martes, 24 de enero de 2017

El Código hitita (8)

Las aberraciones sexuales

A las citadas relaciones incestuosas se le suman las mantenidas con animales (artículos 187, 188, 199 y 200a). En ese sentido, el Código recoge un amplio muestrario de casos de bestialismo (desde cerdos hasta perros, pasando por ovejas, yeguas y vacas), siendo uno de los pocos delitos donde no había compensación posible y el reo podía ser sentenciado a muerte por el rey (“[...] el rey lo mata o el rey lo deja vivir”). 

Llama la atención que las penas se ejecuten atendiendo a dos circunstancias: 1) el tipo de animal con el que se comete la infracción y 2) si era el hombre o el propio animal quien cometía el delito.

187. Si un hombre peca con una vaca, es acción execranda; muere. Se le lleva a la puerta del rey; el rey lo ata o el rey lo deja vivir, pero no vuelve a presentarse ante el rey.
188. Si un hombre peca con una oveja, es acción execranda; muere. Se le lleva a la puerta del rey; el rey lo ata o el rey lo deja vivir, pero no vuelve a presentarse ante el rey.
199. Si un hombre peca con una cerda o una perra, muere. Se le lleva a la puerta del rey; el rey lo mata o el rey lo deja vivir, pero no vuelve a presentarse ante el rey […].
200a. Si un hombre peca con una yegua o una mula no es acción de castigo, pero no se presenta ante el rey y no puede hacerse sacerdote […].

En todos estos casos, la ley prohibía que, una vez juzgado, el infractor no pudiera volver a presentarse ante la persona del rey puesto que, en palabras de Bernabé y Álvarez-Pedrosa, estos delitos “afectaban a la pureza del individuo y se prevenía que pudiera contaminar al rey o al sacerdocio” [1] (artículo 200a).

Pese a que estos delitos tenían un denominador común, la pena no era igual para todos. En el artículo 200a vemos como la pena por mantener relaciones con una yegua o una mula no era “una acción digna de delito”, lo cual se contrapone con lo estipulado en los apartados 187, 188 y 199, donde se considera una “acción execranda” con su correspondiente castigo. De ser así, deducimos que no todos los animales tenían la misma consideración en el mundo hitita, lo que nos lleva a hablar de la segunda parte del artículo 199:

199. […] Si un toro cubre a un hombre, el toro muere, el hombre no muere. Se trae una oveja en el lugar del hombre y se la mata. Si un cerdo cubre a un hombre, no es acción digna de castigo.

Si bien en los casos anteriores comentábamos cuál debía ser la pena si era el hombre quién cometía el delito, en este apartado nos encontramos con el caso contrario, siendo el animal el responsable de la agresión. El epígrafe correspondiente al toro es especialmente interesante. Sabemos que el toro tenía un gran simbolismo en la cultura hitita. Es imposible no remitirnos al Mito del Paso del Tauro [2], donde el Dios de la Tempestad hitita se convirtió en un toro y, gracias al empuje de su cornamenta, abrió un camino a través de las montañas que permitió a los hititas tener acceso al mar.

La religión

Los artículos relacionados con la religión son quizá los más crípticos y los que más problemas plantean de cara a su interpretación. De especial complejidad con los artículos correspondientes a la serie 163-169, que versan sobre la purificación del ganado y el carácter que tenían ciertos actos relacionados con la consagración de las tierras.

168. Si alguien destruye los lindes de un campo, traza un surco; el dueño del otro campo separa una vara de su campo y se lo queda. Y el que destruyó los lindes da una oveja, diez panes y un jarro de cerveza fina y purifica de nuevo el campo.
169. Si alguien compra un campo y rompe los lindes, toma una hogaza, la parte para el dios del Sol, y dice: “Has plantado en tierra el platillo de mi balanza”. Y dice: Dios del Sol, dios de la Tempestad, no hay disputa.
Es reseñable que en el artículo 169 se haga mención al Dios de la Tempestad, siendo esta una de las primeras referencias que tenemos a una deidad en el documento. Pese a todo, y como bien señalan Bernabé y Álvarez-Pedrosa, tanto la traducción como la interpretación de estos artículos es problemática [3], aunque todo parece indicar que nadie podía vulnerar la propiedad de la tierra. Cabría preguntarse si estos rituales no propiciarían también la fertilidad de la tierra. Sobre este punto, los hititas también tenían prohibido plantar sobre un cultivo ya sembrado (“Si alguien siembra una semilla, pone su cuello en un arado y uncen una yunta de bueyes uno con la cara hacia un lado, otro con la cara hacia el otro. Muere el hombre y mueren los bueyes. Y el que había sembrado antes los campos se queda con él”, artículo 166)

Cabe destacar el enorme simbolismo que encerraban estas leyes y cómo trataban de combatirse los malos augurios. La pérdida de objetos considerados sagrados podía considerarse una tragedia. Los artículos 164 y 165 son una buena muestra de ello:

164-165. Si alguien va (a casa de alguien) a incautarse (de algo) arbitrariamente y allí provoca una disputa y rompe una hogaza de pan sacrifical o un recipiente de vino para la libación, da una oveja diez panes y un cacharro de cerveza fina y purifica de nuevo la casa (del dañado). Cuando ha transcurrido un año, tiene paz en su casa.

En el Código también encontramos cuestiones relativas a la magia negra (referida aquí como hechicería). 

44. Si alguien purifica a una persona, se lleva los residuos (del sacrificio) al lugar de las cremaciones. Pero si los lleva al campo o a la casa de alguien, es hechicería y objeto de sentencia del rey.
111. Si alguien modela una figura de barro es hechicería y objeto de sentencia del rey.
170. Si un hombre libre mata a una serpiente y dice el nombre de otro, da una mina de plata. Si es siervo, es ejecutado.
El artículo 44 presenta una idea muy interesante. Los restos del animal sacrificado debían llevarse a los lugares indicados para ello (el “lugar de las cremaciones” según el Código”). En el caso de que no se hiciera así y se llevase a la propiedad de un tercero, se deduce que el portador de los restos estaría lanzando una maldición contra el dueño de la casa. La misma idea se repite en el artículo 170, donde se condenan los sortilegios: si una serpiente (un animal con evidentes connotaciones negativas) era muerta por un hombre y este pronunciaba el nombre de otro, se entendía que se estaba deseando la muerte de esa persona. No deja de resultar llamativo el nivel de la pena dependiendo de quien lanzase el sortilegio, puesto que si la maldición era lanzada por un esclavo, era condenado a muerte (en contraposición a la pena impuesta por un hombre libre, que debía pagar una compensación). El que no admite réplica es el artículo 11, puesto que el modelado de figuras podría utilizarse para realizar sortilegios maléficos, algo que ya tratamos en el epígrafe relativo a los robos.
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1. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 209.
2. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 120.
3. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 204.

lunes, 23 de enero de 2017

El Código hitita (7)

La viudedad

En cuanto a la viudedad, los hititas ejercían una práctica muy similar al levirato. Resulta interesante comprobar las alternativas que propone la Ley ante la muerte del esposo:

193. Si un hombre tiene una mujer y el hombre muere, su hermano toma a la esposa; (si el hermano muere) luego la toma su padre. Si también su padre muere y el hermano de este toma a la mujer que tenía no es acción digna de castigo.

Si el esposo fallecía, la mujer pasaba a la protección de su cuñado. Si este también moría (aunque también podía darse la posibilidad de que el esposo fuera el único hijo varón de la familia), la esposa era acogida por el padre del fallecido. Y en el caso de que este también muriera, sería su hermano quien se casara con la viuda. Es evidente que se trataba de agotar la primera línea de parentesco para, posteriormente, optar por otro marido que pudiera hacerse cargo de la mujer durante mucho más tiempo. 

Lógicamente, la muerte del hombre no tenía el mismo impacto legal que el de la esposa. Veamos qué dice el Código al respecto:

27. Si un hombre toma esposa y se la lleva a su casa, también se lleva su dote. Si la mujer muere allí, queman bienes del hombre y el hombre toma su dote. Pero si muere en casa de su padre y hay hijos (del matrimonio), el hombre no toma la dote.

Teniendo en cuenta las repercusiones económicas que tenía el matrimonio para la familia de los interesados, no debe extrañarnos que la cuestión de la dote vuelva a planear sobre nuestra exposición. Es interesante comprobar cómo la dote quedaría en manos de unos u otros dependiendo de dónde muriera la esposa: si esta fallecía en la casa del marido, le corresponderá a este último; si la mujer, en cambio, moría en la casa de su padre, la dote sería heredada por su familia.
El divorcio

Sobre el divorcio, cabe destacar que la legislación trataba de ser lo más igualitaria posible para ambos cónyuges. El artículo 31 especifica que, en el caso de que la pareja terminase por separarse, los bienes de la casa serían repartidos equitativamente (“Si un hombre libre y una sierva están enamorados y cohabitan y la toma por esposa y se hacen una casa y tienen hijos, pero luego ellos riñen o se separan, entonces dividen a medias la casa [...]”), salvo en el caso de que tengan hijos, en el que la mujer solo podía acoger a uno (“[...] y el hombre se queda con los hijos, pero la mujer se queda con un hijo”). Esta ley hace referencia a lo que pasaría si el hombre se casaba con una esclava, pero se aplicaba de la misma forma si una mujer libre hacía lo propio con un esclavo (artículo 32) o ambos cónyuges eran esclavos (artículo 33). Ahora bien, tal y como afirma Alonso Royan, cabría preguntarse cuáles eran las causas que motivaban la separación. Salvo en el apartado relativo a la infidelidad conyugal (artículos 197 y 198), en el Código no encontramos ninguna razón al respecto. 

Ello nos lleva a hablar de la infidelidad y de cómo el marido podía tomarse la justicia por su mano. 

La infidelidad

Sobre este punto, es necesario señalar las diferencias existentes entre hombres y mujeres, puesto que si ellos podían mostrar un comportamiento promiscuo, no ocurría lo mismo con ella. La ley podía ser bastante severa con las mujeres infieles, reservándoles incluso hasta la pena de muerte. Los artículos 197 y 198 dicen al respecto:

197. Si un hombre posee sexualmente a una mujer en la montaña, la culpa es del hombre y muere. Si la posee en casa de la mujer, la culpa es de la mujer y la mujer muere. Si el marido los descubre y los mata, no es acción digna de castigo. 
198. Si los lleva a la puerta del palacio y dice: “Mi esposa no muera”, deja viva a la esposa y deja vivo al adúltero y la vela. Si dice: “que los dos mueran”, los pone de hinojos ante la Rueda1. Y el rey los mata o los deja vivir.

El artículo 197 plantea tres cuestiones muy interesantes: 1) que la pena por violación estaba penada con la muerte (“Si un hombre posee sexualmente a una mujer en la montaña, la culpa es del hombre y muere”), 2) que el hecho de que una mujer compartiera el lecho con un extraño en su hogar era motivo suficiente para sentenciarla a muerte (“Si la posee en casa de la mujer, la culpa es de la mujer y la mujer muere”) y 3) que el marido podía actuar como creyese conveniente en el caso de sorprender a los amantes, puesto que, independientemente de que les diera muerte, la ley ampararía su actitud (“Si el marido los descubre y los mata, no es acción digna de castigo”). Este último epígrafe es muy revelador, puesto que nos demuestra que si el marido actuaba al instante y movido por las circunstancias, su crimen estaría plenamente justificado [1]. No sería así si se tomase su tiempo para llevar a cabo la venganza, puesto que para entonces las autoridades ya se habrían hecho cargo de la situación y dictado sentencia.

La dureza de este artículo queda parcialmente difuminada cuando analizamos el epígrafe 198. El ofendido podía llevar a los dos amantes a los tribunales [2] (aquí la “puerta del palacio”) y decidir si quería perdonarlos o darles muerte. En cualquier caso, es notable señalar que la figura del rey era la encargada de dictar justicia. .

Las relaciones sexuales entre parientes

Ya hemos hablado de cómo estos delitos suponen la condena a muerte de aquel que aquel que sea acusado de cometerlos. Si exceptuamos los artículos 193, 197 y 198, las leyes que tratan el tabú sexual se hayan comprendidas en la serie 187-200a (Bernabé y Álvarez-Pedrosa catalogan todos estos artículos como Delitos Sexuales). Pese al carácter común que tienen estas infracciones, hemos optado por dividirlas en dos apartados: uno dedicado al bestialismo (que trataremos en el siguiente epígrafe) y otro que englobará a las relaciones sexuales entre los miembros de la propia familia. En esta última serie encontraremos los siguientes artículos:

189. Si un hombre peca con su propia madre, es acción execranda. Si un hombre peca con su hija, es acción execranda. Si un hombre peca con su hijo, es acción execranda.
190. Si un hombre o una mujer tienen trato con un muerto, no es acción digna de castigo. Si un hombre peca con su madrastra, no es acción digna de castigo. Pero si su padre vive, es acción execranda.
191. Si un hombre libre posee sexualmente a unas hijas libres y a la madre de estas, una en un país y otras en otro, no es acción digna de castigo. Si ambas están en el mismo país y él lo sabe, es acción execranda.
194. Si un hombre libre posee sexualmente a unas siervas hermanas de la misma madre y a la madre de estas, no es acción digna de castigo. Si poseen sexualmente a una mujer libre hombres que son entre sí hermanos, no es acción digna de castigo. Si un padre y su hijo poseen sexualmente a una sierva o a una prostituta, no es acción digna de castigo.
195. Si un hombre posee sexualmente a la esposa de su hermano, pero su hermano vive, es acción execranda. Si un hombre tiene como esposa a una mujer libre y posee sexualmente a las hijas de esta, es acción execranda. Si un hombre tiene a una hija como esposa y posee sexualmente a la madre o a la hermana de esta, es acción execranda.
En lo referente a las familiares de primer grado, el artículo 189 prohíbe el incesto en todas sus formas, considerada una costumbre propia de gente bárbara y no civilizada [3]. Por el bien de la estabilidad familiar, un hombre solo podía mantener relaciones con su madrastra (artículo 190) y su cuñada (artículo 195) una vez que el anterior marido (su padre y hermano, respectivamente) hubiesen muerto, lo que nos retrotrae a los artículos anteriores sobre la viudedad. En el caso de que estas relaciones se llevasen a la práctica estando el cónyuge con vida, la legislación castigaba a los infractores. Asimismo, se limitaba que el hombre también compartiese lecho con la hermana de su esposa.

También resulta llamativo ver cómo un hombre podía tener relaciones con las mujeres de una misma familia (artículo 191) siempre y cuando estas viviesen en diferentes ciudades (la distancia actúa como elemento diferenciador). Suponemos que la finalidad de este artículo era la de garantizar el orden social y evitar que las líneas de consanguinidad se terminasen cruzando. No ocurría lo mismo si las mujeres eran esclavas (artículo 194), lo que nos lleva delimitar cuál era el verdadero papel de esclavos y hombres libres en la sociedad hitita.
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1. Bernabé y Álvarez-Pedrosa asocian la “Rueda” como un símbolo de justicia.
2. ALONSO ROYANO, 1993, p. 55.
3. CONDOMINAS, 1972, P. 370.

domingo, 22 de enero de 2017

El Código hitita (6)

Aspectos relacionados con la Historia de las mentalidades
La configuración de la familia

Entre los aspectos más llamativos del Código cabe destacar el relativo al matrimonio, siendo uno de los pocos apartados donde podemos tener una imagen aproximada sobre la configuración de la familia hitita. La serie comprendida entre los artículos 26 y 36 [1] de la Tablilla I (a los que se añade el artículo 175 que habla sobre el matrimonio irregular) inciden tanto en la cuestión de la dote como en las formas en las que debían establecerse las uniones (compra de la novia o rapto), así como su disolución. El anteriormente citado artículo 37 trata también sobre el rapto de una mujer a manos de un hombre pero, al matar este a aquellos que parten tras su busca y ser declarado enemigo de la sociedad, el epígrafe queda englobado dentro de la categoría de Homicidios no castigados [2]. Pese a todo, resulta interesante comprobar hasta qué punto la cuestión del matrimonio podía desembocar en hechos tan trágicos.

En los últimos epígrafes correspondientes a la Tablilla II, encontraremos cuestiones como la viudedad (artículo 193), las relaciones sexuales entre parientes cercanos y esclavos (artículos 189, 190, 191, 194 y 195) y la infidelidad (artículos 197 y 198). Encontramos también algunas cuestiones que hablan sobre el papel desempeñado por los hijos: mientras que el artículo 175 trata sobre la condición que tendrían los niños nacidos de la unión entre una mujer libre y un hombre de baja extracción social, el artículo 171 versará sobre la capacidad de una madre para desheredar a un hijo. La cuestión de los hijos también planeará en los artículos 31, 32 y 33, estando vinculada con la separación de la pareja.

El matrimonio

En lo que respecta al matrimonio, y a semejanza de lo que ocurría en otras sociedades, tanto el padre como el esposo hititas eran los dueños de la casa familiar y los bienes. De ahí que la unión entre un hombre y una mujer dependiera exclusivamente del primero y fuera un acto unilateral. Así, el matrimonio se llevaba a cabo mediante la compra de la novia o bien recurriendo a la fuga o al rapto, conceptos de los que ya hemos hablado en el apartado anterior. Que haya dos artículos dedicados a  este delito (concretamente, los correspondientes al 28 y el 37) ya nos hace pensar que, si bien no era un práctica común, sí es cierto que era preciso limitarla y sancionar a los culpables (así como “indemnizar” a los perjudicados, entre los que se incluiría el novio).  
Sobre este último punto, quizá los esclavos fueran el colectivo más propenso a la hora de efectuar estas prácticas, ya que no siempre podían efectuar el pago de la novia. La mayoría de los artículos tratan precisamente de la regulación de las uniones entre esclavos e individuos libres.
Para Alonso Royano [3], el hecho de que la sociedad hitita fuera tan heterogénea (algo motivado por el contacto que mantuvieron con otros pueblos de su entorno), permitió las uniones entre individuos de diferente extracción social. Este planteamiento es compatible con la baja densidad de población que sufrió el imperio durante el Reino Nuevo (asediado por una permanente epidemia que se inició con el reinado de Shuppiluluima I y que se prolongó durante el mandato de sus sucesores), la cual era paliada con las incursiones militares que los hititas organizaban hacia los reinos limítrofes y que incluían la captura de prisioneros de guerra

De todos modos, resulta llamativo observar cómo los esclavos podía contraer matrimonio con mujeres libres y cómo el Código trataba de regular cómo debían establecerse esas uniones, así como la condición social en la que se encontraría la mujer una vez casada. La cuestión de cómo debían llevarse a cabo los esponsales es muy importante, puesto que todo debía hacerse según lo establecido. En caso contrario, la aplicación de la ley podía tener serias consecuencias para la pareja. El caso de los artículos 34 y 35 es muy elocuente:

34. Si un siervo paga el precio de la novia por una mujer (libre) y la toma como esposa, nadie cambie su estado social.
35. Si un administrador o un pastor rapta a una mujer libre y no paga por ella el precio de la novia, ella se hace sierva por tres años.
A primera vista, vemos que existe una contradicción entre ambos epígrafes, puesto que en los dos casos una mujer es desposada por un esclavo (artículo 34) o bien por un individuo perteneciente a un grupo inferior (tal y como reza el artículo 35, deducimos que el oficio de pastor no estaba bien considerado). La clave que diferencia a ambos enunciados se encuentra en el siempre presente pago de la dote (llamada kusata por los hititas). Un esclavo podía casarse con una mujer libre siempre y cuando pagase su precio correspondiente. De ser así, la esposa seguiría manteniendo la libertad. En caso contrario, quedaría reducida a la categoría de esclava durante un período de tres años. La misma idea se repite en el artículo 175:

175. Si un ovejero o un administrador toma a una mujer libre, ella se vuelve sierva, en el segundo o cuarto año (respectivamente) […].
Ante casos así, debemos incidir en la importancia que tenía la dote para los hititas (es preciso distinguir entre la propia kusata y la tradicional dote que la familia de la novia proporcionaba al novio). La entrega de la kusata se hacía al cabeza de familia o, en ausencia de este, al hermano varón de mayor edad. La kusata garantizaría el compromiso y salvaguardaría los intereses de ambas partes, aun cuando la ceremonia no llegase a celebrarse [4]. En todo caso, los progenitores de la novia podían anular el contrato matrimonial para otorgar la mano de su hija a otro hombre. Para ello, estaban en la obligación de devolver el doble de la kusata, tal y como dice el artículo 29 (“Si una joven se compromete con un hombre y él ha pagado por ella el precio de la novia y luego los padres rompen el compromiso, entonces la separan del hombre pero le indemnizan el doble del precio de la novia”). Por su parte, el novio perdería la kusata si era él quien optaba por romper el compromiso, quedándose la familia con la dote (Artículo 30: “Y si el hombre aún no ha tomado a la joven y por su parte la rechaza, entonces renuncia al precio de la novia que había pagado”).

Si tenemos en cuenta el celo que guardaban los hititas para los rituales, resulta extraño no encontrar ninguna referencia en el texto a cómo debía de hacerse la ceremonia. No obstante, sí nos han llegado evidencias arqueológicas e iconográficas. Tal es el caso de los restos hallados en Bitik, entre los cuales destaca un vaso de cerámica. Con una antigüedad que se remonta en torno al 1600-1400 a. C., uno de los relieves que componen la pieza nos muestra a una pareja en actitud ceremonial. Pese a que desconocemos el contexto de la escena [5], para Alonso podría tratarse de una pareja que está a punto de contraer matrimonio, si bien también nos ofrece la posibilidad de que se tratase de un padre bendiciendo a su hija y ungiendo su frente con aceites perfumados. En cualquier caso, esta escena nos deja claro que, al igual que otros aspectos de la vida cotidiana hitita, el matrimonio también estaba ritualizado [6].

Una vez casada, la mujer podía marcharse a vivir a la casa de su marido o bien quedarse en la de sus padres. De optar por esta posibilidad, los hijos de la pareja heredarían el apellido de la madre, lo cual ha servido de base a algunos autores para explicar el creciente poder de la mujer en la sociedad hitita [7], algo que puede verse tanto en su panteón de dioses (donde las entidades femeninas era muy numerosas) como en ciertos aspectos del Código (el hecho de que en los artículos 28 y 29 se haga referencia a ambos progenitores -utilizando el término “padres” en plural- puede implicar que la figura de la madre tuviera una gran relevancia dentro del hogar [8]).
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1. Bernabé y Álvarez Pedrosa catalogan esta serie dentro de un apartado que denominan “Derecho de familia”.
2. “El rapto se producía a veces con muchas complicaciones, a menudo sangrientas” (CONDOMINAS, 1972, p. 369).
3. ALONSO ROYANO, Félix, El régimen matrimonial en el Código de Hattusas, Espacio, Tiempo y Forma (Serie II, Historia Antigua), 1993, nº 6, 47-58 páginas.
4. ALONSO ROYANO, 1993, pp. 52-53.
5. Alonso Royano cita a Bittel y no descarta de que se trate de una escena mítica protagonizada por dioses.
6. ALONSO ROYANO, 1993, p. 53.
7. CONDOMINAS, 1972, p. 369.
8. Lo que entra en contradicción con lo que anteriormente expuesto. Como ya hemos comentado, en cuestiones como el pago de la kusata solo participaban los hombres. Al igual que había sucedido en otras sociedades del mundo antiguo, las mujeres continuaron supeditadas a la figura masculina.

sábado, 21 de enero de 2017

El Código hitita (5)

Robos y daños a la propiedad

Las leyes que regulaban y castigaban el delito de robo y daños hacia las propiedades aparecen mayormente en el segundo bloque. Comienza con los robos de ganado, sigue con los incendios de propiedades y el robo de productos agrícolas y termina con el robo de arcilla, siendo este último castigado por sentencia del rey, ya que esa arcilla puede ser utilizada para fabricar figuras (consideradas en esta sociedad como brujería, uno de los delitos más graves). 

Las penas para el culpable consistían en compensaciones hacia la víctima, teniendo el infractor que entregar una cantidad superior a la que robó (ya fuera una compensación monetaria, en especie, en animales, etc.). Normalmente la multa solía ser pagada con el mismo objeto que originó el robo. Si el delincuente robaba arcilla, la multa sería pagada en arcilla.

Las leyes sobre el robo de ganado tienen una clasificación gradual descendente en referencia al tipo de ganado (bovino, equino, ovino, hasta terminar con las abejas) y una estructura para el tipo de delito, la cual comienza con el robo, el hallazgo, la muerte, las lesiones, la fuga y las indemnizaciones. 

57. Si alguno roba un toro, si es recién nacido no es un toro; si tiene un año, no es un toro; si tiene 2 años es un toro. Antaño debería dar 30 (cabezas de) ganado. Ahora dará 15 cabezas de ganado: 5 de dos años, 5 de un año y 5 crías; y así restituirá.
67. Si alguno roba una vaca, antaño debía dar 12 reses; ahora debe dar 6: 2 de dos años, 2 de un año y 2 crías; y así restituirá.
73. Si alguno mata y descuartiza a un buey vivo [1] ese hombre es en justicia un ladrón.
74. Si alguno quiebra el cuerno o las patas de un buey, debe tomar a ese animal y dar al dueño del buey otro en buen estado. Pero si el dueño del buey dice: "Prefiero mi propio buey", podrá tomarlo y el otro hombre pagará al dueño 2 siclos de plata.
81. Si alguno roba un cerdo cebado, antaño debía dar 1 mina de plata. Ahora debe dar 12 siclos de plata; y así restituirá.

En el caso de que un hombre hallase un animal, y si este no era requerido por su dueño, podía quedárselo con una autorización anterior. No obstante, si el dueño lo reconocía no tenía más remedio que devolverlo. 

71. Si alguno encuentra un buey o una mula, debe conducirlo a la Puerta del rey. Si se lo encuentra en el campo, los ancianos pueden dejarlo bajo su custodia y él puede ungirlo para trabajar. Cuando el dueño lo encuentre, puede tomar su animal con todo derecho, pero no puede detenerlo por ladrón. Si los ancianos no lo habían dejado bajo su custodia, sí se hace ladrón.
Los daños en propiedades privadas abarcaban el robo y los incendios, principalmente en casas y graneros. Se repite la misma diferenciación entre hombres libres y esclavos vista en leyes anteriores aplicándose, en este caso, la amputación de la nariz y las orejas al esclavo. La pena para el asaltante era normalmente reponer lo robado más una cantidad determinada, así como reconstruir la propiedad si esta era destruida o reponer lo que había dentro más otra cantidad.

94. Si un hombre libre asalta una casa, debe devolver los bienes según la ley. Por el robo antaño pagaba 1 mina de plata; ahora sólo pagará 12 siclos de plata. Si él roba mucho, se lo impondrá pena más cuantiosa, si roba poco se le impondrá pena más ligera; y así restituirá.
95. Si un esclavo asalta una casa, devolverá los bienes según la ley. Por el robo pagará 6 siclos de plata. También se cortarán las orejas y nariz del esclavo y se le devolverá a su dueño. Si él roba mucho, se lo impondrá pena más cuantiosa, si roba poco se le impondrá pena más ligera. Si el dueño dice: 'Yo compensaré por él', puede hacer compensación; si él rehúsa, perderá el esclavo.
100. Si alguno prende fuego a un henar, alimentará al ganado del dueño y repondrá en la siguiente primavera, debe también reformar el cobertizo. Si no había nada en él sólo debe reconstruirlo.

También existían leyes sobre robos de objetos particulares o de casos concretos como, por ejemplo, el robo de banderas y armas que eran propiedad del estado. Para este último caso la pena era la muerte. Tenemos constancia de que también se robaban piedras para la construcción y herramientas de artesanos.

126. Si alguno roba una bandera de guerra de la Puerta del Palacio, pagará 6 siclos de plata. Si alguno roba una lanza de bronce en las puertas del Palacio, será muerto. Si alguno roba un alfiler de cobre, debe dar medio parisu de grano. Si alguno roba el hilo para un traje, debe dar un traje de lana.

La ley sobre robos y daños en huertas y cultivos tienen la misma estructura que la anterior, aunque aquí no existen diferencias entre esclavos y hombres libres y las multas son monetarias o de reposición.

102. Si alguno roba madera de un embalse, si es por un talento de madera, pagará 3 siclos de plata, si es por 2 talentos de madera, 6 siclos de plata; si es por 3 talentos de madera, es un caso para el tribunal del rey.
103. Si alguno roba plantas en cultivo, si es por valor de una vara de plantas, las replantará y pagará un siclo de plata; si son por dos varas de plantas, las replantará y pagará dos siclos de plata.
106. Si alguno hace fuego en un campo y deja que pase al campo cultivado de su vecino y se prende fuego ese campo; el que prendió el fuego debe tomar el campo quemado y dar a cambio un campo bueno al dueño dañado y la siguiente cosecha será para éste.

Existía una ley concreta que determinaba el hecho de que si una persona encontraba algo y no era reclamado, podía quedárselo; sin embargo, si lo encontraba y no buscaba a su dueño y este lo descubría, el primero se convertía en un ladrón.

45. Si alguno encuentra herramientas, debe devolverlas a su dueño y éste le recompensará. Si no las devuelve, se hace ladrón. Si alguno encuentra herramientas o un buey, oveja, caballo o asno, debe llevar lo hallado a su amo y devolverlo. Si no puede hallar al dueño y lo acredita con testigos y luego el dueño ve lo hallado en poder del hallador, habrá perdido lo que extravió, de acuerdo con la ley. Pero si el hallador no aseguró con testigos su intento de hallar al dueño y, luego, el dueño lo halla, se hace ladrón y debe hacer compensación de tres reses.

El agua es un recurso clave para la economía para cualquier estado, por lo que estaba penado cualquier acto de contaminación o alteración de su curso. La multa solía tener un carácter monetario.
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1. Se entiende que no es suyo.

viernes, 20 de enero de 2017

El Código hitita (4)

Violencia y lesiones

Los delitos que legislaban las lesiones producidas por violencia, tenían una clasificación descendente según su gravedad, siendo el más grave el cegar a un oponente, seguidos de la pérdida de dientes, los golpes en la nariz y el aborto provocado. Esta clasificación la entendemos según el grado de discapacidad en el que quedaba el afectado (si quedaba ciego no podía trabajar, con lo que se convertiría en un individuo improductivo; la rotura de dientes, por su parte, disminuía su capacidad de alimentación; entre otros). Si el afectado era un cabeza de familia, el agresor debía cuidar de él y su familia hasta que este se recuperara.

7. Si alguno deja ciega a una persona libre o rompe sus dientes, antaño pagaba una mina de plata, pero ahora pagará veinte siclos de plata; y así restituirá.
7b. Si alguno deja ciego a un hombre en una pelea, pagará una mina de plata. Si ello ocurre sólo por azar, pagará veinte siclos de plata.
8. Si alguno deja ciego a un hombre o mujer esclavos o arranca sus dientes pagará diez siclos de plata; y así restituirá.
10. Si alguno golpea en la cabeza a una persona y resulta enferma, debe cuidarla. En su lugar debe proveer a un hombre, que trabajará a su costa en la casa hasta que se recupere, deberá pagarle seis siclos de plata y pagar los servicios del médico.

Pese a todo, si la lesión era provocada en una pelea, la pena sería menor. Las compensaciones solían ser monetarias, siempre diferenciando si la víctima y el ejecutor eran un hombre libre o un esclavo, o si el acto era premeditado o involuntario.

15 y 15 b. Si alguno desgarra la oreja de un hombre libre, pagará doce siclos de plata.
16. Si alguno desgarra la oreja de un esclavo, hombre o mujer, pagará tres siclos de plata.
En el caso particular del aborto provocado, existe una diferencia entre los meses de gestación, siendo la pena considerablemente mayor si el embarazo estaba muy avanzado. También había que tener en cuenta si la madre era libre o esclava.

17. Si alguno causa aborto a una mujer libre; si estaba en el décimo mes [1] de embarazo pagará diez siclos de plata; si estaba en el quinto mes, pagará 5 siclos de plata; y así restituirá.

Sobre el rapto

Tras el asesinato y las agresiones, las leyes que regulaban el rapto o el secuestro ocupan el tercer puesto entre los delitos que conforman el Código. En este caso nos encontramos con una novedad, puesto que, aparte de las diferencias en la pena que podría haber entre hombres libres y esclavos, vemos que la amonestación depende de si el secuestrador o el secuestrado proceden de Hattusa, la capital, teniendo estos más privilegios que los demás habitantes del imperio.

19. Si un luvita secuestra a una persona libre, hombre o mujer, de Hattusa y la saca a Arzawa, cuando su dueño lo persiga y lo encuentre, el secuestrador debe darle su fortuna entera. 
19b. Si aquí en Hattusa un hitita secuestra a un luvita libre y lo saca a Luwiya, antaño daba doce cabezas, pero ahora dará 6 cabezas y así restituirá.

Sobre las fugas

La legislación sobre la huida de esclavos trataba básicamente las compensaciones que recibía quien encontraba al esclavo y lo devolvía. Con respecto a las compensaciones, estas variaban según la distancia en la que se hallara al esclavo, siendo la recompensa mayor cuanto más lejos se encontraba el fugitivo de la casa de su dueño. La compensación podía incluir la adquisición del propio esclavo. También existía una diferencia dependiendo de su procedencia.

22. Si un esclavo escapa y alguno lo devuelve: si fue hallado en las cercanías, el dueño debe darle un par de zapatos. Si lo halló a este lado del río [2] debe darle dos siclos de plata; y si lo halló más allá del río, debe darle tres siclos de plata.
23. Si un esclavo escapa y va a la tierra de Luwiya, el dueño debe dar a quien lo devuelva seis siclos de plata. Si un esclavo escapa y va a un país enemigo, el que lo recupere tomará el esclavo para sí.

Sobre la pena que recibía el esclavo debido a su insubordinación, derivada o no de la fuga, no está del todo clara. Según la redacción más antigua, la pena consistía en una especie de acto de purificación, pero recientemente se plantea que el esclavo era introducido en un caldero o recipiente de arcilla [3] para ser ejecutado, lo cual entraría en conflicto con la artículo 23, ya que si el esclavo huía (es un acto de rebeldía hacia su amo) y era reclamado por su dueño, resultaba muy complicado que fuera condenado a muerte, ya que cambiaba de amo.

Posteriormente, y con respecto a las relaciones exteriores desarrolladas por los monarcas hititas, se firmaron tratados con los reinos limítrofes para establecer así unas mejores relaciones entre un reino y otro, los cuales incluían aspectos relativos al vasallaje, los pactos de no agresión, las alianzas, etc. En algunos documentos se pueden observar apartados que tratan sobre individuos que cometen un delito y huyen al país vecino. En tales acuerdos, los monarcas pedían la devolución del fugitivo a su país de origen o bien al lugar donde hubiera cometido el delito para que fuera juzgado. No obstante, no todos los tratados siguen la misma estructura: por un lado tenemos el tratado de alianza entre Hattušili III y Ramsés II de Egipto [4], donde la entrega de los fugitivos, independientemente de su condición, es recíproca; por otro lado, tenemos el tratado de vasallaje entre Suppiluliuma I y Aziru de Amuru [5], donde su devolución solo es llevada a cabo por parte del vasallo (posiblemente debido a que el rey hitita era señor del rey amorreo y no tenía la obligación de rendir cuentas a este último). Este caso concreto presenta diferencias con respecto al anterior tratado, donde los dos monarcas eran independientes y poseían la misma condición al ser los máximos dirigentes de sus estados.
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1. Lunar.
2. Según las notas tomadas por Álvarez Pedrosa y Bernabé, se supone que es el río Halys.
3. En la edición de Álvarez Pedrosa y Bernabé.
4. Bernabé y Álvarez-Pedrosa, 2004, pp. 228-237.
5. Bernabé y Álvarez-Pedrosa 2004, pp. 88-91.

jueves, 19 de enero de 2017

El Código hitita (3)

Leyes contra todo tipo de delitos: el hurto, el asesinato, actos violentos... 

Asesinatos y homicidios

Los primeros artículos del Código están relacionados con delitos tan graves como el homicidio. Los epígrafes aparecen clasificados con una gradación descendente en referencia a si el que comete el delito es un hombre o un esclavo, si la víctima es un hombre libre o un esclavo (ya que no era igual la pena si el culpable era un hombre libre y la víctima era un esclavo u otro hombre libre y viceversa). Se hace hincapié en la devolución del cuerpo a su familia por parte del agresor. También existe una diferencia bastante notable: si el acto es voluntario o involuntario. Si nos atenemos a la traducción, los artículos siempre terminan con la fórmula “y así restituirá”, que quiere expresar el derecho de los afectados a hacer cumplir la pena. Si el homicidio ocurría durante una pelea, la pena impuesta sería menor.

1. Si alguno mata a un hombre o a una mujer en una disputa, el homicida debe devolver su cuerpo a su descendiente, o heredero y darle cuatro cabezas [1], hombres o mujeres; y así restituirá [2].
2. Si alguno asesina a un hombre o a una mujer esclavos en una disputa, el homicida debe devolver su cuerpo a su descendiente o heredero y dar dos cabezas hombres o mujeres, y así restituirá.
3. Si alguno golpea a un hombre o a una mujer libres de forma que ella muere y ello ocurre solamente por error [3], el agresor debe devolver el cuerpo a su descendiente o heredero y darle dos cabezas como compensación.
174. Si un hombre lucha con otro y uno de ellos es muerto, el homicida debe dar una cabeza al heredero.

Si la víctima era un mercader, la multa era considerable (más adelante se verá la importancia que tenían los mercaderes en la cultura hitita). También dependía del lugar donde se cometía el delito, pues era lógico que el cuerpo no se devolviera si estaba muy lejos de su lugar de origen, ya que podía pudrirse durante el viaje de regreso. Lo mismo ocurría cuando era un hombre libre el que estaba lejos de su hogar. En este caso, en vez de una compensación monetaria, el heredero de la víctima recibía tierras. 

5. Si alguno asesina a un comerciante hitita, pagará cien minas de plata; y así restituirá. Si el crimen se comete en el país de Luwiya o en el país de Pala, el asesino pagará cien minas de plata y hacer compensación por sus bienes. Si el crimen se cometiera en el país de Hatti, debe [4] devolver él mismo el cuerpo del comerciante a su descendiente o heredero.

En el artículo 37 se nos dice que no había una compensación para aquellos que saliesen en búsqueda de una mujer en apuros y sufrieran una agresión por parte de su secuestrador (que también podría ser su amante, tal como veremos en el apartado correspondiente a las fórmulas matrimoniales). Ocurría lo mismo si en una pelea un tercero entraba en la discusión y caía muerto. Todo nos lleva a pensar que las intromisiones en los asuntos de la Justicia no estaban bien considerados, puesto que era la Justicia la que debía aplicar el castigo consecuente.

37. Si alguien se fuga con una mujer y un grupo va tras ellos; si dos o tres hombres mueren en la persecución no habrá compensación. Se le dirá al fugado: te has convertido en un lobo [5]. 
38. Si varios hombres están en una pelea y uno va a ellos para ayudar a uno de ellos; si el rival irritado en la pelea golpea al llegado y éste muere, no habrá compensación.

Existen casos particulares de homicidios que parece que fueron añadidos inmediatamente después de haber sucedido, ya que no tienen una legislación clara sobre el procedimiento que debía  llevarse a cabo.

43. Si un hombre vadea un río con su buey y otro hombre le hiere con un instrumento afilado y aquél se coge a la cola del buey y cruza el río, pero el río se lo lleva aguas abajo, las autoridades tomarán al asesino.

Por último estaban las ejecuciones legales, directamente ordenadas por el rey. Las leyes de ejecución eran raras en el código hitita, siendo los únicos delitos castigados con la muerte la desobediencia y el incumplimiento de las decisiones de un dignatario (especialmente si era al rey al que se desobedecía). La pena también incluía la ejecución de la familia del culpable.

173a. Si alguien incumple la decisión del rey en un juicio, su casa se convierte en escombros6. Si alguien incumple la decisión de un dignatario, se le corta la cabeza.
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1. No está claro a que se refiere, pero posiblemente se trataría de esclavos.
2. También aparece traducido como “y por ello él mira a su casa”.
3. Sin premeditación.
4. Además de lo anterior.
5. Se convierte en enemigo público.

miércoles, 18 de enero de 2017

El Código hitita (2)

Características del Código

A la hora de redactar sus documentos, los hititas recurrían a los más variados soportes. La mayoría de los textos hallados en el registro arqueológico fueron redactados en barro cocido, si bien es cierto que hay referencias a documentos escritos sobre oro, plata y bronce (como es el caso de los tratados internacionales). Por otro lado, los hititas practicaban una escritura tanto cuneiforme como jeroglífica, siendo esta última empleada sobre soportes de piedra [1]. En cualquier caso, los textos que han llegado hasta nosotros son copias destinadas al archivo estatal ubicado en Hattusa, la capital del reino. 

Las primeras referencias que tenemos sobre la documentación hitita se las debemos a Hugo Winckler (1863-1913), arqueólogo de origen alemán que en 1906 descubrió entre las ruinas de Hattusa el archivo real, compuesto por aproximadamente 13.000 tablillas escritas en diferentes lenguas. Si bien parte de las tablillas estaban redactadas en babilonio, la mayoría lo estaban en un idioma desconocido hasta entonces. Lamentablemente, Winckler moriría sin haber descifrado el contenido de aquellos documentos, siendo Bedřich Hrozný (1879-1953) quien continuaría su legado. Durante los siguientes años Hrozný no solo sentaría las bases de la gramática hitita, sino que además se encargaría de traducir las tablillas descubiertas por Winckler, entre las que figuraría el propio Código.

Bedřich Hrozný.

El Código hitita no solo es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del siglo XX, sino que además es una de las fuentes más destacadas para el estudio de la Historia de Derecho. Está dividido en dos tablillas, si bien algunos historiadores utilizan el término “serie” [2]. A estas dos piezas se les añade una tercera muy fragmentada y de la que carecemos de información. Compuesto por un total de doscientos artículos, el Código trata cuestiones tan dispares como el robo, el asesinato, la forma en la que debía instituirse el matrimonio o cómo debía regularse el comercio. A través de su estudio podemos conocer determinadas características de la sociedad hitita, como las diferencias existentes entre hombres libres y siervos. 

Resulta llamativo ver cómo las penas que se imponían a los individuos que infringían la ley eran mucho más leves si se comparan con otros documentos legislativos de Oriente Próximo. La pena de muerte solo era aplicada en casos muy concretos, entre los que se contaban las relaciones incestuosas y la infidelidad femenina (si bien es cierto que el marido podía perdonarle la vida a su esposa). En esta misma línea, la ley del Talión que contempla el Código de Hammurabi era sustituida en la legislación hitita por una serie de compensaciones económicas que el infractor debía pagar, tal y como veremos en el epígrafe dedicado a la violencia y las lesiones.

La estructura de los artículos suele seguir el mismo esquema: a la conjunción condicional “Si” se le añade el delito cometido por el individuo y la pena que se le debe imponer. Llama la atención que se haga referencia tanto a temas trascendentales como a otros de carácter nimio. Según Bernabé y Álvarez-Pedrosa, el texto tendría un carácter ceremonial, lo que haría que algunas de sus leyes se leyesen en voz alta a la hora de dictar la sentencia. A eso se le añade lo reiterativo de algunas de sus fórmulas, lo cual facilitaba su memorización. Cabe destacar también el carácter desordenado de su redacción. Si bien los artículos de la primera tablilla siguen un orden lógico, hacia mitad de la segunda tablilla nos encontramos con otros artículos a modo de apéndices (es el caso del artículo 174 y su relación con las penas comprendidas entre el artículo 1 y el 6, las cuales versan sobre el homicidio; o el artículo 175, que perfectamente podría incorporarse a los de la serie correspondiente al Derecho de Familia de la serie 26-36) y que rompen la uniformidad del conjunto.
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1. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, pp. 20-21.
2. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 166.