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miércoles, 26 de abril de 2017

Falsos dioses: Las raíces de la Herejía (Graham McNeill)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Falsos dioses: Las raíces de la Herejía (de la colección "La Herejía de Horus")
  • Autor: Graham McNeill
  • Editorial: Timunmas
  • Número de páginas: 346
  • Año: 2006 (2016 para la edición española)
Una vez leído el segundo volumen de "La Herejía de Horus", llego a la conclusión de que ahí fuera se sigue haciendo ciencia ficción de la buena y que no es necesario recurrir a cualquier distopía juvenil chorra (léase "Los Juegos del Hambre") para resucitar el género. Esta vez no me andaré con desvaríos y pasaré directamente a comentar el libro. Solo diré que, casi veinte años después, he vuelto a ver "Beast Wars" y estoy alucinando con la inteligencia con la que sus guionistas trataban al público infantil. Quizá el hecho de que la serie fuera canadiense tuviera algo que ver (todos sabemos cómo se las gastaban los Power Rangers, esa mamarrachada sobre "el Poder de la Amistaaaad" que hacía que tus padres quisieran llevarte a Soria en coche y luego dejarte allí), pero lo digo totalmente en serio: salvo por el apartado gráfico, la serie ha envejecido bastante bien (todavía estoy por la primera temporada, no sé cómo andarán las cosas en las dos restantes) y era, en resumidas cuentas, todo lo que un chaval de 11 años podía pedir: tiros, acción y unos diálogos chispeantes. Sí, la franquicia era una excusa para vender muñecos, pero es sorprendente encontrarse con un producto de una calidad más que sobresaliente (a ello también contribuye el excelente doblaje que tuvo la serie en España, donde la práctica totalidad del equipo venía de trabajar en "Los Simpson"). Igual es que los años me están pasando factura, pero tuve la suerte de crecer en una época en la que buena parte de las series de dibujos todavía confiaban en la inteligencia de su público. Luego llegó Pokémon y se jodió todo.

Sí, seguramente antes de que termine el año me anime a redactar una entrada sobre "Beast Wars" y lo mucho que significó para mí. Puede que si no estuviese en paro y no sufriese una depresión crónica (¡Putos días! ¡Todos me parecen iguales!), "Beast Wars" y su puta madre me diesen exactamente lo mismo, pero no es así. Es una serie cojonuda y como tal debe ser recordada. Mi personaje favorito era Dinobot, un velociraptor que al principio era de los "malos" y que, tras liarse a tortas con Megatron (aka Esperanza Aguirre), se fue a PODEMOS y le disputó el liderazgo a Optimus Primal. Dinosaurios y "robotos" con ganas de marcha. Joder, cómo echo de menos ser niño, me cago en Dios...

Menos mal que no iba a andarme con desvaríos... Dicho esto, pasemos a hablar de "Falsos dioses". Ya os advierto que tampoco hay mucho que decir. La novela es bastante buena, pero no es algo excesivamente memorable. Todavía estoy esperando encontrarme en el universo 40K con algo que me impresione de la misma forma como en su momento lo hizo "Los muertos y los condenados". Esta novela, no me cansaré de repetirlo, es el apoteosis de la excelencia en el mundo Warhammer.

McNeill retoma el testigo donde lo dejó Abnett, con los Lobos Lunares (ahora llamados Hijos de Horus) prosiguiendo con la Gran Cruzada y un Señor de la Guerra cuya fe en el Emperador ha comenzado a tambalearse. Erebus, tras provocar la guerra entre el Imperio y los Interexianos, sigue jodiendo la marrana de tal forma que ha sembrado la discordia en el seno del Mournival. La ruptura de este cónclave tendrá en el futuro consecuencias terribles, enfrentando a Loken y Torgaddon, leales al Emperador, contra Aximand y Abbadon, cuya fidelidad a Horus es infinita. Y si en este punto os habéis perdido entre tanto nombre, no tenéis de qué preocuparos: pongamos que la Liga Rebelde de los Alopécicos terminará por declararle la guerra al Club Deportivo Melenudo en su empeño por conquistar la Galaxia. Sí, lo sé, es una manera bastante tonta de diferenciar a los personajes, pero ya os digo que en esta saga de libros salen hasta de debajo de las piedras. Y lo peor es que todos parecen que actúan y hablan igual. Aunque es hacer algo de trampa, los atributos físicos de cada personaje nos ayudan a situarnos mejor en la historia. Eso me recuerda mucho a cuando mi madre me llevó al cine a ver "Parque Jurásico" y, comentando la película de vuelta a casa, se refería a Hammond como "El Viejo" y a Malcolm como "El de las gafitas". Adoro a mi madre.

Erebus, al más puro estilo de Alberto Granados, consigue engañar a Horus para que se dirija a un mundo imperial llamado Davin (ahora mismo no recuerdo si la acción tiene lugar en una luna, pero lo mismo da), pues todo parece indicar que las fuerzas que en su momento se encargaron de su pacificación han renegado del Emperador. Horus no puede consentir esto y se dispone a intervenir... Con tal mala suerte que, justo en mitad de la batalla contra el poseído comandante de la guarnición, es herido por este con el espadón que Erebus le había robado a los interexianos. No hay tiempo que perder: Horus se encuentra en el umbral de la muerte y la única manera de salvarlo es someterlo a las artes de La Logia de la Serpiente. Todos los subordinados de Horus aceptan menos Loken y Torgaddon, los cuales caerán en desgracia una vez que el Primarca regrese de entre los muertos.

Pero no acaba aquí la cosa, puesto que Horus se encuentra en el Limbo con su colega Sejanus (muerto en la novela anterior durante el asalto a Sesenta y Tres Diecinueve) y este le convence que todo cuando le han contado del Emperador es una mentira tan gorda como la inocencia de Ignacio González. Al final Horus descubrirá que Sejanus no es otro que Erebus, que ha terminado revelando sus intenciones y engañando a todos una vez más. Tras mostrarle el futuro (el cual, si uno más o menos controla el tema, verá que no se trata de una alucinación, sino de una auténtica profecía) y el pasado (donde el propio Horus, en un primoroso Deus ex Machina, es el responsable de que las cápsulas que contenían los cuerpos de los Primarcas -más los de aquellos que desaparecieron de los registros- salgan volando del "laboretorio" y se pierdan en el vacío cósmico), Horus acaba convencido de que tiene que darle matarile al Emperador y ocupar su lugar. Y tras declararle la guerra a otra facción de humanos que pasaba por allí, se reúne con sus más allegados y les expone sus planes para usurpar el trono. Se allana así el camino para los dramáticos acontecimientos de Istvaan III que, presumiblemente, serán contados en el siguiente volumen.

Por ahí también se cuentan las peripecias que sufren los rememoradores protagonistas de la anterior entrega. ¡Y lo mal que lo pasan los pobrecicos...! Euphrati Keeler se convierte al Culto Imperial tras enfrentarse a la Disformidad en Sesenta y Tres Diecinueve y acomete su primer milagro; Karkasy, tras recibir la paliza de su vida en "El Señor de la Guerra", aparece de nuevo para acabar siendo asesinado por un agente de Horus; Sindermann, como buen iterador, sigue apalancado entre sus libros... Y no, ni Mariñas ni María Patiño salen en esta novela, aunque no puedo evitar pensar que Petronella Vivar es una especie de Ana Rosa Quintana pasada de vueltas que obliga Maxím Huerta (aquí Maggard) a acostarse con él.

Como su anterior entrega, "Falsos dioses" cumple con lo que promete y mola bastante. Los actos no aparecen tan bien definidos como en "El Señor de la Guerra", pero siguen habiendo tiros a golpe de bólter y muertos... muchos muertos... Ya sean de esos que reviven gracias a los poderes del Caos o bien de los que dejan los Marines en la pista de aterrizaje del "Espíritu Vengativo" tras regresar con el Primarca moribundo a la nave. Una pena que precisamente esta subtrama se termine desdibujando y solucionándose por sí sola. Y me jode bastante, porque la cosa prometía. Igual es que el autor tenía demasiados frentes abiertos y no sabia cómo darle fin a la movida. Se podía haber sacado bastante de ahí. Pero bueno, mejor eso a que fuera premeditado. Eso sí, si os vais a leer el libro, aseguraos de seguir el orden de los títulos que conforman la saga. De lo contrario, no os enteraréis de nada. Sé que es una obviedad, pero no seria la primera vez que cojo cualquier chorrada al azar y salgo escaldado. Los personajes y la acción cumplen (si bien los primeros vuelven a ser un centenar y eso siempre confunde al lector) y nunca está de más ver a un dios caer de su pedestal.

Y poco más. Una vez más, nos encontramos con una novela de fácil lectura y de un género totalmente infravalorado, pero el rollo es lo suficientemente atractivo como para terminárselo en apenas un par de días (la última mitad del libro me lo comí en una madrugada). Recomendadísimo independientemente de que el mundo Warhammer te la coma de lado o te mojes encima pensando en la próxima figura que vas a comprarte. No todo el mundo puede decir eso. ¡Ea! Ahí os quedáis.

viernes, 31 de marzo de 2017

Horus, Señor de la Guerra: Las semillas de la Herejía (Dan Abnett)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Horus, Señor de la Guerra: Las semillas de la Herejía (de la colección "La Herejía de Horus")
  • Autor: Dan Abnett
  • Editorial: Timunmas
  • Número de páginas: 348
  • Año: 2006
Hace un tiempo, cuando comenté "Los muertos y los condenados", hice un breve esbozo sobre cuál había sido mi primera aproximación al mundo Warhammer. Hoy en día es un universo al que suelo volver muy de cuando en cuando, ya sea revisando los catálogos de Games Workshop que todavía conservo en casa de mis padres cuando me dejo caer por allí cada verano o bien cuando echo una partida al "Starcraft", cuyas similitudes con la franquicia que nos ocupa se supone que surgieron a raíz de unos contactos que Blizzard y Warhammer mantuvieron a comienzos de los 90 para desarrollar un videojuego basado en las aventuras de los Marines Espaciales... Ya digo, "se supone", porque es una información que vi esta tarde en un meme de "Desmotivaciones"... Y todos sabemos que los memes tienen menos credibilidad que una noticia de "Mediterráneo Digital". Sea como sea, el resultado es de todos conocido: las dos compañías no llegaron a un acuerdo y Blizzard terminó montándoselo por su cuenta, lo cual no estuvo en absoluto nada mal. La epopeya de Raynor, Tassadar y cía bien merecía contarse.

En cualquier caso, las figuras de Warhammer molan. Molan bastante, aunque los precios sean prohibitivos para alguien que ha terminado renunciando a los desayunos con tal de llegar a fin de mes (en Workshop he visto un Smaug de "El Hobbit" que cuesta dos plazos de matrícula por lo menos). Cada cual se gasta el dinero en lo que quiere: los hay que se dejan la pasta en la Play 4, cuerdas para la guitarra o bien en las mensualidades del gimnasio. Están también los que se lo gastan en putas y barcos (¿algún político de PP en la sala?)... Y luego estoy yo, que de cuando en cuando me arrastro al estanco de la esquina para comprarme una bolsa de maíz picante Grefusa, un vicio que terminará arruinándome y provocándome un cáncer de estómago. Al igual que un Marine Espacial de tres duros, soy un hombre de gustos toscos y poco refinados. ADORO esos puñeteros quicos y mi única preocupación es que terminen retirándolos del mercado tal y como hicieron con las Ruffles Chili-Bravas, un golpe del que todavía no me he recuperado (ni me recuperaré).

A lo que vamos: "Las semillas de la Herejía", el libro que comentaremos hoy después de casi medio año de voluntario exilio, es una novela que nos traslada al universo Warhammer 40.000 (también conocido como 40K)... Aunque esto no es del todo cierto, dado que la historia tiene lugar una burrada de años antes (concretamente, en el año 30.000), cuando el Imperio de la Humanidad estaba empezando a expandirse por la Galaxia. Por entonces, la Tierra tenía un Gobierno Unificado y dirigido por un Emperador inmortal. Tras una larga serie de guerras y conflictos armados entre las naciones de la Tierra, el Emperador, que llevaba deambulando por el mundo desde el principio de los tiempos, se dio a conocer e impuso su poder (no os perdáis los orígenes de este singular personaje, en serio). El destino de la Humanidad estaba en las estrellas, de manera que creó a los Marines Espaciales para que llevasen su nombre a todos los rincones del Universo. Los Marines, a su vez, estaban dirigidos por los Primarcas, un grupo de Superhombres (no, Nietzsche, no tiene nada que ver en esto... o sí... no lo sé) creados genéticamente por el Emperador. Cada legión de Marines tenía su Primarca, que era adorado por sus subordinados como si se tratase de un padre o un hermano mayor (aunque atendiendo a la trama de la novela, casi dan ganas de llamar a Pedro García Aguado).

Cyber-Jesús resucitado. Próximamente en su iglesia más cercana.

La conquista del espacio tenía como objetivo no solo llevar a la Humanidad y al Emperador allí de donde Carrero Blanco no volvió, sino también reencontrarse con aquellas colonias humanas que, al más puro estilo de "Battlestar Galáctica", se habían asentado en otros planetas años antes de la llegada del Emperador al trono. La guerra en la Tierra había hecho que el contacto con ellas se perdiera y era deber del líder encontrarlas para así lograr su propósito de convertir a la Humanidad en una "Unidad de destino en lo Universal" (cualquier afiliado de Democracia Nacional habrá tenido una erección al leer esto... suponiendo que las leyendas sobre su frustración sexual no sean ciertas, claro). La mayoría de las colonias reconocieron la autoridad del Emperador, pero otras optaron por mantener su independencia... y defenderse. Y es aquí donde entraban los Marines Especiales. De hecho, el libro se inicia con una batalla en un planeta donde sus habitantes se niegan a acatar al Emperador. Estas guerras (así como los conflictos con otras razas, como los orcos) recibieron el nombre de "Gran Cruzada". Ahora que lo pienso... ¿Para qué cojones os estoy contando esto si podéis leerlo en la Wikihammer? Es que parezco idiota, en serio.

La actual gestora del PSOE.

Sigo. El caso es que uno de los Primarcas, Horus, el comandante supremo de los Lobos Lunares e hijo preferido del Emperador, comienza a tener sentimientos encontrados hacia su padre. Y en un momento dado, se le va la olla y termina volviéndose contra él, desembocando toda la movida en una guerra civil galáctica que ríete tú de la de Siria, "Star Wars" y las broncas familiares de "El Secreto de Puente Viejo". Las legiones leales a Horus se enfrentaron a las del Emperador en la Tierra. Como consecuencia, ambos líderes perecieron (el Emperador quedó reducido a un cadáver reseco confinado en una especie de trono mágico que ha logrado preservar su alma, si bien hace milenios que no se tienen noticias suyas), las legiones rebeldes se exiliaron al Ojo del Terror (donde terminaron abrazaron a las Fuerzas del Caos y mutando en terribles abominaciones solo comparables a la programación de Telecinco), el Gobierno de la Tierra quedó en manos de un consejo de burócratas corruptos al más puro estilo de Génova 13 y el orden imperial terminó convirtiéndose en una religión (el Culto Imperial). Joder, llevo casi dos páginas y todavía no he empezado a destripar la novela. Y eso que no os he hablado de todo ese rollo de la Disformidad, el Caos y el odio del Imperio hacia las artes mágicas.

El Emperador en el Trono Dorado o Francisco Franco 2.0.

En fin, que la novela nos traslada a la etapa previa en la que Horus monta el pifostio y se rebela contra su padre. Para ello, el autor nos ofrece el punto de vista de Garviel Loken, comandante de los Lobos Lunares y asesor del Primarca. Dividida en tres actos, la primera parte de la historia nos traslada a la conquista de un sistema planetario que se niega a aceptar al Emperador como líder; en la segunda, los Marines Especiales se dan de ostias contra una raza de arañas gigantes (es imposible no acordarse de "Starship Troopers" y del cachazudo de Casper Van Dien); y en el tercer y último acto vemos cómo los Marines la lían en una de las colonias humanas extraviadas, mientras Horus y el representante colonial están de cena (es una pena que las citas de "First Dates" no acaben igual, todo hay que decirlo, porque menuda panda de gilipollas). Y sí, los tiros a golpe de Bólter están asegurados, por supuesto.

El nuevo logotipo de Hazte Oír.

Dicho sea de paso, uno de los aspectos que más me han gustado de la historia es el trasfondo político y militar que tiene, muy similar al del Imperio Romano, con sus generales, su líder imperial y sus soldados agrupados en legiones. Curiosamente, será después de la Herejía cuando el gobierno de la Tierra (llamado Terra en la novela) experimente un proceso de "feudalización" muy similar al ocurrido en Europa tras la caída del Imperio Romano de Occidente y la entrada en la Edad Media: predominarán los santos y los clarividentes dentro del Culto Imperial (al que podríamos considerar una especie de "cristianismo futurista"), las legiones de orcos actuarán como un remedo de los mongoles y otros pueblos bárbaros (si no fuera porque nos salimos del período, casi me atrevería a compararlos con los hunos), los líderes de Terra tratarán de preservar el legado Imperial evocando continuamente el pasado para justificar el poder (algo que también hicieron tanto Carlomagno como el Sacro Imperio), etc. Para quienes nos dedicamos a la Historia, no deja de ser divertido encontrar analogías.

Ahora bien, el problema de la novela es que hay tropecientos personajes entrando y saliendo de ella con la misma facilidad con la que una concursante de Gran Hermano hace lo que se espera de ella... Y no es leer a Milan Kundera, precisamente. Hay tanta peña en el Dramatis Personae que basta con que dejemos la novela de lado un par de días para que nos olvidemos de quién es quién. Lo peor es que, salvo Loken, la mayoría de sus compañeros de armas son indistinguibles, y de no ser porque decidí "spoilearme" un poco y consultar algunas cosas en Google, juro que habría sido incapaz de distinguir a Abbadon de Torgaddon, dos de los cuatro miembros (junto a Loken) que asesoran a Horus (cómo serán las cosas que hasta me he olvidado del nombre del otro). Lo mismo me ocurre con los "rememoradores" (el equivalente a los periodistas de guerra que acompañan a los Marines durante las batallas) y los burócratas que se mueven alrededor de Horus: simplemente, son tan prescindibles como olvidables, pero entiendo que eran necesarios para darle algo de trasfondo y colorido a la narración (por no hablar del peso que algunos de ellos tendrán en el futuro, tal y como es el caso de Euphrati Keeler). Si uno lee una novela de romanos o de las intrigas palaciegas de Bizancio, se encontraría con prácticamente lo mismo. Me ocurrió algo muy similar cuando leí "Los muertos y los condenados", salvo con la excepción de que ahí parecían tomarse la acción con algo más de calma y, sobre todo, porque el mundo que se nos ofrecía en esa novela era mucho más reconocible.

Haciendo al Emperador Trump grande de nuevo.

Porque esa es otra: si ha habido algo que me ha echado un poco para atrás es que el universo de Warhammer 40.000 es ENORMEMENTE GRANDE. Y cuando digo que es enorme, es que es GIGANTESCO. Los profanos pueden sufrir un poco este defecto y doy fe de ello. Mientras leía, me sentía como un crío que tiene demasiados juguetes y no sabe con cuál de ellos pasar la tarde. Me explico: mientras que en la versión medieval del juego asumimos que la acción transcurre en un lugar de fantasía, aquí se nos cuenta (y he tenido que tirar de la "Wiki" una vez más) una hipotética evolución de la Humanidad a lo largo de los siglos. Antes de la Herejía de Horus, hay toda una mitología previa que complica las cosas. Así, las Guerras de la Unificación sucedieron en la Tierra, no en el imaginario mundo de Tolkien; el mismo Emperador nació en Turquía hace cientos de miles de años (en serio, mirad su biografía) y buena parte de los Marines que integran sus legiones proceden de la aristocracia europea. Otro tanto ocurre con las tropas del Mechanicum, cuyos astilleros se encuentran en Marte. La historia es ficticia, pero parte de su entorno es real. A lo largo de la lectura, no dejaba de pensar en cómo la Humanidad había ido evolucionando en esa dirección, sacándome algunas veces de la historia. Y teniendo en cuenta que la novela empieza con una batalla (el enganche literario por antonomasia), eso es imperdonable. Mientras que en la versión medieval aceptabas lo que te echaran y lo asumías gracias a su carácter legendario, aquí te cuesta asimilar más las cosas al tratarse de una semidistopía. O igual la culpa fue mía al haber recurrido a San Google y saturarme de información. Sin embargo, de no haberlo hecho así, me habría perdido a través de insondables tormentas conceptuales, tan malvadas como las de la Disformidad (y por favor, no me hagáis explicaros lo que es eso, porque entonces no acabaríamos nunca).

Fruto de esa confusión, está el caso del planeta Sesenta y Tres-Diecinueve, el mundo al que los Marines le declaran la guerra al negarse sus habitantes a reconocer al Emperador. En un primer momento, llegué a pensar que se trataba de la propia Tierra, ya que sus características eran exactamente las mismas: un tercer planeta que orbita alrededor de un sistema solar compuesto por nueve mundos, unas condiciones medioambientales similares... Hasta cuenta con su propia luna y todo. Y por si fuera poco, sus habitantes se refieren a ella como "Terra". Errores de novato, sí, pero vayan ustedes a saber si, en su expansión por el Cosmos, los Marines llegaron a olvidar su planeta de origen para después invadirlo (después de todo, no sería la primera vez que pasa algo así).

Tumba de Franco en el Valle de los Caídos.

Por lo demás, todo correcto: Loken y Horus tienen el carisma suficiente para llevar la historia ellos solos (pese a que el protagonismo del Primarca no se acentuará hasta el último tercio de la trama), las batallas están jodidamente bien narradas y por ahí hay algunos actos de heroísmo que nos ayudan a empatizar con los personajes (ojo a cómo el modesto Tarvitz acaba salvando el día pese al rechazo de sus compañeros, entre ellos, el cretino de Lucius). Mientras que los fans del juego verán cumplidas sus expectativas, los iniciados -si somos lo suficientemente pacientes, virtud de la que mucha gente no va sobrada últimamente- podremos disfrutarla como una novela de aventuras más... Lástima que para ello tengamos que tener unos conocimientos previos de lo que se nos cuenta y que el libro en sí, al formar parte de una saga mucho más extensa, no tenga un final autoconclusivo.

De lo que no cabe duda es que los de Warhammer han encontrado la fórmula para seguir explotando la franquicia y que las historias que se narran alrededor de ella sean una fuente inagotable de recursos. No sé si las historias de 40K ya estaban de capa caída cuando idearon ubicar la acción 10.000 años antes, pero lo que sí es cierto es que han conseguido revitalizar la saga con esta "precuela". Desde la perspectiva de las ventas, la compañía se lleva un buen pellizco, puesto que hay una notable diferencia entre las armaduras de los Marines pertenecientes a la Herejía y los de la saga original, y eso siempre atraerá a los aficionados, deseosos de adquirir más figuras. Por otro lado, se han permitido seguir desarrollando la historia y construir toda una nueva mitología dentro de la ya existente, algo muy difícil de lograr. Cabe preguntarse si cuando la saga de Horus empiece a desgastarse, se escribirán historias sobre las Guerras de la Unificación (si es que no se han hecho ya). Evidentemente, no tendrán el mismo encanto... o puede que sí. En la saga Warhammer todo puede pasar.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

"Médicos, donjuanes y mujeres modernas”, de Nerea Aresti (y 7)


No hay duda de que las leyes que obligaban a los padres a cumplir con los compromisos de la paternidad tenían muy buenas intenciones, pero chocaron con la realidad española del primer tercio de siglo. Aresti también nos recuerda que hubo mujeres que se opusieron a estas iniciativas por considerarlas poco útiles o incluso perjudiciales para la mujer (las maternidades estaban llenas de mujeres que temían que el hombre les arrebatara a su hijo [1]). Especialmente interesante (por su carácter innovador y actual) eran los planteamientos de Margarita Nelken, quien veía como un triunfo de la mujer el que ella sola fuera capaz de sacar adelante a su hijo.

Con “Médicos, donjuanes y mujeres modernas” Aresti enfoca un problema tan complejo como la cuestión del género. Tal y como ella misma reconoce tanto en las últimas páginas del libro (corroborando así la opinión que el lector se ha ido formando a lo largo de la lectura), la teoría de Marañón, aunque bienintencionada, no dejaba de ver a las mujeres como un colectivo cuya finalidad era exclusivamente tener hijos y cuidar del hogar, enfrentándole tanto a feministas como a inmovilistas. La autora vasca no solo hace un desglose de las ideas del médico español, sino que además las confronta con las de otros autores contemporáneos, dándole al conjunto un aire bastante completo y de fácil lectura. No falta (y hemos de incidir en ello), el análisis que se hace de la figura masculina, cuyo estudio sitúa a la autora entre los intelectuales del género que sostienen que hombres y mujeres tienen una Historia común y como tal ha de estudiarse.
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1. La cuestión del género vuelve a plantear nuevamente sobre esta problema, puesto que los padres solían reclamar la paternidad de sus hijos en el caso de que fueran varones, rechazando de forma sistemática a las niñas.

martes, 22 de noviembre de 2016

"Médicos, donjuanes y mujeres modernas”, de Nerea Aresti (6)

Los médicos se encontraron con un desconocimiento general sobre la maternidad en las madres españolas, por lo que promovieron campañas y publicaciones de carácter divulgativo. La superstición y la santería fueron combatidas, lo que supuso que el conocimiento de algunas matronas fuese anatemizado. Si perjudicial era el pensamiento supersticioso, resultaba todavía peor que estuviese en manos de una mujer.

También hemos de tener en cuenta que, dependiendo de la posición social, la maternidad era considerada de una manera u otra. Cabe destacar la crítica que se hacía a aquellas madres que contrataban a nodrizas para amamantar a sus hijos (una actividad en decadencia y característica de familias pudientes) pues no encajaba dentro de los parámetros de la madre ideal. Se pensaba que negar el alimento al niño era el primer paso para renegar de la condición de madre y caer bajo los principios del feminismo. El papel de la nodriza sería regulado en los años siguientes, obligando a la madre que no amamantara a su hijo a darle todo tipo de afectos que paliaran esa carencia. 

En la primera década del siglo XX, se incentivaron varias medidas para favorecer la situación de las madres trabajadoras (períodos de descanso para la lactancia, incorporación al trabajo tras un tiempo prudencia, etc.). Lamentablemente muchas de ellas no se aplicaron. Lejos de sancionar a los patrones que las incumplían, se recompensaba a aquellos que las aplicaban. Algunos años más tarde, y ya en los años 20, el cuidado del niño tuvo más importancia que el número de niños que se traían al mundo (valores cualitativos versus valores cuantitativos). Por lo tanto, había que educar a las madres en una maternidad responsable que garantizase el crecimiento de la criatura. La mujer embarazada era vista en ese mismo período de forma ambivalente, pues tan pronto era considerada como una imagen a reivindicar a ser objeto de comentarios jocosos. La Medicina Social se encargará de eliminar estos últimos. Se recurrió a la estampa de la “Mujer soldado” que, abnegada y sacrificada, cumplía con su deber al traer hijos. La caridad y la piedad propios de la desprotección estatal fueron sustituidas por la exigencia de derechos. Si el Estado necesitaba de futuros obreros y soldados, era preciso ayudar a las madre a tenerlos.

Siguiendo el relato de Aresti, teóricos como Bravo Frías y Alonso Muñoyerro propugnaron por ayudar a las madres independientemente de su condición y clase. Al fin y al cabo, “Eran madres y con eso bastaba” (lo cual incluía a aquellas que eran madres solteras y habían sido estigmatizadas por la Iglesia). Otro tanto ocurriría con las mujeres que, abandonadas y sin ningún tipo de sustento económico, debían ejercer la prostitución.

La desesperación por no poder criar a un hijo en condiciones empujó a muchas mujeres al infanticidio. Aresti recurre a la imagen de la joven seducida por su patrón que termina abandonándola y con un hijo en camino. La responsabilidad de la madre en el crimen pasó en los años 20 a ser compartida por la figura del padre ausente (el máximo exponente del donjuanismo) y una sociedad que, tras rechazarla, la había empujado al asesinato. Sobre la responsabilidad paterna en el cuidado de los niños, y si bien durante el Antiguo Régimen el hombre debía hacerse cargo de los hijos nacidos fuera del matrimonio, las obligaciones paternas fueron disminuyendo conforme el país se fue adentrando en la Contemporaneidad, provocando que un gran número de mujeres tuvieran que hacerse cargo de sus hijos. En fechas tan tardías como 1888, la investigación de la paternidad no estaba permitida (salvo si se trataba de casos especiales, tales como la violación, el  secuestro o el estupro). Así, entre los pretextos que prohibían la demostración de la paternidad, se temía que la mujer hiciera uso de las leyes para perjudicar al hombre (tal y como afirmaba García Goyena). Frente a este argumento, se esgrimía que quien debía ser ayudado no era la mujer, sino el niño (Angulo Laguna). Resulta sorprendente que el planteamiento de ambos teóricos culpabilizase o ignorase a la mujer. 

lunes, 21 de noviembre de 2016

"Médicos, donjuanes y mujeres modernas”, de Nerea Aresti (5)

La cuestión del trabajo jugó un papel fundamental en la definición del nuevo tipo de varón. A la imagen ociosa y casi irresponsable (los discípulos de Marañón emplearon términos como “infantil” y “pueril”) de Don Juan se le opone un hombre trabajador y razonable, puesto que “El hombre más viril es el que trabaja más”. Esta glorificación del trabajo es el reflejo de la época en la que vivió Marañón, dado que se trataba de una actividad que, gracias a la burguesía, empieza a cobrar importancia, dejando así en evidencia el carácter de la aristocracia (considerado poco productivo). La idea del trabajo como algo dignificante se oponía también al pensamiento religioso, pues el mito cristiano consideraba esta actividad como un castigo derivado del Pecado Original. Trabajar significaba llevar un sustento al hogar y, por consiguiente, mantenerlo, una obligación que todo varón debía cumplir.

Tal y comentábamos al principio de esta reseña, la asociación de la fe religiosa con el mundo femenino se aprecia en el “Don Juan” de Zorrilla cuando Don Juan es perdonado desde el Cielo por Doña Inés (recordemos que en la obra la redención divina se consigue a través de la mujer). Doña Inés encarna los valores de la mujer resignada y sacrificada defendidos por la Iglesia. No obstante, la voluntad divina era puesta en entredicho en la obra de Zorrilla al representar a Dios como un ser injusto, lo cual desagradaba a la institución eclesiástica.

Frente a las tesis de Marañón hubo propuestas que reivindicaban la figura del Tenorio, entre las cuales se encontraban intelectuales como Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset y Royo Villanova. Si bien Ortega y Gasset veía razonable que un Don Juan abandonase tan pronto como le fuera posible a una “mujer casquivana”, las propuestas de Villanova iban más allá cuando afirmaba que el donjuanismo es una etapa más en la naturaleza del hombre y que reprimirla solo podría dar lugar a la infelicidad conyugal. En todo caso, era necesario comportarse como un Don Juan solo durante un período de tiempo determinado. Una vez que el hombre encontrase a la mujer indicada, tenía la obligación de vivir solo para ella. Este tipo de planteamientos convertía a la mujer en un sujeto pasivo en el plano sentimental. Villanova incluso llegó a afirmar que las penas de amor provocadas por el abandono del hombre serían posteriormente recordadas con cariño al haberles sido abiertas a la mujer las puertas de un mundo nuevo (“El estudiante les despertó el corazón, las encendió en deseos, las abrasó con cariños inefables”). 

Fuera como fuere, la figura de Don Juan fue sometida a una profunda revisión por diferentes intelectuales (entre los que destacó Unamuno), despojando al personaje del aura de misticismo del que disfrutaba hasta entonces y presentándolo en diversos contextos (desde un destructor de familias hasta un anciano que, en su vejez, comprende el mal que ha hecho). Las autoras feministas daban por sentada su paternidad y prevenían a las mujeres de los peligros de caer embaucadas por un seductor... Lo que nos llevará a hablar sobre la cuestión de la maternidad.

 En la sociedad española anterior a la Gran Guerra, hay que tener dos cuestiones muy claras: 1) que el arquetipo de madre no era el ideal femenino, puesto que convivía con los de la mujer religiosa y la mujer célibe y 2) que la puesta en marcha de políticas maternales no tenían como objetivo proteger a la mujer, sino a la siguiente generación que sacaría adelante el país. Posteriormente, durante las décadas siguientes el modelo de la mujer célibe iría perdiendo adeptos (“La María-Virgen” es sustituida por la “María-Madre”). Si bien los planteamientos de Marañón sobre la naturaleza reproductora y maternal de la mujer estaban a la altura del carácter renovador de los anteriormente expuestos, estos no dejaban de tener cierto componente conservador desde una perspectiva actual, puesto que recluian a las mujeres en el hogar para que cumplieran su rol de madres. Si bien tras la Primera Guerra Mundial las mujeres hicieron valer sus capacidades ante los hombres, hemos de recordar que, para el médico español, su función era meramente reproductiva. A la mujer independiente y consciente de sus derechos se la respetaba sí, pero también se las orientaba hacia actividades típicamente femeninas. De esta forma, la obligación dio paso a la negociación.

domingo, 20 de noviembre de 2016

"Médicos, donjuanes y mujeres modernas”, de Nerea Aresti (4)

Las tesis de Marañón tenían como origen las diferencias metabólicas entre ambos sexos formuladas por autores como Thomson y Geddes (quienes afirmaban que el metabolismo del hombre era propenso al consumo de energía y el de las mujeres a la conservación). Mediante el estudio de la endocrinología, Marañón partió de la idea de que la mujer era desigual al hombre desde el punto de vista natural. La mujer no era considerado un sujeto inferior, pero sí es cierto que los argumentos de Marañón presentaban algunos rasgos misóginos. Según Marañón, el sexo determinaba el comportamiento y la psicología de hombres y mujeres. Marañón hablaba de caracteres primarios (el propio sexo) y secundarios (aquellos que incluyen las relaciones sociales y que giran alrededor de los primeros). Los caracteres primarios estaban más presentes en la mujer que en el hombre, puesto que estaban relacionados con su actividad reproductora y el cuidado de los niños. Por su parte, los hombres disponían de unos caracteres secundarios más desarrollados, orientados hacia la fuerza del trabajo. Se justificaba así el orden social imperante y los roles desempeñados por cada género (la “Ley normal del sexo”) refiriéndose Aresti a ellos como “deberes naturales”.

Según Marañón, el destino de hombres y mujeres era desarrollar su función natural. De esta forma, el orden social no se vería desestabilizado. Cualquier excepción que se saliera de la norma sería contraria a la naturaleza. El hecho de que la mujer sustituyese al hombre en las fábricas durante la Gran Guerra contradecía las tesis de Marañón, dado que, como ya hemos visto, en el ámbito laboral las mujeres eran igual de talentosas que sus compañeros masculinos (intersexualidad). Consciente de esto, Marañón afirmó que hombres y mujeres debían desarrollar sus arquetipos (“varón tipo” y “mujer tipo”) hasta alcanzarlos definitivamente. Por otro lado, las tesis de Marañón seguían principios evolucionistas. Un hombre que desarrollase características femeninas sería un síntoma de regresión, mientras que una mujer que adquiriese un comportamiento masculino no tendría connotaciones tan nocivas, pues si bien no sería la meta ideal, las actitudes del varón todavía tendrían aspectos positivos en su desarrollo. Así, si una mujer practicaba una actividad intelectual sería gracias a su voz masculina.

Entroncando con lo anterior, y si bien los preceptos de Marañón tenían un carácter reformista, algunos de sus planteamientos sobre la mujer recordaban a los de teóricos anteriores. Es lo que pensamos cuando observamos algunas de sus teorías sobre la naturaleza de hombres y mujeres, argumentando que unos y otros poseen características de ambos sexos y que era preciso alentar desde edades muy tempranas el desarrollo de los roles propios de cada uno, ya fuese mediante la educación o bien mediante la aplicación de tratamientos médicos. 

A partir del criterio de diferenciación sexual de Marañón, la figura del don Juan (y aquí se pone de manifiesto el interés de Aresti por analizar el rol de las masculinidades y su relación con el mundo femenino), considerado todo un modelo de comportamiento en la España de la época, fue puesto en entredicho, dejando así de ser el exponente de la masculinidad. Para Marañón, un hombre mujeriego era la contrapartida a una mujer feminista, pues ni uno ni otro cumplían con los requisitos propios de su sexo. Al ser la monogamia la aspiración más alta del “varón tipo”, un hombre mujeriego tendría una sexualidad difusa. A ello se le sumaba que los hombres debían cortejar a la mujer y no al revés (“Don Juan no ama, es amado” decía el literato Pérez de Ayala, quien seguramente influyó en las tesis de Marañón). Hemos de añadirle también que Don Juan le da mucha importancia a su aspecto, una costumbre propia de las mujeres. Por otro lado, Don Juan vive de la renta de sus padres. Su visión galante del mundo le extenúa y no le concede tiempo para trabajar, de manera que vive de forma ociosa. No trabajar le coloca por debajo de otros hombres, de manera que queda “Desamparado como hembra para luchar con otros hombres en la conquista de la vida” (Sánchez de Rivera). Los “caracteres secundarios” propuestos por Marañón quedaban así reducidos. Para terminar, el hecho de que esté con muchas mujeres y no se le conozcan hijos le convierte en alguien estéril, por lo que no es un varón completo.

sábado, 19 de noviembre de 2016

"Médicos, donjuanes y mujeres modernas”, de Nerea Aresti (3)

Tales argumentos se vendrían abajo durante la Primera Guerra Mundial, cuando las mujeres se vieron obligadas a sustituir a los hombres en las fábricas [1], demostrando así sus capacidades -tanto físicas como mentales- y que podían competir con sus homónimos del sexo opuesto. Muchas teóricas feministas consideraron que la conflagración fue una oportunidad para ayudar a reconstruir el mundo junto a los hombres (cuyas políticas fueron las que originaron el conflicto). Los tiempos habían cambiado y ello abrió las puertas a que muchas mujeres pudieran ejercer actividades propias de hombres (Aresti nos pone como ejemplos a mujeres que conducen locomotoras, cruzan a nado el Canal de La Mancha o son capaces de pilotar un avión mientras presumen de su vestimenta masculina). Así las cosas, en los años 20 se iría abandonando progresivamente el discurso misógino, pero las ideas feministas no fueron tenidas en cuenta por miedo a desestabilizar los roles de género tradicionales y romper la convivencia entre ambos sexos. Existía, por tanto, una fina línea que delimitaba el conservadurismo y la renovación. Muchos intelectuales pretendían mejorar la posición de la mujer a la vez que trataban de evitar que ellas se “cobrasen su venganza”.

Este será el panorama con el que se encontrarán los médicos sociales cuando comiencen a desarrollar sus teorías. Ahora bien, ¿por qué la figura del médico es tan importante en el desarrollo de las ideas de género? ¿Por qué el médico y no otro? La respuesta tal vez la encontremos en la enorme repercusión que tuvo esta profesión a finales del siglo XIX. El médico pasó de atender a los enfermos a trabajar en beneficio de la Humanidad erradicando todo tipo de enfermedades. Su imagen es la de un hombre abnegado que busca el bien de todos y que pretende ocupar el nicho del cura y el político. Garantizar la estabilidad social será una de sus funciones, lo que le llevará a atender la cuestión sexual y analizar los nuevos roles femeninos, pues la incorporación de la mujer al trabajo -aunque lícita- será considerada como un factor de desestabilización social (el abandono del hogar y de los niños se veía como una lacra similar al alcoholismo). La Medicina Social buscó una solución de consenso en la que las mujeres pudieran ejercer sus derechos como trabajadoras a la vez que desempeñaban el papel de madres y amas de casa. No obstante, la nueva disciplina no se encargó únicamente de analizar la figura femenina, sino también, al sexo masculino, dado que un hombre que se gastaba el sueldo en la bebida no tenía más remedio que volver a casa con las manos vacías, obligando así a la mujer a buscar otra fuente de ingresos fuera del hogar. Asimismo, se consideraba que la naturaleza promiscua del hombre podía arruinar también la paz del hogar.

El concepto de “diferencia” sustituyó al de “inferioridad”. Hombres y mujeres eran diferentes, pero el hecho de que lo fueran no tenía porque ir en perjuicio de la mujer, eliminando así las posibles connotaciones del término. En cualquier caso, se trataba de orientar el feminismo hacia lo femenino y no hacia lo masculino (hominismo). La mujer moderna que surgió tras la Primera Guerra Mundial debía hacer valer sus derechos, pero siempre desde una perspectiva acorde con su género. Que una mujer desempeñase un rol masculino inquietaba a los hombres de la época, los cuales veían en esta actitud una posible inversión de los valores tradicionales (relacionándose esta cuestión con la homosexualidad masculina). Se llegó incluso a decir, con cierto desasosiego, que “Los jóvenes de la época miran con nostalgia los tiempos que vivieron sus abuelos”. Todas estas cuestiones se verían reflejadas en detalles aparentemente tan nimios como el vestuario. Desde algunos sectores se rechazaba tanto el prototipo de mujer frívola y coqueta de los años 20 (“El maquillaje tiene su origen en la prostitución”) como la “feminista desaliñada” de principios de siglo, sosteniendo que ambos modelos perjudicaban el verdadero papel de la mujer. En este punto, sería interesante comentar qué peso tuvieron las ideas de Gregorio Marañón en esta cuestión.
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1. Gisela Bock reflexiona sobre esta cuestión en la obra conjunta de Georges Duby y Michelle Perrot, “Historia de las mujeres” (DUBY, G. y PERROT, M. (Ed.), “Historia de las mujeres”, Volumen V, Taurus, Madrid, 1990).

viernes, 18 de noviembre de 2016

"Médicos, donjuanes y mujeres modernas”, de Nerea Aresti (2)

Como ya hemos comentado, Nerea Aresti inicia su exposición remontándose al siglo XIX, comparando el discurso liberal (racional y científico) con el conservador (eminentemente tradicional y religioso). Resulta interesante observar cómo ni uno ni otro otorgaban a la mujer una imagen propia. La propia Pardo Bazán se lamentaría al ver que lo único que tenían en común ideas tan dispares como la ciencia y la religión era el desprecio a la mujer [1]. No deja de ser interesante cómo al indagar en el mensaje conservador, la autora vasca también resalte las diferencias entre el mundo protestante anglosajón y el catolicismo español. Si bien ambos partían de posiciones tradicionales, los teóricos decimonónicos afirmaban que la imagen de la mujer española era el modelo a seguir. Frente al carácter ligeramente aperturista de la sociedad protestante, se prefería el marcado conservadurismo de la doctrina católica.

Nos queda claro que el debate entre religión y ciencia tenía como clara perdedora a la mujer. La irrupción del pensamiento científico positivista tratará de demostrar la inferioridad intelectual de la mujer partiendo de su biología, la cual inhabilitaba a esta a ejercer profesiones masculinas (encontramos frases tan lapidarias como la atribuida a Paul Moebius en la que afirmaba que “El calor del ovario enfría el cerebro”). La mujer no era definida por su intelecto, sino por su condición sexual. Para ello, se emplearon métodos como la frenología o teorías que afirmaban que la actividad reproductora de la mujer ralentizaba el crecimiento del cerebro. Muchas de estas ideas procedían de Alemania, considerada la cuna intelectual del fin de siglo europeo.

Asimismo, y siguiendo los preceptos del evolucionismo, la mujer fue puesta al mismo nivel que las tribus primitivas colonizadas por los europeos, las cuales eran vistas con condescendencia. Se llegó incluso a situarla en un nivel evolutivo intermedio entre el hombre y los primates. Ante esta perspectiva, la religión ofrecía una visión de la mujer mucho más positiva (entre ellas, la existencia de un alma propia). Así, algunos teóricos positivistas afirmaron que el hecho de que la mujer fuese tradicionalmente más religiosa que el hombre (producto, por otro lado, de una educación que reprimía más a estas que aquellos) corroboraba su debilidad intelectual. La “defensa” de la mujer por parte de la Iglesia fue otro factor que enfrentó a religiosos y científicos. Ello dejaba en una posición complicada a las mujeres de carácter progresista, las cuales tenían dificultades para compaginar sus ideas anticlericales con un pensamiento científico que, si bien se oponía a la religión, se negaba a acogerlas en su seno. Así las cosas, el movimiento feminista de la época no exigía la igualdad entre hombres y mujeres, pues se consideraba que la variable biológica era un factor insalvable a la hora de conseguirla [2]. De esta forma, los defensores de la mujer mostraban ahí sus límites.
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1. Así lo recoge Aresti en su libro cuando cita a la escritora gallega: “Punto es el de la situación de la mujer en que coinciden y se dan la mano racionalistas y neo-católicos, carlistas y republicano federales”La feminista Carmen de Burgos, quien prologaría la edición española de la obra de Moebieus “La inferioridad mental de la mujer. La deficiencia mental fisiológica de la mujer,” no dudó en darle la razón al médico alemán.
2. La feminista Carmen de Burgos, quien prologaría la edición española de la obra de Moebieus “La inferioridad mental de la mujer. La deficiencia mental fisiológica de la mujer,” no dudó en darle la razón al médico alemán.

jueves, 17 de noviembre de 2016

"Médicos, donjuanes y mujeres modernas”, de Nerea Aresti (1)

  • FICHA BIBLIOGRÁFICA. Nerea Aresti, Médicos, donjuanes y mujeres modernas. Las ideas de feminidad y masculinidad en el primer tercio del siglo XX, Bilbao, Servicio editorial de la Universidad del País Vasco, 2001, 283 páginas.
Los estudios de género nos han permitido dar voz a un sector de la historiografía que hasta hace pocos años apenas ocupaba un lugar en nuestra disciplina. Gracias al trabajo desempeñado por académicos e instituciones, las publicaciones que ahondan sobre el papel de la mujer en la Historia han experimentado un notable auge en los últimos tiempos. Independientemente del período histórico en el que nos especialicemos, la inclusión de voces femeninas en nuestros trabajos es algo fundamental. Y Nerea Aresti (“Médicos, donjuanes y mujeres modernas”) es una de las teóricas más representativas de la historiografía de género [1] en nuestro país.


Miembro de la Universidad del País Vasco (donde ejercita su actividad en el área de Historia Contemporánea como docente y coordinadora de varios Másteres [2]) e investigadora de las relaciones de género [3], Aresti ha fijado su área de estudio en torno al primer tercio del siglo XX español (desde finales del siglo XIX hasta la proclamación de la Segunda República), profundizando en los cambios sociales que se produjeron en dicho período desde la perspectiva de la identidad sexual. El hecho de incluir en su estudio tanto a hombres como a mujeres deja patente la máxima de “Cuando estamos haciendo Historia de las mujeres, también estamos haciendo Historia de los hombres [4]”. Precisamente todas estas cuestiones serán abordadas de forma concisa en el libro que vamos a comentar. De hecho, “Médicos, donjuanes y mujeres modernas” resume a la perfección la trayectoria investigadora y profesional de la autora (y más si tenemos en cuenta que fue publicado en 2001, un año después de obtener su doctorado).

Dividido en cinco capítulos, “Médicos, don juanes y mujeres modernas” incide en el cambio del paradigma sexual que se tenía de mujeres y hombres a comienzos de siglo, haciendo primero hincapié en qué papel jugaba la mujer durante el tránsito del siglo XIX al XX hasta el desarrollo de las teorías de Gregorio Marañón, las cuales supusieron un cambio notable con el modelo anterior. Es muy llamativo ver cómo Aresti considera que la Medicina fue la artífice de dicho cambio, argumentando que la introducción de los preceptos de la Medicina Social sirvieron como punto de partida a las transformaciones que se producirían en los años posteriores, primero desde el punto de vista de clase y luego desde la cuestión del género. Pese a todo, hay que tener claro que dichos cambios, aunque importantes, no significaron una ruptura total con los planteamientos que se tenía de la mujer en el pasado (algo en lo que Aresti insistirá al final de su libro), pues tanto Marañón como los defensores de sus teorías eran hijos de su tiempo y tenían un visión conservadora de la mujer. Pero no adelantemos acontecimientos.
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1. Entre otros trabajos de la historiadora vasca, me permito recomendar el artículo “La categoría de género en la obra de Joan Scott” (Cristina Borderías (Ed.), Joan Scott y las políticas de la historia, Icaria-AEIHM, pp. 223-232. Madrid), el cual supuso mi primera aproximación al concepto que nos ocupa.
2. Véase el programa del Máster en Estudios Feministas y de Género que organiza la Universidad del País Vasco (URL: http://www.ehu.eus/es).
3. Para un mejor conocimiento del trabajo de Aresti, recomiendo visitar su perfil profesional en la web del grupo de investigación “Experiencia Moderna” (URL: http://www.experienciamoderna.com).
4. Sobre esta cuestión, y en palabras de Aresti,“El estudio separado de la Historia de las mujeres podía servir para confirmar su papel marginal con respecto al sujeto establecido como dominante […] el masculino”. Natalie Zemon Davis ya lo había dejado claro anteriormente al apuntar que “Es preciso estudiar por igual a las mujeres que a los hombres” (ARESTI, NEREA, Ibíd. p. 225).

jueves, 8 de septiembre de 2016

La sangre de los Farkas (José María Lluch)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: La sangre de los Farkas
  • Autor: José María Lluch
  • Género: Novela corta / Terror
  • Editorial / Plataforma: Amazon
  • Número de páginas: 70 (Archivo de Word)
  • Precio: 1,04 euros (Kindle) / 8,89 euros (Papel)
Devastado por la trágica muerte de su esposa, Ron Olson se ve obligado a abandonar el pueblo de Birnstein junto a su hija Kate. El plan de Ron es regresar a la casa donde pasó su niñez y olvidar así el recuerdo de su esposa moribunda. Su llegada a la Mansión Farkas parece animar a su hija, pero pronto descubrirá que aquellas viejas paredes guardan muchos secretos. ¿A quién pertenecen esas tenebrosas siluetas que Kate dibuja inocentemente ante la aterrada mirada de su padre? ¿Es posible que, pese al tiempo transcurrido, los antiguos inquilinos de la casa todavía continúen allí, acechándoles en la oscuridad? Atractiva y breve novela de vampiros escrita por el autor novel José María Lluch.

CRÍTICA

Tras la explosión de la moda zombie hace ya algunos años, todo parecía indicar que las novelas de vampiros habían desaparecido del mapa. Afortunadamente para aquellos que ya estamos cansados de los refritos de “The Walking Dead”, los siervos de Drácula siguen muy vivos. Y “La sangre de los Farkas” así parece demostrarlo.

Fiel a mi propósito de dar salida a todas aquellas peticiones que todavía conservo en mi correo, José María me remitió su novela en el ahora lejano año 2012. Ante los cuatro años transcurridos, uno no puede evitar pensar en lo mucho que habrá evolucionado el estilo del autor en todo este tiempo (existiendo la posibilidad de que haya acabado considerando a esta novela como una obra menor) o si bien ha terminado arrojando la toalla ante un mundo cada vez más complicado y competitivo como solo puede serlo el de la novela amateur. Por el bien del entretenimiento de sus lectores, espero que todavía siga en la brecha.

Sobre el argumento  en sí, estamos ante una novela gótica de la vieja escuela que recuerda más a Poe que a King. La devoción que siente José María por el autor de “El gato negro” es más que evidente, sobre todo si tenemos en cuenta que uno de sus personajes lleva su apellido. El estilo de José María también le debe bastante al autor estadounidense, y más si consideramos cómo a lo largo de la narración nos encontramos con las ya consabidas reflexiones sobre la muerte y la locura. La puesta en escena también es inconfundible. La fórmula del caserón abandonado en donde ocurren sucesos extraños no es una nueva ni original, pero el empeño por emular aquello que se ha leído es el primer paso para hacer cosas nuevas y crear un estilo propio. En ese sentido, me atrevería a decir que José María va por muy buen camino. 

La trama avanza con bastante facilidad, lo cual se agradece. El argumento es bastante correcto y el autor sabe cómo crear tensión (es impagable esa escena en la que Ron llega a su casa y, desde el jardín, ve las sombras de las upiros moverse tras la ventana). La pesadumbre de Ron llega de verdad a contagiarnos. La congoja con la que se expresa el personaje (si bien en ocasiones es muy teatral, tal y como comentaremos más adelante) hace que sintamos lástima por él. El hecho de que sea una novela corta (o un relato largo) hace que muchas cosas se queden en el tintero. Quizá habría que profundizar algo más en la personalidad de Emile y de Marcus para darles un mayor peso en la trama. De Marcus sabemos muy poco y es una pena, dado que es un personaje muy interesante (llega a resultar frustrante que nunca desvele por qué sabe tanto sobre vampiros y que Ron apenas insista sobre ello). El que solo aparezca en el último tercio de la historia nos lleva a querer conocerle mejor. Y eso por no hablar de la saña (ATENCIÓN: ¡SPOILER!) con la que muere a manos de los upiros. Pese a morir de forma brutal y ser un personaje simpático, el lector no se conmueve tanto como lo hace con el sufrimiento de Ron. Detalles como este hace que la narración se quede en un simple relato largo. Todo depende de cuál era la intención inicial del autor, pero creo que la historia tiene las tablas suficientes para convertirse en una novela. Para ello, insisto, debería trabajarse mejor el trasfondo de los secundarios (al ser bastante pocos, no creo que José María tenga muchos problemas si se lo propusiera).

Pese a todo, creo que el estilo de José María debería pulirse un poco más. Durante una buena parte de la narración, el autor parece expresarse a base de sentencias. Es como si estuviéramos viendo un reportaje narrado por Íker Jiménez (lagarto, lagarto...). Entiendo que se trata de un esfuerzo de crear tensión y darle al relato una atmósfera angustiosa, pero a la larga el recurso cansa. El uso de expresiones rimbombantes y excesivamente complicadas terminan por pasar factura al texto. Cualquier cosa es susceptible de ser una exacerbación romántica, hasta los más insignificantes (“[...] El hondo sonido del oleaje, aquel que no escuchamos con los oídos, sino directamente con las vísceras. Su poder hipnótico trasciende eras y tiempos. Siempre fue así…y siempre lo será”, página 68). Todo es llevado hasta paroxismo (“ […] Manejando mis pies al límite que permitía las leyes de la física”, página 28), hasta el punto de crear expresiones artificiosas que rompen con la armonía del conjunto  (“[...] La noche comenzaba a desenvolver el paquete de la luna” página 52). Crear una buena atmósfera no implica utilizar un lenguaje rebuscado, al contrario. Basta con echarle un vistazo a algunas descripciones que el autor hace de los pueblos en los que transcurre la historia: todo es sublime, bello y exageradamente singular. Una callejuela puede ser hermosa a última hora de la tarde, sí, pero de ahí a ser extraordinario... Llevado por este impulso, el autor también hace algunas descripciones que caen el tópico (lo de los pueblerinos celebrando el final del día con pintas de cerveza, por ejemplo) y que, teniendo en cuenta la época en la que se desarrolla la historia, resultan casi anacrónicas.

Hay otros aspectos que también oscurecen la trama. Por ejemplo, ¿a qué viene transcribir los artículos sobre arte y cocina que escribe el protagonista en las páginas 26-27 y  32-33? Es pedante e innecesario. No aporta nada a la trama. Es más, hace que el personaje nos resulte en ocasiones antipático (debo admitir que les tengo bastante tirria a los críticos gastronómicos, tanto reales como ficticios). Otra cosa: ¿Un búnker para protegerse de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial en un pueblo olvidado de Estados Unidos? ¿En serio? ¿Y de qué “asedio” habla el autor? ¿Cómo iban a refugiarse los abuelos del protagonista en el búnker si no había nada de lo que esconderse?  Estados Unidos no fue víctima de ningún bombardeo como los de Londres, por lo que no había necesidad de refugiarse en ellos. Esta reflexión se carga un clímax que hasta entonces había sido excelente. Si todavía hubiera sido un refugio antinuclear construido durante la Guerra Fría, lo habría entendido. Tampoco entiendo el repentino asesinato de Nora en el Epílogo (un personaje que hasta entonces solo había sido nombrada una vez en la novela). Lo habría entendido si el personaje hubiese sido violento con Kate o algo así, pero el dato me parece irrelevante y gratuito.

Con respecto al final (¡Atención, que viene otro SPOILER!), comprendo que la cosa era eliminar a los vampiros uno por uno, pero... teniendo en cuenta la forma con la que Ron acaba con ellos, ¿no habría sido mejor volar la cripta por los aires desde una distancia prudencial? Sí, vale, también entiendo que tanto Ron como la historia no podían acabar de otra forma, pero es uno de los problemas que supone adaptar una historia de vampiros de temática decimonónica a los tiempos actuales. Por otro lado, y sabiendo el peligro que corre quedándose solo en la mansión (exponiéndose así a ser devorado)... ¿cómo es que Ron decide dormir en la casa si ya conoce los horrores a los que se enfrenta? Si sabía que los vampiros acabaron con la vida de su abuela en unas pocas noches, ¿por qué se expone a morir de un único golpe? ¿Por qué no se fue con Marcus? Entiendo también que, de no haberse hecho así, no habría novela, pero contar con unas explicaciones adicionales no estaría nada mal.

Ojo también a las erratas (“Nunca abríamos concebido”, página 10). También veo que faltan acentos allí donde son necesarios. Doy por sentado que se trata de malas pasadas de la autocorrección del Word. Ha pasado mucho tiempo desde que el autor me envió el archivo y estoy seguro de que tales gazapos ya han sido corregidos, pero revisar el texto antes de mandarlo a crítica nunca está de más.

CONCLUSIÓN

Interesante y atractiva historia de vampiros escrita al modo de los grandes autores norteamericanos. Tiene algo del romanticismo de Poe y eso mola. La trama, interesante y absorbente, supone un esfuerzo por adaptar la estética de Poe a los nuevos tiempos. En algunos pasajes, el sufrimiento de Ron es tan intenso que llega a convertirse en el nuestro. Pese a los importantes puntos oscuros que vemos en algunas partes (sobre todo, ya cerca del final), la primera parte está muy bien construida. Así las cosas, considero que seria necesario reescribir el último tercio de la historia y, como ya he comentado, profundizar en la personalidad de los secundarios para darle al conjunto un aire más compacto. Con respecto al asunto de las erratas, no me preocupan demasiado, puesto que es más que probable que el autor las haya ido corrigiendo en las posteriores lecturas que ha hecho durante estos años. Por lo demás, se trata de una historia bastante correcta y disfrutable. Muy bien.
  • Podéis haceros con la novela aquí.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Horizonte Rojo, Capítulo I (Rocío Vega)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Horizonte Rojo (Capítulo 1: Un encargo fácil)
  • Autora: Rocío Vega
  • Género: Space Opera / Novela de aventuras
  • Editorial / Plataforma: Editorial Café con Leche
  • Número de páginas: 80
  • Precio: -
“Horizonte Rojo” es quizá el grupo de mercenarios más efectivo (y despiadado) de todo el Espacio Confederado. Pese al éxito que ha caracterizado a sus últimas misiones, la autoridad de la líder del equipo, la implacable Kerr, es puesta en entredicho cuando uno de sus compañeros pone en peligro una importante operación. Si ya de por sí la vida de una banda de mercenarios es complicada, el carácter explosivo e inestable de Kerr (quien vive un auténtico infierno personal) amenaza con echar abajo todo lo que el grupo ha conseguido hasta la fecha. Claro que Kerr también es una mujer de recursos y sabe tomar el mando cuando la situación lo requiere. Novela por entregas escrita por la autora Rocío Vega (“Montreim”) y publicada por la editorial “Café con Leche”.

Algunas consideraciones:
  • La operación que se narra al comienzo de la aventura se hace demasiado confusa. Cuesta comprender lo que está pasando. Si lo que se pretendía era darle al conjunto un aire desordenado y frenético (¿qué es un tiroteo, si no?), objetivo cumplido. Por otro lado, da la sensación de que la autora tiene prisa por presentarnos a sus personajes al tiempo que arroja a la cara del lector todo tipo de datos (nombres, sistemas planetarios, razas extraterrestres, bandas rivales...), de forma que este acaba confuso y saturado. Lejos de ubicar, desorienta. ¡Más despacio, please!
  • Tras un precipitado comienzo, la historia avanza con mucha (¡muchísima!) agilidad. El carácter errático y duro de Kerr a ratos nos recuerda a la Starbuck de “Galáctica, Estrella de Combate”. La atmósfera, una vez que nos metemos en harina, está muy bien conseguida. Las escenas de cama están muy bien tratadas, algo que resulta admirable si tenemos en cuenta lo difícil que resulta presentarlas (la mayoría de los autores o bien optan por recursos fáciles o bien recurren a la retahíla de tópicos de rigor). A riesgo de que me tachen de mojigato, dos escenas de sexo en la misma entrega (trío lésbico incluido) quizá son demasiadas y entorpecen un poco el ritmo de la narración (algo me dice que no serán las últimas que veamos), aunque a nadie le amarga un dulce. Por lo demás, la novela tendría una temática juvenil de no ser por esas escenas. Se agradece que Rocío se haya acordado del público adulto a la hora de escribir su historia.
  • Ese “¡Hostias!” que suelta Bahuer antes de su primer revolcón con Kerr me sobra. Creo que la expresión es demasiado castiza (por no decir que es castellana de pura cepa) para un mercenario especial (de acuerdo, aquí me he mostrado demasiado puntilloso, pero ya puestos a buscarle pegas a algo...).
  • No nos engañemos: encontrar personajes femeninos interpretando roles tradicionalmente masculinos no es demasiado frecuente. Afortunadamente, la tendencia ha empezado a cambiar con el paso de los años. Kerr es Starbuck, Ripley y un remedo interestelar de la Capitana Dagas de “El Corsario de Hierro”. Y además de disparar, follar bien y ser una tía con dotes de mando, es bisexual. ¡Mola! 
  • No le veo mucho sentido a transcribir las conversaciones que Kerr tiene en su Safe. Sé que es un detalle menor, pero no puedo evitar pensar que están ahí para hacer bulto. Creo que sería más apropiado dejar aquellas que únicamente son necesarias para el transcurso de la acción.
CONCLUSIÓN:

Al tratarse de una novela publicada por entregas, no estoy en condiciones de hacer una valoración global, pero la cosa no ha podido empezar mejor. Dentro del apartado formal, yo reescribiría el primer capítulo para así hacerlo más asequible al lector y evitar esa forzada sensación de sobrecarga de la que hablaba anteriormente. No es necesario apabullar al lector con tanta información desde el minuto uno. Hay que dejar que la acción fluya y se desarrolle en su debido momento. Ya habrá tiempo para incorporar y conocer nuevos detalles.

Supongo que una de las posibles “pegas” que tiene el texto es que todo lo que se nos cuenta ya lo hemos visto anteriormente. Es muy difícil innovar en un género en el que todo ya está casi dicho, pero no por ello el resultado es menos interesante. Al contrario, se agradece el intento (tanto por la juventud de la autora como por su empeño en haber resucitado un género desconocido en nuestro país). La prosa es fluida y ágil, tal y como debe corresponder a una novela de aventuras; a partir del segundo capítulo, los personajes aparecen muy bien definidos (la feroz e insegura Kerr; la hermética Kirsten, el leal Rury, el silencioso y truculento Nutty, el codicioso y poco fiable Bahuer...)... Falta por ver qué pasará más adelante, cuál es el caso que les asignará Jadsen y qué papel jugará la tarjeta que tan ansiosamente querían los arrianos... Todavía es muy pronto pero, aún así, dan ganas de subirse a la Athena e iniciar el viaje. Recomendable.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Hollowland (Amanda Hocking)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Hollowland
  • Autor: Amanda Hocking
  • Género: Novela 
  • Plataforma / Editorial: -
  • Precio: -
  • Número de páginas: 814 (PDF en letra grande)
¡Hola, guarras! ¿Sabéis de qué va esta entrada, verdad? ¡Efectivamente! ¡Lo hemos conseguido! Después de algo más de dos semanas, he conseguido cumplir el reto de haberme comido, una a una y sin anestesia, las diez novelas de temática zombie que formaban parte de mi “Zombie Summer”, “Summer Zombie” o como cojones se escriba. ¿No es maravilloso? Me gustaría decir que es algo que no se ha hecho nunca en la historia de Internet y que hasta el mismísimo Rey ha interrumpido sus vacaciones en Ibiza (véase cómo no he hecho ningún chiste sobre la Familia Real, que no está el horno para bollos) para llamarme por teléfono y felicitarme, pero me da en la nariz que a nadie le importa mi gran hazaña. De hecho, ahora mismo me remuerde la conciencia haberle dedicado la mitad de mis vacaciones a esta chorrada, teniendo tantas cosas por hacer,  la mitad de las campañas del “Age of Empires” sin terminar y dos asignaturas de la carrera para septiembre. Pero todo sea por vosotros, sucios lectores.

Terminamos el desafío con “Hollowland”, una novela con una portada digna de que te quemen los ojos con dos hierros al rojo vivo. No quiero parecer machista, pero tiene huevos que los libros escritos por mujeres tengan portadas tan cursis y delicadas (sí, vale, luego también tenemos a Nicholas Sparks, pero ese ya venía defectuoso de fábrica). El caso es que me sorprende cómo las novelas de zombies escritas por tíos tienen una portada salvaje y sanguinolenta, con zombies desdentados y pasados de fecha, carreteras que no conducen a ninguna parte, paisajes abandonados... Mientras que los editores deciden rebajar un poco el tono cuando la autora es una mujer, como si eso fuese a espantar al público femenino y ellas no disfrutarán también de una buena carnicería. Como aprendiz de especialista en relaciones de género y autor de un par de ponencias sobre el tema a las que no asistió ni mi madre, debo decir que no creo que ese sea el camino más acertado para conseguir la equidad sexual. De hecho, me sorprende ver que es un asunto del que nadie habla.

A todo, ¿qué coño tiene la tía de la portada en la mano? Parece una escopeta, pero tiene como unos correajes en la parte inferior. ¿No será...? ¡Bluargh!

El negocio de los consoladores lésbicos triunfa en pleno Apocalipsis.

Debo decir que novela me ha sorprendido muy gratamente. Ojo, he dicho que me ha sorprendido, no que me haya gustado niveles orgásmicos. Al margen de la calidad del libro, y por lo que he leído de la autora, todo parece indicar que Hocking es una escritora amateur de cierto éxito en Estados Unidos... O al menos es lo que deduzco al leer su biografía, la cual aparece justo al final del PDF. Justo en el último párrafo del texto, Hocking pone a disposición de los lectores tanto su Facebook como su Twitter para que le hagan llegar sus impresiones. Su popularidad es tal que varias de sus obras han sido traducidas al castellano. En el caso de “Hollowland”, la traducción ha corrido a cargo de la web mexicana “Zombie Geeks”. Personalmente, debo felicitar a la autora por haber conseguido que sus novelas hayan sido capaces de traspasar fronteras, lo cual no es nada fácil. Aun cuando existe la posibilidad de que la traducción se haya realizado sin su consentimiento, es reconfortante ver cómo tu obra ha despertado el suficiente interés para que alguien se haya molestado en sacar una versión en otro idioma.

Con respecto a la trama, la novela tiene momentos muy interesantes. La historia nos cuenta las desventuras de la joven Remy, una chica que se encuentra en un centro de seguridad construido por el Gobierno para albergar a los supervivientes de un virus zombie (que en esta ocasión, vuelve a ser una nueva cepa de la rabia). El complejo sufre un asalto por parte de los infectados y Remy se ve obligada a huir. Al descubrir que su hermano pequeño ha sido evacuado del campamento, nuestra heroína decide recorrer el país con la finalidad de dar con él, puesto que el chaval podría albergar en su interior la clave para salvar lo que queda de la Humanidad.

El argumento es típico del género, con sus defectos y sus virtudes. Como ya he dicho en anteriores entradas, no le podemos pedir más. Ahora bien, sí me gustaría exponer aquellos puntos que me han dejado un poco de fuera de juego.

En primer lugar, si los zombies se matan entre ellos (“Los zombis tendían a atacarse y comerse unos a otros, por lo que estaban cubiertos de magulladuras, arañones, y marcas de mordiscos”) y no razonan (“Al día siguiente de ser infectado, las personas comienzan a tener los síntomas. Dolor de cabeza, fiebre, náuseas. Luego empiezan a alucinar y se vuelven paranoicos y agresivos. En tres días, están enojados y violentos incapaces de algún pensamiento racional”)... ¿por qué persiguen a los humanos? Es más, ¿cómo se las arreglan para atacar juntos los centros de cuarentena? A lo largo de la historia nos dan a entender que los bichos van evolucionando hasta ser capaces de detectar la presencia humana. Cuantas más personas haya en un lugar, más zombies se concentrarán. Yo no sé vosotros, pero a mí la explicación no me convence. Pienso que la autora ha dejado este tema al azar,  puesto que lo que buscan los lectores (y más los lectores jóvenes, que son el público objetivo de la novela) son escenas de acción y peligro, aventuras en definitiva. De haberse profundizado más en este apartado, seguramente la novela habría salido algo más técnica y mucho más sesuda. 

Sobre cómo una adolescente es capaz de derrotar a una horda de zombies empuñando la rodilla de un muerto como si de un bate de béisbol se tratase y el Ejército de Estados Unidos, con toda su capacidad, esté contra las cuerdas, no me voy a pronunciar, puesto que volveríamos otra vez a lo mismo de otras entradas. En fin, qué le vamos a hacer. Esto es ficción... Supongo que en la segunda parte nos encontraremos con más detalles al respecto... o no.

La trama tiene también algunos agujeros negros bastante gordos. ¿Qué clase de seguridad tienen en el área de cuarentena que, el niño que se supone que tiene la cura para el virus, no está vigilado por cámaras de seguridad? Es más, ¿cómo es posible que alguien que solo lleva un par de días en el campamento (lo digo por el tal Blue) ya tenga acceso a niveles de seguridad tan elevados? Y sigo, ¿cómo es posible que, después de estar en los barracones de cuarentena, ni siquiera sometan a los supervivientes a un chequeo médico obligatorio? La cosa, como bien dice uno de los personajes, no es que se infecten por una mordedura de un zombie, sino que contagien al resto del campamento con cualquier otra enfermedad.

Una de las cosas que más me han reventado de la novela es el personaje protagonista. Es de lo más antipático y áspero que me han tirado a la cara. Es imposible empatizar con él. No tiene nada de malo ser duro (al contrario, me alegro de que el personaje no sea la clásica dama en apuros), pero es que la tía no se permite un solo momento de descanso. Su empeño por parecer más masculina de lo que es llega a resultar bastante irritante. En algunas escenas es como tuviese envidia de pene (lo de cuando se intenta meter dentro del recinto militar es de risa, en plan “No quiero que ningún hombre me toque”. Por Dios...). El hecho de que el personaje no flaquee y se comporte así lo convierte, precisamente, en un estereotipo. Y de los peores que puede haber. De verdad, se comporta como una zorra histérica a la que habría que abofetear para que se le pasara el cabreo. Por otro lado, ¿quién coño la ha nombrado líder? Remy (vaya con el nombrecito también...) nunca está contenta con nada. La tangana que montan cuando se quedan sin gasolina en mitad del desierto es de antología. Es como si fuera un princesita insolente que siempre quiere llevar la iniciativa. Repito: esto no tiene nada de malo, pero el personaje bordea tanto el tópico que se hace insoportable para el lector. Algo tan tonto como decir que Ripley no es una mascota (cuando en el fondo lo es) reduce al personaje a la misma categoría que la tía esa con cara de asco que protagonizaba la saga “Crepúsculo”.

Más cosas: ¿qué problema tiene la protagonista con Lazlo al principio de la historia? Estoy de acuerdo en que el tío no es una lumbrera. pero nadie se merece que le hablen así. La relación de antipatía que tienen ambos personajes es artificial. Simplemente a la “prota” le cae mal y ya está. No lo entiendo. Gracias a este tipo de actitudes, no solo deseamos que Remy se despeñe por un barranco, sino que una horda de zombies viole su cadáver luego. Y sí, soy consciente de la forma en la que acabarán después, pero esa antipatía inicial me parece que está completamente fuera de lugar. Tengo la sensación de que la autora elaboró toda esa “farsa” para construir posteriormente lo que sería uno de los ejes principales de la historia. Por otro lado, para tener diecinueve años, Remy se comporta de forma muy inmadura. ¿Por qué discute tanto con Harlow? ¡Por Dios! ¿Qué sentido tiene que una cría de trece años discuta con una mujer de diecinueve? No es serio. ¿Y a qué coño viene ese complejo de “Madre Coraje”?  Joder, entiendo que no le guste que el hermano esté haciendo las veces de rata de laboratorio, pero los argumentos que esgrime ante el médico que la descubre bordean lo risible. Creo que ni la actitud de los científicos ni la de los protagonistas es en absoluto creíble (dentro de la credibilidad que pueden tener las historias de este tipo, por supuesto, no vaya a haber alguien por ahí que me diga que le exijo demasiado al género).

Para terminar, y con respecto a la traducción, es loable el empeño que ha habido para acercar la obra de Hocking al público hispano, pero el trabajo es muy mejorable. Hay muchísimas faltas de ortografía que nos sacan de la historia a las primeras de cambio (por ahí he visto un “valla” por “vaya” que hace daño a la vista). Faltan acentos donde tiene que haberlos, errores de sintaxis y de concordancia, palabras que ni siquiera existen, fallos ortotipográficos (lo que me lleva a pensar que quienes lo hicieron ni siquiera se molestaron en pasar el corrector de Word)... Incluso hay traducciones literales, puesto que el personaje de Blue pasa a llamarse “Azul” en algunas páginas. Me consta que el trabajo de los traductores es duro (de ahí que se repartan los capítulos para trabajar más rápido) y desinteresado, pero uno siempre espera que el resultado sea el correcto. Solo espero que las notas a pie de página sean cosa de la traducción y no de la autora, porque solo demostraría dos cosas: 1) sus ganas de hacerse la importante y 2) la poca cultura general que tienen los jóvenes en Estados Unidos, porque molestarse en explicarnos quiénes son los Monty Phyton o de qué va “Mad Max” tiene tela.

A todo esto, no me gustaría terminar sin señalar que la autora parece un cruce entre mi admirada Aubrey James (¡Oh, Aubrey! ¡Algún día serás mía!) y la mujer de Íker Jiménez. Es más, casi diría que es Aubrey James después de haberse hartado a bollos. Decididamente, algo no funciona bien en mi jodida cabeza.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Aurora (César Blanco Castro)

FICHA TÉCNICA:
  • Título: Aurora
  • Autor: César Blanco Castro
  • Género: Novela Corta
  • Plataforma / Editorial: Bubok
  • Precio: -
  • Número de páginas: 308 (PDF en letra grande)
SINOPSIS:

Iba a ser un fin de semana de celebración para Aurora y sus amigas, pero el destino quiso que estuvieran en Riaño, uno de los lugares en los que la organización terrorista “Tierra y Libertad” comenzó un brutal ataque en el que la gente moría y volvía a la vida para sembrar el terror. Habrás visto y leído muchas historias de zombis, pero seguro que esta no te dejará indiferente.

CRÍTICA:

La novela está muy mal escrita, lo siento. No digo que detrás de ella no haya habido un gran esfuerzo y muchísima ilusión, pero tanto la trama como el estilo del autor dejan mucho que desear. También soy consciente de que es una obra primeriza y que, con toda probabilidad, César escribe únicamente por afición (al igual que otros tantos autores entre los que me incluyo) y que no pretende ganarse la vida con esto. Es por eso que hacer una crítica exhaustiva por mi parte sería, a todas luces, improcedente. No obstante, sí me gustaría enumerar aquellos aspectos que, en mi opinión, podrían mejorarse. Espero que mis indicaciones le sean útiles al autor de cara a mejorar sus textos.

1) La trama es inconsistente. No entiendo por qué un grupo de extrema izquierda quiere liberar un virus zombie. Vale, comprendo que el asunto va de acabar con el capitalismo, pero las aspiraciones de “Tierra y Libertad” son más apocalípticas que otra cosa. De nada servirá destruir el capitalismo si el virus no distingue entre “comunistas y burgueses”. En todo caso, su actitud recuerda más al de una secta de cristianos fundamentalistas que al de un grupo político.

2) Los personajes no es que sean planos, es que ni siquiera están desarrollados. Creo que este es uno de los aspectos más negativos de la novela. Aurora se comporta de forma errática. Tan pronto llora como ríe (las conversaciones que tiene con su madre después de haber visto docenas de muertos son surrealistas). Tenemos una escena en la que mata por error a una niña pensando que es un zombie. Pues bien, apenas han pasado dos páginas cuando ya se ha olvidado del asunto. El temor a que los niños que iban con ella la descubran es casi infantil. Además, ¿por qué los niños (y en especial el hermano de la niña asesinada) se olvidan tan pronto de su amiga? Después de haber visto en vivo y en directo una decapitación, es de suponer que estarían aterrorizados. Por otra parte, la relación existente entre Aurora y Gemma es incomprensible. Si a mí me abandonasen en mitad de un pueblo lleno de zombies, os aseguro que mi último objetivo en la vida sería la de vengarme de esa persona, no pegarle un puñetazo y luego hacer como si nada hubiera pasado (de hecho hasta llegan a ir a misa juntas). Tampoco entiendo el papel que juega Javier Monteso. De trabajar como telefonista en Emergencias pasa a ser un militar de alto rango y un científico de fama mundial. Por otro lado, se nos dan datos innecesarios sobre la familia de Aurora: hermanos, primos, tíos... ¿por qué darnos tanta información si prácticamente no van a tener un papel relevante en la trama?

3) Teniendo en cuenta lo que he comentado de los personajes, veo que en la novela se producen situaciones muy extrañas. En primer lugar, el asesinato de las amigas de Aurora sucede tan rápido que no sabemos lo que ocurre. De hecho, pienso que el crimen no nos impacta tanto al no tener casi ninguna referencia de ellas. Si el autor hubiese abierto la novela contándonos un poco la relación que tienen todas las amigas y nos las hubiese presentado una por una, igual les habríamos cogido algo de cariño. Por otra parte, aunque el suicidio de Nelken está justificado por los remordimientos, la escena en la que ejecuta a sus hijos (¡Ah! ¿Pero es que los tenía?) es muy confusa. En mi opinión, creo que César empieza a saco con la historia, sin darle al lector la oportunidad de situarse y saber dónde está. Hay otra escena que me chirría bastante: el pueblo de la tía de Aurora está en cuarentena, puesto que se han visto algunos zombies deambulando por la zona. Hasta aquí todo bien. El problema está en cómo se comporta Aurora, puesto que se ofrece a ir a comprar el pan (y esto es literal) como si nada. Vamos a ver, ¿no es una locura hacer eso sabiendo que hay zombies sueltos por la calle y que te pueden matar? Seamos serios.

4) El marcado conservadurismo primario del autor le pesa bastante a la trama. No entiendo por qué, ya casi al final, aparecen unas defensoras del aborto diciendo que hay que proteger a los zombies. Cada cual puede tener la ideología que crea conveniente, pero pienso que hay que poner cada cosa en su debido contexto.

5) Repetición de recursos y frases que nos dejan un poco descolocados. No tiene nada de malo que la protagonista se santigüe. El problema está en que el autor nos lo diga cada dos por tres. Cuando Aurora decapita a la niña, la palabra “cría” se repite al menos una docena de veces. No quiero ser ofensivo, pero la narración transmite una preocupante pobreza lingüística.

6) No hay muchas faltas de ortografía, pero sí se echan en falta algunos acentos allí donde son necesarios. También faltan muchas comas, lo que dificulta la tarea del lector a la hora de darle una entonación adecuada al texto.

CONCLUSIÓN:

Más que una novela, parece un borrador. De hecho, no puedo evitar pensar que la historia está escrita con algo de desidia. Todo es muy esquemático y simple. Es como si el autor hubiese puesto a disposición del público los bocetos de la historia. Da la sensación de que el conjunto final aparece inacabado, como si todavía faltasen aspectos que rellenar. La historia en sí no se diferencia mucho de las que han formado parte del “Desafío Zombie”, pero da tantos tumbos que seguirla se hace muy cuesta arriba. Las motivaciones de los personajes no están del todo claras y su comportamiento es, en ocasiones, incomprensible. Hay escenas que valen lo suyo (el hecho de que los zombies “lloren” no deja de resultar interesante y perturbador), pero están tan mal contadas que apenas impresionan. El lenguaje y el tono utilizados a veces bordean lo infantil. Valoro de forma positiva la ausencia de faltas de ortografía, pero hay errores muy graves a la hora de distribuir los signos de puntuación. Desde luego, la historia no deja indiferente a nadie, pero no en el sentido en el que César esperaba. Creo que, si el autor confía en el proyecto, debería de someterlo a un concienzudo trabajo de corrección (principalmente de estilo) porque dudo mucho que en las condiciones actuales consiga llamar la atención de cualquier lector.