viernes, 31 de marzo de 2017

Horus, Señor de la Guerra: Las semillas de la Herejía (Dan Abnett)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Horus, Señor de la Guerra: Las semillas de la Herejía (de la colección "La Herejía de Horus")
  • Autor: Dan Abnett
  • Editorial: Timunmas
  • Número de páginas: 348
  • Año: 2006
Hace un tiempo, cuando comenté "Los muertos y los condenados", hice un breve esbozo sobre cuál había sido mi primera aproximación al mundo Warhammer. Hoy en día es un universo al que suelo volver muy de cuando en cuando, ya sea revisando los catálogos de Games Workshop que todavía conservo en casa de mis padres cuando me dejo caer por allí cada verano o bien cuando echo una partida al "Starcraft", cuyas similitudes con la franquicia que nos ocupa se supone que surgieron a raíz de unos contactos que Blizzard y Warhammer mantuvieron a comienzos de los 90 para desarrollar un videojuego basado en las aventuras de los Marines Espaciales... Ya digo, "se supone", porque es una información que vi esta tarde en un meme de "Desmotivaciones"... Y todos sabemos que los memes tienen menos credibilidad que una noticia de "Mediterráneo Digital". Sea como sea, el resultado es de todos conocido: las dos compañías no llegaron a un acuerdo y Blizzard terminó montándoselo por su cuenta, lo cual no estuvo en absoluto nada mal. La epopeya de Raynor, Tassadar y cía bien merecía contarse.

En cualquier caso, las figuras de Warhammer molan. Molan bastante, aunque los precios sean prohibitivos para alguien que ha terminado renunciando a los desayunos con tal de llegar a fin de mes (en Workshop he visto un Smaug de "El Hobbit" que cuesta dos plazos de matrícula por lo menos). Cada cual se gasta el dinero en lo que quiere: los hay que se dejan la pasta en la Play 4, cuerdas para la guitarra o bien en las mensualidades del gimnasio. Están también los que se lo gastan en putas y barcos (¿algún político de PP en la sala?)... Y luego estoy yo, que de cuando en cuando me arrastro al estanco de la esquina para comprarme una bolsa de maíz picante Grefusa, un vicio que terminará arruinándome y provocándome un cáncer de estómago. Al igual que un Marine Espacial de tres duros, soy un hombre de gustos toscos y poco refinados. ADORO esos puñeteros quicos y mi única preocupación es que terminen retirándolos del mercado tal y como hicieron con las Ruffles Chili-Bravas, un golpe del que todavía no me he recuperado (ni me recuperaré).

A lo que vamos: "Las semillas de la Herejía", el libro que comentaremos hoy después de casi medio año de voluntario exilio, es una novela que nos traslada al universo Warhammer 40.000 (también conocido como 40K)... Aunque esto no es del todo cierto, dado que la historia tiene lugar una burrada de años antes (concretamente, en el año 30.000), cuando el Imperio de la Humanidad estaba empezando a expandirse por la Galaxia. Por entonces, la Tierra tenía un Gobierno Unificado y dirigido por un Emperador inmortal. Tras una larga serie de guerras y conflictos armados entre las naciones de la Tierra, el Emperador, que llevaba deambulando por el mundo desde el principio de los tiempos, se dio a conocer e impuso su poder (no os perdáis los orígenes de este singular personaje, en serio). El destino de la Humanidad estaba en las estrellas, de manera que creó a los Marines Espaciales para que llevasen su nombre a todos los rincones del Universo. Los Marines, a su vez, estaban dirigidos por los Primarcas, un grupo de Superhombres (no, Nietzsche, no tiene nada que ver en esto... o sí... no lo sé) creados genéticamente por el Emperador. Cada legión de Marines tenía su Primarca, que era adorado por sus subordinados como si se tratase de un padre o un hermano mayor (aunque atendiendo a la trama de la novela, casi dan ganas de llamar a Pedro García Aguado).

Cyber-Jesús resucitado. Próximamente en su iglesia más cercana.

La conquista del espacio tenía como objetivo no solo llevar a la Humanidad y al Emperador allí de donde Carrero Blanco no volvió, sino también reencontrarse con aquellas colonias humanas que, al más puro estilo de "Battlestar Galáctica", se habían asentado en otros planetas años antes de la llegada del Emperador al trono. La guerra en la Tierra había hecho que el contacto con ellas se perdiera y era deber del líder encontrarlas para así lograr su propósito de convertir a la Humanidad en una "Unidad de destino en lo Universal" (cualquier afiliado de Democracia Nacional habrá tenido una erección al leer esto... suponiendo que las leyendas sobre su frustración sexual no sean ciertas, claro). La mayoría de las colonias reconocieron la autoridad del Emperador, pero otras optaron por mantener su independencia... y defenderse. Y es aquí donde entraban los Marines Especiales. De hecho, el libro se inicia con una batalla en un planeta donde sus habitantes se niegan a acatar al Emperador. Estas guerras (así como los conflictos con otras razas, como los orcos) recibieron el nombre de "Gran Cruzada". Ahora que lo pienso... ¿Para qué cojones os estoy contando esto si podéis leerlo en la Wikihammer? Es que parezco idiota, en serio.

La actual gestora del PSOE.

Sigo. El caso es que uno de los Primarcas, Horus, el comandante supremo de los Lobos Lunares e hijo preferido del Emperador, comienza a tener sentimientos encontrados hacia su padre. Y en un momento dado, se le va la olla y termina volviéndose contra él, desembocando toda la movida en una guerra civil galáctica que ríete tú de la de Siria, "Star Wars" y las broncas familiares de "El Secreto de Puente Viejo". Las legiones leales a Horus se enfrentaron a las del Emperador en la Tierra. Como consecuencia, ambos líderes perecieron (el Emperador quedó reducido a un cadáver reseco confinado en una especie de trono mágico que ha logrado preservar su alma, si bien hace milenios que no se tienen noticias suyas), las legiones rebeldes se exiliaron al Ojo del Terror (donde terminaron abrazaron a las Fuerzas del Caos y mutando en terribles abominaciones solo comparables a la programación de Telecinco), el Gobierno de la Tierra quedó en manos de un consejo de burócratas corruptos al más puro estilo de Génova 13 y el orden imperial terminó convirtiéndose en una religión (el Culto Imperial). Joder, llevo casi dos páginas y todavía no he empezado a destripar la novela. Y eso que no os he hablado de todo ese rollo de la Disformidad, el Caos y el odio del Imperio hacia las artes mágicas.

El Emperador en el Trono Dorado o Francisco Franco 2.0.

En fin, que la novela nos traslada a la etapa previa en la que Horus monta el pifostio y se rebela contra su padre. Para ello, el autor nos ofrece el punto de vista de Garviel Loken, comandante de los Lobos Lunares y asesor del Primarca. Dividida en tres actos, la primera parte de la historia nos traslada a la conquista de un sistema planetario que se niega a aceptar al Emperador como líder; en la segunda, los Marines Especiales se dan de ostias contra una raza de arañas gigantes (es imposible no acordarse de "Starship Troopers" y del cachazudo de Casper Van Dien); y en el tercer y último acto vemos cómo los Marines la lían en una de las colonias humanas extraviadas, mientras Horus y el representante colonial están de cena (es una pena que las citas de "First Dates" no acaben igual, todo hay que decirlo, porque menuda panda de gilipollas). Y sí, los tiros a golpe de Bólter están asegurados, por supuesto.

El nuevo logotipo de Hazte Oír.

Dicho sea de paso, uno de los aspectos que más me han gustado de la historia es el trasfondo político y militar que tiene, muy similar al del Imperio Romano, con sus generales, su líder imperial y sus soldados agrupados en legiones. Curiosamente, será después de la Herejía cuando el gobierno de la Tierra (llamado Terra en la novela) experimente un proceso de "feudalización" muy similar al ocurrido en Europa tras la caída del Imperio Romano de Occidente y la entrada en la Edad Media: predominarán los santos y los clarividentes dentro del Culto Imperial (al que podríamos considerar una especie de "cristianismo futurista"), las legiones de orcos actuarán como un remedo de los mongoles y otros pueblos bárbaros (si no fuera porque nos salimos del período, casi me atrevería a compararlos con los hunos), los líderes de Terra tratarán de preservar el legado Imperial evocando continuamente el pasado para justificar el poder (algo que también hicieron tanto Carlomagno como el Sacro Imperio), etc. Para quienes nos dedicamos a la Historia, no deja de ser divertido encontrar analogías.

Ahora bien, el problema de la novela es que hay tropecientos personajes entrando y saliendo de ella con la misma facilidad con la que una concursante de Gran Hermano hace lo que se espera de ella... Y no es leer a Milan Kundera, precisamente. Hay tanta peña en el Dramatis Personae que basta con que dejemos la novela de lado un par de días para que nos olvidemos de quién es quién. Lo peor es que, salvo Loken, la mayoría de sus compañeros de armas son indistinguibles, y de no ser porque decidí "spoilearme" un poco y consultar algunas cosas en Google, juro que habría sido incapaz de distinguir a Abbadon de Torgaddon, dos de los cuatro miembros (junto a Loken) que asesoran a Horus (cómo serán las cosas que hasta me he olvidado del nombre del otro). Lo mismo me ocurre con los "rememoradores" (el equivalente a los periodistas de guerra que acompañan a los Marines durante las batallas) y los burócratas que se mueven alrededor de Horus: simplemente, son tan prescindibles como olvidables, pero entiendo que eran necesarios para darle algo de trasfondo y colorido a la narración (por no hablar del peso que algunos de ellos tendrán en el futuro, tal y como es el caso de Euphrati Keeler). Si uno lee una novela de romanos o de las intrigas palaciegas de Bizancio, se encontraría con prácticamente lo mismo. Me ocurrió algo muy similar cuando leí "Los muertos y los condenados", salvo con la excepción de que ahí parecían tomarse la acción con algo más de calma y, sobre todo, porque el mundo que se nos ofrecía en esa novela era mucho más reconocible.

Haciendo al Emperador Trump grande de nuevo.

Porque esa es otra: si ha habido algo que me ha echado un poco para atrás es que el universo de Warhammer 40.000 es ENORMEMENTE GRANDE. Y cuando digo que es enorme, es que es GIGANTESCO. Los profanos pueden sufrir un poco este defecto y doy fe de ello. Mientras leía, me sentía como un crío que tiene demasiados juguetes y no sabe con cuál de ellos pasar la tarde. Me explico: mientras que en la versión medieval del juego asumimos que la acción transcurre en un lugar de fantasía, aquí se nos cuenta (y he tenido que tirar de la "Wiki" una vez más) una hipotética evolución de la Humanidad a lo largo de los siglos. Antes de la Herejía de Horus, hay toda una mitología previa que complica las cosas. Así, las Guerras de la Unificación sucedieron en la Tierra, no en el imaginario mundo de Tolkien; el mismo Emperador nació en Turquía hace cientos de miles de años (en serio, mirad su biografía) y buena parte de los Marines que integran sus legiones proceden de la aristocracia europea. Otro tanto ocurre con las tropas del Mechanicum, cuyos astilleros se encuentran en Marte. La historia es ficticia, pero parte de su entorno es real. A lo largo de la lectura, no dejaba de pensar en cómo la Humanidad había ido evolucionando en esa dirección, sacándome algunas veces de la historia. Y teniendo en cuenta que la novela empieza con una batalla (el enganche literario por antonomasia), eso es imperdonable. Mientras que en la versión medieval aceptabas lo que te echaran y lo asumías gracias a su carácter legendario, aquí te cuesta asimilar más las cosas al tratarse de una semidistopía. O igual la culpa fue mía al haber recurrido a San Google y saturarme de información. Sin embargo, de no haberlo hecho así, me habría perdido a través de insondables tormentas conceptuales, tan malvadas como las de la Disformidad (y por favor, no me hagáis explicaros lo que es eso, porque entonces no acabaríamos nunca).

Fruto de esa confusión, está el caso del planeta Sesenta y Tres-Diecinueve, el mundo al que los Marines le declaran la guerra al negarse sus habitantes a reconocer al Emperador. En un primer momento, llegué a pensar que se trataba de la propia Tierra, ya que sus características eran exactamente las mismas: un tercer planeta que orbita alrededor de un sistema solar compuesto por nueve mundos, unas condiciones medioambientales similares... Hasta cuenta con su propia luna y todo. Y por si fuera poco, sus habitantes se refieren a ella como "Terra". Errores de novato, sí, pero vayan ustedes a saber si, en su expansión por el Cosmos, los Marines llegaron a olvidar su planeta de origen para después invadirlo (después de todo, no sería la primera vez que pasa algo así).

Tumba de Franco en el Valle de los Caídos.

Por lo demás, todo correcto: Loken y Horus tienen el carisma suficiente para llevar la historia ellos solos (pese a que el protagonismo del Primarca no se acentuará hasta el último tercio de la trama), las batallas están jodidamente bien narradas y por ahí hay algunos actos de heroísmo que nos ayudan a empatizar con los personajes (ojo a cómo el modesto Tarvitz acaba salvando el día pese al rechazo de sus compañeros, entre ellos, el cretino de Lucius). Mientras que los fans del juego verán cumplidas sus expectativas, los iniciados -si somos lo suficientemente pacientes, virtud de la que mucha gente no va sobrada últimamente- podremos disfrutarla como una novela de aventuras más... Lástima que para ello tengamos que tener unos conocimientos previos de lo que se nos cuenta y que el libro en sí, al formar parte de una saga mucho más extensa, no tenga un final autoconclusivo.

De lo que no cabe duda es que los de Warhammer han encontrado la fórmula para seguir explotando la franquicia y que las historias que se narran alrededor de ella sean una fuente inagotable de recursos. No sé si las historias de 40K ya estaban de capa caída cuando idearon ubicar la acción 10.000 años antes, pero lo que sí es cierto es que han conseguido revitalizar la saga con esta "precuela". Desde la perspectiva de las ventas, la compañía se lleva un buen pellizco, puesto que hay una notable diferencia entre las armaduras de los Marines pertenecientes a la Herejía y los de la saga original, y eso siempre atraerá a los aficionados, deseosos de adquirir más figuras. Por otro lado, se han permitido seguir desarrollando la historia y construir toda una nueva mitología dentro de la ya existente, algo muy difícil de lograr. Cabe preguntarse si cuando la saga de Horus empiece a desgastarse, se escribirán historias sobre las Guerras de la Unificación (si es que no se han hecho ya). Evidentemente, no tendrán el mismo encanto... o puede que sí. En la saga Warhammer todo puede pasar.

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