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miércoles, 31 de octubre de 2012

El can (Damian Fryderup) -Texto revisado-


La lluvia [efectuaba un complot] con el gélido viento invernal, para avizorar a toda la hermosa ciudad en la que yo vivía. Era ya de noche, los nubarrones portadores de tormentas extremas para la condición humana, daban a conocer su reinado en el mundo.

[¿Efectuaba un complot? Uhm... Queda un poco raro, ¿no? ¿Qué te parecería sustituirlo por “La lluvia se conjuraba con el gélido viento infernal (...)”? Mejor, ¿no?].

Me encontraba en mi radiante hogar repleto de muebles suntuosos e inundado en cuadros de artes pasados que siguieron su trascendencia para llegar al mundo actual.

Trataba de captar algo en la caja boba, pero no podía conseguirlo. Estaba casi por dormirme, pero aún, tratando de luchar contra los demonios del ensueño que se aliaban entre sí, para desterrarme del vivir cotidiano y llevarme a los mundos oníricos.

Cuando mis dos [fieles] ojos [color] negro como las mismas sombras, estaban a punto de cerrarse por causa del sueño abrumador que estaba consumiendo mi alma, escuché un ruido de dolor.

[¿Dos fieles ojos? El determinante numeral es innecesario en este contexto. Piensa que no es necesario que lo especifiques. ¡Todos tenemos dos ojos! ¿Fieles ojos? Otro error contextual: no se les puede atribuir esa característica a los ojos en este caso. En su conjunto, esta frase resulta un poco confusa, ¿no crees? ¿Que te parecería escribir lo siguiente?: “Cuando mis ojos negros como las mismas sombras (...)”].

Al parecer este ruido punzante provenía de las afueras de mi caserón, y por lo que mis oídos captadores de sonidos delirantes me decían en todos los idiomas conocidos por el hombre, el dueño de tal quejido era una animal, para ser más exacto [era] un can.

[Cometes un error ortotipográfico de escasa importancia (utilizas “una” en vez de “un”, algo normal, vaya). Por otro lado, veo que la frase que sigue a continuación está mal construida. Mientras que la expresión “para ser más exacto (...)” quedaría mejor en plural (“para ser más exactos (...)”), el verbo que le sigue (“era”) hace que la narración sea un poco redundante (date cuenta que ya te refieres a lo que hay fuera de la casa cuando afirmas que “era un animal”). Por otro lado, el término “can” me chirría un poco. Casi podríamos decir que se trata de un tecnicismo y que le quita ese sabor añejo que quieres darle al relato. ¿No quedaría mejor poner “perro” y ya? Así las cosas, en vez de decir “para ser más exacto era un can (...)”, debería decir “para ser más exactos, un perro (...)”. ¡Ojo a las comas!].

Por razones que aún desconozco, me dirigí hacia la puerta de enfrente para dar con el pobre animal; que se quejaba como si lo estuviesen torturando demonios provenientes del octavo círculo del infierno.

[No hay ninguna razón para el punto y coma (;) que pones después de “pobre animal”, pudiendo ser sustituido simplemente por una coma (,). Observa que de nuevo utilizas a los demonios para hacer referencia al estado de ansiedad en que viven tus personajes. Me gusta la expresión, pero no estaría de más que buscases otra metáfora. Releyendo el relato, deduzco que tienes mucha imaginación. ¡No dudes en hacer uso de ella!].

Ya estando frente a la puerta que daba hacia las afueras, tomé la manija e hice el movimiento exacto para poder salir hacia los exteriores, con el fin de conocer al perro que tanto se quejaba del dolor eterno que seguramente sentía.

[De nuevo utilizas un par de expresiones que le dan al texto cierta redundancia. Date cuenta que te refieres a lo mismo cuando dices que la puerta “daba hacia las afueras” o cuando describes al protagonista girando el picaporte para “salir a los exteriores”. Yo que tú, suprimiría la primera expresión en favor de la segunda. Con respecto a ese “salir hacia los exteriores”, creo que pegaría más “salir al exterior”].

Una vez [estaba] fuera de mi caserón, dueño de la protuberancia en toda la manzana, no pude dar con el perro que demostraba al mundo los gritos más desgarradores para la audición humana.

[Ese “estaba” no aporta nada al texto. Creo que quedaría mejor “Una vez fuera de mi caserón (...)”].

Sin saber qué hacer, y al no sentir ningún tipo de sonido agónico efectuado por el ser de la decadencia, me [puse en carrera para dirigirme] nuevamente hacia el corazón de mi hogar. Pero cuando tan sólo di la vuelta para enfilar hasta mi objetivo, sentí nuevamente el grito doloroso del animal desamparado.

[He añadido una conjunción al comienzo de este párrafo, de manera que quede de la siguiente forma “Sin saber qué hacer, y al no sentir ningún tipo de sonido (...)”. Creo que le da una entonación más adecuada. Me gusta mucho este párrafo. Referirte al perro como un “ser de la decadencia” me encanta. Es muy sobrecogedor. He puesto entre corchetes la parte de “puse en carrera para dirigirme (...)” porque en mi opinión resulta un poco farragosa. ¿Qué te parece si lo sustituimos por “Me dirigí nuevamente hacia el corazón de mi hogar (...)?”. Piensa que la sencillez a veces es la mejor aliada de un escritor].

Esta vez pude encontrar al animal, y [me dirigí] rápidamente hacia su posición. El pobre animalito estaba cerca de un árbol ciclópeo que gobernaba [en] los jardines de mi hogar, y que demostraba a leguas sus años vividos en el mundo mortal.

[¡Buen párrafo! Mantienes la tensión y eso mola mucho. Ese “me dirigí (...)” es correcto tal como está, pero como en el párrafo anterior habíamos empleado el mismo verbo, tal vez quedaría mejor decir “Fui rápidamente hacia su posición (...)”. Describes el jardín de forma muy breve y concisa. ¡Muy bien! Para terminar, suprimiría la preposición que pones al comienzo de esa descripción, quedando la frase tal que así “Estaba cerca de un árbol ciclópeo que gobernaba los jardines de mi hogar (...)”].

El perro estaba orinándose en su lugar, sentado, con el rabo vergonzoso escondido entre sus dos piernas [de animal diminuto]. Yo, en un acto de humanidad, me puse [en el trámite de] ayuda y en la piel de un ecologista al intentar ayudar al pobre [mamífero] adolorido por un sinfín de razones [propias de un animal desahuciado].

[Hay muchas cosas que mejoraría en este párrafo. Atento a las comas que pongo al final de “sentado” y “humanidad”. Le dan una mejor entonación al texto. En cuanto a las partes que he puesto entre corchetes, creo que son innecesarias y un pelín redundantes. Fíjate en lo siguiente: el hecho de que escribas una y otra vez la palabra “animal” te obliga a utilizar términos tan técnicos como “mamífero”. Como te comentaba antes, esto nos saca de esa atmósfera gótica que quieres imprimirle al texto. Para evitar esto, te recomiendo un mejor uso de los pronombres].

Pero cuando quise socorrer al indefenso canino éste huyó con una velocidad tan extrema que hasta su alma dejó en aquel árbol vetusto.

Estaba atónito ante tal situación [por el desprecio que tenía el perro hacia mi persona], y decidí seguirlo como un cazador sádico e inundado en sed de sangre incontrolable.

[Al comienzo de la frase, dejas claro que el protagonista se sorprende ante el extraño comportamiento del perro. Por lo tanto, no debes de seguir justificándolo. El fragmento entre corchetes sobra].

El perro se escondió tras uno de los tantos parapetos del jardín delantero, cerca al depósito de herramientas del jardinero. Y yo, aún con ganas arrasadoras de inconsciencia humana, me acerqué hasta su posición para ayudarlo. Pero mientras más lo hacía, más se quejaba. Era como si el animal estuviese viendo al mismo Señor de las Tinieblas o peor aún, al demonio quitador de vidas[;] -a la famosa Parca-.

[¡Los demonios vuelven a la carga! La expresión “Demonio quitador de vidas” me gusta, pero como ya te he comentado, abusas mucho de esa metáfora. Hay más seres de ultratumba sobre los que puedes hablar. Quedaría mejor si te refirieras a La Muerte como tal. El punto y coma que va después de “quitador de vidas” no es válido para esta construcción. Si usaras una coma quedaría mejor. “Señor de las Tinieblas” es un cargo, casi un nombre propio (lo mismo ocurre con "Parca"), y todos los sustantivos propios se escriben con mayúscula. Por lo demás, continúas metiéndonos en la trama poco a poco y sabes cómo mantener el suspense. ¡Muy bien].

En tales momentos me sentía culpable, por algo que jamás había hecho. Mi pasmo era seriamente notable, el sudor formaba caudales en mi cuerpo y mi alma sentía su tortura de la mejor manera. Todo por los gritos de dolor del maldito animal que en un principio quise ayudar y que en momentos [limítales] quise desterrar de la faz del universo, creado por algún dios que nunca dio a conocer su cara a los mortales.

[Aquí te has lucido. Sabes cómo contagiarnos la angustia del protagonista. Otro consejo: suprime la coma que va después de “culpable” y el párrafo te quedará redondo. Sustituye "limitales" por "límite". Queda mejor].

El can seguía gritando por mi presencia, no paraba, sólo tenía el plan de atormentarme con sus sonidos tan dolorosos para un humano digno de llamarlo como tal.

En un acto de sensaciones salvajes decidí acabar con la vida de aquel ser; que sin tener un título de naturalista podía decir que era un cachorro.

Enfilé hacia el depósito del jardinero para tomar alguna herramienta con la que pudiera dar fin a la penosa vida del animal. Una vez que encontré el arma perfecta (un hacha) movilicé nuevamente mi cuerpo para encontrar al perro que demostraba su sigilo tras una pared encubridora de seres vivos.

[¡Vas muy bien! Sólo tengo una objeción (no me la tomes muy en serio, es más por estética que por otra cosa): ese “hacha” que pones entre paréntesis no tiene porque ir en cursiva. Queda raro].

Pero cuando llegué hasta la posición del can, no pude encontrarlo. Miré hacia el portón principal y noté como el perro huía reacio a los problemas del mundo cotidiano y aliviado por no tener que compartir ni un segundo de tiempo junto a mi persona.

Ya con mi cólera de muerte apaciguada por la ausencia del animal adolorido, que [en tiempos pasados] causó tanto deterioro en mi pobre alma de hombre solitario, volví al sofá para seguir con mi trabajo de lucha contra los mundos de ensueño y de búsqueda en la televisión.

[¿"Tiempos pasados"? ¡Pero si apenas han transcurrido unos minutos desde que el protagonista empezó a oír los gemidos del perro! ¿Por qué no pruebas a sustituirlo por “momentos antes (...)”?].

Pero hubo algo en mi cuerpo que me causaba un extraño dolor, era como si mi tórax estuviese rebalsado en ríos de magma. El calor que sentía en tales momentos daba a entender a mi alma que me encontraba a distancias no tan lejanas del infierno.

Me dirigí al baño para lavar mi deteriorado rostro [careciente de caricias] femeninas Una vez terminé mi trabajo sanitario, por razones demoniacas me miré en el espejo. Y fue en aquellos momentos que todo se desmoronó, y que mi alma ya no necesitaba más de su móvil. Puesto que había pasado a otro lugar más propicio y fúnebre.

[Aunque se permite el uso de “careciente”, el término “carente” es el correcto. Por otro lado, pones dos parónimos uno al lado del otro (“carente de caricias”), lo que le da al texto un aire un poco extraño].

Mi rostro parecía estar estrujado por un cíclope con fuerzas desgarradoras, los pómulos estaban sobresalientes, las ojeras teñían mi piel y mi anatomía humana ya no era la de carne, piel y huesos; sólo era la de huesos y cutis. Era como si me hubiese convertido en un esqueleto andante con vida mortal.

[Me encanta esta descripción. ¡Muy bien!].

En tales momentos no comprendía [tal] situación tan decadente para un humano trivial. Lo único que avanzaba por los largos senderos de mi mente era dormir lo que más pudiese, para reconstituirme y así poder recobrar mi rostro pasado.

[En lugar de “tal situación (...)” quedaría mejor “una situación (...)”. Fíjate en el parónimo que se forma cuando juntas "tal situación tan decadente (...)". ¡Es imposible leerlo bien!].

Pero cuando abrí la puerta que me mostraría mi titánico cuarto, pude avistar lo más vacio para mi alma y los más trágico para mi tan completa carrera como mortal.

Era mi cuerpo, estaba tendido en la cama de sabanas blancas que se habían tornado color bermellón por la sangre seca que en el pasado fluyó por mis venas. Y al lado de mi cuerpo careciente de belleza, se podía ver el cuchillo que había actuado en el papel de causar la muerte a un ser vivo.

Cada día, mi deterioro me iba consumiendo como lo hacen las llamas en la materia. Cada día mi rostro se tornaba más y más fúnebre. Y siempre mi esqueleto daba un paso más para mostrar su comandancia en mi cuerpo fétido y agazapado por los hedores propios de un ser sin vida.

En cuanto al pobre animal que alguna vez quise matar, [me di cuenta] porque me temía tanto, me di cuenta de lo que yo era realmente. Pero en la actualidad, es mi mejor amigo. Ya que la calle que se hallaba frente a mi casa era muy transitada por automóviles[;-seguramente el pobre animal no se percató de esto-.

[En el mismo párrafo repites dos veces la expresión “me di cuenta”. Un despiste sin más. Prueba a sustituirlo por un “por fin supe porque me temía tanto (...)”. Los guiones que pones en la última oración no tienen razón de ser. Casi mejor que sustituyas el punto y coma que va después de "automóviles" por un punto y seguido, de manera que la cosa quede así "(....) era muy transitada por automóviles. Seguramente el pobre animal no se percató de esto (...)"].

Ahora, los dos vagamos por espacios impropios de la vida y él ya no me teme, sólo me mira perdido y a la vez con rumbo, como dándome esperanzas de que alguna vez volveremos a nacer. Y volveremos a inundar nuestras almas con el júbilo de estar vivos.

CONCLUSIÓN:

Un relato escrito al más puro estilo de Poe (es imposible no acordarse de "El Cuervo"). Sabes como captar la atmósfera y utilizas un vocabulario a la altura de la trama (aunque es cierto que a veces peca un poco de altisonante). La idea (un muerto que se da cuenta de que lo está gracias a la providencial aparición de un perro) es buena. Me gusta como concluyes la historia (al final el espíritu del perro se convierte en el compañero de fatigas del protagonista). Personalmente, cambiaría el título del relato y lo llamaría simplemente “El perro”, pero esto no deja de ser una opinión (la verdad es que, mira tú por dónde, le estoy empezando a coger gusto al título).

Apruebas (y con nota) el apartado argumental. Otra cosa es el estilo. En muchas ocasiones caes en el error de contarnos datos y situaciones que el lector ya da por sentadas (¡ojo a lo que te digo sobre a las redundancias!). También empleas un vocabulario muy técnico que a veces chirría un poco con el aire siniestro que quieres darle a la historia. Evitas repetir palabras. Eso está muy bien, pero debes hacer un mejor uso de los pronombres y no emplear tantos sinónimos a la hora de referirte a algo (en ocasiones, la lectura del relato es un poco farragosa). En lugar de embellecer el texto, procura darle algo más de agilidad. Así no cansarás tanto al lector.

No dudes en seguir escribiendo. ¡Ánimo y adelante! :-)
  • Podéis leer el relato tal y como lo concibió su autor aquí.

El can (Damian Fryderup)

Os presentamos el relato de Damian Fryderup "El can", texto con el que desempolvamos nuestra fallida sección de "Relatos Noveles". Como ya explicamos en su momento, el objetivo de esta propuesta no es otra que la de hacer un taller literario entre todos, fomentar la lectura de autores más o menos desconocidos y que nunca serían publicados por "Norma" y, ya de paso, pulir la escritura de esas promesas que pululan por la red. Porque aunque a veces nos llevemos las manos a la cabeza por las cosas que uno ve escritas por ahí, el talento no es algo inexistente. 

Así que sin más dilación, aquí tenemos el relato íntegro de nuestro amigo Damian. Próximamente subiremos otra versión en la que destacaremos (y siempre desde nuestro punto de vista) aquellos puntos qué podrían mejorarse, tanto argumentales como gramáticos.

EL CAN
por Damian Fryderup

[...] él ya no me teme, sólo me mira perdido y a la vez con rumbo, como dándome esperanzas de que alguna vez volveremos a nacer.

La lluvia efectuaba un complot con el gélido viento invernal, para avizorar a toda la hermosa ciudad en la que yo vivía. Era ya de noche, los nubarrones portadores de tormentas extremas para la condición humana, daban a conocer su reinado en el mundo.

Me encontraba en mi radiante hogar repleto de muebles suntuosos e inundado en cuadros de artes pasados que siguieron su trascendencia para llegar al mundo actual.

Trataba de captar algo en la caja boba, pero no podía conseguirlo. Estaba casi por dormirme, pero aún, tratando de luchar contra los demonios del ensueño que se aliaban entre sí, para desterrarme del vivir cotidiano y llevarme a los mundos oníricos.

Cuando mis dos fieles ojos color negro como las mismas sombras, estaban a punto de cerrarse por causa del sueño abrumador que estaba consumiendo mi alma, escuché un ruido de dolor.

Al parecer este ruido punzante provenía de las afueras de mi caserón, y por lo que mis oídos captadores de sonidos delirantes me decían en todos los idiomas conocidos por el hombre, el dueño de tal quejido era una animal, para ser más exacto era un can.

Por razones que aún desconozco, me dirigí hacia la puerta de enfrente para dar con el pobre animal; que se quejaba como si lo estuviesen torturando demonios provenientes del octavo círculo del infierno.

Ya estando frente a la puerta que daba hacia las afueras, tomé la manija e hice el movimiento exacto para poder salir hacia los exteriores, con el fin de conocer al perro que tanto se quejaba del dolor eterno que seguramente sentía.

Una vez estaba fuera de mi caserón, dueño de la protuberancia en toda la manzana, no pude dar con el perro que demostraba al mundo los gritos más desgarradores para la audición humana.

Sin saber qué hacer, al no sentir ningún tipo de sonido agónico efectuado por el ser de la decadencia, me puse en carrera para dirigirme nuevamente hacia el corazón de mi hogar. Pero cuando tan sólo di la vuelta para enfilar hasta mi objetivo, sentí nuevamente el grito doloroso del animal desamparado.

Esta vez pude encontrar al animal, y me dirigí rápidamente hacia su posición. El pobre animalito estaba cerca de un árbol ciclópeo que gobernaba en los jardines de mi hogar, y que demostraba a leguas sus años vividos en el mundo mortal.

El perro estaba orinándose en su lugar, sentado con el rabo vergonzoso escondido entre sus dos piernas de animal diminuto. Yo, en acto de humanidad me puse en el trámite de ayuda y en la piel de un ecologista al intentar ayudar al pobre mamífero adolorido por un sinfín de razones propias de un animal desahuciado.

Pero cuando quise socorrer al indefenso canino éste huyó con una velocidad tan extrema que hasta su alma dejó en aquel árbol vetusto.
 
Estaba atónito ante tal situación por el desprecio que tenía el perro hacia mi persona, y decidí seguirlo como un cazador sádico e inundado en sed de sangre incontrolable.

El perro se escondió tras uno de los tantos parapetos del jardín delantero, cerca al depósito de herramientas del jardinero. Y yo, aún con ganas arrasadoras de inconsciencia humana me acerqué hasta su posición para ayudarlo. Pero mientras más lo hacía, más se quejaba. Era como si el animal estuviese viendo al mismo señor de las tinieblas o peor aún al demonio quitador de vidas;-a la famosa parca-.

En tales momentos me sentía culpable, por algo que jamás había hecho. Mi pasmo era seriamente notable, el sudor formaba caudales en mi cuerpo y mi alma sentía su tortura de la mejor manera. Todo por los gritos de dolor del maldito animal que en un principio quise ayudar y que en momentos limítales quise desterrar de la faz del universo, creado por algún dios que nunca dio a conocer su cara a los mortales.

El can seguía gritando por mi presencia, no paraba, sólo tenía el plan de atormentarme con sus sonidos tan dolorosos para un humano digno de llamarlo como tal.

En un acto de sensaciones salvajes decidí acabar con la vida de aquel ser; que sin tener un título de naturalista podía decir que era un cachorro.

Enfilé hacia el depósito del jardinero para tomar alguna herramienta con la que pudiera dar fin a la penosa vida del animal. Una vez que encontré el arma perfecta (un hacha) movilicé nuevamente mi cuerpo para encontrar al perro que demostraba su sigilo tras una pared encubridora de seres vivos.

Pero cuando llegué hasta la posición del can, no pude encontrarlo. Miré hacia el portón principal y noté como el perro huía reacio a los problemas del mundo cotidiano y aliviado por no tener que compartir ni un segundo de tiempo junto a mi persona.

Ya con mi cólera de muerte apaciguada por la ausencia del animal adolorido, que en tiempos pasados causó tanto deterioro en mi pobre alma de hombre solitario, volví al sofá para seguir con mi trabajo de lucha contra los mundos de ensueño y de búsqueda en la televisión.

Pero hubo algo en mi cuerpo que me causaba un extraño dolor, era como si mi tórax estuviese rebalsado en ríos de magma. El calor que sentía en tales momentos daba a entender a mi alma que me encontraba a distancias no tan lejanas del infierno.

Me dirigí al baño para lavar mi deteriorado rostro careciente de caricias femeninas. Una vez terminé mi trabajo sanitario, por razones demoniacas me miré en el espejo. Y fue en aquellos momentos que todo se desmoronó, y que mi alma ya no necesitaba más de su móvil. Puesto que había pasado a otro lugar más propicio y fúnebre.

Mi rostro parecía estar estrujado por un cíclope con fuerzas desgarradoras, los pómulos estaban sobresalientes, las ojeras teñían mi piel y mi anatomía humana ya no era la de carne, piel y huesos; sólo era la de huesos y cutis. Era como si me hubiese convertido en un esqueleto andante con vida mortal.

En tales momentos no comprendía tal situación tan decadente para un humano trivial. Lo único que avanzaba por los largos senderos de mi mente era dormir lo que más pudiese, para reconstituirme y así poder recobrar mi rostro pasado.

Pero cuando abrí la puerta que me mostraría mi titánico cuarto, pude avistar lo más vacio para mi alma y los más trágico para mi tan completa carrera como mortal.

Era mi cuerpo, estaba tendido en la cama de sabanas blancas que se habían tornado color bermellón por la sangre seca que en el pasado fluyó por mis venas. Y al lado de mi cuerpo careciente de belleza, se podía ver el cuchillo que había actuado en el papel de causar la muerte a un ser vivo.

Cada día, mi deterioro me iba consumiendo como lo hacen las llamas en la materia. Cada día mi rostro se tornaba más y más fúnebre. Y siempre mi esqueleto daba un paso más para mostrar su comandancia en mi cuerpo fétido y agazapado por los hedores propios de un ser sin vida.

En cuanto al pobre animal que alguna vez quise matar, me di cuenta porque me temía tanto, me di cuenta de lo que yo era realmente. Pero en la actualidad, es mi mejor amigo. Ya que la calle que se hallaba frente a mi casa era muy transitada por automóviles;-seguramente el pobre animal no se percató de esto-.

Ahora, los dos vagamos por espacios impropios de la vida y él ya no me teme, sólo me mira perdido y a la vez con rumbo, como dándome esperanzas de que alguna vez volveremos a nacer. Y volveremos a inundar nuestras almas con el júbilo de estar vivos.  

miércoles, 31 de marzo de 2010

50 minutos sobre el Atlántico (Judith Noda Mayor)

El siguiente texto no está escrito por mí, sino por la autora novel Judith Noda Mayor. Con ella inauguramos la sección "Relatos Noveles", con la que pretendemos, al estilo de Escritorzuelos, desempolvar vuestros relatos y mostrarlos al público. Queremos así animaros a escribir y a que nos contéis vuestras historias. Como muchos ya sabéis, no siempre somos justos con nuestras creaciones, pues mientras que unas veces pensamos que nuestro esfuerzo no ha sido lo suficientemente valorado, otras (la mayoría) nos avergonzamos de lo que hemos escrito y dejamos a nuestro retoño en el fondo del cajón, durmiendo el sueño de los justos.
Bien, pues ya es hora de ir cambiando eso. ¿Queréis animaros a participar? Es muy sencillo. Basta con que nos enviéis vuestros relatos a la dirección de correo que aparece en Mi perfil... Y nosotros nos encargaremos del resto. Vuestro relato aparecerá publicado en este blog y, entre todos, os ayudaremos a mejorarlo (exactamente, más o menos a la manera de un taller literario). Como es lógico, también aprovecharemos para contaros qué nos ha parecido. Al fin y al cabo, esa siempre ha sido la misión de Crítica Literaria, ¿no?
Con respecto a la extensión de los relatos, éstos no deben superar los dos folios. ¿El motivo? Bueno, ya sabéis lo difícil que resulta a veces leer a través de la pantalla del ordenador. Una historia excesivamente larga puede cansar al lectores, y lo último que queremos es que éstos se desanimen y "pasen" de leer el texto. En caso de que el relato sea excesivamente largo, ya veríamos de qué manera podríamos publicarlo. De todos modos, siempre nos quedará la posibilidad de dividirlo en diferentes partes. Así que ya sabéis: ¡si tenéis un historia que contar nosotros estaremos aquí para escucharla!
Y ahora, sin más dilación, demos paso al relato de la señorita Noda Mayor. Parece que tiene algo que ver con un avión y un viaje. ¿Nos acompañáis?

Cincuenta minutos sobre el Atlántico

En cuanto se le ocurrió la idea, Sabina soltó el libro que estaba leyendo y buscó con impaciencia en su bolso los instrumentos necesarios para llevar a cabo su propósito. Resultó sencillo dar con el primero de ellos, el bolígrafo azul del laboratorio que siempre llevaba consigo.
El papel donde utilizarlo, sin embargo, fue un material mucho más difícil de conseguir. Como sustituto de una hoja en blanco, contaba tan sólo con el resguardo de la tarjeta de embarque, las entradas para Turandot que había adquirido hacía apenas un mes, en plena vorágine consumista, además de su hoja de matrícula para la Universidad y un fragmento de ticket del barco a La Graciosa, repleto de chicles cuyo sabor había desaparecido en el momento mas inoportuno.
Ninguno de estos lienzos era lo suficientemente grande, ni estaba lo suficientemente en blanco, como para acoger todas las ideas que se agolpaban en su mente, y no se encontraba precisamente en el lugar idóneo para adquirir algo mejor, a menos que aquel pequeño avión de Islas Airways contara con su propia papelería a bordo.
Sonrió al darse cuenta de la absurdez que había imaginado, mientras seguía enfrascada en la búsqueda de algún papel mayor en su equipaje de mano.
Al encontrar la caja vacía de Biodramina que necesitó para subir al barco hace cuatro días, cayó en la cuenta de que la tan ansiada libreta provisional podía hallarse justo ante sus narices. Levantó la cabeza, y ahí estaba. Una reluciente, amplia e inmaculada bolsa para el mareo. Suficiente para recoger sus primeras impresiones, fruto del fuerte impulso de escribir que se había apoderado de ella unos minutos antes.
No era la primera vez que le ocurría, y casi siempre había sucedido en medio de algún viaje. Tal vez fuera por el halo de transcendencia y misticismo con el que siempre los había relacionado, o simplemente como consecuencia de un sentimiento mucho más mundano: el aburrimiento propio de tantas horas de espera en aeropuertos, estaciones y medios de locomoción.
Sea como fuere, Sabina consideraba que los viajes, al igual que la soledad, el dolor y los paisajes idílicos, habían sido siempre su mejor fuente de inspiración.
Sin embargo, esta vez no se trataba sólo de eso. En otras ocasiones, ni las experiencias vividas, ni el viaje en sí, habían sido suficientes para dejarla en el estado de excitación e impaciencia en el que se encontraba ahora. De hecho, éste estado incluso le había llevado a entender, o más bien a compartir, la consigna que había usado meses atrás un viejo amigo: “Sólo sé que lo importante ahora es escribir, escribir, escribir…”.
Entonces, había tomado esta afirmación como una de las armas utilizadas tan a menudo por él para crear a su alrededor una continua imagen de bohemio y soñador. O tal vez se tratara del tan comentado uso de la escritura como desahogo ante una soledad que empezaba a hacerse insoportable. Una propiedad de la que ella siempre, o casi siempre, se había aprovechado.
Pero no. Se percataba de que ni la soledad, ni el romanticismo, ni el dolor, ni tan siquiera el aburrimiento, estaban siendo el motor que guiaba su mano, bolígrafo en ristre, a escribir una frase tras otra en aquella bolsa para el mareo, ante la estupefacta mirada de su remilgada y ya madura compañera de viaje.
Aunque en un primer momento se sintió orgullosa del pequeño escándalo que estaba causando en el cuadriculado mundo de la señora, finalmente se apoderó de ella ése excesivo sentido de la vergüenza del que solía hacer gala, y que la llevó a intentar resguardar su “libreta”, tan falta de glamour, bajo el libro que llevaba con ella.
Entonces detuvo su orgía creativa por unos instantes. Sólo los suficientes para darse cuenta de que ése mismo libro, “La insoportable levedad del ser”, había supuesto gran parte de su inspiración. De hecho, estaba tomando prestados momentáneamente para su relato, dos de los nombres de los personajes creados por Milan Kundera, anclados ya tan profundamente en su pensamiento, que resultaba imposible sacarlos y crear unos nuevos.
-Ya habrá tiempo para sutilezas -pensó. Y volvió a la idea recurrente-. Ahora lo importante es escribir…
Pero, ¿cómo había conseguido la historia del escritor checo atraer a las musas a tal velocidad?. La respuesta era sencilla. Por primera vez, había identificado la forma de escribir de otro ser humano con la suya propia.
Ni por asomo las comparaba. Nadie se atrevería a tanto. Simplemente, las historias entrelazadas y descritas desde distintos puntos de vista, así como el análisis de lo que nos lleva a actuar de una u otra forma, y las pequeñas reflexiones que en los momentos relevantes tenemos con nosotros mismos, habían llevado a Sabina a darse cuenta de qué era lo que necesitaba para relatar algo que mereciera la pena ser leído.
Era una idea a la que ya había dado vueltas antes, pero que no había llegado a materializarse.
En su caso, la fuente inagotable de palabras e historias, era la propia experiencia. La descripción detallada de lo que le estaba ocurriendo, sin apenas artificios. Sólo lo real. Lo palpable. Y tal vez, con esta brecha al fin abierta, daría con el filón que había buscado innumerables veces. Ése umbral que intenta cruzar todo aspirante a escritor. La puerta hacia una inspiración propia, imperecedera, que consigue que una persona relate su propia existencia de una forma hermosa, no sólo para sí misma, sino para algún lector eventual.
Incluso se atrevió a soñar con que ése primer momento la llevara algún día a cruzar una frontera aún mayor. A que fuera la antesala a un estado mucho mas elevado de la imaginación humana, el de la verdadera creación, generar historias a partir de la nada.
Sabía que aquello suponía otra vuelta de tuerca de difícil consecución. Debían correr ríos de tinta, aún. Pero, después de todo, al tiempo que apuraba las últimas líneas en el antiestético diario, pensaba que todo buen relato debía provenir, en parte, de ensoñaciones abstractas y de una ambición desmedida.
Nuevamente, se detuvo a reflexionar. Faltaba una pieza en el puzzle. Una certeza que desde el principio luchaba por salir a la luz, y de la que, en el fondo, había sido consciente desde un principio.
Algo más había despertado este deseo en ella. Algo mucho más simple que el libro de un gran escritor: el relato de un adolescente.
Una sencilla redacción para el instituto. Y sí, en esta sencillez radicaba su belleza. En una historia sin pretensiones, sin demasiados adornos, y sin trascendencia intencionada. En las ilusiones y deseos de un muchacho joven. En la nobleza de quien sólo intenta expresar un sentimiento. Y por último, en lo que podía leerse entre líneas: la gran persona que surgiría de ese pequeño escritor.
Sabina se permitió mirar por la ventana. El cielo azul, y las escasas nubes que rodeaban al aeroplano, parecían contribuir a una mayor exaltación de su espíritu, que ya se encontraba a gran altura, tras comprobar lo que la modesta historia de Franz había provocado en ella.
Sonrió de nuevo, imaginando la cara que pondría él al saberlo, y al leer la narración que estaba cogiendo forma a 11.000 metros de altura, sobre el Atlántico.
Deseó que aquel trayecto no terminara nunca, pero cuando mejor parecían fluir las palabras, y habiendo perdido ya por completo la noción del tiempo, se encendió el piloto que ordenaba volver a abrocharse los cinturones.
Instantes después, una azafata confirmaba el inminente aterrizaje sobre su isla, obligando a Sabina a postergar su relato. No importaba. Complacida, y aunque el avión descendiera, podía sentir como su imaginación seguía volando a una velocidad vertiginosa, aún cuando tocaron tierra.
Por primera vez, estaba segura de que en esta ocasión, el final del viaje no supondría el final de la historia, sino el principio.

La opinión de Crítica Literaria: La inspiración aparece en los lugares más inverosímiles, ya sea mientras damos un paseo por las calles de nuestra ciudad, observamos una puesta de sol... o vamos a bordo de una avión junto a una estirada señora con cara de pocos amigos. Judith nos ha contado de qué forma nacen las historias, acercándonos a algo tan complejo como es el proceso creativo. Y es que cuando sentimos la necesidad de escribir, da lo mismo que utilicemos una elegante libreta de anillas, un envoltorio de un chicle o una bolsa para el mareo. Las ideas siempre están ahí, dispuestas a que les demos forma. Tampoco podemos olvidarnos de la influencia que recibimos de nuestro escritor preferido, independientemente de que éste sea Milan Kundera (genial ese guiño a La insoportable levedad del ser) o cualquier otro que tengamos esperándonos junto a la mesilla de noche.
Quizá el texto resulte algo denso para la historia que se propone contarnos, pero... ¿acaso, antes de ser plasmadas en el papel, las ideas no tienen que transcurrir por todo ese camino que nos describe la autora? Por no hablar de esa ansiedad que sentimos cuando nos enfrentamos a la tiranía del papel en blanco, sentimiento que se transforma en satisfacción cuando vemos que hemos conseguido crear unos personajes que, hasta entonces, sólo existían en nuestra mente. El mensaje del cuento resulta claro ("ahora lo que importa es escribir, escribir, escribir...") y supone una invitación a todos aquellos que quieran adentrarse en este fascinante mundo, lo cual, visto como está el panorama actualmente, es de agradecer.
Sin lugar a dudas, se trata de un relato arriesgado. Es muy difícil escribir sobre una cuestión tan compleja y no recurrir a los tan socorridos tópicos. Y no cabe duda de que nuestra escritora ha conseguido sortear tales escollos, cuidando la expresión al máximo y utilizando un lenguaje tan ameno y sencillo que logra entretener. En fin, ¿qué más puedo deciros? Me gustan las puertas abiertas, y esta historia nos está invitando a adentrarnos en ella. Y si para colmo seguimos el ejemplo de su protagonista, pues tanto mejor.
Y vosotros, ¿qué pensáis?