro IV. Pero en 305 a.C., Ptolomeo se proclamó oficialmente soberano de un reino independiente y se intituló Ptolomeo I Sóter. Como soberano, Ptolomeo dio un gran ímpetu a la organización administrativa del país y estableció el culto a Serapis.

Egipto fue gobernado por sus descendientes hasta la muerte de Cleopatra VII, el 12 de agosto de 30 a.C. Los ptolomeos que le sucedieron en el trono se presentaron como unos continuadores de los faraones, adoptando los privilegios y la iconografía y construyendo monumentos similares a los antiguos. La monarquía ptolemaica siempre intentó dar la imagen de armonía dentro de la familia y mostró benevolencia hacia sus súbditos. Esto se refleja claramente en los nombres y títulos tomados de los reyes: Philadelphos (“amante de su hermano”), Philopator (“amante de su padre”), Philometor (“amante de su madre”) y Evergetes (“benefactor”). 

Desde el principio intentaron, además, garantizar el paso pacífico del poder real de un miembro a otro de su propia familia mediante la asociación del soberano con el futuro sucesor del trono, procedimiento que ya se había usado por los faraones. Este fue el caso de Ptolomeo I, que asoció a su hijo Ptolomeo II Philadelphos al trono havia finales de 285 a.C. Para dar mayor estabilidad a la dinastía, se introdujeron los matrimonios entre parientes de la misma sangre. El primero fue entre Ptolomeo II Philadelphos y hermana Arsinoe II, una poderosa y ambiciosa mujer que ejerció una influencia decisiva sobre su hermano. Por ejemplo, consiguió obtener el amor de su hermano y le forzó a repudiar a su propia esposa, Arsinoe I, la hija del general de Alejandro, Lisímaco. Arsinoe II, que vivió antes de la legendaria Cleopatra (Cleopatra VII), representa la primera de las figuras femeninas de la historia de los ptolomeos. 

El reinado de Ptolomeo II fue, pese a todo, un período próspero. Organizó una financiación administrativa estricta, estableció el culto dinástico y las colonias griegas de Al Fayum, al sur de El Cairo actual. El rey también ordenó la construcción del famoso Pharos (faro), del museo y de la biblioteca de Alejandría. Ptolomeo II asimismo organizó juegos en honor de su padre, que iban a rivalizar con los Juegos Olímpicos. Estos juegos incluían una procesión durante la cual una plataforma mecánica flotante transportaba una estatua de cuatro metros de altura que se levantaba, vertía leche en un cántaro de oro y se sentaba de nuevo.