domingo, 14 de mayo de 2017

"¡Quiero mi mierda, negro!": El extraño poder de los quicos "Chili-Lima" de Grefusa

El pasado domingo, y pese a tener toneladas ingentes de trabajo que hacer (de entre toda la pila de mierda, destacaban dos trabajos de grupo), decidí tirarme a la bartola en el sofá y pasarme la tarde rascándome los cojones a dos manos. Lo mejor es que el viernes y el sábado hice lo mismo y no me arrepiento de nada. Lo que me jode es que esta semana será jodidamente larga (práctica de tres horas el viernes incluida) y tendrán que pasar otros putos cinco días antes de volver a apalancarme en el sillón y echarle un vistazo a lo último que han subido a XVIDEOS. Tener una depresión es lo mejor que me ha pasado en la vida.

A media tarde, me di un salto al Badulaque de la esquina para agenciarme lo único que hasta  el día de hoy me alegraba la vida: un paquete de maíz picante de la marca Grefusa. No es la primera vez que os hablo de ellos, pero no me importa repetirme: si Cristo eligiese una forma para su segunda venida, seguramente elegiría una fuente de langostinos, porque no hay placer más celestial que hinchase a marisco y hay que ser muy gilipollas para que no te guste. En cambio, el Anticristo, adoptaría la forma del maíz picante de Grefusa, porque arde como el Infierno y está la ostia de bueno. Los dioses romanos gustaban de tomar néctar y ambrosía, a Obélix le encantaba el jabalí y a mí el maíz picante de Grefusa, que además de picar tiene el delicioso toque ácido y exótico de la lima, la fruta de las estrellas porno. Además, tiene fibra y te ayudan a ir al baño. El día que tenga perras, me compraré cinco paquetes y una botella de Coca Cola para echar la tarde con ellos mientras veo una película de las mías (ya sabéis, "Robowar", "La invasión de los zombies atómicos", "Colegialas alemanas, pervertidas y marranas"...). La idea es vaciar las bolsas en el cubo donde tengo las pinzas de la ropa y experimentar en mi paladar el equivalente a incendiar un convento mientras disparo al aire ráfagas de metralleta y me tiro a la Guaci disfrazada de colegiala. JODER, acabo de empalmarme con tan solo pensarlo.

“Y al séptimo día, Cthulhu, Lucifer y Jordi Cruz vieron que todo estaba bien y se fueron de putas”.

Esa era mi idea... Repito: ERA, porque lo que ha hecho la gentuza de Grefusa (Grefugentuza... ja, ja, ja... me parto y me mondo) no tiene nombre. Lo tienen que pagar. Y si no han sido ellos, mi ira caerá sobre las dependientas del 24 Horas quienes, en un alarde de hijoputismo crónico, se han asociado con el enorme repertorio de malnacidos que me han venido amargando la existencia desde hace treinta putos años. Porque alguien tiene que pagar por esto, ya lo creo que sí.

La cuestión es que el stand del “super” estaba hasta arriba de productos Grefusa: el maíz tradicional, las bolsas de formato pequeño, los Sabores del Mundo (ahora con más lepra de La India y uranio enriquecido de Ucrania), las pipas (en mi lista de tareas pendientes figura violar -y luego matar- a todos aquellos que parieron el anuncio de los “Tijuanáticos”)...  Pero el maíz picante no estaba. La estantería estaba llena de mierda hasta los topes y no había ni una puta bolsa de maíz picante. ME CAGO EN DIOS. 

Alguien pagará por esto, lo juro por Dios.

Me pasé rebuscando entre las bolsas durante cerca de diez minutos sin resultado. Si estaban de broma, aquello tenía la misma gracia que una relación incestuosa con tu padre. No recuerdo exactamente en cuantos dioses me cagué, pero conforme pasaban los segundos mis peores temores se confirmaban: era bastante probable que algún desgraciado del departamento de ventas de Grefusa (o el bastardo del distribuidor, lo mismo da... en estos momentos me siento incapaz de repartir las culpas y alguien tendrá que morir por ello) hubiera decidido que mis adorados quicos picantes dejasen de venderse.

La marca de la Bestia. ¡Te saludamos, Señor de las Tinieblas del Glutamato Monosódico!

Lo normal hubiera sido esperar hasta hoy y darse un salto al Alteza que tengo a diez minutos de casa, pero tenía un hambre de pelotas... Y me pongo de muy mala leche cuando tengo hambre. Por si no lo sabéis, Alteza es uno de los pocos supermercados de la ciudad que venden (Dios, todavía me niego a utilizar la fórmula “vendían”) millos picantes. La semana pasada alcancé a verlos allí en un viaje que hice para comprar agua. Seguramente en unos días volveré para pillar otra garrafa. Si no los encuentro, significará que todo ha terminado y que mi nombre aparecerá en las Noticias de las 8 seguido de un teletipo indicando que tengo secuestrado a medio colegio mayor y que empezaré a degollar rehenes en un plazo razonable de tiempo a menos que satisfagan mis exigencias.

Total, que ya iba a marcharme a casa con una bolsa de torreznos cuando vi algo que llamó mi atención.

¿QUÉ... COJONES... ES... ESTO?

Una bolsa de millos con la palabra “JAPÓN” impresa en su superficie junto al logotipo de “NUEVO”. Si a “Boing” la estrategia le había funcionado enganchando a cientos de niños para ver lo último de Doraemon, los de Grefusa no habían querido ser menos. Esta gente juega fuerte. Así que decidí agarrar la bolsa, pagar el 1,20 de precio (¿sabíais que en Alteza están a 0,90?) e irme a casa. Según he visto en la página de Grefusa, se trata de la bolsa estándar de su surtido Sabores del mundo. Desde aquí hago les sugiero ponerse en contacto con Cao de Benós y lanzar el cóctel norcoreano con sabor a plutonio. Solo así Grefusa pagaría por sus crímenes y sus fábricas serían arrasadas en un ataque preventivo por parte de los Estados Unidos del Coronel Trompetas, porque lo que han hecho con esto es un auténtico CRIMEN DE GUERRA.

Nada mas llegar al piso y abrirlos me encontré con esto:

...

Antes de pasar a enviar amenazas de muerte, repasemos el contenido del cóctel. A los millos de toda la vida les acompañan unos cacahuetes con una costra tostada, “algo” que se supone que sabe a soja y unas bolitas verdes de wasabi. ¡Guay del Paraguay! Mi gozo en un pozo y mi hermana abierta de patas en la cama y pidiendo guerra.

Bolitas de wasabi... ¿POR QUÉ?

No, no estoy en Japón, estoy en el mismísimo INFIERNO.

Para la peña de Grefusa, Japón tiene que ser algo así una peli hentai donde salen un montón de bichos con tentáculos y reponen diariamente los especiales de Fin de Año de José Mota. Solo a alguien así de retorcido se le puede ocurrir hacer un aperitivo con lo único que te sirven en un japonés y que NADIE en su sano juicio tiene el valor de comerse. Es como si en Matutano hiciesen unas onduladas con sabor a verdura... O como si a McDonald's le diese por vender fruta con cada menú (Oh... espera...). El mundo es un lugar triste y gris donde cada tarde las marujas de medio país se sientan a ver Sálvame y hay gente que vota a VOX, pero esto me ha sumido en la más negra de las pesadumbres.

Buena parte de mi cabreo viene por la desilusión (y, sobre todo, preocupación) de no haberme agenciado mi paquete de chucherías favoritas. Pero una cosa es un berrinche y otra muy distinta esta aberración. A día de hoy, y debo insistir en ello, no conozco a nadie que unte el sushi con el wasabi o haga alguna marranada parecida. Sencillamente, es un condimento que no sirve para nada. Por su color y consistencia, a mí siempre me ha recordado a la pasta de dientes de Licor del Polo -picante (del malo, como el fascismo de DN), áspera e incomible- y no me extrañaría nada de que también viniese en tubos. Todavía recuerdo la última vez que fui a comer a un japonés y el montoncito de wasabi que nos sirvieron con los makis se quedó sobre su lugar de la bandeja sin que nadie se dignase a tocarlo. Un amigo se llevó a su casa los restos de la cena con la maldita salsa incluida. Una semana después, cuando fuimos a verle, no se le ocurrió nada mejor que servirnos unas patatas onduladas para “dipear” con el mejunje de marras, que a esas alturas había adquirido la consistencia de la plastilina al tiempo que seguía manteniendo su repugnante sabor.

A decir verdad, debo reconocer que el cóctel no está tan mal. Es arriesgado e innovador. Es más, si sois de los que os gusta meteros en la boca (¡EJEM!) todo el contenido de una vez, es probable que la mezcla de sabores os resulte agradable. Si sois, en cambio, de los que os gusta ir quico por quico y regodearos en vuestra gula, tarde o temprano os encontraréis con las infernales bolas de wasabi. Podéis apartarlas sí, pero a menos que queráis tirar a la basura casi la mitad del paquete, os las tendréis que mandar todas de un puñado cuando hayáis liquidado el resto del contenido de la bolsa. Y ya me podéis creer cuando os digo que no os va gustar.

AÑADIDO: Esta semana me he dejado caer por el "super" y, a Dios gracias, la variedad "Chili-Lima" se sigue vendiendo. Los reponedores han vuelto al trabajo. Bendita sea Grefusa en el nombre de Yahvé. Aún hay esperanza para un mundo en el que también vive Manel Navarro. Y después de esta oda a la superficialidad que haría vomitar de rabia a un activista pro-Derechos Humanos, os emplazo a vernos en la próxima lectura. Amén.