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viernes, 27 de enero de 2017

Los descubrimientos paleontológicos de Atapuerca

Un grabado sobre los primeros habitantes de Atapuerca. Los últimos descubrimientos en la zona nos han dado una imagen bastante acertada sobre nuestros antepasados [Fuente de la imagen: Pensar puede ser peligroso. No abuses].

Los yacimientos de la Sierra de Atapuerca fueron puestos al descubierto gracias a unas obras que se realizaron para el paso de un ferrocarril. Las investigaciones se iniciaron en 1978. La zona se divide en tres localizaciones conocidas como La Galería, que parece haber funcionado como trampa natural; La Sima de los Huesos, un pozo  de unos catorce metros de profundidad que se halla en el interior de una cueva; y La Gran Dolina, un relleno de dieciocho metros de altura que presenta once capas de estratos.

En el año de 1982 las excavaciones comenzaron a dar sus frutos, con el hallazgo de las primeras pruebas de actividades humanas. Sin embargo, no fue hasta 1992 cuando comenzó una nueva etapa en las investigaciones, ya que en ese año los investigadores encontraron en la Sima de los Huesos dos cráneos muy completos, además de otros restos fósiles pertenecientes a unos treinta individuos que vivieron hace 200.000 y 300.00 años. Dos años después, se descubrieron en la Gran Dolina restos de homínidos con una antigüedad de 800.000 años, los cuales constituyen el registro fósil más antiguo de Europa perteneciente al género Homo.

También se han descubierto miles de fósiles de Homo Heidelbergensis, un preneandertal que vivió hace 400.000 años.

Atapuerca se ha convertido en un yacimiento mítico. Las últimas investigaciones han sacado a la luz restos y material pertenecientes al Paleolítico Superior, con más de treinta mil años de antigüedad, el único período cultural que faltaba por confirmar en el lugar. Esto ha provocado que el yacimiento español sea único y albergue la secuencia completa de la evolución humana en el continente europeo. Los expertos creen que en este lugar convivieron y se sucedieron en el tiempo todas y cada una de las diferentes especies de homínidos conocidas.

El estudio de los fósiles humanos más antiguos de la Gran Dolina ha llevado a los antropólogos que trabajan en Atapuerca a atribuirlos a una especie humana, el Homo antecesor, el cual podría ser el antepasado común entre los Neandertales y el hombre actual. Otro dato que han aportado los investigadores a partir del estudio de los restos es que, entre estos homínidos el canibalismo podría haber sido una práctica habitual.

Todos estos hallazgos convirtieron las investigaciones que se están llevando a cabo en la zona en un marco de referencia obligada para la prehistoria europea y para el estudio de la evolución humana.

Entre las disciplinas aplicadas al estudio y análisis de los restos fósiles hallados en Atapuerca, cabe destacar la Arqueozoología, que trata de analizar e identificar los restos óseos de los animales recuperados en un yacimiento. La Arqueozoología pretende dilucidar los patrones de subsistencia de las criaturas prehistóricas. Estos restos son importantes porque su presencia nos indican que momento cronológico estamos estudiando. Los estudios de las evidencias son siempre aproximativos. En la Arqueozoología cabe distinguir dos grandes grupos: la Microfauna y la Macrofauna. Ambas están presentes en la investigación científica de Atapuerca. Los restos de Microfauna nos proporcionan una información muy clara y precisa. La presencia de roedores y otros seres similares es común en los yacimientos humanos. La Macrofauna está relacionada con aspectos comunes al señor humano, pues no indica que tipo de alimentación seguían los primeros homínidos.

La Palinología también es una disciplina presente en Atapuerca. Recupera, identifica y recuenta los granos de polen fosilizado. Cada especie vegetal tiene un tipo específico de polen. Son los restos vegetales más numerosos al ser muy resistentes. Pueden ser introducidos en el yacimiento por agentes naturales. La toma de muestras requiere un gran cuidado. 

La Arqueobotánica también hace acto de presencia en Atapuerca. Es una disciplina indispensable para analizar el medio ambiente prehistórico. La Arqueobotánica pretende reconstruir la vegetación con la que se encontró el hombre y otros  animales. Sólo hasta fechas muy recientes se le ha prestado atención. Los restos vegetales más pequeños suelen ofrecer una mayor información. 

La Geoarqueología se encuentra íntimamente ligada a las disciplinas anteriormente mencionadas. De hecho, todas ellas emanan directamente de esta última. Si hay algo que pretende la Geoarqueología es conocer la textura medioambiental en la que se desarrollaron las primeras comunidades humanas. Las relaciones humanas con el medio son fundamentales a la hora de analizar la naturaleza de la Prehistoria.

BIBLIOGRAFÍA:
  • Varios autores. El libro abierto de la Prehistoria. La Aventura de La Historia. Número  66. Año 6. 130 Páginas.  
  • Alfredo Merino. Los 40 principales. Los yacimientos más importantes de la actualidad. Muy Especial. Número 60. Invierno 2003. 97 Páginas.
  • Varios autores. Geografía e Historia. Madrid. 1.996. Grupo Santillana de Ediciones. 240 Páginas.

jueves, 26 de enero de 2017

El Código hitita (y 10)

Irregularidades en ventas o alquileres
En base a la lectura de los artículos vinculados a las irregularidades se intuye que los gobernantes hititas tenían el objetivo de alcanzar el éxito económico. Por ello, todas aquellas acciones que perjudicasen la producción económica debían ser penadas. A continuación se expondrán los artículos más relevantes.

En el artículo 146 se manifiesta que si alguien pone a la venta una casa o una aldea o un huerto o una dehesa y otro va y hace fracasar el negocio e impulsa un negocio sobre el anterior negocio, da por este delito una mina de plata [1].

El artículo 147 expone lo siguiente: “si alguien pone en venta un hombre sin instrucción y otro le hace fracasar el negocio, da por este delito cinco siclos de plata” [2].

El artículo 148 estipula que “si alguien pone en venta un buen buey, un caballo, un mulo o un asno y otro hace fracasar el negocio, da por este delito (…) siclos de plata” [3].

Otro ejemplo destacado que muestra el preciado detallismo a la hora de plantear las penas por irregularidades se puede localizar en el artículo 149, en el que se estipula que “si alguien pone en venta a un hombre adiestrado y dice: “ha muerto” y su (nuevo) dueño lo localiza, se lo lleva. Además (el culpable) da dos personas y por ello él mira en su casa” [4]. En definitiva, la legislación hitita no contemplaba fracasos económicos y si se hace mención a la diplomacia que había entre los distintos reinos (en el que un fugitivo debía de ser repatriado a su lugar de origen) aquellos que cometiesen irregularidades de este tipo tenían como única vía de escape el cumplimiento de la pena correspondiente ya que el éxito de la huida no estaba asegurado.

Tarifas de múltiples servicios

En este apartado, el Código hitita sigue mostrando gran detallismo, estableciendo el valor de los distintos servicios que se pueden obtener en el reino. También se observa una situación desfavorable en los salarios femeninos. Así pues, en el artículo 150 se dice que “si un hombre se coloca por un salario, le dan por un mes un siclo de plata. Si una mujer se coloca por un salario, le dan medio siclo de plata”[5].

En estos artículos se refleja la posibilidad de alquilar durante un mes animales como bueyes, vacas, asnos, mulos o caballos. Este alquiler tenía un costo aproximado de un siclo de plata aunque el alquiler de las vacas por un mes era de medio siclo de plata [6].

El Código también establece  la cuantía de los alquileres de instrumental como es el caso de las hachas. Respecto a estos útiles el artículo 157 estima que si es un hacha de bronce de una mina de peso (lo que se alquila) el precio por un mes es un siclo de plata. Si es un hacha de cobre de media mina de peso el alquiler por un mes es medio siclo de plata [7].

Pero también se podían establecer contratos de alquiler de personal para realizar determinadas labores. Para los trabajos relacionados al trigo los contratos solían tener una duración de tres meses en los que los trabajadores y las trabajadoras realizaban labores tales como almacenar en el granero, agavillar, barrer la era, etc... Pero como se destacó anteriormente,  la mujer tenía salarios más reducidos, obteniendo por estas labores un siclo de plata mientras que el hombre ganaba 3.75 siclos de plata [8]. Entre otros contratos cabe destacar aquellos establecidos con artesanos, alfareros, herreros, carpinteros, guarnicioneros, bataneros, tejedores o fabricantes de polainas cuyos salarios eran de diez siclos de plata [9].

Precios

Los precios constituyen un aspecto fundamental en la estructura económica de cualquier estado. En el Código hitita se observan diferentes tipos de precios y elementos que a continuación serán señalados.

Respecto a la venta de animales, en el artículo 180 se observa que la burra de tiro añal es el animal más costoso que aparece en el documento, teniendo un valor de quince siclos de plata [10]. A este animal le sigue el caballo, cuyo valor ascendía a catorce siclos de plata, siguiéndole el buey de arado, con un valor de doce siclos de plata. En una escala de valores más bajos se encuentran entre otros animales a las vacas preñadas (8 siclos de plata), a los bueyes de arado y vacas añales (5 siclos de plata), a los terneros destetados (4 siclos de plata) a los terneros lechales (dos siclos de plata) o a los cabritos (medio siclo de plata dos ejemplares) [11].

En el artículo 183 quedan especificados  entre otros elementos los precios del trigo (tres medidas y media es un siclo de plata), de la cebada (cuatro medidas y media de cebada es medio siclo de plata), del vino (media medida es medio siclo de plata) o de un iku (3.600 m cuadrados) de tierra de regadío (tres siclos de plata) [12].

En el Código también vienen estipulados los valores de elementos cotidianos y en algunos casos elitistas como un frasco de mantequilla (un siclo de plata), un frasco de aceite fino (dos siclos de plata) o el valor de dos quesos ( un siclo de plata), el precio de un vestido “happusanda” (doce siclos de plata), el de un vestido fino (treinta siclos de plata), el de un vestido de lana azul (veinte siclos de plata), el de un chal largo (diez siclos de plata) Pero también se establecen los precios de indumentarias más asequibles como: un vestido abierto (tres siclos de plata) o un vestido de tejido basto (un siclo de plata) [13].

En el Código se establecen también los precios de las pieles, siendo la piel de buey la más costosa (un siclo de plata, una piel), siguiéndole la piel de ternero destetado (cinco pieles un siclo de plata), la  piel de vaca (diez pieles, un siclo de plata), la piel de oveja (diez pieles un siclo de plata), la piel de cabra (quince pieles un siclo de plata) y por último, las pieles de corderos y cabritos ( veinte pieles, un siclo de plata) [14].

Compensaciones económicas

Como se ha analizado anteriormente, las actitudes contra la economía hitita tenían sus respectivas penas. Pero en la circunstancia inversa, el Código hitita estructuró una serie de artículos vinculados a la compensación de aquellos individuos que realizaran ciertos actos en favor de la sociedad. Así pues, el artículo 172 establece que si alguien mantiene con vida a un hombre libre en un año de carestía, éste le da un sustituto. Si es a un siervo, le da diez siclos de plata. Por tanto, el amparo de individuos necesitados estaba recompensado por el estado. De la misma forma, en el artículo 200b los reyes hititas premian a un maestro si logran que sus aprendices alcancen un nivel profesional: si alguien entrega un hijo para su instrucción, sea como carpintero, como herrero, como tejedor, como guarnicionero o como batanero, el salario del que lo instruye es seis siclos de plata. Si este (el maestro) le hace un experto, (el padre del aprendiz) le entrega una persona [15].

Conclusiones

Entre los apartados a tener en cuenta, cabe destacar que las leyes no tendían a castigar con la muerte o con amputaciones a los infractores. Podemos afirmar que los legisladores hititas no fueron tan severos como sus vecinos (el Código de  Hammurabi es un buen ejemplo de ello). Muchas infracciones quedaban saldadas mediante el pago de multas (ya fueran en efectivo o en especie). En el caso de los hurtos, solía devolverse lo robado más una cantidad adicional a modo de indemnización. Bernabé y Álvarez-Pedrosa plantean la posibilidad de que, en sus orígenes, el Código decretase condenas más duras y que, con el paso de los siglos, estas fueran rebajándose. Algunos artículos contemplan la fórmula “Antes se solía hacer así” (artículos 166-167) y algunas penas de muerte eran conmutadas mediante el sacrificio de un animal.

Si atendemos a las leyes que regulaban el matrimonio, deducimos que la sociedad era muy permeable, puesto que hombres y mujeres de diferente condición podían unirse siempre y cuando pagasen el precio establecido. En caso contrario, la ley decretaba que el individuo de mayor rango social fuese degradado durante un tiempo definido (tal y como vimos en los artículos 35 y 175). No obstante, es evidente que, en lo que respecta a la cuestión del género, había una clara diferenciación entre los individuos de ambos sexos. A la hora de contraer matrimonio, la mujer interpretaba un papel meramente pasivo. Y aunque Condominas sostiene que la fusión entre las costumbres indoeuropeas y las tradiciones locales hicieron que las mujeres ganasen más libertad de acción con respecto a otras naciones de su entorno, la condición de la mujer hitita estaba muy lejos de ser igual que la de sus homónimos masculinos. Otra muestra de ello lo encontramos en el epígrafe correspondiente a la infidelidad, donde no solo se la condenaba a la pena capital, sino que además no hay referencias a la relaciones extramatrimoniales mantenidas por el marido. Esta situación vuelve a repetirse si observamos las diferencias salariales entre unos y otros.

Con respecto al apartado económico, observamos que el estado hitita aspiraba a lograr el progreso económico. Por ello articularon toda una serie de leyes en el Código que garantizase una buena capacidad de los campos, de los animales y de las personas. En consecuencia, todas aquellas actitudes que fueran en contra del éxito económico eran sancionadas. El detallismo que se observa en el establecimiento de precios es una muestra más de la necesidad de controlar la economía del reino. Estos precios plantearían una situación uniforme en el reino a partir del cual los elementos que se compren, alquilen o vendan tengan el mismo valor en todo el estado.

En cuanto a las propiedades donadas por el rey, estas estaban libres del pago de tributos, lo que nos lleva a pensar que quienes la recibían gozaban de cierta consideración económica. El rey no solo los exime del pago de impuestos sino que también le da los recursos para su puesta en cultivo. Es decir, al monarca posiblemente le interesaba que estos individuos (a los que él regala tierras) tuvieran una buena posición.
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1. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 201.
2. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 201.
3. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 201.
4. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 202.
5. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 202.
6. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 202.
7. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 202.
8. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 206.
9. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 206.
10. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 206.
11. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 206.
12  BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 206.
13. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 206.
14. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 206.
15. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 207.

BIBLIOGRAFÍA:
  • ALONSO Y ROYANO, F., “El régimen matrimonial en el Código de Hattusas”, en Espacio, Tiempo y Forma, 1993, núm. 6, pp. 47-58.
  • ÁLVAREZ-PEDROSA, J. A. y BERNABÉ, A., Historia y leyes de los hititas: Textos del Imperio Antiguo. El Código, Ediciones Akal, Madrid, 2000, 255 páginas.
  • ÁLVAREZ-PEDROSA, J. A. y BERNABÉ, A., Historia y Leyes de los Hititas. Textos del Reino Medio y del Imperio Nuevo, Ediciones Akal, Madrid, 2004, 328 páginas.
  • ARIAS CONDEMINAS, J., Los hititas, Gasso Editores, Barcelona, 1972, 415 páginas.
  • BRYCE, T., El Reino de los hititas, Cátedra, Madrid, 1998, 494 páginas.
  • LIVERANI, M., El Antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía. Crítica, Barcelona, 1995, 796 páginas.

miércoles, 25 de enero de 2017

El Código hitita (9)

Las leyes económicas

Las obligaciones feudales

Este apartado tenía gran importancia en el Código debido a que establecía una serie de pautas que legitimarían o no las actuaciones de los hititas. El término feudal quizá no es el más apropiado pero, acorde con Bernabé y Álvarez Pedrosa, se utilizará para la explicación de las obligaciones y los derechos que el Código recogía.

Los hititas tenían la obligación de gravar sus propiedades, este requerimiento podía tener un carácter general o constituir una obligación feudal con el rey. En el caso de que una propiedad fuera compartida, el que menos reconocimientos tenía era el asociado. Si éste faltaba, el otro propietario podía hacerse cargo de gravar el campo de su compañero con el objetivo de explotar la propiedad y obtener más beneficios económicos. Pero si se negaba, la parcela del asociado quedaba en manos del rey, que la pondría a disposición de los hombres de la ciudad [1].

Por su parte, los siervos del Mausoleo y los siervos de un príncipe, también tenían que cumplir las obligaciones feudales con el rey de obligado cumplimiento [2].

Posesión de tierras y privilegios

En el apartado anterior comienzan a “emanar” evidencias que manifiestan un exhaustivo control de la propiedad de la tierra por parte del Palacio. Una propiedad podía ser adquirida mediante compra o alquiler, pero en ocasiones los hititas podían recibir propiedades mediante la donación. Recibir esta donación implicaba el necesario cumplimiento de las obligaciones feudales a las que esa propiedad estaba sujeta. En el caso de que se le hayan dado pocos campos, no cumple sus funciones feudales [3], por lo que en cierta medida, el estado hitita entendía que la baja productividad de esas pequeñas donaciones impedía el pago de tributos al Palacio. El rey también tenía la potestad de donar tierras pero en este caso quedaban libres de impuestos. En estas donaciones el rey toma de la mesa un pan y se lo da [4]. En consecuencia, los propietarios de las donaciones reales gozan de una exención de tributos que los colocan en una situación social privilegiada.

Tal y como se observa en el apartado anterior, la situación de los asociados en las propiedades conjuntas era inferior a la del propietario. En el artículo 53 del Código se evidencia esa posición privilegiada del propietario afirmándose lo siguiente: si un hombre sometido a obligaciones feudales generales y su asociado están juntos, cuando se enemistan y dividen su hacienda, si en sus campos hay diez personas, el hombre sometido a obligaciones feudales generales toma siete personas y su asociado, tres. Los bueyes y las ovejas de sus campos, las dividen de igual modo. Si alguno posee una donación del rey con un documento y éstos dividen un campo de antes, el hombre sometido a obligaciones feudales generales toma dos partes de la donación y el asociado toma una parte [5].

Los reclusos, pese a cumplir las pertinentes obligaciones con el rey, no gozaban de mínimos privilegios ya que ni siquiera podían vender a sus hijos, sus campos, sus villas puesto que el que hace negocio con un recluso pierde el negocio [6]. Por tanto, a estos individuos se les impedía obtener rendimientos de sus recursos, recortando en gran medida sus derechos. Usualmente el castigo no era pagado mediante indemnización sino que tenían que entregar su cuerpo como compensación [7].

 Retomando el análisis de los privilegios cabe destacar que los sacerdotes  también gozaban de ciertos beneficios distintivos. Tanto las casas del sumo sacerdote como las de los sacerdotes de cada ciudad, están exentos de impuestos [8]. Por consiguiente, se intuye que el poder religioso, mediante estos beneficios, debe tener gran influencia en el reino hitita.

Existían privilegios de otra índole como la exención de impuestos en el undécimo mes en la ciudad de Arinna. Esta recompensa era recibida por aquellas viviendas  que tenían en su puerta (parte delantera de la vivienda) un árbol siempre verde. En un centro cultual como Arinna (donde residía la diosa del sol) tener este elemento en buenas condiciones atraía a la fertilidad, incrementando la producción de trigo y de vino, aumentando la producción ganadera y también posibilitaba (según sus creencias) largos años de descendencia.

El Código también manifiesta privilegios anteriores que ya no tienen validez. Así pues, en el artículo 51 de la primera serie se informa que antes, el que se hacía tejedor en Arinna, así como su casa, estaban exentos y sus asociados y allegados estaban exentos. Ahora su casa está exenta, pero sus asociados y allegados cumplen las obligaciones feudales con el rey y las generales. También en Ziplanta es de igual modo [9].
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1. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 188.
2. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 192.
3. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 189.
4. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 190.
5. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 192.
6. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 191.
7. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 191.
8. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 191.
9. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 192.

martes, 24 de enero de 2017

El Código hitita (8)

Las aberraciones sexuales

A las citadas relaciones incestuosas se le suman las mantenidas con animales (artículos 187, 188, 199 y 200a). En ese sentido, el Código recoge un amplio muestrario de casos de bestialismo (desde cerdos hasta perros, pasando por ovejas, yeguas y vacas), siendo uno de los pocos delitos donde no había compensación posible y el reo podía ser sentenciado a muerte por el rey (“[...] el rey lo mata o el rey lo deja vivir”). 

Llama la atención que las penas se ejecuten atendiendo a dos circunstancias: 1) el tipo de animal con el que se comete la infracción y 2) si era el hombre o el propio animal quien cometía el delito.

187. Si un hombre peca con una vaca, es acción execranda; muere. Se le lleva a la puerta del rey; el rey lo ata o el rey lo deja vivir, pero no vuelve a presentarse ante el rey.
188. Si un hombre peca con una oveja, es acción execranda; muere. Se le lleva a la puerta del rey; el rey lo ata o el rey lo deja vivir, pero no vuelve a presentarse ante el rey.
199. Si un hombre peca con una cerda o una perra, muere. Se le lleva a la puerta del rey; el rey lo mata o el rey lo deja vivir, pero no vuelve a presentarse ante el rey […].
200a. Si un hombre peca con una yegua o una mula no es acción de castigo, pero no se presenta ante el rey y no puede hacerse sacerdote […].

En todos estos casos, la ley prohibía que, una vez juzgado, el infractor no pudiera volver a presentarse ante la persona del rey puesto que, en palabras de Bernabé y Álvarez-Pedrosa, estos delitos “afectaban a la pureza del individuo y se prevenía que pudiera contaminar al rey o al sacerdocio” [1] (artículo 200a).

Pese a que estos delitos tenían un denominador común, la pena no era igual para todos. En el artículo 200a vemos como la pena por mantener relaciones con una yegua o una mula no era “una acción digna de delito”, lo cual se contrapone con lo estipulado en los apartados 187, 188 y 199, donde se considera una “acción execranda” con su correspondiente castigo. De ser así, deducimos que no todos los animales tenían la misma consideración en el mundo hitita, lo que nos lleva a hablar de la segunda parte del artículo 199:

199. […] Si un toro cubre a un hombre, el toro muere, el hombre no muere. Se trae una oveja en el lugar del hombre y se la mata. Si un cerdo cubre a un hombre, no es acción digna de castigo.

Si bien en los casos anteriores comentábamos cuál debía ser la pena si era el hombre quién cometía el delito, en este apartado nos encontramos con el caso contrario, siendo el animal el responsable de la agresión. El epígrafe correspondiente al toro es especialmente interesante. Sabemos que el toro tenía un gran simbolismo en la cultura hitita. Es imposible no remitirnos al Mito del Paso del Tauro [2], donde el Dios de la Tempestad hitita se convirtió en un toro y, gracias al empuje de su cornamenta, abrió un camino a través de las montañas que permitió a los hititas tener acceso al mar.

La religión

Los artículos relacionados con la religión son quizá los más crípticos y los que más problemas plantean de cara a su interpretación. De especial complejidad con los artículos correspondientes a la serie 163-169, que versan sobre la purificación del ganado y el carácter que tenían ciertos actos relacionados con la consagración de las tierras.

168. Si alguien destruye los lindes de un campo, traza un surco; el dueño del otro campo separa una vara de su campo y se lo queda. Y el que destruyó los lindes da una oveja, diez panes y un jarro de cerveza fina y purifica de nuevo el campo.
169. Si alguien compra un campo y rompe los lindes, toma una hogaza, la parte para el dios del Sol, y dice: “Has plantado en tierra el platillo de mi balanza”. Y dice: Dios del Sol, dios de la Tempestad, no hay disputa.
Es reseñable que en el artículo 169 se haga mención al Dios de la Tempestad, siendo esta una de las primeras referencias que tenemos a una deidad en el documento. Pese a todo, y como bien señalan Bernabé y Álvarez-Pedrosa, tanto la traducción como la interpretación de estos artículos es problemática [3], aunque todo parece indicar que nadie podía vulnerar la propiedad de la tierra. Cabría preguntarse si estos rituales no propiciarían también la fertilidad de la tierra. Sobre este punto, los hititas también tenían prohibido plantar sobre un cultivo ya sembrado (“Si alguien siembra una semilla, pone su cuello en un arado y uncen una yunta de bueyes uno con la cara hacia un lado, otro con la cara hacia el otro. Muere el hombre y mueren los bueyes. Y el que había sembrado antes los campos se queda con él”, artículo 166)

Cabe destacar el enorme simbolismo que encerraban estas leyes y cómo trataban de combatirse los malos augurios. La pérdida de objetos considerados sagrados podía considerarse una tragedia. Los artículos 164 y 165 son una buena muestra de ello:

164-165. Si alguien va (a casa de alguien) a incautarse (de algo) arbitrariamente y allí provoca una disputa y rompe una hogaza de pan sacrifical o un recipiente de vino para la libación, da una oveja diez panes y un cacharro de cerveza fina y purifica de nuevo la casa (del dañado). Cuando ha transcurrido un año, tiene paz en su casa.

En el Código también encontramos cuestiones relativas a la magia negra (referida aquí como hechicería). 

44. Si alguien purifica a una persona, se lleva los residuos (del sacrificio) al lugar de las cremaciones. Pero si los lleva al campo o a la casa de alguien, es hechicería y objeto de sentencia del rey.
111. Si alguien modela una figura de barro es hechicería y objeto de sentencia del rey.
170. Si un hombre libre mata a una serpiente y dice el nombre de otro, da una mina de plata. Si es siervo, es ejecutado.
El artículo 44 presenta una idea muy interesante. Los restos del animal sacrificado debían llevarse a los lugares indicados para ello (el “lugar de las cremaciones” según el Código”). En el caso de que no se hiciera así y se llevase a la propiedad de un tercero, se deduce que el portador de los restos estaría lanzando una maldición contra el dueño de la casa. La misma idea se repite en el artículo 170, donde se condenan los sortilegios: si una serpiente (un animal con evidentes connotaciones negativas) era muerta por un hombre y este pronunciaba el nombre de otro, se entendía que se estaba deseando la muerte de esa persona. No deja de resultar llamativo el nivel de la pena dependiendo de quien lanzase el sortilegio, puesto que si la maldición era lanzada por un esclavo, era condenado a muerte (en contraposición a la pena impuesta por un hombre libre, que debía pagar una compensación). El que no admite réplica es el artículo 11, puesto que el modelado de figuras podría utilizarse para realizar sortilegios maléficos, algo que ya tratamos en el epígrafe relativo a los robos.
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1. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 209.
2. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 120.
3. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 204.

lunes, 23 de enero de 2017

El Código hitita (7)

La viudedad

En cuanto a la viudedad, los hititas ejercían una práctica muy similar al levirato. Resulta interesante comprobar las alternativas que propone la Ley ante la muerte del esposo:

193. Si un hombre tiene una mujer y el hombre muere, su hermano toma a la esposa; (si el hermano muere) luego la toma su padre. Si también su padre muere y el hermano de este toma a la mujer que tenía no es acción digna de castigo.

Si el esposo fallecía, la mujer pasaba a la protección de su cuñado. Si este también moría (aunque también podía darse la posibilidad de que el esposo fuera el único hijo varón de la familia), la esposa era acogida por el padre del fallecido. Y en el caso de que este también muriera, sería su hermano quien se casara con la viuda. Es evidente que se trataba de agotar la primera línea de parentesco para, posteriormente, optar por otro marido que pudiera hacerse cargo de la mujer durante mucho más tiempo. 

Lógicamente, la muerte del hombre no tenía el mismo impacto legal que el de la esposa. Veamos qué dice el Código al respecto:

27. Si un hombre toma esposa y se la lleva a su casa, también se lleva su dote. Si la mujer muere allí, queman bienes del hombre y el hombre toma su dote. Pero si muere en casa de su padre y hay hijos (del matrimonio), el hombre no toma la dote.

Teniendo en cuenta las repercusiones económicas que tenía el matrimonio para la familia de los interesados, no debe extrañarnos que la cuestión de la dote vuelva a planear sobre nuestra exposición. Es interesante comprobar cómo la dote quedaría en manos de unos u otros dependiendo de dónde muriera la esposa: si esta fallecía en la casa del marido, le corresponderá a este último; si la mujer, en cambio, moría en la casa de su padre, la dote sería heredada por su familia.
El divorcio

Sobre el divorcio, cabe destacar que la legislación trataba de ser lo más igualitaria posible para ambos cónyuges. El artículo 31 especifica que, en el caso de que la pareja terminase por separarse, los bienes de la casa serían repartidos equitativamente (“Si un hombre libre y una sierva están enamorados y cohabitan y la toma por esposa y se hacen una casa y tienen hijos, pero luego ellos riñen o se separan, entonces dividen a medias la casa [...]”), salvo en el caso de que tengan hijos, en el que la mujer solo podía acoger a uno (“[...] y el hombre se queda con los hijos, pero la mujer se queda con un hijo”). Esta ley hace referencia a lo que pasaría si el hombre se casaba con una esclava, pero se aplicaba de la misma forma si una mujer libre hacía lo propio con un esclavo (artículo 32) o ambos cónyuges eran esclavos (artículo 33). Ahora bien, tal y como afirma Alonso Royan, cabría preguntarse cuáles eran las causas que motivaban la separación. Salvo en el apartado relativo a la infidelidad conyugal (artículos 197 y 198), en el Código no encontramos ninguna razón al respecto. 

Ello nos lleva a hablar de la infidelidad y de cómo el marido podía tomarse la justicia por su mano. 

La infidelidad

Sobre este punto, es necesario señalar las diferencias existentes entre hombres y mujeres, puesto que si ellos podían mostrar un comportamiento promiscuo, no ocurría lo mismo con ella. La ley podía ser bastante severa con las mujeres infieles, reservándoles incluso hasta la pena de muerte. Los artículos 197 y 198 dicen al respecto:

197. Si un hombre posee sexualmente a una mujer en la montaña, la culpa es del hombre y muere. Si la posee en casa de la mujer, la culpa es de la mujer y la mujer muere. Si el marido los descubre y los mata, no es acción digna de castigo. 
198. Si los lleva a la puerta del palacio y dice: “Mi esposa no muera”, deja viva a la esposa y deja vivo al adúltero y la vela. Si dice: “que los dos mueran”, los pone de hinojos ante la Rueda1. Y el rey los mata o los deja vivir.

El artículo 197 plantea tres cuestiones muy interesantes: 1) que la pena por violación estaba penada con la muerte (“Si un hombre posee sexualmente a una mujer en la montaña, la culpa es del hombre y muere”), 2) que el hecho de que una mujer compartiera el lecho con un extraño en su hogar era motivo suficiente para sentenciarla a muerte (“Si la posee en casa de la mujer, la culpa es de la mujer y la mujer muere”) y 3) que el marido podía actuar como creyese conveniente en el caso de sorprender a los amantes, puesto que, independientemente de que les diera muerte, la ley ampararía su actitud (“Si el marido los descubre y los mata, no es acción digna de castigo”). Este último epígrafe es muy revelador, puesto que nos demuestra que si el marido actuaba al instante y movido por las circunstancias, su crimen estaría plenamente justificado [1]. No sería así si se tomase su tiempo para llevar a cabo la venganza, puesto que para entonces las autoridades ya se habrían hecho cargo de la situación y dictado sentencia.

La dureza de este artículo queda parcialmente difuminada cuando analizamos el epígrafe 198. El ofendido podía llevar a los dos amantes a los tribunales [2] (aquí la “puerta del palacio”) y decidir si quería perdonarlos o darles muerte. En cualquier caso, es notable señalar que la figura del rey era la encargada de dictar justicia. .

Las relaciones sexuales entre parientes

Ya hemos hablado de cómo estos delitos suponen la condena a muerte de aquel que aquel que sea acusado de cometerlos. Si exceptuamos los artículos 193, 197 y 198, las leyes que tratan el tabú sexual se hayan comprendidas en la serie 187-200a (Bernabé y Álvarez-Pedrosa catalogan todos estos artículos como Delitos Sexuales). Pese al carácter común que tienen estas infracciones, hemos optado por dividirlas en dos apartados: uno dedicado al bestialismo (que trataremos en el siguiente epígrafe) y otro que englobará a las relaciones sexuales entre los miembros de la propia familia. En esta última serie encontraremos los siguientes artículos:

189. Si un hombre peca con su propia madre, es acción execranda. Si un hombre peca con su hija, es acción execranda. Si un hombre peca con su hijo, es acción execranda.
190. Si un hombre o una mujer tienen trato con un muerto, no es acción digna de castigo. Si un hombre peca con su madrastra, no es acción digna de castigo. Pero si su padre vive, es acción execranda.
191. Si un hombre libre posee sexualmente a unas hijas libres y a la madre de estas, una en un país y otras en otro, no es acción digna de castigo. Si ambas están en el mismo país y él lo sabe, es acción execranda.
194. Si un hombre libre posee sexualmente a unas siervas hermanas de la misma madre y a la madre de estas, no es acción digna de castigo. Si poseen sexualmente a una mujer libre hombres que son entre sí hermanos, no es acción digna de castigo. Si un padre y su hijo poseen sexualmente a una sierva o a una prostituta, no es acción digna de castigo.
195. Si un hombre posee sexualmente a la esposa de su hermano, pero su hermano vive, es acción execranda. Si un hombre tiene como esposa a una mujer libre y posee sexualmente a las hijas de esta, es acción execranda. Si un hombre tiene a una hija como esposa y posee sexualmente a la madre o a la hermana de esta, es acción execranda.
En lo referente a las familiares de primer grado, el artículo 189 prohíbe el incesto en todas sus formas, considerada una costumbre propia de gente bárbara y no civilizada [3]. Por el bien de la estabilidad familiar, un hombre solo podía mantener relaciones con su madrastra (artículo 190) y su cuñada (artículo 195) una vez que el anterior marido (su padre y hermano, respectivamente) hubiesen muerto, lo que nos retrotrae a los artículos anteriores sobre la viudedad. En el caso de que estas relaciones se llevasen a la práctica estando el cónyuge con vida, la legislación castigaba a los infractores. Asimismo, se limitaba que el hombre también compartiese lecho con la hermana de su esposa.

También resulta llamativo ver cómo un hombre podía tener relaciones con las mujeres de una misma familia (artículo 191) siempre y cuando estas viviesen en diferentes ciudades (la distancia actúa como elemento diferenciador). Suponemos que la finalidad de este artículo era la de garantizar el orden social y evitar que las líneas de consanguinidad se terminasen cruzando. No ocurría lo mismo si las mujeres eran esclavas (artículo 194), lo que nos lleva delimitar cuál era el verdadero papel de esclavos y hombres libres en la sociedad hitita.
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1. Bernabé y Álvarez-Pedrosa asocian la “Rueda” como un símbolo de justicia.
2. ALONSO ROYANO, 1993, p. 55.
3. CONDOMINAS, 1972, P. 370.

domingo, 22 de enero de 2017

El Código hitita (6)

Aspectos relacionados con la Historia de las mentalidades
La configuración de la familia

Entre los aspectos más llamativos del Código cabe destacar el relativo al matrimonio, siendo uno de los pocos apartados donde podemos tener una imagen aproximada sobre la configuración de la familia hitita. La serie comprendida entre los artículos 26 y 36 [1] de la Tablilla I (a los que se añade el artículo 175 que habla sobre el matrimonio irregular) inciden tanto en la cuestión de la dote como en las formas en las que debían establecerse las uniones (compra de la novia o rapto), así como su disolución. El anteriormente citado artículo 37 trata también sobre el rapto de una mujer a manos de un hombre pero, al matar este a aquellos que parten tras su busca y ser declarado enemigo de la sociedad, el epígrafe queda englobado dentro de la categoría de Homicidios no castigados [2]. Pese a todo, resulta interesante comprobar hasta qué punto la cuestión del matrimonio podía desembocar en hechos tan trágicos.

En los últimos epígrafes correspondientes a la Tablilla II, encontraremos cuestiones como la viudedad (artículo 193), las relaciones sexuales entre parientes cercanos y esclavos (artículos 189, 190, 191, 194 y 195) y la infidelidad (artículos 197 y 198). Encontramos también algunas cuestiones que hablan sobre el papel desempeñado por los hijos: mientras que el artículo 175 trata sobre la condición que tendrían los niños nacidos de la unión entre una mujer libre y un hombre de baja extracción social, el artículo 171 versará sobre la capacidad de una madre para desheredar a un hijo. La cuestión de los hijos también planeará en los artículos 31, 32 y 33, estando vinculada con la separación de la pareja.

El matrimonio

En lo que respecta al matrimonio, y a semejanza de lo que ocurría en otras sociedades, tanto el padre como el esposo hititas eran los dueños de la casa familiar y los bienes. De ahí que la unión entre un hombre y una mujer dependiera exclusivamente del primero y fuera un acto unilateral. Así, el matrimonio se llevaba a cabo mediante la compra de la novia o bien recurriendo a la fuga o al rapto, conceptos de los que ya hemos hablado en el apartado anterior. Que haya dos artículos dedicados a  este delito (concretamente, los correspondientes al 28 y el 37) ya nos hace pensar que, si bien no era un práctica común, sí es cierto que era preciso limitarla y sancionar a los culpables (así como “indemnizar” a los perjudicados, entre los que se incluiría el novio).  
Sobre este último punto, quizá los esclavos fueran el colectivo más propenso a la hora de efectuar estas prácticas, ya que no siempre podían efectuar el pago de la novia. La mayoría de los artículos tratan precisamente de la regulación de las uniones entre esclavos e individuos libres.
Para Alonso Royano [3], el hecho de que la sociedad hitita fuera tan heterogénea (algo motivado por el contacto que mantuvieron con otros pueblos de su entorno), permitió las uniones entre individuos de diferente extracción social. Este planteamiento es compatible con la baja densidad de población que sufrió el imperio durante el Reino Nuevo (asediado por una permanente epidemia que se inició con el reinado de Shuppiluluima I y que se prolongó durante el mandato de sus sucesores), la cual era paliada con las incursiones militares que los hititas organizaban hacia los reinos limítrofes y que incluían la captura de prisioneros de guerra

De todos modos, resulta llamativo observar cómo los esclavos podía contraer matrimonio con mujeres libres y cómo el Código trataba de regular cómo debían establecerse esas uniones, así como la condición social en la que se encontraría la mujer una vez casada. La cuestión de cómo debían llevarse a cabo los esponsales es muy importante, puesto que todo debía hacerse según lo establecido. En caso contrario, la aplicación de la ley podía tener serias consecuencias para la pareja. El caso de los artículos 34 y 35 es muy elocuente:

34. Si un siervo paga el precio de la novia por una mujer (libre) y la toma como esposa, nadie cambie su estado social.
35. Si un administrador o un pastor rapta a una mujer libre y no paga por ella el precio de la novia, ella se hace sierva por tres años.
A primera vista, vemos que existe una contradicción entre ambos epígrafes, puesto que en los dos casos una mujer es desposada por un esclavo (artículo 34) o bien por un individuo perteneciente a un grupo inferior (tal y como reza el artículo 35, deducimos que el oficio de pastor no estaba bien considerado). La clave que diferencia a ambos enunciados se encuentra en el siempre presente pago de la dote (llamada kusata por los hititas). Un esclavo podía casarse con una mujer libre siempre y cuando pagase su precio correspondiente. De ser así, la esposa seguiría manteniendo la libertad. En caso contrario, quedaría reducida a la categoría de esclava durante un período de tres años. La misma idea se repite en el artículo 175:

175. Si un ovejero o un administrador toma a una mujer libre, ella se vuelve sierva, en el segundo o cuarto año (respectivamente) […].
Ante casos así, debemos incidir en la importancia que tenía la dote para los hititas (es preciso distinguir entre la propia kusata y la tradicional dote que la familia de la novia proporcionaba al novio). La entrega de la kusata se hacía al cabeza de familia o, en ausencia de este, al hermano varón de mayor edad. La kusata garantizaría el compromiso y salvaguardaría los intereses de ambas partes, aun cuando la ceremonia no llegase a celebrarse [4]. En todo caso, los progenitores de la novia podían anular el contrato matrimonial para otorgar la mano de su hija a otro hombre. Para ello, estaban en la obligación de devolver el doble de la kusata, tal y como dice el artículo 29 (“Si una joven se compromete con un hombre y él ha pagado por ella el precio de la novia y luego los padres rompen el compromiso, entonces la separan del hombre pero le indemnizan el doble del precio de la novia”). Por su parte, el novio perdería la kusata si era él quien optaba por romper el compromiso, quedándose la familia con la dote (Artículo 30: “Y si el hombre aún no ha tomado a la joven y por su parte la rechaza, entonces renuncia al precio de la novia que había pagado”).

Si tenemos en cuenta el celo que guardaban los hititas para los rituales, resulta extraño no encontrar ninguna referencia en el texto a cómo debía de hacerse la ceremonia. No obstante, sí nos han llegado evidencias arqueológicas e iconográficas. Tal es el caso de los restos hallados en Bitik, entre los cuales destaca un vaso de cerámica. Con una antigüedad que se remonta en torno al 1600-1400 a. C., uno de los relieves que componen la pieza nos muestra a una pareja en actitud ceremonial. Pese a que desconocemos el contexto de la escena [5], para Alonso podría tratarse de una pareja que está a punto de contraer matrimonio, si bien también nos ofrece la posibilidad de que se tratase de un padre bendiciendo a su hija y ungiendo su frente con aceites perfumados. En cualquier caso, esta escena nos deja claro que, al igual que otros aspectos de la vida cotidiana hitita, el matrimonio también estaba ritualizado [6].

Una vez casada, la mujer podía marcharse a vivir a la casa de su marido o bien quedarse en la de sus padres. De optar por esta posibilidad, los hijos de la pareja heredarían el apellido de la madre, lo cual ha servido de base a algunos autores para explicar el creciente poder de la mujer en la sociedad hitita [7], algo que puede verse tanto en su panteón de dioses (donde las entidades femeninas era muy numerosas) como en ciertos aspectos del Código (el hecho de que en los artículos 28 y 29 se haga referencia a ambos progenitores -utilizando el término “padres” en plural- puede implicar que la figura de la madre tuviera una gran relevancia dentro del hogar [8]).
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1. Bernabé y Álvarez Pedrosa catalogan esta serie dentro de un apartado que denominan “Derecho de familia”.
2. “El rapto se producía a veces con muchas complicaciones, a menudo sangrientas” (CONDOMINAS, 1972, p. 369).
3. ALONSO ROYANO, Félix, El régimen matrimonial en el Código de Hattusas, Espacio, Tiempo y Forma (Serie II, Historia Antigua), 1993, nº 6, 47-58 páginas.
4. ALONSO ROYANO, 1993, pp. 52-53.
5. Alonso Royano cita a Bittel y no descarta de que se trate de una escena mítica protagonizada por dioses.
6. ALONSO ROYANO, 1993, p. 53.
7. CONDOMINAS, 1972, p. 369.
8. Lo que entra en contradicción con lo que anteriormente expuesto. Como ya hemos comentado, en cuestiones como el pago de la kusata solo participaban los hombres. Al igual que había sucedido en otras sociedades del mundo antiguo, las mujeres continuaron supeditadas a la figura masculina.

sábado, 21 de enero de 2017

El Código hitita (5)

Robos y daños a la propiedad

Las leyes que regulaban y castigaban el delito de robo y daños hacia las propiedades aparecen mayormente en el segundo bloque. Comienza con los robos de ganado, sigue con los incendios de propiedades y el robo de productos agrícolas y termina con el robo de arcilla, siendo este último castigado por sentencia del rey, ya que esa arcilla puede ser utilizada para fabricar figuras (consideradas en esta sociedad como brujería, uno de los delitos más graves). 

Las penas para el culpable consistían en compensaciones hacia la víctima, teniendo el infractor que entregar una cantidad superior a la que robó (ya fuera una compensación monetaria, en especie, en animales, etc.). Normalmente la multa solía ser pagada con el mismo objeto que originó el robo. Si el delincuente robaba arcilla, la multa sería pagada en arcilla.

Las leyes sobre el robo de ganado tienen una clasificación gradual descendente en referencia al tipo de ganado (bovino, equino, ovino, hasta terminar con las abejas) y una estructura para el tipo de delito, la cual comienza con el robo, el hallazgo, la muerte, las lesiones, la fuga y las indemnizaciones. 

57. Si alguno roba un toro, si es recién nacido no es un toro; si tiene un año, no es un toro; si tiene 2 años es un toro. Antaño debería dar 30 (cabezas de) ganado. Ahora dará 15 cabezas de ganado: 5 de dos años, 5 de un año y 5 crías; y así restituirá.
67. Si alguno roba una vaca, antaño debía dar 12 reses; ahora debe dar 6: 2 de dos años, 2 de un año y 2 crías; y así restituirá.
73. Si alguno mata y descuartiza a un buey vivo [1] ese hombre es en justicia un ladrón.
74. Si alguno quiebra el cuerno o las patas de un buey, debe tomar a ese animal y dar al dueño del buey otro en buen estado. Pero si el dueño del buey dice: "Prefiero mi propio buey", podrá tomarlo y el otro hombre pagará al dueño 2 siclos de plata.
81. Si alguno roba un cerdo cebado, antaño debía dar 1 mina de plata. Ahora debe dar 12 siclos de plata; y así restituirá.

En el caso de que un hombre hallase un animal, y si este no era requerido por su dueño, podía quedárselo con una autorización anterior. No obstante, si el dueño lo reconocía no tenía más remedio que devolverlo. 

71. Si alguno encuentra un buey o una mula, debe conducirlo a la Puerta del rey. Si se lo encuentra en el campo, los ancianos pueden dejarlo bajo su custodia y él puede ungirlo para trabajar. Cuando el dueño lo encuentre, puede tomar su animal con todo derecho, pero no puede detenerlo por ladrón. Si los ancianos no lo habían dejado bajo su custodia, sí se hace ladrón.
Los daños en propiedades privadas abarcaban el robo y los incendios, principalmente en casas y graneros. Se repite la misma diferenciación entre hombres libres y esclavos vista en leyes anteriores aplicándose, en este caso, la amputación de la nariz y las orejas al esclavo. La pena para el asaltante era normalmente reponer lo robado más una cantidad determinada, así como reconstruir la propiedad si esta era destruida o reponer lo que había dentro más otra cantidad.

94. Si un hombre libre asalta una casa, debe devolver los bienes según la ley. Por el robo antaño pagaba 1 mina de plata; ahora sólo pagará 12 siclos de plata. Si él roba mucho, se lo impondrá pena más cuantiosa, si roba poco se le impondrá pena más ligera; y así restituirá.
95. Si un esclavo asalta una casa, devolverá los bienes según la ley. Por el robo pagará 6 siclos de plata. También se cortarán las orejas y nariz del esclavo y se le devolverá a su dueño. Si él roba mucho, se lo impondrá pena más cuantiosa, si roba poco se le impondrá pena más ligera. Si el dueño dice: 'Yo compensaré por él', puede hacer compensación; si él rehúsa, perderá el esclavo.
100. Si alguno prende fuego a un henar, alimentará al ganado del dueño y repondrá en la siguiente primavera, debe también reformar el cobertizo. Si no había nada en él sólo debe reconstruirlo.

También existían leyes sobre robos de objetos particulares o de casos concretos como, por ejemplo, el robo de banderas y armas que eran propiedad del estado. Para este último caso la pena era la muerte. Tenemos constancia de que también se robaban piedras para la construcción y herramientas de artesanos.

126. Si alguno roba una bandera de guerra de la Puerta del Palacio, pagará 6 siclos de plata. Si alguno roba una lanza de bronce en las puertas del Palacio, será muerto. Si alguno roba un alfiler de cobre, debe dar medio parisu de grano. Si alguno roba el hilo para un traje, debe dar un traje de lana.

La ley sobre robos y daños en huertas y cultivos tienen la misma estructura que la anterior, aunque aquí no existen diferencias entre esclavos y hombres libres y las multas son monetarias o de reposición.

102. Si alguno roba madera de un embalse, si es por un talento de madera, pagará 3 siclos de plata, si es por 2 talentos de madera, 6 siclos de plata; si es por 3 talentos de madera, es un caso para el tribunal del rey.
103. Si alguno roba plantas en cultivo, si es por valor de una vara de plantas, las replantará y pagará un siclo de plata; si son por dos varas de plantas, las replantará y pagará dos siclos de plata.
106. Si alguno hace fuego en un campo y deja que pase al campo cultivado de su vecino y se prende fuego ese campo; el que prendió el fuego debe tomar el campo quemado y dar a cambio un campo bueno al dueño dañado y la siguiente cosecha será para éste.

Existía una ley concreta que determinaba el hecho de que si una persona encontraba algo y no era reclamado, podía quedárselo; sin embargo, si lo encontraba y no buscaba a su dueño y este lo descubría, el primero se convertía en un ladrón.

45. Si alguno encuentra herramientas, debe devolverlas a su dueño y éste le recompensará. Si no las devuelve, se hace ladrón. Si alguno encuentra herramientas o un buey, oveja, caballo o asno, debe llevar lo hallado a su amo y devolverlo. Si no puede hallar al dueño y lo acredita con testigos y luego el dueño ve lo hallado en poder del hallador, habrá perdido lo que extravió, de acuerdo con la ley. Pero si el hallador no aseguró con testigos su intento de hallar al dueño y, luego, el dueño lo halla, se hace ladrón y debe hacer compensación de tres reses.

El agua es un recurso clave para la economía para cualquier estado, por lo que estaba penado cualquier acto de contaminación o alteración de su curso. La multa solía tener un carácter monetario.
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1. Se entiende que no es suyo.

viernes, 20 de enero de 2017

El Código hitita (4)

Violencia y lesiones

Los delitos que legislaban las lesiones producidas por violencia, tenían una clasificación descendente según su gravedad, siendo el más grave el cegar a un oponente, seguidos de la pérdida de dientes, los golpes en la nariz y el aborto provocado. Esta clasificación la entendemos según el grado de discapacidad en el que quedaba el afectado (si quedaba ciego no podía trabajar, con lo que se convertiría en un individuo improductivo; la rotura de dientes, por su parte, disminuía su capacidad de alimentación; entre otros). Si el afectado era un cabeza de familia, el agresor debía cuidar de él y su familia hasta que este se recuperara.

7. Si alguno deja ciega a una persona libre o rompe sus dientes, antaño pagaba una mina de plata, pero ahora pagará veinte siclos de plata; y así restituirá.
7b. Si alguno deja ciego a un hombre en una pelea, pagará una mina de plata. Si ello ocurre sólo por azar, pagará veinte siclos de plata.
8. Si alguno deja ciego a un hombre o mujer esclavos o arranca sus dientes pagará diez siclos de plata; y así restituirá.
10. Si alguno golpea en la cabeza a una persona y resulta enferma, debe cuidarla. En su lugar debe proveer a un hombre, que trabajará a su costa en la casa hasta que se recupere, deberá pagarle seis siclos de plata y pagar los servicios del médico.

Pese a todo, si la lesión era provocada en una pelea, la pena sería menor. Las compensaciones solían ser monetarias, siempre diferenciando si la víctima y el ejecutor eran un hombre libre o un esclavo, o si el acto era premeditado o involuntario.

15 y 15 b. Si alguno desgarra la oreja de un hombre libre, pagará doce siclos de plata.
16. Si alguno desgarra la oreja de un esclavo, hombre o mujer, pagará tres siclos de plata.
En el caso particular del aborto provocado, existe una diferencia entre los meses de gestación, siendo la pena considerablemente mayor si el embarazo estaba muy avanzado. También había que tener en cuenta si la madre era libre o esclava.

17. Si alguno causa aborto a una mujer libre; si estaba en el décimo mes [1] de embarazo pagará diez siclos de plata; si estaba en el quinto mes, pagará 5 siclos de plata; y así restituirá.

Sobre el rapto

Tras el asesinato y las agresiones, las leyes que regulaban el rapto o el secuestro ocupan el tercer puesto entre los delitos que conforman el Código. En este caso nos encontramos con una novedad, puesto que, aparte de las diferencias en la pena que podría haber entre hombres libres y esclavos, vemos que la amonestación depende de si el secuestrador o el secuestrado proceden de Hattusa, la capital, teniendo estos más privilegios que los demás habitantes del imperio.

19. Si un luvita secuestra a una persona libre, hombre o mujer, de Hattusa y la saca a Arzawa, cuando su dueño lo persiga y lo encuentre, el secuestrador debe darle su fortuna entera. 
19b. Si aquí en Hattusa un hitita secuestra a un luvita libre y lo saca a Luwiya, antaño daba doce cabezas, pero ahora dará 6 cabezas y así restituirá.

Sobre las fugas

La legislación sobre la huida de esclavos trataba básicamente las compensaciones que recibía quien encontraba al esclavo y lo devolvía. Con respecto a las compensaciones, estas variaban según la distancia en la que se hallara al esclavo, siendo la recompensa mayor cuanto más lejos se encontraba el fugitivo de la casa de su dueño. La compensación podía incluir la adquisición del propio esclavo. También existía una diferencia dependiendo de su procedencia.

22. Si un esclavo escapa y alguno lo devuelve: si fue hallado en las cercanías, el dueño debe darle un par de zapatos. Si lo halló a este lado del río [2] debe darle dos siclos de plata; y si lo halló más allá del río, debe darle tres siclos de plata.
23. Si un esclavo escapa y va a la tierra de Luwiya, el dueño debe dar a quien lo devuelva seis siclos de plata. Si un esclavo escapa y va a un país enemigo, el que lo recupere tomará el esclavo para sí.

Sobre la pena que recibía el esclavo debido a su insubordinación, derivada o no de la fuga, no está del todo clara. Según la redacción más antigua, la pena consistía en una especie de acto de purificación, pero recientemente se plantea que el esclavo era introducido en un caldero o recipiente de arcilla [3] para ser ejecutado, lo cual entraría en conflicto con la artículo 23, ya que si el esclavo huía (es un acto de rebeldía hacia su amo) y era reclamado por su dueño, resultaba muy complicado que fuera condenado a muerte, ya que cambiaba de amo.

Posteriormente, y con respecto a las relaciones exteriores desarrolladas por los monarcas hititas, se firmaron tratados con los reinos limítrofes para establecer así unas mejores relaciones entre un reino y otro, los cuales incluían aspectos relativos al vasallaje, los pactos de no agresión, las alianzas, etc. En algunos documentos se pueden observar apartados que tratan sobre individuos que cometen un delito y huyen al país vecino. En tales acuerdos, los monarcas pedían la devolución del fugitivo a su país de origen o bien al lugar donde hubiera cometido el delito para que fuera juzgado. No obstante, no todos los tratados siguen la misma estructura: por un lado tenemos el tratado de alianza entre Hattušili III y Ramsés II de Egipto [4], donde la entrega de los fugitivos, independientemente de su condición, es recíproca; por otro lado, tenemos el tratado de vasallaje entre Suppiluliuma I y Aziru de Amuru [5], donde su devolución solo es llevada a cabo por parte del vasallo (posiblemente debido a que el rey hitita era señor del rey amorreo y no tenía la obligación de rendir cuentas a este último). Este caso concreto presenta diferencias con respecto al anterior tratado, donde los dos monarcas eran independientes y poseían la misma condición al ser los máximos dirigentes de sus estados.
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1. Lunar.
2. Según las notas tomadas por Álvarez Pedrosa y Bernabé, se supone que es el río Halys.
3. En la edición de Álvarez Pedrosa y Bernabé.
4. Bernabé y Álvarez-Pedrosa, 2004, pp. 228-237.
5. Bernabé y Álvarez-Pedrosa 2004, pp. 88-91.

jueves, 19 de enero de 2017

El Código hitita (3)

Leyes contra todo tipo de delitos: el hurto, el asesinato, actos violentos... 

Asesinatos y homicidios

Los primeros artículos del Código están relacionados con delitos tan graves como el homicidio. Los epígrafes aparecen clasificados con una gradación descendente en referencia a si el que comete el delito es un hombre o un esclavo, si la víctima es un hombre libre o un esclavo (ya que no era igual la pena si el culpable era un hombre libre y la víctima era un esclavo u otro hombre libre y viceversa). Se hace hincapié en la devolución del cuerpo a su familia por parte del agresor. También existe una diferencia bastante notable: si el acto es voluntario o involuntario. Si nos atenemos a la traducción, los artículos siempre terminan con la fórmula “y así restituirá”, que quiere expresar el derecho de los afectados a hacer cumplir la pena. Si el homicidio ocurría durante una pelea, la pena impuesta sería menor.

1. Si alguno mata a un hombre o a una mujer en una disputa, el homicida debe devolver su cuerpo a su descendiente, o heredero y darle cuatro cabezas [1], hombres o mujeres; y así restituirá [2].
2. Si alguno asesina a un hombre o a una mujer esclavos en una disputa, el homicida debe devolver su cuerpo a su descendiente o heredero y dar dos cabezas hombres o mujeres, y así restituirá.
3. Si alguno golpea a un hombre o a una mujer libres de forma que ella muere y ello ocurre solamente por error [3], el agresor debe devolver el cuerpo a su descendiente o heredero y darle dos cabezas como compensación.
174. Si un hombre lucha con otro y uno de ellos es muerto, el homicida debe dar una cabeza al heredero.

Si la víctima era un mercader, la multa era considerable (más adelante se verá la importancia que tenían los mercaderes en la cultura hitita). También dependía del lugar donde se cometía el delito, pues era lógico que el cuerpo no se devolviera si estaba muy lejos de su lugar de origen, ya que podía pudrirse durante el viaje de regreso. Lo mismo ocurría cuando era un hombre libre el que estaba lejos de su hogar. En este caso, en vez de una compensación monetaria, el heredero de la víctima recibía tierras. 

5. Si alguno asesina a un comerciante hitita, pagará cien minas de plata; y así restituirá. Si el crimen se comete en el país de Luwiya o en el país de Pala, el asesino pagará cien minas de plata y hacer compensación por sus bienes. Si el crimen se cometiera en el país de Hatti, debe [4] devolver él mismo el cuerpo del comerciante a su descendiente o heredero.

En el artículo 37 se nos dice que no había una compensación para aquellos que saliesen en búsqueda de una mujer en apuros y sufrieran una agresión por parte de su secuestrador (que también podría ser su amante, tal como veremos en el apartado correspondiente a las fórmulas matrimoniales). Ocurría lo mismo si en una pelea un tercero entraba en la discusión y caía muerto. Todo nos lleva a pensar que las intromisiones en los asuntos de la Justicia no estaban bien considerados, puesto que era la Justicia la que debía aplicar el castigo consecuente.

37. Si alguien se fuga con una mujer y un grupo va tras ellos; si dos o tres hombres mueren en la persecución no habrá compensación. Se le dirá al fugado: te has convertido en un lobo [5]. 
38. Si varios hombres están en una pelea y uno va a ellos para ayudar a uno de ellos; si el rival irritado en la pelea golpea al llegado y éste muere, no habrá compensación.

Existen casos particulares de homicidios que parece que fueron añadidos inmediatamente después de haber sucedido, ya que no tienen una legislación clara sobre el procedimiento que debía  llevarse a cabo.

43. Si un hombre vadea un río con su buey y otro hombre le hiere con un instrumento afilado y aquél se coge a la cola del buey y cruza el río, pero el río se lo lleva aguas abajo, las autoridades tomarán al asesino.

Por último estaban las ejecuciones legales, directamente ordenadas por el rey. Las leyes de ejecución eran raras en el código hitita, siendo los únicos delitos castigados con la muerte la desobediencia y el incumplimiento de las decisiones de un dignatario (especialmente si era al rey al que se desobedecía). La pena también incluía la ejecución de la familia del culpable.

173a. Si alguien incumple la decisión del rey en un juicio, su casa se convierte en escombros6. Si alguien incumple la decisión de un dignatario, se le corta la cabeza.
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1. No está claro a que se refiere, pero posiblemente se trataría de esclavos.
2. También aparece traducido como “y por ello él mira a su casa”.
3. Sin premeditación.
4. Además de lo anterior.
5. Se convierte en enemigo público.

miércoles, 18 de enero de 2017

El Código hitita (2)

Características del Código

A la hora de redactar sus documentos, los hititas recurrían a los más variados soportes. La mayoría de los textos hallados en el registro arqueológico fueron redactados en barro cocido, si bien es cierto que hay referencias a documentos escritos sobre oro, plata y bronce (como es el caso de los tratados internacionales). Por otro lado, los hititas practicaban una escritura tanto cuneiforme como jeroglífica, siendo esta última empleada sobre soportes de piedra [1]. En cualquier caso, los textos que han llegado hasta nosotros son copias destinadas al archivo estatal ubicado en Hattusa, la capital del reino. 

Las primeras referencias que tenemos sobre la documentación hitita se las debemos a Hugo Winckler (1863-1913), arqueólogo de origen alemán que en 1906 descubrió entre las ruinas de Hattusa el archivo real, compuesto por aproximadamente 13.000 tablillas escritas en diferentes lenguas. Si bien parte de las tablillas estaban redactadas en babilonio, la mayoría lo estaban en un idioma desconocido hasta entonces. Lamentablemente, Winckler moriría sin haber descifrado el contenido de aquellos documentos, siendo Bedřich Hrozný (1879-1953) quien continuaría su legado. Durante los siguientes años Hrozný no solo sentaría las bases de la gramática hitita, sino que además se encargaría de traducir las tablillas descubiertas por Winckler, entre las que figuraría el propio Código.

Bedřich Hrozný.

El Código hitita no solo es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del siglo XX, sino que además es una de las fuentes más destacadas para el estudio de la Historia de Derecho. Está dividido en dos tablillas, si bien algunos historiadores utilizan el término “serie” [2]. A estas dos piezas se les añade una tercera muy fragmentada y de la que carecemos de información. Compuesto por un total de doscientos artículos, el Código trata cuestiones tan dispares como el robo, el asesinato, la forma en la que debía instituirse el matrimonio o cómo debía regularse el comercio. A través de su estudio podemos conocer determinadas características de la sociedad hitita, como las diferencias existentes entre hombres libres y siervos. 

Resulta llamativo ver cómo las penas que se imponían a los individuos que infringían la ley eran mucho más leves si se comparan con otros documentos legislativos de Oriente Próximo. La pena de muerte solo era aplicada en casos muy concretos, entre los que se contaban las relaciones incestuosas y la infidelidad femenina (si bien es cierto que el marido podía perdonarle la vida a su esposa). En esta misma línea, la ley del Talión que contempla el Código de Hammurabi era sustituida en la legislación hitita por una serie de compensaciones económicas que el infractor debía pagar, tal y como veremos en el epígrafe dedicado a la violencia y las lesiones.

La estructura de los artículos suele seguir el mismo esquema: a la conjunción condicional “Si” se le añade el delito cometido por el individuo y la pena que se le debe imponer. Llama la atención que se haga referencia tanto a temas trascendentales como a otros de carácter nimio. Según Bernabé y Álvarez-Pedrosa, el texto tendría un carácter ceremonial, lo que haría que algunas de sus leyes se leyesen en voz alta a la hora de dictar la sentencia. A eso se le añade lo reiterativo de algunas de sus fórmulas, lo cual facilitaba su memorización. Cabe destacar también el carácter desordenado de su redacción. Si bien los artículos de la primera tablilla siguen un orden lógico, hacia mitad de la segunda tablilla nos encontramos con otros artículos a modo de apéndices (es el caso del artículo 174 y su relación con las penas comprendidas entre el artículo 1 y el 6, las cuales versan sobre el homicidio; o el artículo 175, que perfectamente podría incorporarse a los de la serie correspondiente al Derecho de Familia de la serie 26-36) y que rompen la uniformidad del conjunto.
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1. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, pp. 20-21.
2. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 166.

martes, 17 de enero de 2017

El Código hitita (1)

Planteamientos y objetivos. Metodología de trabajo

Mediante la bibliografía recomendada por el profesor (entre la que destacan los manuales de Trevor Bryce [1] y el recopilatorio legislativo de Alberto Bernabé y Juan Antonio Álvarez-Pedrosa [2]) nuestra intención es realizar una aproximación al mundo hitita a partir del análisis de su Código legislativo para, posteriormente, ser capaces de reconstruir las particularidades de su sociedad. Para ello también hemos contado con otros manuales [3] y textos de apoyo [4] que nos han servido para comprender mejor el contexto histórico en el que se enmarca el documento, así como para familiarizarnos con conceptos propios del Derecho y de nuestra disciplina. Del resultado de tales lecturas y su puesta en común (previo análisis crítico) ha nacido este trabajo.

Con el fin de facilitar nuestra labor, hemos dividido los epígrafes que aparecen en el Código en tres áreas de estudio: 1) las leyes que abarcan el asesinato, las agresiones y el robo, dentro de las cuales hemos incluido aquellas que afectaban a los fugitivos que huían del reino (un delito muy común en la época debido a las responsabilidades fiscales que los súbditos tenían con los monarcas [5]); 2) las leyes relacionadas con la Historia de las Mentalidades y que comprenden desde la configuración del matrimonio hasta la forma en la que debía regularse el divorcio, pasando por el tabú del sexo y el poder de la religión; y 3) las leyes relacionadas con el apartado económico, que incluyen los precios que debían fijarse por el ganado (especialmente los animales de tiro) y cómo debía regularse el alquiler de las propiedades. Todo ello nos llevará a entender cómo concebían los hititas la servidumbre, qué papel ocupaba la mujer en su sociedad (si bien los pueblos indoeuropeos conservaban un sustrato matriarcal, el Código relegaba a las mujeres a una posición de subordinación) y qué importancia implicaban las obligaciones feudales para la administración del reino y el mantenimiento del orden social.

Contexto histórico. El Reino Antiguo hitita (ss. XVII-XV a. C.)

Los hititas poblaron la zona de la Península de Anatolia a comienzos del II Milenio a. C., donde convivieron con otras poblaciones locales que llevaban establecidas en la región desde el Calcolítico. Sabemos que las relaciones entre ambas comunidades no siempre fueron fáciles, puesto que hay evidencias de que en los años que marcaron el final del Calcolítico hubo episodios de violencia [6] entre estas comunidades y las que tradicionalmente se han asociado a las poblaciones indoeuropeas que se instalaron en la región. Entre estas últimas se encontraban los hititas.

Gracias al Edicto de Telepinu, redactado en torno al siglo XVI a. C., disponemos de una crónica aproximada de los primeros años del Reino Antiguo. En su crónica, Telepinu nos ofrecerá una imagen idealizada del reinado de Hattusili I (considerado como el fundador del llamado Reino Antiguo), con la cual buscará afianzar su poder y fortalecer la monarquía.

No obstante, para conocer los precedentes de la monarquía hitita, debemos remontarnos a los hechos protagonizados por Labarna, término, por otra parte, bastante ambiguo. Si bien por un lado puede hacer referencia al primer monarca que unifica a todos los hititas bajo una entidad política común, la mayoría de los autores utilizan el término como sinónimo de rey. Los datos de los que disponemos son muy fragmentarios y están sujetos a interpretación (Liverani se refiere al vocablo como la “representación ideal de la realeza”[7]). Disponemos también de referencias literarias y arqueológicas correspondientes al monarca Anitta, pero no será hasta el reinado de Hattusili I cuando empecemos a tener una información verdaderamente fiable de los primeros años de existencia del reino [8].

Como monarca de los hititas, Hattusili iniciará una serie de campañas militares contra las poblaciones hurritas y Siria. Su campaña expansionista no solo se apoyará en la guerra. Con el fin de pacificar a las ciudades vencidas, llevará a la práctica una política de pactos y matrimonios que supondrán el acercamiento de las poblaciones locales a la causa hitita, algo que no siempre tendrá el éxito esperado [9].

Desengañado por la luchas de poder que habían estallado para sucederle, Hattusili legará el reino a Mursili I, quien continuará las campañas militares de su abuelo, fortaleciendo su obra y realizando expediciones contra Babilonia.

Tras la muerte de Mursili I, el reino cayó en un período de anarquía que concluye con la llegada al poder de Telepinu, bajo cuyo reinado se estableció cómo debía ser la sucesión al trono (poniendo así fin a las disensiones internas) y se redactó el Código. 
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1. BRYCE, T., El Reino de los hititas, Cátedra, Madrid, 1998, 494 páginas.
2. ÁLVAREZ-PEDROSA, J. A. y BERNABÉ, A., Historia y leyes de los hititas: Textos del Imperio Antiguo. El Código, Ediciones Akal, Madrid, 2000, 255 páginas.
3. Pese a su notable antigüedad y a su carácter eminentemente didáctico, el manual del profesor Arias Condominas nos ha resultado de gran utilidad a la hora de afrontar la lectura de los artículos que conforman el Código (véase BIBLIOGRAFÍA).
4. De especial interés nos ha resultado el artículo de Félix Alonso y Royano sobre el matrimonio hitita (véase BIBLIOGRAFÍA).
5. El hecho de que estos artículos figuren en el Código no es algo anecdótico. Sabemos que el Estado entregaba a cada ciudadano una propiedad a cambio de que ejerciera como soldado, de ahí que el incumplimiento y las deserciones fueran algo común y que era preciso detener.
6. BRYCE, T., 1998, p. 34.
7. LIVERANI, 1995, p. 340.
8. LIVERANI, 1995, p. 339.
9. Si bien Hattusili contraerá matrimonio con las hijas de los señores derrotados, el hecho de nombrar a sus hijos como gobernadores de los reinos ocupados no siempre era visto con buenos ojos por los poderes locales, que veían en esta actitud una usurpación y una pérdida de su autonomía (LIVERANI, 1995, p. 342).